← Historia 34711 · de
Historia 34711 — capítulo 1
Los días eran cada vez más cortos y más fríos, cada vez más parecidos entre sí. El invierno se presentaba crudo y sombrío, como cada año, pero aquel era especialmente doloroso para mi. Mi vida se había vuelto rutinaria y poco a poco había ido perdiendo el sentido hasta quedar vacía, hasta volverme abúlica y glacial. Yo era invierno.
Hablaba menos, comía menos y pasaba menos tiempo con mis amigos y mi familia. No pretendía hacer daño a nadie, pero consideraba que necesitaba un tiempo para mi, para pensar en mis cosas y para poner en orden mis asuntos. Quizás puede parecer que una chica de dieciséis años no tiene asuntos importantes, pero mientras uno está vivo, tiene sentimientos y donde hay sentimientos, siempre habrá caos.
Ese caos era el que yo trataba de arreglar. Había logrado asumir al fin la muerte de mi padre, comenzaba a aceptar la existencia de un padrastro potencial e, incluso, me estaba acostumbrando a nuestra reciente devoción religiosa.
Al morir mi padre, mi madre decidió refugiarse más que nunca en la fe, pero yo me alejé confusa y enfadada con Dios por haberse llevado de mi lado a una de las personas más importantes en mi vida. En un grupo de lectura de la biblia mi madre conoció a Joseph y tras dos meses de miradas discretas y conversaciones banales sobre el clima, comenzaron a salir. En menos de seis meses, Joseph ya estaba viviendo en casa. No es un mal tipo, pero no es mi padre.
Pasar cada mañana de domingo en la iglesia no era, precisamente, mi idea de un plan agradable para mi único día libre de la semana, no lo era para ningún día. Pero mi madre parecía contenta, durante la hora de la misa, el ritual de vestirnos y arreglarnos, de ir en coche y de regresar a casa parando a comprar helados, parecía completa, feliz, como si de verdad sintiera que volvíamos a ser una familia. Por eso cada domingo me arreglaba y fingía creer en el poder de Dios todopoderoso, era lo mínimo que podía hacer por ella.
El problema de hacer felices a otras personas reside en que, la mayoría de las veces, uno termina sintiéndose inmensamente desgraciado por verse forzado a hacer cosas que no quiere o que no le satisfacen en modo alguno. Supongo que por eso comenzó mi decadencia.
Mi rutina se tornó pesada e insatisfactoria. Clases de lunes a viernes, de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Después los deberes, un rato de televisión, cena y a la cama. Pasaba las tardes de los sábados metida en mi habitación, escuchando música o leyendo, ignorando las llamadas telefónicas de mis compañeros de clase que se lo pasaban bien yendo al cine o a los recreativos. Y los domingos... los domingos iglesia, ese era el culmen de mi fin de semana, una hora de sermones sobre la divinidad de un ser al que no conocía y jamás iba a conocer.
Supongo que fue eso lo que me llevó al punto en el que me encuentro ahora. Sin nada por lo que sonreír, sin nada por lo que llorar, fingiendo que todo iba bien y soñando con una vida que no tendría jamás.
Era sábado por la noche y me había encerrado en mi cuarto con una gran taza de chocolate caliente y una bolsa de nubes de azúcar para ver por milésima vez Gilda. Rita Hayworth, posiblemente la mujer más bella de la historia en su mejor papel, una mujer fatal que se interpone entre los negocios y las vidas de su nuevo marido, Ballin, y su antiguo y tormentoso amor, socio de su marido, Johnny.
Nunca me cansaba de verla, de emocionarme en la tensas escenas entre Johnny y Gilda. Más de una vez había tratado de imitarla tarareando Put the blame on Mame e imaginándome a mi misma con un precioso vestido negro y unos guantes de terciopelo... nada más lejos de la realidad ya que mi parecido físico con Rita es nulo.
Tras esa escena, uno de los momentos más recordados de la historia del cine, la bofetada que Johnny le propina a Gilda tras su sensual actuación, una de esas escenas que debe ser admirada, vista en completo silencio para no perder ni un solo detalle.
