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Historia 33023 — capítulo 2
Miraba por la ventana al par de hombres darle servicio a mi pequeño jardín. El más moreno plantaba los rosales que pensaba poner hace dos semanas. Mi mano izquierda la sentía tibia y la otra fría. Claro la izquierda tenía esa especie de guante cubriéndola, cuidando que poco a poco los ligamentos volvieran a su orden. Nueves días en el hospital habían resultado todo un gozo. Por irónico que pareciera, me sentía más libre que aquí. Mi vista seguía en aquellos pequeños rosales que siempre me harían recordar aquella pelea con Draco. Esa vez que me arrojó contra la mesa y después me golpeo con descaro para callarme. Las imágenes del hospital vienen a mí como escenas de película.La cama, el medico diciéndome que sería sometida a una operación para no peder mi mano, las vagas y creíbles excusas que mi marido usó para justificar aquel pedazo de vidrio incrustado en mi mano y aquellas pequeñas cortadas en mis piernas. Claro, el era experto engañando a la gente. Pero un total fracaso cuando trataba de hacerlo a si mismo.
-No quiero que mi esposa se haga cargo del jardín. Es muy pronto y su mano no esta en condiciones.-
Reí para mis adentros. Sonaba tan gracioso oírlo decir: mi esposa. Cuando en otro tiempo hubiera preferido cortarse la lengua antes de llamarme así. Pero claro, no se le notaba alegría ni orgullo al pronunciar tales palabras. Solo un monótono sonido de resignación. Todo esto se lo decía a María. La anciana que ayudaba en casa. Después de mi operación iba a diario por que Draco alegaba que yo no podía hacer gran cosa.
Perfecto, lo que siempre soñó, llamarme inútil y conseguir que le diera la razón.
Los escuchaba hablar. Se encontraban en el pasillo cerca de mi habitación. Y lo que siempre ha tenido esa casa es su buena acústica. Tal vez por eso siempre escuchaba mis gritos en cada pesadilla.
-Haré lo que pueda señor, pero recuerde que su esposa es muy terca. Ayer que llegué temprano la encontré al pie de la fuente tratando de remover algunos girasoles.-
-¡Mire María, si la mano de mi mujer vuelve a resultar dañada usted va a ser la única culpable y puede despedirse de su empleo!.-
Casi podía imaginarme a la anciana mujer estremecerse con el grito de Draco. ¿En que pensaba? Alguien como María no podía hacerme desistir de hacer lo que quisiera, el único quien tenía aquel poder era él. Tal vez por eso Draco casi lo gritó, tal vez por eso habló con María en el pasillo para que yo lo oyera y me compadeciera de la pobre mujer que quedaría en la calle por mi culpa. Claro, hubiera sido mas fácil que me lo prohibiera directamente, pero no, aprovechaba cada oportunidad de culparme por todo lo que pasaba y si me podía sumar el despido de la anciana lo haría. Al parecer María asintió aun temblando y se marchó. Escuché unos pasos dirigirse a mi habitación. Abrió la puerta y me miró sentada en el marco de la ventana. Sus ojos se clavaron en mi mano dañada y luego inspeccionaron mi habitación. Frunció el ceño al ver algunas fotografías de Ron y Harry adornar las paredes, pero obviamente había muchas más de Ronald.
-¿Cómo es posible que no tengas pesadillas, si todo tu cuarto es un altar para el insípido Weasley?.-
Estaba de nuevo provocándome. Desde mi salida del hospital no le había dirigido palabra. Si nuestra relación era escasamente verbal ahora se había vuelto una absurda mímica de ojos. Éstos eran más que suficientes para expresar mi odio. ¿Pero porque él se empeñaba, se rebajaba a dedicarme alguna palabra? Talvez el remordimiento lo azotaba en las oscuras noches o simplemente era para demostrarme que el tenía la conciencia limpia y que todo me lo tenía merecido.
No respondí a su estupida pregunta y volví a mirar los rosales. Los había comparado esta mañana y después del suceso de ayer mandó a contratar a dos jóvenes jardineros para hacerse cargo. De golpe ya no percibí su molesto aroma y sabía que ya no estaba.
Bajé por las escaleras queriendo ir al jardín cuando maría me intercepto.
