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Historia 34711 — capítulo 2

Me desperté violentamente cuando golpearon la puerta de mi habitación. Estaba empapada en sudor frío y sentía una desagradable sensación de quemazón cada vez que respiraba, ardiéndome hasta los pulmones. Traté de respirar por la boca, y la sensación de calor se extendió también por mi garganta. A pesar de esto yo estaba helada, aunque no tenía frío.

Volvieron a golpear la puerta y al fin reaccioné, frotándome los ojos y tratando de poner en orden mis pensamientos.

-Olivia, cariño, arriba. Vístete y baja a desayunar, es domingo y tenemos que ir a la iglesia.- Mi madre no parecía en absoluto preocupada, así que pensé que mi burda actuación de la pasada madrugada había resultado convincente.- Venga, dormilona.

-Ya voy...ya estoy despierta.

Me levanté y miré la hora en el reloj de Betty, eran ya las diez. Me coloqué frente al espejo, con los ojos cerrados, diciéndome a mi misma que todo había sido un mal sueño, aunque sabía que no era así. Me desabroché los dos primeros botones de mi pijama de franela de cuadros y abrí poco a poco los ojos, rezando para que las dos marcas de dientes no estuvieran allí... pero estaban y mucho peor que por la noche.

Las dos punciones se habían tornado de un color oscuro, casi negruzco y las venas alrededor del cuello estaban hinchadas y descoloridas, la zona estaba amoratada, de un color violáceo muy poco saludable. No me atreví a tocar la herida, tenía miedo del dolor, por el aspecto que tenía me daba la sensación de que el más mínimo roce me haría gritar.

¿Cómo disimular aquello?

Abrí el armario, que había cerrado con llave por la noche en un arrebato de nervios y miedo porque encontraran mi otro pijama lleno de sangre. Preferí ignorar la bolsa dándole una patada para esconderla aún más entre los zapatos. Saqué unos vaqueros, un jersey negro de cuello alto que tapara la herida y las converse negras. Preparé unos calcetines y la ropa interior antes de salir para ir a ducharme.

Primero abrí la puerta y asomé la cabeza para comprobar que no había nadie en el pasillo, una vez despejado salí como un rayo y corrí hacia el cuarto de baño para encerrarme en él. Volví a mirarme al espejo y pensé que lo mejor sería tratar de desinfectar la herida, aunque los daños ya estaban hechos. Saqué agua oxigenada del armario, apliqué un poco sobre el algodón y con mucho cuidado lo presioné sobre la herida, con toques suaves.

Dolía, pero podía soportarlo. Lo que me pareció extraño fue que la herida no reaccionó al agua oxigenada de ningún modo. Normalmente cuando tienes una herida y la desinfectas con peróxido de hidrógeno reacciona produciendo una espumilla blanca que indica que la herida se está limpiando. En este caso no ocurría nada, el algodón estaba impecable.

Desistí, era ridículo, aquella herida no era normal, así que no se curaría de un modo normal. Tiré el algodón a la papelera, guardé el agua oxigenada y abrí el grifo de la ducha. Solía ducharme en agua muy caliente y dejar el baño lleno de vapor, como en los baños turcos, pero aquella mañana el agua caliente no era suficiente, la notaba tibia y lo raro era que no me molestaba. Supuse que sería problema del calentador del agua, o quizás mamá estuviera fregando su taza del desayuno y por eso el chorro salía más frío.

No dije nada, si me quejaba podrían subir al baño y volvería a pasar por lo de la noche anterior, así que me duché, tratando de evitar la herida en todo lo posible. La sangre parecía agolparse en ella y latir con fuerza, lo que era casi tan incómodo como el dolor, porque no me dejaba olvidar que estaba ahí.

Tuve que seguir el mismo ritual a la hora de salir del cuarto de baño. Asomé la cabeza, me aseguré de que no había moros en la costa, y corrí a mi cuarto a toda velocidad, envuelta en una toalla y con el pijama en las manos. Era ridícula. Preferí no mirarme al espejo, así que me sequé el pelo, me vestí y, una vez arreglada, me eché un vistazo para cerciorarme de que todo parecía normal y bajé a desayunar.