-¡Olivia!¿Olivia, se puede?- Joseph llamó a la puerta como un loco, fastidiando el clímax que Rita y Glenn habían creado para mi. Dejé a un lado la bolsa de nubes de azúcar y me levanté de la cama, para ir a abrir la puerta.
-Dime, Joseph- respondía sin prestar demasiada atención.
-Tu madre y yo vamos a salir a cenar fuera ¿te apetece venir?- fue entonces cuando me di cuenta de que, a diferencia de mi, Joseph no estaba en pijama y zapatillas, si no vestido de traje, con corbata y todo.
-¿Es un día especial y no lo he recordado?- pregunté con cierto temor. No se celebraba ningún cumpleaños que yo recordara.
-No, descuida, pero a tu madre le apetece salir ¿vienes?- ¿Y tener que ducharme, vestirme elegante e ir de carabina de mi propia madre a un caro restaurante con platos impronunciables?
-No me apetece mucho, la verdad, estaba viendo una peli y... eso.- No me apetecía dar detalles sobre mi creciente pereza hacia el nuevo plan.
-Como quieras, intentaremos no volver muy tarde.- Claro que no, el domingo había que estar en misa a las doce en punto.
Estaba a punto de cerrarle la puerta en toda la nariz a Joseph cuando vi a mi madre salir de su cuarto, al otro lado del pasillo. Llevaba un vestido de seda negro por la rodilla, con bordados dorados en el escote, lo suficientemente amplio como para decir sigo siendo atractiva y me gusto sin tener que pensar luego *y soy una fulana.*Me miró de reojo antes de entrar en el baño y esbozó una rápida sonrisa.
-¿Seguro que no es un día especial?- pregunté de nuevo.
-Seguro- contestó Joseph, esbozando una sonrisa.
Le aparté y fui al baño a ver a mi madre, no había sido suficiente con el instante en el que cruzó el pasillo, quería ver sus zapatos, el peinado y, por supuesto, aprobar el maquillaje.
Me apoyé en el marco de la puerta, crucé los brazos y la examiné mientras se rizaba las pestañas. Vi su preciosa sonrisa reflejada en el espejo y eso logró hacer sonreír a mi ¿Por qué yo no podía parecerme a ella? Con su cabello caoba, sus labios gruesos y sus preciosos ojos marrones... yo había salido a papá, pelirroja, pecosa y enclenque.
-¿Te gusta el vestido?- me preguntó tras guardar el rizador de pestañas en el neceser, girando sobre sí misma para que pudiera observarla bien.
-Sí, te queda muy bien ¿cuándo te lo compraste?- porque no se lo había visto puesto nunca y en una de mis muchas incursiones a su armario tampoco lo había encontrado.
-Este martes, cuando te dije que vinieras de compras conmigo y me dijiste que tenías mucho que hacer.- ¡Ah! Sí, aquel martes, cuando llegó cargada de bolsas y me encontró tirada en el sofá viendo un tele concurso y comiendo patatas fritas en vez de estar haciendo mi trabajo de historia del arte.- ¿Los zapatos?¿El pelo?
-Preciosos y perfecto, estás muy guapa... demasiado elegante diría yo ¿algo importante?- No podía descartar que Joseph me ocultara algo. Ella se encogió de hombros, mirándose una vez más en el espejo antes de salir del baño.
-No, sólo vamos a cenar. Joseph me lleva a un italiano.- Apagué la luz y la seguí hasta su cuarto.- ¿No quieres venir?- odiaba tanta insistencia.
-No, estaba viendo una película.
-¿Gilda otra vez?
-Sí.- Me conocía más que bien.
-Antes salías por ahí con tus amigos, ibas al cine y al parque de atracciones.
-No voy al parque de atracciones desde que tenía nueve años- cuando, tras bajar de la montaña rusa, vomité en los zapatones de uno de los payasos que trabajaban allí y descubrí que no era tan amable como su ropa y su maquillaje de carnaval indicaban. Desde aquel día ni volví a ir allí ni pude volver a mirar a un payaso a la cara.
-Tienes que salir más, eres joven y estás en la edad de divertirte con tus amigos.