-Señora, recuerde que usted no puede hacer mucho esfuerzo.-
-Tengo lesionada la mano, no la pierna, además saldré al jardín a ver [i]mis[/i] flores, pero te prometo que trataré de no tocarlas si eso es lo que te preocupa.-
La anciana asintió débilmente y entró a la cocina. Sabía muy bien que no debía ni de regar o cortar las hojas de las plantas. Muy aparte de que Draco despidiera a María me importaba más el hecho de que mi mano sanara.
Me senté en una pequeña banca de marfil debajo de un árbol. Sentía el viento revolver mis cabellos al compás de las hojas del árbol cuando una voz llamó mi atención.
-Este jardín es perfecto. Estoy seguro que con piedra caliza en el perímetro se verá mejor-
Se notaba el entusiasmo en cada palabra, aquel entusiasmo que solo a veces podía escuchar del mismo Harry. Me levanté de la banca y casi por inercia me puse de puntillas para tratar de ver hacia el otro lado de la cerca. Sentí que mis ojos se abrían demasiado y mis labios se tornaron secos. No, aquello no era posible, era solo un espejismo, una trampa para mis ojos. Su cabello era vagamente rojo, los ojos de un azul que hace mucho extrañaba, y sus pecas… podía estar segura que cada punto estaba en su lugar cerca de la nariz y dispersándose en las mejillas.
Pero era demasiado asombro, demasiada realidad.
Yo había sentido su sangre en mis manos, yo había oído sus ultimas palabras… yo… yo pronuncié lo impronunciado.
El corazón me dio un vuelco al sentir sus ojos sobre los míos y yo, como una niña, totalmente infantil, me agache tras la cerca para ocultarme. No podía ser él.
-¿De quien se oculta?.-
Esa voz, esa voz hizo que el corazón se me detuviera. Ahora sí podía estar segura, [b]No[/b] era Ron. Pero su timbre era casi igual, y que decir de su aspecto, como dos gotas de agua. Levanté un poco mi cabeza y solo sonreí, un calor excesivo invadió mi rostro, estaba tan avergonzada por como había reaccionado. Sin embargo seguía sin decir palabra.
-¿Se oculta de mí?.-
Volvió a preguntar con esa voz que me hacía recordarlo tanto. Me erguí un poco y seguí sonriendo. No creo que haya sido una sonrisa apacible o vacilante. Era más bien una sonrisa nerviosa, torpe, una rígida mueca tratando de ocultar mi evidente vergüenza.
-Disculpe por como reaccioné, mi nombre es Hermione…- pensé unos segundos si era bueno decir mi apellido de soltera o el de casada. Hermione Malfoy. ¡Por Dios! ¿Era un chiste? - Hermione Granger.- dije al fin extendiendo mi mano por encima de la cerca que me llegaba un poco mas arriba de la cabeza. Parecía que él se encontraba sobre alguna piedra o silla ya que su cabeza y hombros sobresalían la cerca.
-Un placer, mi nombre es Carl… Carl Smith.- prosiguió tomando mi mano. Sus ojos se volvieron hacia mi mano izquierda y solo alzó una ceja. -¿Pero que le ha pasado?.- preguntó aun mirando mi mano.
-Un pequeño accidente.- respondí sin dar mas detalles.
Mi vista seguía en su rostro, en sus ojos azules que hacían ahogar todos estos años de culpa, desdicha y soledad. Creo que se percató de mi manera tan obsesiva de mirarle y sonrió divertido.
-Bueno, me acabo de mudar… ¿pero sabe una cosa?.- preguntó ahora agachándose un poco para llegar a mi oído. Solo me quedé estática, sentí su calido aliento vagar cerca de mi rostro y me estremecí, él solo soltó una pequeña risa. ¡Vaya que sí se percataba de cada estupido movimiento que mi cuerpo inconciente hacía! -No es muy adecuado mantener charlas por encima de una cerca.- diciendo esto se alejó un poco y me miró.
-Entonces ¿que propone?.-
Sonrió ahora maliciosamente.
-Yo la invitaría a venir a mi casa, pero por las cosas de la mudanza esta todo echo un desastre.-
En mis labios se formó una sonrisa igual de maliciosa que la suya.