Mamá estaba haciendo tortitas, mis favoritas, y junto con un buen café me sentarían bien. Ella y Joseph estaban en la cocina, como si nada. Él leía el periódico dominical mientras se bebía su taza de té y mamá apuraba la última tortita. El delicioso olor a café molido y el dulce de la masa de tortitas con nata se tornó empalagoso y desagradable hasta revolverme las tripas. Crucé los brazos sobre el abdomen y presioné con fuerza tras el primer retorcijón y me senté tratando de fingir que no pasaba nada.

-Buenos días, Olivia- dijo Joseph, sonriendo. Yo le devolví una leve sonrisa y miré a mi madre, que parecía muy contenta aquella mañana.

-¿Tienes hambre cielo? Hoy he hecho tortitas, tus favoritas.- Traté de fingir que me alegraba e vez de dejar ver que se me revolvían las tripas.

-Claro, gracias...

Me serví una taza de café y mamá me pasó un plato con un par de tortitas. Traté de disfrutar el desayuno, pero fue imposible, cada pedazo de comida, cada sorbo de café me rasgaba la garganta y aumentaba la sensación de quemazón. Si no se dieron del todo cuenta fue porque me escondí tras el periódico una vez Joseph lo terminó.

A las once y cuarto salimos de casa. Me puse un abrigo negro y mi nuevo crucifijo de oro, regalo de Joseph, sobre el jersey y me metí en el coche, tratando de aislarme con la música del iPod. No hacía sol, pero el día era claro, blanco y me levantaba dolor de cabeza. Me puse a pensar de camino a la iglesia. Quería creer que nada tenía que ver con la herida y, la verdad, es que tenía sentido. Podían ser nervios por lo que había pasado. Se me revolvía el estómago y me dolía la cabeza, no era nada del otro mundo.

-Estás excepcionalmente callada esta mañana, Olivia- dijo Joseph, que iba al volante, a escasos metros del aparcamiento de la iglesia. Tardé un rato en reaccionar porque iba bastante distraída.

-¿Qué?¿Eh? No, no...- él y mi madre rieron, la verdad es que mi reacción no hacía más que corroborar lo que él decía.

-¿Has dormido mal, eh?- preguntó mi madre.- Bueno, cuando volvamos a casa te prepararé algo bueno de comer y luego podrás echarte una sienta ¿te parece?

-Claro, eso suena... genial.

Lo malo de ir a la iglesia, a parte de que era aburrido y no me creía nada de lo que el cura me decía, era aguantar al resto de compañeros de clase que también se veían arrastrados a la falsa fe cada domingo por la mañana. Sin embargo esa mañana hubo algo más, algo fuera de lo normal, que preferí achacar al dolor de cabeza y al malestar general.

La iglesia del pueblo donde vivo es antigua, de estilo gótico. Siempre pensé que las hileras de gárgolas que adornaban la cornisa no eran más que simples mecanismos de desagüe, pero aquella mañana fue diferente. Na más bajar del coche escuché un fuerte rugido que el resto de presentes en el aparcamiento pareció ignorar. ¿Un coche? Quizás sólo hubiera sido eso, o quizás yo me estuviera volviendo paranoica o sensible a cualquiera ruido. Dirigí la vista a las gárgolas y me quedé mirando fijamente a sus ojos de piedra. Los veía con perfecta claridad a pesar de estar lejos de ellas y mucho más abajo ¡yo! Que tenía que usar gafas de cerca para leer.

Y por un instante, por un sólo momento, creí ver algo imposible, algo que no pudo suceder. La gárgola a la que miraba fijamente, todas las gárgolas de aquella hilera, fruncieron el ceño mirándome con agresividad.

-Vaya, vaya, vaya- dijo una voz conocida y cada vez más cercana. Salí de mi ensimismamiento y las gárgolas estaban igual, había sido raro, pero solía pasar ¿no? Cuando te quedas demasiado tiempo mirando a algo fijamente puede darte la impresión de que le mueve.- Mirad quien está aquí- miré hacia mi derecha y vi a una de las últimas personas con las que me apetecería hablar en un día como ese, en cualquier día en realidad, y como no, seguido de sus amigotes.- Olivia ¿cómo estás?