-Bebiendo en la alameda y yendo a hacer manitas al valle. No gracias, prefiero saltarme esa parte de mi adolescencia y sustituirla por televisión y chocolate.- No estaba preparada para una relación seria ni mi estómago lo estaba para el alcohol, en ese aspecto era todavía muy mojigata.
-Cariño, hay un punto intermedio entre el carrusel de caballitos y la cirrosis. No seas tan amargada, a tu edad yo no me estaba quieta.
-¡Oh! No, hoy no- exclamé, saliendo del cuarto y enfilando el pasillo directa a encerrarme en mi habitación. No estaba dispuesta a escuchar un sermón sobre la adolescencia de mi madre, no otra vez y un sábado por la noche.
Así que volví al chocolate, a Gilda y al bofetón de Johnny. Volví a imaginarme a mi misma viviendo una vida diferente, con menos amargura y más acción, con menos dolor y más sensualidad y Joseph volvió a sacarme de mi fantasía para informarme de que ya se iban.
Hice caso omiso y rebobiné la cinta para volver a pasar mis escenas favoritas de la película, que a pesar de estar en blanco y negro lograba hacerme ver la vida de color rosa durante 106 minutos más los títulos de crédito. Escuché, lejano, el claxon del coche de Joseph mientras salía del garaje ¿cuántas veces necesitaban molestarme antes de salir?
Miré el reloj despertador sobre la mesilla, mi adorado reloj rojo de Betty Boop, que marcaba las diez menos cuarto. Estaba sola, Gilda había terminado y ya no me quedaban nubes de azúcar, pero daba igual porque en realidad no tenía hambre.
Ahora que mamá no estaba era hora de otra de mis excursiones a su ropero, quería ver todo lo que se había comprado el martes para que no volviera a pillarme por sorpresa. No vi nada extraordinario, probablemente lo más llamativo había sido el conjunto que llevaba puesto. Entonces, oculto en el armario, dentro de una funda de tela cerrada, estaba el vestido negro. Lo saqué, con cuidado, de la funda y me planté ante el espejo superponiéndolo sobre mi pijama de conejitos rosas (con zapatillas a juego) para poder imaginar de nuevo que era como Gilda.
Cerré los ojos unos instantes para bucear entre mi fantasía, pero pronto volví en mí y me di cuenta de que primero, el vestido me quedaba grande y segundo, yo distaba demasiado de ser una chica deseable o sensual, así que sólo estaba haciendo el ridículo. Guardé de nuevo el vestido de fiesta de mamá dentro de su funda y en su sitio en el armario y bajé a la cocina a comer por comer a pesar de no tener hambre y así incumplir otro de los preceptos de mi supuesta religión.
Me estaba haciendo un sándwich de mantequilla de cacahuete cuando llamaron al timbre ¿quién podía ser a esas horas? Con la boca llena, el pelo enredado y mi look de conejitos, fue a abrir. Primero traté de atisbar algo a través de la mirilla, pero estaba oscuro, así que abrí la puerta. No había nadie. Miré a un lado, al otro y después me quedé de pie, esperando ver salir a alguien de detrás de un seto, pero nada, ni siquiera un vecino paseando a su perro o un coche a toda velocidad. Nada.
-Genial, un bromista. Espero que no me de la noche.- me dije cerrando la puerta de golpe y dirigiéndome de nuevo a las escaleras para subir a mi habitación. Antes de poner un pie en el primer peldaño, llamaron otra vez.- No me fastidies.- Volví a abrir la puerta y, de nuevo, sólo aire.- Muy gracioso... o graciosos.- O lo que fuera.
Cerré con doble llave, por seguridad, y de camino a mi cuarto volvieron a llamar otra vez. No hice ni caso y volví a encerrarme con mi sándwich y mi pack básico de series de la televisión digital. La vida de sus protagonistas, siempre tan enrevesada y dramática, no tenía demasiado interés, me fastidiaba bastante que actores entrados en años fingieran ser quinceañeros, pero no tenía nada mejor que hacer.
Estaba viendo la reposición de uno de los capítulos de OC cuando escuché una vez más el timbre y me enfadé. Me levanté como una bala y me acerqué a la ventana con la esperanza de ver esconderse a quien me estaba dando la noche y, para mi sorpresa, lo conseguí... más o menos.