-Yo también lo invitaría a pasar estoy segura que a miesposo le encantará conocer al nuevo vecino.-
Noté como su rostro cambiaba aquel semblante seductor, que tal vez desde un principio mostró pero que yo no había notado hasta que vi su sonrisa, por uno ahora mas serio.
-¿Su esposo? ¡Vaya! debí haberlo imaginado, estoy aquí vacilando con una bella joven que vive en una casa un poco grande para ella sola… No se como no lo pensé antes-
-¿Quiere decir que trataba de seducirme?-
Él solo volvió a mirarme con aquellos ojos que me hipnotizaron.
-Claro, ¿o me va a negar que usted no se dio cuenta?-
Solté una carcajada algo falsa y nerviosa mientras daba dos pasos atrás.
-Bueno, Mr. Carl, como dije a mi esposo le encantará conocerlo, lo esperamos a las siete en punto para cenar hoy.- y con esto me fui corriendo como una quinceañera que temía que sus padres la descubrieran. ¿En que pensaba? A Draco no le interesaba hacer más amistades de las que ya tenía. Pero ¿Qué me había pasado? ¿Por qué lo invité a cenar? Solo lo hice para ver el rostro de Draco al toparse con aquel pelirrojo que era la viva imagen de Ron.
Eran las seis treinta. El comedor estaba radiante. Lo miré con detenimiento mientras pasaba mi mano derecha sobre el borde. Fijé mi vista en el gran espejo de la vitrina y me examiné cuidando cada detalle. ¡Maldito guante que me hacía lucir antiestética! Era un guante azul como de hule que para nada combinaba con mi corto vestido negro con cuello en forma de corazón que cubría mis hombros con unas cortas pero ceñidas mangas. Hablé con María para preparar la cena mientras la guiaba para que preparara algunos platillos. La puerta se abrió dándole pasó a Draco. Su semblante se veía agotado mientras dejaba en el perchero su abrigo y se desabotonaba la camisa color vino. Me miró al lado de la mesa y solo entre abrió la boca algo sorprendido. No habíamos comido juntos, ni había arreglado la mesa de esa manera desde aquella noche en que reñimos. Su rostro pareció confundido y me miró incrédulo. Solo sonreí.
-Mas vale que te arregles, a las siete vendrá el nuevo vecino y no quiero que crea que eres un zarrapastroso.- Sus ojos se tornaron más fríos y caminó hacia mí.
-¿Nuevo vecino? No me interesa conocerlo, así que dile que me disculpe, que no estoy de ánimos.-
-Pero mi amor, deberías conocerlo, estoy segura que vale la pena. Además en uno u otro momento lo conocerás, s no es hoy será mañana mientras salgas al coche o al jardín.-
-Mi querida esposa siempre tan elocuente, esta bien, solo para darte gusto bajaré a cenar.-
No se como pude aguantar las ganas de reírme. Aquellos comentarios eran tan cómicos, sarcásticos… Se notaba el tono de ironía que plasmábamos en cada palabra para ocultar el desagrado evidente. ¿Pero, por que fingir ante nosotros? Porque si no se comienza por engañarse uno mismo no se puede engañar a los que te rodea. Pero aquel era el problema, no podíamos engañarnos pero pensábamos que a los demás si.
En cuanto Draco dijo aquellas palabras su mirada se clavó en mí haciendo que me estremeciera.
-Bajaré, pero solo para saber por que te interesa tanto mi presencia.-
¡Lo odiaba! Ahora me hablaba claro. Me conocía a la perfección y sabía que si le insistía en algo era por que tenía mis razones. Subió sin decir nada más y a la media hora sonó el timbre. ¡Vaya que era puntual! Me dirigí a la puerta y al abrirla me topé con aquel apuesto hombre que llevaba un pantalón negro y camisa negra. Me miró por largo rato como grabándose mi cuerpo.
-Creo que si hubiéramos planeado vestirnos igual no hubiera resultado.-
Solo sonreí.
-Sabía que vendría.-
-¿Por qué no hacerlo?, además juzgando por la forma en que corrió creí que ya había asumido que mi respuesta era afirmativa.-
Al oír esto desvié mi vista al suelo y sentí su mano en mi barbilla.