-Vete a la mierda, Jonathan.- Jonathan era el típico guaperas que se creía que cualquier chica debía estar a sus pies por el simple hecho de existir. Se creía un dios y no sentía reparo alguno en comportarte con un imbécil, engreído y egocéntrico. Además, los idiotas de sus amigotes siempre le estaban animando.

-No seas así, Olivia- dijo acercándose a mi. Yo me aparté y busqué a mi madre y a Joseph con la mirada, pero estaba lejos, hablando con los Webber, un matrimonio vecino.- Hoy estás realmente guapa.

-Y tú realmente idiota, pero ese es un estado permanente ¿verdad?- los chicos rieron, todos menos él, claro, que parecía enfadado ante mi rechazo.

Me resultó muy raro. Jonathan sólo me hablaba para insultarme y nunca lo hacía fuera del instituto, básicamente porque él era míster popularidad y yo... era yo.

Volví a fijar la vista en las gárgolas y sentí una desagradable sensación de quemazón en el cuello. La herida parecía resentirse y esa vez no pude evitar proferir un leve gemido de dolor. Tragué saliva y me di cuenta de que los chicos me miraban.

-¡Hey!- dijo Mark, uno de los perritos de Jonny- ¿Estás bien?

-Sí, sí... sólo estoy un poco...- mareada, cansada, sentía una terrible sensación de incomodidad allí de pie y juraría que había vuelto a ver moverse aquellas amenazadoras y grotescas estatuas de la cornisa.

Me fue, dejando la frase incompleta y a los chicos con la palabra en la boca. No me apetecía tener que soportarlos, hablar con ellos y fingir que uno: me caían bien y dos: yo estaba bien. Además, eran las doce menos cinco, momento de entrar en la iglesia.

Como siempre el ritual de hacer cola a la entrada para poder llegar a la pila bautismal, avanzando lentamente como en una procesión, fue todo un rollo, y lo peor es que, de algún modo, Jonathan trampeó para colocarse detrás de mi.

-Has sido muy antipática en el aparcamiento- susurró, para que la gente de alrededor no escuchara.

-No tengo motivos para ser simpática, tú nunca lo eres.- Le daba la espalda, sin ninguna intención de girarme para hablar con él. Prefería mantenerme indiferente.

-Lo sé y lo siento ¿Vale? Soy un idiota.

-En eso tienes razón- aunque no entendía a qué venía eso ahora, quizás una broma o una apuesta con sus amigos.

-Déjame demostrarte que puedo ser simpático ¿sí?- pronuncié un leve *¡ja!*de incredulidad y rechazo y me fijé en cuantas persona quedaban hasta llegar a la pila, sólo dos.- Este viernes tú y yo podríamos ir al cine.

-Olvídalo.- Una persona.

-Vamos, Olivia. Dame una oportunidad.- Posó su mano en mi cintura y logró hacerme estremecer, no me esperaba que hiciera nada así. Metí el indicé y corazón de mi mano derecha en el agua bendita de la pila y sentí un terrible dolor, como si hubiese metido los dedos en agua hirviendo. Enseguida los saqué, violentamente.

-¡Joder!- aunque traté de no levantar la voz, la iglesia se encargó de hacerme eco y todos se giraron hacia mi. Me apreté los dedos dentro del puño de la mano izquierda, para que nadie los viera y traté de disimular como pude.- ¡Quítame las manos de encima!- Jonathan se echó hacia atrás, mirándome de nuevo con la misma cara con la que me había mirado siempre. Yo me fue enseguida, esquivando a la gente y busqué a mi madre y a Joseph que se habían ido a sentar en el sitio de siempre.

Cuanto más avanzaba, cuando más me acercaba al altar y a la segunda fila, donde estaban nuestros asientos, más incómoda me sentía. Seguía sintiendo era sensación de incomodidad, cada vez más agobiada. La sensación de calor sofocante desde la garganta hacia abajo era ahora más fuerte que antes, el desayuno me había sentado fatal y estaba segura de que en cualquier momento iba a vomitar allí mismo.