Un hombre alto estaba parado en medio de la calle, mirando a mi ventana. Era alto, pálido como la nieve y me observaba fijamente sin titubear. Estaba oscuro y no podía apreciar la mayor parte de los detalles de su ropa, también oscura. Tragué saliva, nerviosa y noté como se aceleraba mi respiración. ¿Sería un ladrón? Porque lo más valioso que había en mi casa era... no sé ¿la tele del salón?
Entonces vi como se iluminaba levemente la calle debido a las luces largas de un coche. El hombre no se movió, seguía parado en medio de la calle y un coche iba hacia él. Escuché el claxon, el coche estaba cada vez más cerca pero no frenaba ¿por que no frenaba?¿por qué ese hombre no se apartaba?
Todo pasó muy deprisa. Juraría que no se pudo apartar, pero el coche pasó de largo como si nada. Me estremecí tras dar un respingo, por el susto y al fijarme de nuevo le vi tirado sobre el asfalto y lo primero que pensé fue que le habían atropellado y había seguido de largo para poder darse a la fuga.
Salí corriendo escaleras abajo y cogí mi móvil para poder llamar a urgencias mientras salía a mirar si aquel hombre estaba bien. Estaba tan nerviosa que incluso girar la llave para poder abrir la puerta me resultó complicado.
-911 ¿Cuál su emergencia?- preguntó la operadora al otro lado de la línea. Yo corrí hacia la carretera y me arrodillé al lado del cuerpo inerte del hombre que me había estado observando.
-¿Sí?¿Hola? Oiga han atropellado a un hombre delante de mi casa... está tirado en la calle y...- no quise moverle, pero no pude resistirme a tocarle y noté que estaba helado y eso me preocupó- está muy frío.
-Bien, tranquilícese- me puse de pie, nerviosa, sabía que no debía moverle así que preferí apartarme. Le di la espalda y fijé la vista en la puerta abierta de mi casa mientras escuchaba las instrucciones de la operadora.- Dígame la dirección.
-Sí, es el 335 de la calle...- sólo me di la vuelta para ver si reaccionaba, si se movía y entonces me lo encontré de pie mirándome, frente a frente y me quedé paralizada. Al otro lado de la línea la operadora me apremiaba para que terminara de darle la dirección, pero no pudo ser.
No podía dejar de mirarle a los ojos, aterrorizada. Era negros, totalmente negros, todo pupila. La parte blanca estaba inyectada en sangre y esbozó una leve sonrisa de lado. Me acarició con las yemas de los dedos desde el codo hasta la mano, haciéndome estremecer, y me quitó el teléfono móvil. Se lo dirigió al oído y habló con toda tranquilidad.
-Lo siento, señorita, ya no será necesaria esa ambulancia.
No alcancé a escuchar la respuesta de la operadora porque cerró el móvil y se lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Ni siquiera había bajado el brazo, seguía en la misma posición que cuando hablaba por teléfono, era como si estuviera congelada. Mi corazón latía apresuradamente y cada centímetro de mi cuerpo temblaba. Una parte de mi me gritaba que corriera, pero no lograba moverme porque la otra parte, la que me dominaba en ese momento, me mantenía anclada al suelo mirando para él.
Bajé el brazo y al fin reaccioné un mínimo, retrocediendo un paso. El avanzó hacia mí y me vi de nuevo en la misma situación. Si gritaba los vecinos saldrían de sus casas a ayudarme... sin embargo no grité. No sé exactamente cuanto tiempo pasamos así hasta que al final me di la vuelta y salí corriendo para entrar en casa, miré hacia atrás y ni siquiera le vi perseguirme, seguía allí de pie, mirando para mi. Al volver a mirar hacia delante estaba allí, de pie, ante mi puerta, como si hubiera corrido en círculos para volver a llegar hasta él. Frené, a un par de metro de la puerta y retrocedí un par de pasos más, asustada.
