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Historia 34409 — capítulo 4
Abril 7 de 2009
Según el reloj digital de los Harmes, faltaba sólo un minuto para que llegue el cuatro de agosto, aquel día en que Flipe alcanzaría los once años de edad. El ambiente de la casa había mejorado enormemente gracias a la llegada de la tan preciada consola. Aún estaba ahí, bien guardada dentro de su caja -envuelta por un alegre papel rojo con detalles dorados- a pesar de que durante el día Felipe había sentido el impulso de sacarla y usarla hasta quemarse los ojos Como cada año, la familia se reunió en el living. Cada uno de los Harmes estaba sentado en un cómodo sillón que el sueldo de Bean había podido comprar. Finalmente el cincuenta y nueve del reloj pasó a ser un cero-cero y Bean, Evelin y John estallaron en aplausos. Felipe se ruborizó levemente pero luego se unió al resto aplaudiendo suavemente, como con vergüenza. ― ¡Feliz cumpleaños! Todos lo felicitaron alegremente con un abrazo. Después, su padre se acercó a la caja y la agarró fuertemente. Cuando la depositó en frente de Felipe, los ojos de este estaban llenos de brillo.
― Feliz cumpleaños, hijo. Te lo mereces. Felipe rompió el envoltorio y después hizo lo propio con la parte superior de la caja. Después de todo, "lo que vale es lo de adentro", dijo sonriente. Esa era una frase que sus padres le decían muy a menudo.
Cinco minutos después, la consola estaba conectada al -gran- televisor que había en aquel living. Con delicadeza, Felipe introdujo uno de los juegos que venían de regalo con la compra del aparato, y toda la familia esperó expectante para ver como eran esos videojuegos de última generación. Ya estaba desapareciendo de la pantalla el logotipo de la empresa fabricante del juego para dejar paso a lo bueno, cuando de pronto se escuchó un "crack" y un ruido sordo cerca de la puerta de la casa, del lado externo. ― Apaguen ya mismo todo -susurró Bean. Todos los miembros de la familia se encargaron de dejar la sala en oscuridad total. La única luz visible era la que se dibujaba por la mirilla de la puerta, del lado exterior. Se quedaron en silencio y de pronto, pudieron oír voces que provenían del mismo lugar que aquel extraño sonido. ― Veo que estuvo trabajando su habilidad para aparecerse, Profesor -se rió una persona-. Yo aún no consigo materializarme horizontalmente a medio metro de altura y caer al suelo con tanta delicadeza. ― Digamos que no es necesario en herbología -dijo otra-. Será mejor que lo hagamos de una vez. Los Harmes escuchaban atónitos la conversación. Estaban muertos de miedo ante el hecho de tener dos -o más- ladrones por entrar a su casa. Bean agarró un cuchillo y se puso a un costado de la puerta, esperando a que los ladrones intenten abrirla. La sorpresa llegó cuando la puerta, en vez de desplomarse, emitiera un suave "toc-toc". Bean, desconcertado, dudó unos segundos y luego se acercó a la mirilla. Lo único que pudo ver fueron dos hombres desarmados, vestidos con unas ridículas túnicas. Sin dar crédito a lo que veía, Bean abrió lentamente la puerta, pensando que ninguna persona con esa apariencia podría matar una mosca. ― ¡Hola, señor! -saludó alegremente uno de los extraños. Sin la deformación que producía el cristal de la mirilla pudo notar que no era tan gordo como lo había visto, aunque tampoco delgado. Era más bien fornido. Estaba cubierto por una larga túnica azul obscura. El resto de los Harmes fue acercando lentamente hacia Bean, colocándose detrás de él. ― Imagino que eso no es para nosotros -dijo la otra persona señalando el cuchillo. Era un tipo flaco, de menor estatura que Bean (lo que no era algo anormal) y tenía el cabello alborotado: algo que los Harmes consideraban totalmente informal. Su túnica era de color negro. Bean bajó el cuchillo, atónito por la escena. ― ¿Podemos pasar? -el tipo flaco tomó la palabra nuevamente al no obtener respuesta, dando un paso hacia adelante. El señor Harmes atinó a correrse, pero luego se plantó firmemente, aún más firme que antes. Lo que lo preocupaba era la apariencia de aquellas personas. ¿Serían locos? La forma de hablar y sus gestos indicaban que no, pero no podría haberse dicho lo mismo de su forma de vestir. ― Qué es lo que buscan a estas horas -sus palabras no sonaron como una pregunta, sino como una amenaza. Bean realzó su pecho, que por cierto no era nada pequeño. ― Tenemos que hablarle sobre su hijo Felipe -esta vez, quien había hablado era el de la túnica azul. ― No hay ningún problema con Felipe, lárguense. Empujó con furia la puerta. Sin embargo, a penas tocó el marco se volvió a abrir, chocando contra la pared. Los dos extraños seguían en la misma posición que hacía un segundo. ― Por supuesto que no hay ningún problema con Felipe, sino todo lo contrario. No se preocupe, nos marcharemos pronto, pero primero tenemos que hablar con usted y la señora Evelin Dawson. ¿Como era posible que dos personas que nunca había visto conocieran el apellido de soltera de su esposa? ¡Sí hasta algunos amigos de la familia lo ignoraban! Volvió a cerrar la puerta, pero esta insistía en abrirse sola. Esta vez, el mago con el cabello alborotado se hizo paso y entró a la casa. ― Como diría un viejo amigo -decía mientras pasaba junto a Bean-. Hagamos de cuenta que nos invitó a pasar. El otro individuo lo siguió, y de un momento a otro los Harmes se encontraron conversando con dos personas que desconocían, dentro de su propia casa. ― John, ve a la cocina -dijo Bean, finalmente. Pero cuando el chico se estaba retirando, uno de los visitantes habló. ― No es necesario que John se valla. Puedes quedarte aquí, chico. Esto hizo que el padre de familia casi estalle. ¿Como se atrevían aquellas personas vestidas tan ridículamente a cuestionar una orden suya en su propia casa? Sin embargo, guardó silencio.
― ¿Qué es lo que necesitan saber de mi hijo? -preguntó Evelin, intrigada. ― ¿Saber? Lo sabemos todo. Bueno, al menos lo necesario. Es un chico especial por cierto. ― Claro que es especial -protestó Bean. ― Que bueno que coincidamos en algo, aunque no en el mismo sentido. ― ¿Qué quiere decir? ― Es obvio que Felipe sea especial para ustedes, puesto que son sus padres… o su hermano -comentó aquel que llevaba túnica negra, mientras miraba a John-. Pero Felipe también es especial de otra forma. ― ¿Especial de que forma? ¿Quiere decir que nuestro hijo está loco? Mire, es posible que sea un poco "raro" -no quería decir esa palabra, y se retractó al instante-… quiero decir, que no le guste lo que a los otros chicos de su edad sí, pero ese no es motivo para que dos extraños irrumpan en mi casa pasada la medianoche, especialmente en el cumpleaños de mi hijo. ¡Por Dios!, ¿quienes son ustedes? El que se tomó la molestia de responder ante aquel impresionante ataque de rabia, fue el mismo que había hablado antes. Y lo hizo con tanta calma que parecía estar anunciando el clima. ― Que bueno que lo pregunte. Yo soy Harry Potter, y él -señaló con la cabeza a su compañero- es Neville Longbottom. Vinimos esta noche para decirle dos cosas a su hijo -todos miraron a Felipe, que se escondió en su sillón-. Primero, ¡que tengas un feliz cumpleaños!. Y segundo, pero no menos importante, es que eres un mago. La sala se sumergió en un silencio de funeral.