Ese era uno de nuestros fallos religiosos, se suponía que debíamos ir en ayunas a la iglesia, para poder beber el vino y tomar la sagrada forma y todo eso, pero en mi casa éramos de comer bien y nos saltábamos esa parte. Ojalá ese domingo no lo hubiéramos hecho, yo me sentiría mucho mejor.

La misa comenzó, como siempre, y yo a penas lograba mantener la compostura a cada minuto que pasaba. Movía nerviosamente el pie, las manos, me atusaba el cabello cada dos minutos y notaba como me chirriaban los dientes. Todo aquello no era más que la demostración visible de mi incomodidad.

-Nena ¿Estás bien?-susurró mi madre, preocupada.

-Sí... no... creo que me ha sentado mal el desayuno y se me está revolviendo el estómago- porque era de ahí de donde venía todo el calor.- Necesito que me de el aire.

-Cariño, queda media misa ¿no puede aguantar?

-No, mamá... por favor.

-Está bien, sal discretamente ¿te acompaño?

-No, no, tranquila- le dije al mismo tiempo que me levantaba.

Me encaminé por uno de los laterales de la iglesia, tratando de salir caminando tranquila para no llamar demasiado la atención, pero algo dentro de mi me impulsaba a correr y terminé haciéndolo. Corrí por el aparcamiento y lo crucé hasta salir de él, hasta la acera y allí comencé a sentir una gran sensación de alivio. El viento frío me golpeaba en la cara, supongo que eso fue lo que me hizo mejorar, porque el mareo pasó y la inestabilidad del estómago disminuyó. Sin embargo seguía habiendo demasiada luz y como me dolía la cabeza, me molestaba.

-¿Estás bien?- mierda no ¿me había seguido?

-Sí estoy bien ¿vale?- exclamé, molesta.- ¿Qué es lo que quieres?

-Saliste corriendo de la iglesia y me preocupé... en realidad todos quería venir- lo que, obviamente, nos pareció raro a los dos- pero les dije que yo me ocupaba.

-Ya, pues gracias, pero no necesito que nadie se ocupe de mi.- Me pasé la mano derecha por los ojos, presionando para aliviar un poco el dolor y vi como se me quedaba mirando Jonathan.-¿Qué?

-Na...nada, bueno sí, tus dedos...

Fruncí el ceño, confusa y entonces me miré la mano derecha. Los dedos corazón e índice, los que había metido en la pila bautismal, estaban en carne viva, como si me los hubiera quemado con algo. Me encontraba tan mal que ni me había dado cuenta hasta aquel momento, a pesar de que era algo doloroso.

-Me... me quemé esta mañana.

-Deberías habértelos vendado- dijo agarrándome la mano para echarle un vistazo a las heridas.- Vaya estás helada, espera, te dejo mis guantes- musitó mientras con la otra mano buscaba en los bolsillos de su abrigo. Yo me solté violentamente.

-No, no quiero tus malditos guantes, sólo tengo las manos frías.

-Pero Olivia, vamos, no seas así- pidió, dando un paso hacia mi. Yo retrocedí, cada vez más tensa y enfadada.

-He dicho que no. Punto. Ahora vuelve dentro.- Soné mucho más amenazadora de lo que había sonado cualquier otra vez en toda mi vida, pero así fue mejor, porque Jonathan se marchó enseguida y yo me quedé sola esperando a que mamá y Joseph salieran de la iglesia.

Me recogieron con el coche fuera del aparcamiento y volvimos a casa. Obvio no paramos a por helados porque yo no me encontraba bien y porque ellos decían tener demasiado fríos para y doble de vainilla con chocolate. Ridiculeces, no hacía tanto frío.

-Cuando lleguemos a casa te metes directamente en la cama ¿me oíste?- dijo mi madre cuando llevábamos tan sólo un par de minutos de coche, me extrañó que se hubiera contenido tanto.

-Estoy bien, mamá, sólo me sentó mal el desayuno.

-Bueno, pues con más razón. Te prepararé un sopa de pollo y unas verduras al vapor y ya verás como poco a poco se te pasa.

