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Historia 32758 — capítulo 2

  • Ya he reconocido a su padre - dijo una voz a sus espaldas - ¿Sufre el síndrome de Phelps, verdad?
  • Así es.
  • Se ha complicado su estado. Ahora ha sido la médula. Le fallan las extremidades. Pronto no reconocerá a quién tenga alrededor, después será el sistema respiratorio...
  • Guárdese las explicaciones, Doctor, por favor. Ya sé cómo va a terminar todo ésto. Es doloroso.
  • Lo siento, señorita, si la he molestado. No era para nada mi intención.
  • No se preocupe Doctor Cullen.
  • Por favor, llámeme Carlisle - sonrieron.
  • Está bien, Carlisle.
  • Aquí tiene prescritos los medicamentos que ha de tomar. ¿Quién le pone las inyecciones?
  • Yo. Cada doce horas. Tengo el título de ATS, Formación Profesional. Ahora estoy yendo al instituto para poder ir a la Universidad a estudiar Medicina.
  • Entiendo. Le he cambiado la medicación, debería sentir una ligera mejoría. Pero no durará mucho.
  • Gracias, Carlisle - lo acompañó a la puerta y se despidió de él.

Después subió y se dio una ducha, se quitó el maquillaje gótico y se maquilló con un color beige y se puso en los lábios un brillo rosado. Una forma más natural. Se puso unos pantalones marrones y un jersey de color crema. Bajó y miró por la ventana, justo en ese momento estaba bajando Elliot del autobús escolar. Su hijo. Su pequeño tesoro de tres años. Que corrió al verla abrir la puerta y se abrazó a ella.

  • Mami, mami. ¡Hoy ha entrado una ardilla en clase!
  • ¿En serio?
  • ¡Sí! - de repente su cara alegre se puso triste - pero se fue enseguida.
  • Oh... cariño. Eso es porque se asustó. A los animales les gusta estar libres y a las ardillas les encanta estar al aire libre y en los árboles.
  • Ya lo sé mami, pero era tan bonita...
  • Bueno, tenemos que salir a comprar. Ves a tu cuarto y deja tu mochila. Saluda al abuelo, está acostado, no se encuentra bien.
  • ¿Se ha puesto más malito?
  • Sí, cariño...

Elliot subió y fue a su habitación como le había ordenado su madre. Después pasó por la habitación del abuelo, que estaba dormido y le dio un beso en la frente. Le cogió la mano y le cantó "Cura sana, culito de rana, si no se cura hoy se curará mañana". Era lo que Telva le decía para que se le pasara el dolor o se pusiera bueno. Bajó al comedor. Telva subió al niño al asiento de atrás del Cadillac, ya había sacado su sillita del maletero, la mantenía guardada allí. Fueron al centro y aparcaron en frente de la farmacia. Entraron y compró los medicamentos y después fueron al supermercado, en tres cuartos de hora habían vuelto a casa. Todavía estaba claro. Telva guardó la compra y le dijo a Elliot que iban a sacar a pasear a los perros y a Martina y Cleo, sus vacas. Salieron al jardín de atrás y del cobertizo sacaron a las reses, las cogieron del arnés y se las llevaron al bosque, allí estuvieron hasta que empezó a oscurecer. Elliot puso pienso a los platos de los perros y a los conejos. Telva fue a ver los mensajes del contestador. Habían siete.

  • ¿Telva? Soy Adriana, para mañana tráeme cinco conejos, vivos. Y dos litros de leche. No hace falta que la hiervas, sé que es fresca, como vienes pronto me dará tiempo a hervirla para el desayuno de los niños. Hasta luego - Telva cogió una hoja y apuntó el pedido.
  • Telva soy Lucas, tráeme cinco litros de leche, hiérvemela antes, ¿Vale? Un abrazo.
  • Telva, soy Estela, prepárame ocho conejos. Pelados pero enteros. Chao - y el resto de los mensajes eran similares.

A Telva no le hacía gracia matar a los conejos que criaba. Ni a las gallinas. Pero era su trabajo. Tenían dinero guardado del seguro de vida de su madre. También del local, dónde antes sus padres tenían la carnicería, que ahora estaba alquilado. Pero en una casa habían muchos gastos y no les llegaba con lo del alquiler del local. Por eso cobraba tres dólares por matar a los animales. Tres más por despellejarlos y limpiarlos de vísceras y cinco por desplumar a las gallinas.

Preparó el guiso y tras la cena, duchó a Elliot, estuvo un rato pintando con él y lo acostó. Pinchó a su padre el medicamento, le dio la cena, triturada, y le dio las buenas noches. Se desmaquilló y se puso a hacer los deberes y repasar un poco lo que habían dado aquella mañana y preparó su mochila para el día siguiente. Se levantó más temprano que de costumbre. Puso los conejos vivos en la vieja camioneta de su padre. Los huevos y la leche en bolsas, por separado, según los pedidos. Los animales muertos... y se fue a repartirlos. Volvió a tiempo para dar de comer a los animales y cambiarse y arreglarse para ir al instituto y coger su coche. Le había pedido a su padre que no se levantara de la cama, aunque no se terminaba de fiar. Le dio el desayuno con un somnífero disuelto, para que durmiese y no intentara levantarse. Vistió a Elliot y lo vio marchar con el autobús de la guardería. Sabía que a medio día pasaría una vecina a ver a su padre. La llamó para decirle que estaría acostado arriba. Que su estado había empeorado y que tenía la comida lista en un tupper en la nevera.

Aquél día de clases fue igual que los otros. Nadie le hablaba, nadie le aguantaba la mirada. Excepto los Cullen. De nuevo, comió sola. En su mesa de siempre. Cogió su agenda y se puso a revisar los pedidos de toda aquella semana. Era viernes. Había ganado más de trescientos dólares. Aquella tarde debía poner a esterilizar los barreños de la leche. También debía comprar hueveras. Cuando levantó la vista, descubrió que Alice y Edward Cullen se encontraban sentados enfrente de ella.