-No se avergüence, me pareció cómico que se echara a correr pero siempre es agradable ver a una mujer que no teme hacer el ridículo.- Aquellas palabras me disgustaron un poco, iba a arremeter contra el comentario pero al subir mi vista me perdí de nuevo en sus azules ojos. ¡Oh Ron! ¿Por qué todavía vivías en mí? ¿Por qué tu recuerdo me acorrala en cada momento?.
-Buenas noches.- la fría voz de Draco hizo que la mano de Carl se esfumara de mi rostro. ¡No! Mi plan no había resultado, de seguro desde que Draco bajó se dio cuenta del físico de Carl, de seguro ya se había sorprendido y tranquilizado impidiéndome deleitarme con su expresión crédula.
-Buenas noches, soy Carl Smith.- ambos caminaron hasta estrecharse la mano y sentí aquellos fríos ojos recorrerme. Lo miré. Ahora Draco mostraba una media sonrisa como diciendo "¿Esto es lo que me querías presentar?" No se inmutó al verlo. Los tres nos dirigimos y charlamos largo rato.
-Debo felicitarlo, tiene a una belleza como esposa.- Draco solo asintió ante el cumplido. -Lo siento pero es hora de retirarme.- -Pero todavía falta el postre, ¿será capaz de darme ese desaire al no probarlo?.-
- Lo siento, me encantaría probar su exquisito postre, estoy seguro que será una delicia, pero mi tiempo es limitado pero prometo compensarla.-
Draco nos observaba mientras bebía vino. Creo que notó el tono rojizo que invadió mi cuerpo al oír aquellas palabras. Estoy segura que miró, al igual que yo, el brillo excitante que aquellos ojos azules desprendían al mirarme.
-¿Y que tiene que hacer? Si se puede saber.- -Bueno, como ya le había dicho, me mudé aquí por que mi madre esta muy enferma, y dentro de un hora tengo que ir a verla al hospital. -¿Tan tarde?- Draco seguía acosándolo. -Mi madre tiene alzhéimer, y mañana por la mañana la operaran, y quiero pasar la noche cuidándola para que no se inquiete mas de lo que ya debe estar.- -Siento mucho si le quitamos su valioso tiempo.- Agregué con pena. -No se preocupe, ahora debo irme.-
Los tres nos pusimos de pie, Draco y yo nos despedimos de él.
Le dí un abrazo como queriendo que no se fuera. Era Ron, por lo menos para [b]mí[/b] y no quería perderlo de nuevo. Tocó mi mejilla con sus tiernas manos y luego dibujó en mis labios una sonrisa ¿A caso sabía como me sentía?. Draco seguía mirándonos.
-Cuide su mano.- agregó y con esto se marchó.
Volví a sentir le frío invadirme y una fuerte mano tomar mi brazo, Draco me atrajo hacia él. Solo me quedé inmóvil, presa del miedo que me causaba su presencia, su contacto.
-Despierta Granger, ese hombre no es el patético Weasley, no quieras confundir tus pesadillas con la realidad, puedes quedar demente.- Traté de soltarme pero él era más fuerte. -Todo lo que tocas lo pudres, ¿realmente crees que con él tendrás la oportunidad que no tuviste con la comadreja?- mis ojos echaban chispas lo odiaba, cuanto lo odiaba.
-Dijiste que querías acabar con esta farsa, ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué no te vas y me dejas? ¿Qué es lo que te retiene?- al escuchar mis palabras me soltó bruscamente.
Veía cada facción de su rostro que desprendía ira, caminó hacia mí y miró mi mano lastimada, sus ojos pasaron hacia el comedor y después a la sala.
-¡responde! Grité tratando que saliera de su mundo que solo cuando le convenía se sumía en él.
-¡Maldito el día en que te convertiste en mortífago!.-me gritó haciendo que cada uno de mis sentidos se congelaran. Haciendo que el aire se me escapara y lagrimas cayeran en mi rostro.
-¡Por fin estamos de acuerdo en algo!- exclamé entre sollozos. La imagen de aquella marca me seguiría de por vida, al igual que esos días que me parecían tan lejanos pero que a la vez revivía en sus ojos glaciales obligándome a nunca olvidar, a nunca perdonar.
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