-Claire, deja a la niña- dijo Joseph, en mi defensa, tratando de quitarle hierro al asunto.- Le has puesto un plato de tortitas con nata y le han sentado mal, no es el fin del mundo ¿verdad, Olivia?

-¡Exacto!- Algo de apoyo moral al fin.- Gracias.

-De nada- dijo enseguida. Por una vez me había sido útil.

-No te preocupes, mamá, estoy perfectamente.

No me gustaba mentirle, de verdad, pero no me quedaba otra opción. Hasta yo misma había empezado a creerme todo ese rollo de que me había sentado mal el desayuno y mientras no pensara en lo que había ocurrido la noche anterior, todo iría bien.

Joseph nos dejó en la puerta de casa y me dijo que iba al videoclub a alquilarme un par de pelis para que pasara la tarde. En verdad era un gesto de agradecer, todo el mundo sabe que los domingos no hay nada interesante en la tele. Por supuesto, mamá me atosigó con sus cuidados, haciéndome sentir aún más incómoda de lo que ya estaba.

Lo primero que hice fue bajar las persianas y correr las cortinas de nuevo para evitar que entrara la luz y así bajarme el dolor de cabeza. Luego me quité el calzado y los vaqueros y me puse el pantalón del pijama, pero me dejé el jersey de cuello alto, no quería que nadie viera la marca en el cuello, y enseguida me metí en cama. Mamá se puso a preparar comida de conejos y pronto Joseph regresó del videoclub con Romeo+Julieta, Requiem for a dream y Hostel.

-Vaya, cuanta diversidad- dije cuando me pasó las películas.

-Sí, bueno, no estaba muy seguro de lo que te gustaba- porque siempre veía Gilda- así que te traje variedad. Además, es domingo y hay tres por dos en el videoclub.

Comencé por Requiem for a dream, nunca dejo pasar la oportunidad de ver una película de Jared Leto, y justo en la escena en la que Harry y Tyrone le quitan la pistola al policía para burlarse de él (todo producto de la drogada imaginación de Harry, claro), entró mi madre con una (no)deliciosa bandeja de sopa y verduras cocidas.

-¿Qué ves, cariño?

-Una de esas películas que tan poco te gustan- mi madre me fulminó con la mirada y yo levanté las manos para exculparme.- ¡Me la ha traído Joseph!- Mientras me pasaba la bandeja se quedó mirando a Ellen Burstyn, aka la señora Goldfarb, por lo que la película no le pareció del todo mal. Un par de minutos antes y se hubiera puesto histérica.

-Come lo que puedas y trata de dormir, si necesitas algo me llamas ¿vale?

-Vale, mamá- dije cansinamente. Tenía dieciséis años, no seis, estaba harta de tanta sobreprotección.

Jamás pensé que comer una sopa pudiera ser un trabajo tan duro. Para empezar, no tenía para nada tan buena pinta como otras veces. Lo achaqué, de nuevo, al dolor de estómago que a esas alturas seguía siendo por culpa del desayuno. A las verduras ni las miré, cualquier cosa sólida me daba repelús en ese momento.

Una cucharada, dos... la tercera me costó más y a la cuarta comencé con las arcadas y tuve que dejarla. Estaba caliente y ya sentía demasiado calor en la garganta como para seguir echando más leña al fuego.

Y así pasé la tarde. Después de Jared Leto, Leonardo DiCaprio. La verdad es que soy una de esas personas que suele preferir a los personajes secundarios de los libros y las películas (aunque no siempre). Mi personaje favorito de Romeo y Julieta siempre había sido Tybalt, aunque de todos modos por aquellos tiempos, en el 96, Leonardo tenía veintidós añitos y estaba más próximo a mi edad que ahora, por eso se lo veía tan guapo. Al terminar el dramático empalague me levanté para volver a ver la herida, no podía evitarlo, sabía que estaba ahí y necesitaba ver cómo iba.

