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Historia 33338 — capítulo 2

Algunas veces se daban esos momentos en los que me ponía a divagar sobre todo lo que me había ocurrido hasta ahora. Habían pasado ya cinco años desde la batalla final y a veces, como ahora, me sentía culpable de haber abandonado a todos aquellos que confiaban en mí. Incluso me preguntaba porque había tomado aquella repentina decisión, de destruir todo lo que tenía en un simple momento de debilidad. Y después de haberlo pensado mucho me percaté de que yo no quería fama ni honor, y que lo que habría recibido al regresar al mundo mágico después de la batalla habría sido tan sólo eso. Lo que en verdad quería era paz y una verdadera familia, y el sentimiento que me había arrastrado a barrer mi vida como si fuera un torbellino y a empezar una nueva fue él. Aquel que odié pero que había sido tan parecido a mí en tantos aspectos que a veces daba incluso miedo. En lo profundo de mi ser había creído que dándole la posibilidad de tener un padre que lo quisiera, también me daba la posibilidad a mí de tener lo que siempre había querido, alguien a quien llamar familia. Es cierto que había considerado a los Weasleys como tal, incluso a Sirius y a Hermione, pero ellos aunque eran importantes no podían tomar dicho papel. Pero Tom y yo estábamos conectados más allá de la sangre, parte de su alma estaba en mí y eso hacía que sintiera que si alguien podía ocupar el lugar de una familia ese era él.

Nunca pensé que sería tan feliz de criarle. Al principio me costó mucho poder mantenernos a ambos. Renuncié a la magia y huí al mundo muggle, refugiándome en un barrio de Londres. Conseguí cambiar mi aspecto e incluso me di un nuevo nombre. El primer año me dediqué a trabajar de barman en el centro de la ciudad, pero no me daba demasiado dinero con lo que tenía algunos problemas cuidando de Tom. Por esa época conocí a Marie, la casera de mi edificio. La amable ancianita se sintió enternecida de ver a un joven muchacho criando de un bebe y me prestó toda la ayuda posible. Ella cuidaba de Tom por las noches cuando yo me iba a trabajar, y por el día me enseñaba como cuidar de él, ya que como padre era un cero a la izquierda. Cuando Tom cumplió los tres años fue cuando por fin encontré algo que pudiera sustentarnos a ambos, la escritura. Conseguí que me publicaran un libro el cual tuvo bastante éxito, y gracias a ello conseguí bastante dinero como para poder darle una buena educación. Los años pasaron y gracias a dios, todo había mejorado. Ahora ganaba lo suficiente con mis libros y podía pasar todo el tiempo que quisiera con mi "hijo". Eso era algo de lo que había hablado con él. No quería esconderle por más tiempo que yo no era su verdadero padre y decidí contarle la verdad. Bueno, digamos que la verdad a medias. Le conté que lo había encontrado entre unas ropas en la calle y que había decidido adoptarlo como mi propio hijo. Él lo acepto bastante bien, y me dijo que no le importaba quien fuera su padre verdadero que a la persona que más quería en el mundo era a él. Eso me hizo sonreír y sentir que de verdad le necesitaba a mi lado. Ahora un año después vivíamos felizmente en una casa que había alquilado desde hacía 9 meses, y mi mundo había empezado a girar en torno al niño. Me había mudado allí porque Tom necesitaba empezar a ir a la escuela, y desde hacía unos meses era uno de los mejores alumnos de la famosa Madritge School. Pero mis preocupaciones vagaban por otro mundo diferente a este. Hace unas semanas Tom había hecho magia. No es que este hecho fuera malo, pero me asustaba la posibilidad de que recordara algo de cuando era Voldemort. Al preguntarle al niño no había dado sospechas de tal, y pude descansar tranquilo por unos días, pero un poco más tarde lo pille hablando parsel a una serpiente. Eso si fue un duro momento para mi. Tom había empezado a desarrollar su magia a tan joven edad y me asustaba el hecho de perderle ahora que había llegado a ser tan importante para mí. No quería que mi mundo, tal como ahora lo conocía ser rompiera en mil pedazos. Esta semana por fin había desechado la posibilidad de que el niño llegara a ser Voldemort, por lo menos no dejaría que ocurriera si podía evitarlo, y había empezado a pensar que lo correcto era hablarle de la magia y del mundo al que pertenecería. La voz del pequeño me sacó de mis pensamientos.

