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Historia 32728 — capítulo 2
Marcados por la parodia, tarde o temprano terminamos viendo el humor negro de la vida. Yemh
DOS
No me fui directamente a mi departamento, antes de encerrarme en mi estudio y desquiciarme con mí… ¿Cómo lo llaman? Bloqueo de escritor, sí, prefería caminar. Pasé por la "calle musical"*. De niño siempre quise saber tocar algún instrumento armónicamente, pero nunca logré tal acometido, por una que otra razón, aunque a la final llegué a la conclusión de que no tenía oído musical y por ende, bailar tampoco era algo que se encontraba en misdones, mucho menos cantar.
Encontré mi pasión el arte de escribir, dibujar (más lo uno que lo otro) y la fotografía. Y digo pasión porque una vez enfrascado en un asunto no puedo dejarlo ir. Creo que una vez tomé 255 fotos de un jarrón, sólo porque esperaba el momento en que la luz del sol lo iluminara correctamente. Creo que también soy perfeccionista, quizás otra persona hubiera movido el jarrón.
Mis padre siempre pensó que eso de estudiar artes era cuestión de hippies, maricas y sin vergüenzas, mi madre, en cambio, me apoyó en todo, o casi todo, no le dio tiempo para mucho, pues apenas inicié mis estudios en la universidad murió. Recuerdo ese día, mi padre se quejaba de que no limpiaba bien la casa después de hacer no se qué en el techo y mi madre se encargó de limpiar los sitios "olvidados", estaba parada sobre una silla cuando al estirarse para llegar a "aquella parte" resbaló y su cuello le atinó un golpe certero a la pequeña mesa de mármol de la sala. Mi padre terminó culpándose, cayó en el alcoholismo y reside en uno de esos centros donde se encargan de esos problemas.
Muchas veces me pregunté, ¿Qué hubiera pasado si en lugar de la mesa sólo hubiera más suelo?, quizás no se hubiera roto el cuello, y quedado inválida por el fuerte impacto en el coxis, o sólo perdería la conciencia unas horas y despertaría como si de un mal sueño se tratara; tal vez mi padre debió comprar una casa con una sala más grande, o debió contratar a alguien para limpiar, o simplemente no debió decir nada sobre los estantes sucios en los lugares vacíos donde no había nada posado sino el polvo. Muchos factores, ninguno ocurrido, sólo el más burlesco. Murió limpiando una repisa. Y mi padre recluso en un centro de rehabilitación.
Supongo que es por esos momentos lo que marca la diferencia de las cosas, son ese instante preciso, siempre lo he dicho: la historia se nace con una acción. Como la pelirroja suicida que culminó tan pronto como inició. Fue quizás ese instante en el que se aventuró a lanzarse al vacío cuando, tal vez si hubiera esperado un segundo más se hubiera arrepentido de su decisión, lamentablemente muy tarde y de forma irremediable. Entonces, vemos que la vida da a escoger… sí, pero no sabes si sea lo que sea que escojas saldrás vivo de ello ¿no?
De pronto pensé en Patricia, y me pregunté por qué acaso, si era tan importante, no fue a entregarme su trabajo, debió haber tenido una buena excusa, pues de no ser así no habría faltado. No es que fuera muy responsable, nunca llegaba a tiempo, ni siquieracuando fuimos novios… Si, cuando fuimos novios. Sonreí recordando los viejos tiempos. En los que ella vestía como una desadaptada social con esos ponchos, esas remeras, y no parecía tener un estilo definido, en ese tiempo mi padre era ebrio de profesión y no un problema, siempre decía que me había enamorado de una hippie. Tal vez no era hippie pero muchas veces se comportaba como tal, aunque eso tampoco pude definirlo, su personalidad siempre fue un misterio ¡y ni hablar de su carácter! Impredecible, sí, esa es la palabra, Patricia era impredecible e impulsiva.
Pero de eso, mucho tiempo atrás, no recuerdo acaso qué fue lo que ocurrió para que termináramos separados y enemistados durante tanto tiempo, y ahora, tres años después me llama para decirme que necesitaba entregarme su obra maestra. No lo comprendí, de todas formas no hice el esfuerzo, comprenderla, es terminar delirando, quien sabe si en estado catatónico o peor. Yo acepté, ella pareció aliviada, me dio la dirección, y ahí terminó la conversación.
Era increíble, pensé que me preguntaría algo más, añadiría algo… pero era de esperarse, después de tanto tiempo sin comunicarnos… seguramente no conocía a nadie más que pudiera apreciar su trabajo (a pesar de que nunca se había dedicado de lleno a la escritura), sin embargo, ahora estaba más confundido que con el simple hecho de que me llamara.
Seguí caminando y de repente pensé en la chica del dibujo, busqué en mi bolsillo el dibujo, y lo aprecié detenidamente, todo se hallaba en él (o casi todo), el reloj de agujas, la cafetera, el estante, y yo, mirando hacia la puerta, el café humeante. Era casi perfecto, observé su firma, Marié, no, no conocí nunca ninguna Marié, ¿sería que Patricia la envió? ¿Ella era acaso parte de algún plan para ver si acaso yo asistía a su cita?
No lo supe, como tampoco sabría si me encontraría con alguna de las dos de nuevo, de repente mi pies se encontraron en la acera previa a la cuadra donde residía, saludé con un ademán al portero. Evité el ascensor, como siempre, a pesar de que siempre me espera vacío, y subí por las escaleras de mármol blanco, circulares hasta arriba, al piso siete, y entré al departamento, cerré la puerta con llave, dado que no pensaba salir más, recogí las cartas regadas en el suelo, coloqué las llaves en la cajita de barro, y revisé el correo, cuentas, cuentas… una invitación a una galería (esa la tiré a la basura sin abrir), cuentas…, no seguí perdiendo el tiempo, preferí revisar la contestadora, que para mi extrañeza habían cuatro mensajes. No uno, como casi siempre, cuatro. El primero era de aquella fastidiosa editora que me exigía entregar el manuscrito a la fecha justa… lo mismo de siempre. Pasé al segundo, era Marcus, y decía algo de un cuadro de Tovar y Tovar…pase de inmediato al tercer mensaje, y era de ella. La voz de Patricia me pedía disculpas por no asistir a la reunión, pero que justo en ese momento estaba hastiada de otras cosas y no estaba de humor, que tenía un leve resfriado y que prefería enviarme el manuscrito por correo.
Repetí sus palabras "no estaba de humor". Sencillamente perfecto, prefiere hacerme perder el tiempo, que presentarse. Francamente. El cuarto mensaje era nuevamente de mi editora, decía que debía presentarme a la galería esa misma noche, seguramente la misma de la carta, pues sabía que no me había dignado ni de abrirla, cosa en la que no falló. Tomé el sobre y lo puse sobre la mesa golpeándola con la palma. Ahora el que no estaba de humor era yo, mucho menos para ver el trabajo de otros, nunca me han gustado las galerías excepto cuando era niño, y visitaba los museos sólo para no reprobar.
Abrí el sobre, el evento comenzaba a las 9 p.m. miré mi reloj, eran las 7:00 p.m., me daba tiempo de tomar un baño y prepararme la cena. Miré el boleto, habría que ir elegante. Bufé, enojado y ligeramente decepcionado.
Como los pingüinos.