Él caminó hacia mí, calmado, con pasos amplios y se paró a una distancia prudencial. Retrocedí un paso más y le vi sonreír de nuevo y aún así no grité. Todo pasó muy rápido. Se convirtió en un borrón, un relámpago que vino hacia y me golpeó con fuerza en el abdomen llevándome a toda velocidad hacia algún lugar.
El dolor punzante me revolvió el estómago, pero eso fue lo que menos me preocupó. Sentía el viento en la nuca, a toda velocidad y antes de parar todo se volvió aún más confuso, más borroso y perdí el conocimiento.
No sé cuanto tiempo estuve así, las noches eran largas, podían haber pasado horas. Al abrir los ojos sentí frío en la espalda, como si estuviera tumbara en el suelo. Me dolía la cabeza, incluso más que el abdomen, y así que me llevé las manos a las sienes y apreté para que pasara el dolor. Poco a poco comencé a ver formas en las sombras y me incorporé, con miedo. Tenía frío y no sabía donde estaba. Era un lugar antiguo, la atmósfera estaba inundada en polvo y era incómodo respirar. Comencé a toser y el dolor del abdomen aumentó, se volvió más punzante y me doble, con ganas de vomitar. Caí de rodillas, mareada, con los brazos contra el pecho.
-Tranquila, Olivia, trata de respirar.- Miré a mi alrededor pero no vi a nadie. Tenía miedo, no entendía lo que estaba pasando, lo que me estaban haciendo. Noté una mano fría en mi hombro e instintivamente me aparté.- Siento haberte hecho daño, no contaba con que trataras de escapar.
-¿Quién eres?- musité, tirada en el suelo, mirándole atemorizada. Traté de retroceder y noté como una lágrima resbalaba por mi mejilla.
-No llores, Olivia.
-No me hagas daño- supliqué, derrumbándome al fin. Él se acercó y me tendió la mano, sonriendo.
-Vamos, no te pasará nada.- Agarré la mano y el tiró de mi son esfuerzo hasta ponerme en pie, acercándome a su cuerpo frío y rodeándome la cintura con su brazo libre.- Llevo mucho tiempo esperando este momento- me susurró al oído, aferrándome con fuerza para que no pudiera escapar.- Preferiría que fuera más fácil, como lo es el resto de las veces, pero tú eres especial.
-Por favor, deja que me marche...- le pedí, asustada.- Te juro que no le diré nada a nadie.
-¿Y quién iba a creerte?- tragué saliva, asustada. En verdad lo que había pasado no resultaría muy creíble.- Un hombre atropellado que se levanta como si nada y te lleva corriendo a toda velocidad a una ruinosa mansión.
-Por favor...- repetí.
-No, pero no temas, ya te he dicho que tú eres especial.- Me levantó en el aire, noté como mis pies se levantaban del suelo y como comenzábamos a girar lentamente, siguiendo el ritmo de una música que no sonaba.- Con el resto es fácil, prácticamente se tiran a mis brazos y me permiten alimentarme, pero tú... tú no eres alimento, Olivia.
-¿Quién eres?
-Te he elegido especialmente a ti, te he seguido durante semanas y me he dado cuenta... tú eres igual que yo. Solitaria, pensadora, una criatura de las sombras. Tan cálida y tan fría a la vez ¿Quieres saber quién soy?- Me dio un instante para responder, pero no pude articular palabra, sólo un leve gemido mientras asentía.- Llámame... Ambrose.
Me dejó de nuevo en el suelo, me soltó la cintura y me hizo girar, como si siguiéramos bailando, pero me paró a mitad del giro y volvió a sujetarme. Le tenía a mi espalda, pegado a mi, tan frío y tan fuerte, no podía ni moverme. Me apartó el pelo de los hombros y luego pasó las yemas de los dedos por mi cuello.
-No te preocupes, esto es lo que menos duele.
