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Historia 34409 — capítulo 3

ABRIL 6 DE 2009

La familia se dirigía nuevamente hacia su casa después de la frustrada visita al psicólogo. Los padres de Felipe pasaron la mayor parte del viaje discutiendo sobre aquel hecho. El padre decía que lo podría haber atendido cualquier otro médico del lugar, al menos para ver de forma general cual era el problema. Pero Evelin se mantenía firme en el argumento de que si lo habían enviado a la doctora Jhonson, a la doctora Jhonson debía acudir. La conversación se dio por terminada cuando entraron en un embotellamiento. A diferencia del que habían sufrido a la ida, éste sí parecía grave. De hecho, para poder avanzar una cuadra tuvieron que esperar al menos cinco minutos. De pronto Felipe miró por la ventanilla y gritó -algo que no era común en él-. ― ¡Mi regalo!

Tenía los ojos fijos en la vidriera de una gran tienda de aparatos electrónicos. Allí, elevada por sobre las otras cosas para impedir que sea pasada por alto, estaba la consola que tanto quería.

― Ahora no, Felipe. Otro día -dijo Bean-. No traje dinero. Pero el problema no era ese. Bean Harmes deseaba con toda su alma estar acostado tranquilo en el sillón del living en su casa, mirando televisión. ― Cariño, tenemos la tarjeta de crédito -replicó su esposa-. Lo prometido prometido está. ― ¿De verdad quieres comprarle algo para que esté aún más tiempo en casa de lo que ya está? -contestó Bean, un poco irritado, a lo que Felie respondió con un golpe al vidrio del auto. Odiaba que dijeran eso. ― Bueno, tengo una idea. Se lo regalaremos para su cumpleaños, así que podemos comprarlo uno o dos días antes. ¡Pero no lo tocará hasta su cumpleaños! ― Está bien. Pero cuando veas que no sale de casa, no me mires a mi. El embotellamiento se disolvió en ese momento y el auto tomó velocidad, mientras Felipe mantenía los ojos en ese bendito aparato. Tendría que esperar hasta su cumpleaños, pero de todas formas este era el cuatro de agosto, lo que significaba que en poco más de quince días podría disfrutar de los juegos de última generación.

Los siguientes días Felipe se lo pasó como de costumbre, pegado al televisor y a la computadora. Destinaba un par de horas diarias a buscar por Internet los juegos que se compraría ni bien tuviese la consola, a pesar de que esta ya traía dos juegos de regalo. John le había pedido como "favor de hermanos" -muy frecuente en esa familia- que añadiera a la lista un famoso juego de fútbol para poder degustarlo en sus ratos libres.

Finalmente, el tres de agosto había llegado. Los Harmes desayunaron en familia y después de unos diez minutos que a Felipe le parecieron interminables, todos -esta vez incluido John- volvieron a subirse al auto con destino a la compra de la consola. El viaje no fue tan largo para los hermanos como para los padres, ya que se la pasaron hablando sobre el regalo de Felipe. A John, a pesar de ser muy sociable y apto para los deportes, también le interesaban los videojuegos, y ese era el único tema del que los hermanos podían conversar sin humillar involuntariamente a Felipe.

Cuando llegaron, quedaron -chicos y adultos- asombrados por la inmensidad del lugar. Eran hileras e hileras de televisores, computadoras, juegos, consolas, CD's de música, DVD's, y más. Sólo tuvieron tiempo para mirar unos minutos pues un empleado los atendió. ― ¿Puedo ayudarles en algo? Felipe -increíblemente- fue quien habló, explicándole lo que buscaban. Pero se llevó una gran desilusión cuando el empleado contestó. ― Lo siento, se llevaron la última el viernes. Pero el jueves llega una nueva tanda, quizás quieran darse una vuelta. La madre tomó a Felipe de los hombros, como tratando de evitar que el chico haga un escándalo en público. Sin embargo, se limitó a guardar silencio mirando el piso. Cuando subieron al auto nadie hablaba, nadie se atrevía a hacerlo. Bean, a pesar de no querer comprarle el aparato para evitar que se instale durante horas y horas, no podía ver a su hijo tan desilusionado. Decidieron recorrer varios comercios más, pero si en aquel tan inmenso ya no quedaban, era obvio que no habría ninguno cerca. Después del quinto intento, Felipe habló. ― Vamos a casa.

Tendría que esperar hasta el jueves. Era lunes. No sería una larga espera, pero su ilusión era tenerla para su cumpleaños. Acostado en la cama, se echó a llorar. Lloraba con tanta fuerza que su familia pudo oírlo desde el comedor. Al escuchar los pasos que se acercaban, Felipe corrió hacia la puerta y la cerró con llave, algo que hacía sólo en circunstancias como esa. A pesar de las palabras de su familia, no pudieron convencerlo, por lo que desistieron diciendo "ya pasará". Así, apagó la luz y siguió con la sinfonía de llantos. Cuando se calmó, se dio cuenta que estaba muriéndose de sueño. Había gastado mucha energía -al menos para alguien que llevaba su ritmo de vida-. Nuevamente se concentró en la consola. Deseó tenerla ese día, quería tenerla allí aquella noche más que a nada en el mundo, y entonces se quedó dormido.

Felipe se despertó por unos golpes a la puerta de su cuarto. ― ¿Felipe? Era la voz de su hermano. ― Ya estoy bien, no te preocupes. De todas formas, no sirve de nada que traten de consolarme. ― ¡Jaja! No, idiota. Vengo a avisarte que llamaron de la tienda. Por algún motivo adelantaron la entrega y ya tienen una reservada para nosotros. Papá fue a buscarla.

Mientras abría la puerta con la llave, Felipe se debatía entre la felicidad y el misterio. Había deseado que la psicóloga enfermase y enfermó. Quería tener la consola aquel día y estaba a punto de cumplirse su deseo. Algo andaba demasiado bien en vispera de su cumpleaño numero 11 .