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Historia 32728 — capítulo 4

"El tiempo no se detiene, empuja Nos hace burlas y sonríe."

Jordi Sierra I Fabra.

Llovía a cántaros y me encontraba fumando un cigarrillo bajo el toldo del balcón, abajo, en las calles, se había producido un choque y sonaban las bocinas de forma impacientes. Unas prostitutas reñían y se alejaban hacia la avenida. Los vecinos discutían y alguien tocaba la puerta con desesperada insistencia. Creí que mi aburrimiento en ese momento no podría tener límites. Ignoré la puerta y apagué el cigarrillo en la maceta próxima donde yacía una planta convaleciente, le dediqué una mirada de soslayo, una gota diminuta le daba en sus débiles hojas a pesar de que afuera llovía tanto, no tiene muchas esperanzas de vida me lamenté al pensarlo, y encendí otro cigarrillo.

Pensé en que si estuviera en una película (aunque a veces creo estarlo, simplemente para avivar la imaginación), pensaba quizá en ese escenario tan tétrico en el que me hallaba, de fondo sonaría un saxofón, quedo, suave, distante y próximo, íntimo, una mujer sobre una silla, en una posición insinuante...

Pero… no, no estoy en una película.

La única música que escucho es la lluvia sobre el toldo, el claxon de los autos y la vajilla rota en el departamento de al lado.

Tocaban la puerta de nuevo, resoplé, apagué el cigarrillo queriendo romperlo en el proceso y caminé a la puerta con desgana. Mantuve mi mano suspendida sobre la manija a punto de girarla cuando cambié de opinión y opté por dejarme caer sobre el sofá, mirando la rendija de la puerta la sombra de unos zapatos. No pensarían que había alguien puesto que las luces estaban apagadas, casi cuento de forma regresiva, se iría pronto. Y fue exactamente así como pasó, tocaron un par de veces más, y luego el "cómodo" silencio.

Miré alrededor del departamento y de improviso vi que estaba viviendo en una madriguera, arrugué el rostro y chasqué la lengua. La ropa, las colillas de cigarros, los zapatos, pero más que nada las hojas de papel arrugadas en un montón en la esquina, miré el único cuadro que adornaba la pequeña sala, la lámpara retorcida, la mesa donde reposaba el manuscrito que debía entregar, la máquina de escribir esperando que escriba el final…

Pero estaba en blanco.

El personaje se llama Karl y se supone que debe morir. Pero no sabía cómo matarlo. Quise arrojarlo por un edificio, pero últimamente eso de arrojarse en edificios se ha vuelto repulsivamente abundante. A lo mejor envenenado por error, atropellado, o en un accidente vial, tal vez atragantado con un guisante, o al resbalar en la tina del baño, posiblemente asesinado en un robo. Ninguno que me llamara la atención. Todos absurdos o demasiado ridículos hasta para tratarse de la muerte misma.

Sonó el teléfono, una…dos… levanté el auricular y contesté con voz autómata.

-¿Aló?

-¿Christian? - Su voz me sonó desconcertante y lejana, como de un sueño.

-¿Patricia?

-Sí, soy yo… creí que no estabas en casa, quería llevarte el manuscrito - Dijo, casi pude ver frente a mí su cara de disculpas, aunque dudaba mucho si lograba reconstruirla.

-Entonces eras tú quien tocaba la puerta… - Especulé, siendo más que obvio.

-Sí, pero si estas ocupado…

-No, no lo estoy, ¿estás abajo? - Le pregunté, de nuevo, como si no fuera de esperarse.

-Sí

Miré alrededor, no podía hacerla pasar a este sitio poco habitable.

-Ya bajo, espera un momento - Le contesté, esperé que aceptara y tranqué.

Me di un vistazo en el espejo del pasillo, me veía igual que siempre, me peiné con los dedos, aunque no había necesidad, tomé el abrigo, el paraguas, tomé las llaves del plato de barro, me miré por última vez y salí.

Bajé los escalones tal vez con demasiada paciencia a lo acostumbrado. Ella estaba abajo, me esperaba, tal vez pudiera aclarar los hechos del pasado o tal vez era preferible dejar el asunto como incompleto y cerrado… entonces di con la aparente solución Hablaré de ello si ella menciona algo al respecto. Me sentí sosamente ansioso.

Al diablo.

Terminé de bajar los últimos dos pisos rápidamente. Al llegar a la recepción no tuve que buscarla, en seguida distinguí su figura. Estaba recostada de espaldas a la pared, en seguida me reconoció y avanzó hacia mí.

Yo me había quedado parado, no de la forma asombrada, sino porque así era más cómodo observarla.

Sus cabellos rojo fuego eran cascadas sobre sus hombros, sobre su rostro acorazonado eran mechones agresivos, sus ojos… tan dulces, parecían retener un felino y destacaban sobre su tez nívea, pero era su figura lo que más llamaba mi atención, el tiempo pareció acentuar todas sus gracias, ¿o tal vez la luz era cómplice de ello? Ella hizo amago de una sonrisa, de mona lisa, ocultando, diciendo tanto y a la vez nada. Creo que sonreí, ella acentuó su sonrisa con más ánimo y despegó sus labios para hablar.

-Sé que dije que te lo enviaría por correo, pero no podía esperar, preferí venir…

Le interrumpí su intento de disculpas con un ademán y continué mirándola, estudiándola, hubiera permanecido un buen tiempo haciéndolo, ella sólo sonreía, pues también me contemplaba con tanta o más curiosidad.

-No has cambiado - Dijo de pronto, y bajó su mirada a su bolso, buscando, noté que ya no vestía como hippie, cargaba un sobretodo negro, sonreí divertido, ella pareció intrigada, me entregó el manuscrito.