• Papa.

Me giré mirando al niño y vi como se frotaba los ojos con un aire adormilado.

• Que haces despierto, Papa. ¿Pasa algo? - añadió acercándose a mi unos pasos.

• Que va Tom. No podía dormir. - y me giré para cerrar la ventana por la que había estado mirando.

• ¿No estarás espiando a la vecina, verdad? - dijo el niño enfadado y acercándose más a mi.

• ¿Por qué crees que haría eso tu papi? - y entonces le sonreí y lo cogí y me lo cargé al hombro como un saco. - Y ahora a la cama. - salí de la habitación dirigiéndome a la contigua.

• Papa suéltame, suéltame, ya soy mayor para que me lleves. ¡Jooo, suéltame!

• Como ordene su majestad - dije dejándolo de golpe en la cama. - Y ahora a dormir. - Le di un beso en la mejilla y me dirigí hacia la salida de la habitación.

• Buenas noches papa. - oí decir al pequeño antes de girarse para esconder la cara entre las sabanas.

• Buenas noches Tom. - susurré saliendo de la habitación.

Era en estos momentos en los que el verdadero miedo de perderle le acechaba. Tan sólo esperaba que esta tranquilidad de ahora durara lo máximo posible.

Habían pasado algunos años, todo iba bien hasta que empecé a notar en Tom un comportamiento más extraño. A sus siete años, mi círculo social se había ampliado y algunas noches del mes salía a fiestas para conocer a gente del mundillo y vender un poco mi imagen de escritor. A veces mi agente también programaba entrevistas para promocionar mis libros y eso hacía que disminuyera considerablemente el tiempo que pasaba con Tom. Y eso a él no le gustaba para nada. Cada vez que me iba me hacía un puchero detrás de otro, y empezó a volverse más…como lo diría, más Slytherin. A veces, creía estar hablando con un chico mucho mayor que un niño de siete años, y me daba miedo la facilidad con que a veces me manejaba. Pensar que estaba más al mando que yo me ponía de los nervios.

Aún recuerdo el día que le presenté a Dora Collins. La joven mujer de unos 27 años era una de las periodistas más profesionales de la Revista "Big World". Era entusiasta y divertida, amable y a la vez una cruel depredadora, bella como la mejor de las rosas pero a la vez tan capaz como la mejor profesional. Era una de estas mujeres que no crees que puedan existir si no las ha visto uno mismo. Pues bueno, ese día la invité a cenar a casa para presentarle a Tom, del cual le había hablado a la chica. Creo que no había visto a Tom tan enfadado desde… ¡nunca!. Aún recuerdo la cara que puso cuando se la presenté, total pánico, pasando por enfado y más tarde cambió a una mirada de indiferencia que me dejó perplejo. Parecía las fases de aceptación de un enfermo: negación, ira y aceptación. Dios sabe que ni siquiera la había considerado como una novia, pero pensé que para Tom, una figura materna, o por lo menos una amiga de su padre que pudiera ejercer como tal, harían muy buen resultado en su personalidad.

Pero como siempre ocurre, mis decisiones apestan. No sólo Tom no la aceptó, sino que pensó que quería irme con ella y abandonarle. Y eso hizo que Tom se volviera aún más posesivo conmigo, desde entonces miraba con otros ojos a mis amigos y compañeros de trabajo.