Puse los ojos en blanco y ahogué un grito cuando noté que sus dientes me perforaban el cuello. Noté frío, como si comenzara a congelarme y pronto me fallaron las piernas. Él me sujetó, mientras seguía succionando sin descanso. Pronto se volvió tibio, luego caliente y finalmente placentero. Gemí y me mordí el labio inferior, echando la cabeza hacia atrás y sujetando el frío brazo alrededor de mi cintura. Sólo volví a sentir dolor cuando noté que sus dientes se separaban de mi cuello y la sangre comenzaba a correr, tibia, sobre mi piel. Me sentí débil tras el éxtasis, pero Ambrose no me soltó, lo que impidió que cayera al suelo. Me giró y volví a quedar mirando para él, aunque a penas lograba ver con claridad. Sentí sus fríos labios sobre los míos, sólo para besarme un instante, un beso sangriento. Todo se volvió negro y me desmayé.
Desperté violentamente en mi cama, en mi cuarto, como si todo hubiera sido una pesadilla. Respiraba rápidamente, confusa, todo parecía lejano, borroso y falso. Encendí la luz de la lámpara de mesilla y miré el reloj de Betty Boop. Marcaba las cinco y media. Rezaba al Dios en el que decía no creer para que todo hubiera sido un mal sueño, pero cuando me levanté, mareada y casi sin fuerza en las piernas, para caminar a trompos hacia la puerta, mis peores sospechas se confirmaron. Al pasar delante del espejo vi mi reflejo cubierto de sangre. Era como si hubiera degollado a los conejitos de mi pijama, el rosa el rojo y toda aquella sangre había brotado de la herida del lado derecho de mi cuello, dos profundos agujeros paralelos.
Quería llorar, pero ni siquiera pude, como si no tuviera lágrimas. Acerqué mi mano derecha al cuello, lentamente, para tocar la herida y sentí un dolor ardiente con sólo rozar la herida, lo que me hizo apartar la mano, reprimiendo un gemido de dolor. Negué con la cabeza, como si eso sirviera para borrar algo, pero no servía.
Cuando recuperé algo de fuerza en las piernas fui hacia el armario y saqué otro pijama para cambiarme. Metí el pijama ensangrentado en una bolsa y la escondí en el armario, cerrándolo con llave. Traté de no hacer ruido al salir para ir al baño y allí me limpié la sangre seca con ayuda de una esponja mojada en agua tibia. Hasta el más mínimo roce me hacía ver las estrellas de puro dolor y mientras trataba de limpiar la herida me mareé y caí al suelo, golpeándome el hombro contra la mampara de la ducha, que retumbó.
-¿Olivia?¿Olivia estás bien?
-¿Mamá?
-Te oí levantarte ¿Estás bien?¿Pasa algo?- me asusté y pensé en contarlo todo, pero sabía que no iba a creerme y no me atrevía a enseñarle las evidencias.
-No, no... sólo tenía ganas de ir al baño.
-¿Seguro?
-Sí, claro... tranquila... hablamos por la mañana.
-Sal del baño, Olivia.
-Ahora voy... un momento.- Me levanté y me miré en el espejo, los dos agujeros en el cuello no eran tan evidentes como lo eran las manchas de sangre, así que me abotone del todo la camisa de franela de mi pijama de cuadros y me puse la toalla de mano alrededor, como cuando salía a correr y llevaba la toalla sobre los hombros. Para disimular, tiré de la cisterna, abrí el grifo para lavarme las manos y apagué la luz antes de abrir la puerta para que la oscuridad me ayudara. Mamá me miró de arriba a abajo y no pareció apreciar nada extraño.
-Que susto me has dado, hija ¿estás bien?
-Sí, mamá... sólo quería ir al baño.
-¿Te has cambiando de pijama?
-Em... sí, me lo maché de chocolate...- nos quedamos en silencio, esperaba que dijera algo, que lo viera y me pidiera explicaciones y creyera lo que le decía, pero eso no pasó.
-Bueno, cielo, vuelve a la cama. Ya hablamos mañana.
-Claro.- Se acercó y me dio un beso en la frente. En cuanto se dio media vuelta para irse yo corrí a mi cuarto y me encerré. Bajé las persianas, corría las cortinas y me metí en la cama, bajo el edredón, sin apagar la luz. No tenía sueño, temía quedarme dormida, pero pronto volví a marearme, con esos contrastes de frío y calor dentro de mi, que me hacían sentir débil. No se si me dormí o me desmayé, sólo sé que se volvió todo negro de nuevo.