-¿Podríamos por lo menos tomar un café? - Le sugerí tomándolo, ella miró la puerta vacilante, pero finalmente asintió.

-Pero a ti no te gusta el café - Mencionó, mientras caminábamos hacia ella y recordé la cafetería y al mismo tiempo a Marié.

-Es cierto, pero a ti sí.

-En ese caso acepto - Dijo, y se rió, la misma risa divertida, que invita a sonreír.

No se dijo mas nada, abrí mi paraguas, cerca del edificio había una cafetería donde podríamos hablar cómodamente, ella sólo caminó en silencio. No resultaba una incomodidad para mí, todo lo contrario, era mucho mejor caminar en silencio, así podía seguir estudiándola. No supe muy bien por qué, pero había algo en su mirada, algo más…

Abrí la puerta y ella pasó a la estancia.

Tomamos asiento en una mesa próxima a la puerta, lejana de las vistas y cerca de la ventana. Ella se quitó el gorro, el sobretodo y el bolso, yo sólo la imité quitándome mi abrigo. Tomamos asiento y yo coloqué el manuscrito sobre la mesa. Pareció adivinar lo que estaría a punto de decir tarde o temprano, sólo que ella lo hizo primero.

-Hace mucho tiempo que no nos veíamos. - Comentó como quien no quiere la cosa, mirándome con sus ojos gatunos repletos de curiosidad.

-Es cierto - Comenté sin mucho ánimo. - Oí que trabajabas de periodista, en la columna de crímenes.

-Sí, es aburrido… - Afirmó mirando con ojos soñadores la ventana. - No es más que caos. Aunque me imagino que no lo esperabas…

-No - Admití y sonreí, ella rió con ánimo.

La camarera se aproximó con su libreta de notas para tomar nuestra orden.

-Un café, negro, con dos de azúcar… ¿y crema? - Le pregunté, asegurándome que aún le gustara así, ella asintió - Para mí… nada.

La mesera anotó todo ello y se marchó a prepararlo.

-Yo también escuché algo de ti… - Opinó. La miré con curiosidad.

-No me extrañaría y ¿qué fue eso que escuchaste?

-Que eres famoso… - Pronunció esas palabras casi con malicia, sabía que no me gustaban y sólo quería fastidiarme, pero no le di el gusto.

-Es extraño que lo digas, según los críticos mis obran son desabridas y con falta de perspectiva - Le menciono divertido.

-Y sí… - Asiente, aceptándolo con tono trágico. - Sólo quería ser amable.

-Vas por buen camino - Le indico con tono irónico. Ella rió a carcajadas, y yo no pude evitar reír también… y me pareció extraño todo.

Era increíblemente ilógico el asunto, riéndonos como chiflados de asuntos sin gracia. Para ese instante la camarera posó la taza de café frente a ella.

-Tienes el sentido del humor virado - Me dijo apenas se hubo marchado. Tomando con delicadeza la taza entre sus manos.

Bufé a toda respuesta. Y la pausa, el momento del incómodo silencio, ella sorbió la taza. Acerqué el manuscrito hacia mí evaluándolo, leí el título: Remolino de Amnesiapor Patricia Lokwell.

-Un título interesante… - Señalo, y reviso la última página, en total 708. - y extensa (Aunque eso no mide su calidad - Interrumpió ella, a lo que asentí.)… ¿Y de qué trata?

Ella sonrió, de esa forma especial que tan bien conocía, divertida, enigmática.

-No me lo dirás, ¿verdad?

-Estás en lo correcto - Y vio la hora en su muñeca.

-¿Usas reloj, ahora?

-Desde un tiempo para acá… - Comentó sin mucho ánimo.

De nuevo el silencio, la detallé, parecía apurada en terminarse el café.

-Koistinen… - Dijo de repente, tomándome por sorpresa, no solía llamarme por mi primer nombre, sin embargo no le interrumpí. - Es el original.

-Lo noté - Le respondí serio. - ¿A qué se debe…?

-Sólo quiero que lo tomes en serio. - Dijo súbitamente. Comprendí entonces que en realidad no íbamos a llegar nada en concreto referente a nuestra desplazada amistad. Adopté otra postura.

-Eso hago - Le aseguré.

-No, es que no entiendes… - Ella volvió a mirar el reloj, tardó cierto tiempo en hablar. - Quiero que lo publiques con tu nombre.

Sin duda, lo último me dejó fuera de lugar, absolutamente confundido.

-Pero…

-Es más que una petición, es… necesario que lo hagas, quiero que lo hagas - Me exigió, sin mirarme, terminándose su café.

La miré absolutamente confundido y desconfiado de su repentino cambio de planes.

Veinte minutos después de que me dijera esa frase llevaba el manuscrito bajo el brazo, la lluvia había cesado, ella se despidió con una sonrisa, un hasta pronto lejano de esperanza y un beso en la mejilla. El olor a vainilla de sus cabellos pareció perseguirme hasta mi departamento.

Al llegar, lo dejé sobre la mesa y encendí un cigarrillo, ¿Qué se supone que debí haber hecho? ¿Debí rechazar su propuesta? No pude negarme a su mirada, ¿Pero en realidad era eso lo que ella quería? ¿Era eso lo que me decían sus ojos? Suspiré cansino y me recliné en el sofá, mirando la mesa. Iluminado por la única luz en la habitación, a un lado mi manuscrito, del otro lado, el de ella. Apagué el cigarrillo y cerré los ojos, recostando la cabeza cómodamente. Pensando en otra cosa. Aprecié el silencio. Sobre todo la oscuridad.Algo se cayó en la habitación, pero no desperté. Probablemente ya me había quedado dormido antes de poder reconocer el ruido.