Aún recuerdo como intentó hinchar a la madre de uno de sus compañeros de clase cuando intentó coquetear conmigo en una reunión escolar. Gracias a dios que conseguí pararlo a tiempo antes de nadie se diera cuenta. No negaba que había dado motivos a Tom para depender tanto de mí, yo le quería con locura, y quería que él me quisiera a mi también, pero a veces me preguntaba de lo que sería capaz Tom, y eso me asustaba.

La verdad es que el tiempo que pasaba con él era estupendo. En cuanto le hablé sobre la magia y el mundo al que había pertenecido se quedó francamente sorprendido. Entonces me contó muchas de las cosas que le habían pasado, y que podía hablar con las serpientes. Eso me dejó más tranquilo, ya que ahora sabía que me lo había ocultado por miedo al rechazo. Le hablé sobre las normas de no hacer magia para menores de edad y le dije que le enseñaría algunas pociones y truquitos para practicar antes de ir a la escuela de magia que eligiera. Aunque le avisé de que no podría utilizarlo en su escuela muggle. Debido a aquello, Tom empezó a interesarse más y más por la magia, tanto que a veces se quedaba sumergido en un libro por horas hasta que le llamaba para comer o cenar. Me alegró que se interesara tanto por sus orígenes aunque notara la intranquilidad que esto me provocaba. Con el tiempo me di cuenta de que era un niño mucho más listo y maduro que el resto. Siempre supe que Voldemort de niño había sido muy despierto, pero pensé que se debía simplemente a sus ganas de sobrevivir en el orfanato. Pero ahora me daba cuenta que la brillantez e inteligencia que irradiaba Tom era totalmente inherente a su ser. Pero eso no era todo, también su carácter se endureció y empezó a actuar más como el niño que fue una vez un verdadero Slytherin.

Hoy justamente era 31 de Julio, el día que cumpliría 24 años. En verdad era aún joven, pero todo el mundo que me conocía me decía lo mismo, que aunque pareciera tan sólo un muchacho mis ojos parecían relatar mucho más que la vida de un mero jovencito. También todos se sorprendían del hecho de que tuviera un hijo tan joven, incluso aunque fuera adoptado. Esto no quitaba el hecho de que hubiera decidido ligarme tan joven a un pequeño monstruito, como lo solía llamar Robert, mi amigo y compañero de fatigas. Lo había conocido una noche en que Tom tuvo mucha fiebre y como no sabía que hacer acabé llevándolo a un hospital. Allí conocí a Robert, que era médico en prácticas esa noche. Era uno de los pocos de mis amigos a los que Tom soportaba e incluso podría decir que muy en el fondo le caía bien. Aunque cuando se veían solían discutir todo el rato y acababa largándome para no oírlos a los dos gritarse por cualquier cosa. Estaba harto de su maldita riña de si el cero era o no un número par. ¿Qué coño importaba eso? Lo único que importaba era que el tema daba horas para discutir, y eso los complacía a ambos.

Más años trascurrieron hasta que Tom se hizo suficiente mayor como para poder ir a Hogwards. Mi carrera había despegado bastante, y aunque tenía mucha faena podía dedicarle bastante tiempo a Tom. El niño se había convertido en un maravilloso muchacho que enorgullecería a cualquiera. A veces me sorprendía que alguien criado por mi hubiera salido tan seguro, autosuficiente y maduro. Sus notas en la escuela eran siempre excelentes, y Tom tenía varios buenos amigos que de vez en cuando venían a casa a jugar. Esto me alegro, ya que al principio, se había cerrado bastante y no había querido socializar con el resto de jóvenes de su edad. Lo único que podía decir era que el orgullo como padre no me dejaba ni respirar, y que a mis ojos el joven que una vez fue mi más odiado enemigo, se había convertido en uno de los pilares de mi vida.

Pero uno de los momentos más duros por lo que he tenido que pasar fue aquella tarde de Julio en la que Tom por fin recibió una lechuza. Mi hijo había decidido que quería ir a Hogwards, ahora el destino empezaba a barajar de nuevo las cartas.