Me quité el jersey y me acerqué al espejo. Seguía igual, con el mismo mal aspecto que antes, con los orificio ennegrecidos y las venas hinchadas e inflamadas alrededor, cubierto por la sombra de un pronunciado moretón violáceo. Respiré profundamente y me miré de arriba a abajo en el espejo, me notaba algo diferente, no sabía el qué, pero tenía la sensación de que algo en mi no era como siempre. Entonces comencé a sentir que algo me quemaba en el pecho, primero era sólo una sensación tibia, pero pronto me quemó como se me habían quemado los dedos por la mañana. El crucifijo.

Quemaba tanto que tuve que arrancármelo de un tirón, pero la piel ya se había quemado, recomida como por el ácido, dejándome la marca del crucifijo grabada a fuego. ¿Qué mierda había pasado? El oro nunca me había dado alergia de ese modo, era la explicación más lógica que se me ocurría. Tiré de mala manera el crucifijo sobre mi escritorio, me puse de nuevo el jersey negro y me metí en la cama a ver Hostel, pero a penas la vi empezar me sumí en un profundo sueño.

Rememoré en mis pesadillas lo que había ocurrido la noche anterior. Todo se mezclaba con mis recuerdos más recientes, los de aquel mismo días. La iglesia, las odiosas gárgolas, Jonathan detrás de mi, la pila bautismal y el crucifijo. Sentía de nuevo en sueños el dolor, el miedo, el calor y pude ver la cara de Ambrose tan borrosa como la noche anterior. Sin embargo pude escuchar su voz nítidamente, sus palabras resonaban como un eco en mi cabeza, desde la llamada telefónica a su última frase "esto es lo que menos duele". No lo entendí.

Mi despertar fue exacto al de por la mañana, violento, desagradable y sudoroso. Miré a Betty y vi que marcaba las once y media. A esa hora mi madre y Joseph ya estarían en la cama, así que no había problemas en salir para ir al baño a refrescarme.

Antes de ir, abrí la ventana del cuarto, la calefacción había hecho subir demasiado la temperatura y me estaba sofocando, airear la habitación y refrescarme me vendría bien.

Esta vez no me molesté en quitarme el jersey, sólo bajé el cuello para echarle un vistazo a la herida y comprobar que no tenía aspecto de mejorar. Seguía sintiendo quemazón en el pecho, por culpa de la repentina alergia al crucifijo que, claramente, no era de oro bueno, a Joseph le habían timado pero bien en la joyería. Me empapé bien en agua fría, aunque no tan fría como yo, a pesar de la calefacción seguía destemplada, aunque no me molestaba.

Al regresar a la habitación el aire parecía más ventilado, menos viciado, así que me acerqué a la ventana para cerrarla y bajar la persiana, y entonces le vi allí, de pie, como la noche anterior, mirándome.

-No, no, no- musité, angustiada, negando con la cabeza.

Eso no podía estar pasando.

Dio un paso, luego otro y por un instante temía que fuera a llamar a la puerta, pero no lo hizo, fue peor. Se acercó poco a poco al árbol más alto, que daba casi a mi ventana, y subió por él ágilmente hasta llegar a mi altura. Se me quedó mirando a los ojos y yo observé esos ojos totalmente negros, carentes de iris, todo pupila.

-Buenas noches, Olivia- musitó, esbozando una macabra sonrisa.

-¿Qué es lo que me has hecho?- su sonrisa se ensanchó todavía más.

-¿Aún no lo has averiguado?- ¿averiguar qué? Me había atacado y tenía una marca terrible en el cuello que lo demostraba.

-¿Quién eres?

-Ya te lo dije, mi nombre es Ambrose y ahora soy tu maestro.

-Estás loco y ahora mismo voy a llamar a la policía.

-No lo harás- dijo firmemente.- Nadie te creerá. Ya ha empezado y no hay vuelta atrás.

-¿El qué ha empezado?

-Tu conversión, Olivia. Y he venido para llevarte conmigo.

-¿Qué?- ¿Mi conversión en qué?- No iré contigo a ninguna parte.

-Es lo mejor que puedes hacer, esto no será fácil, nunca lo es. Te he otorgado un don muy especial, pero primero has de demostrar que eres digna de él y pasar esta semana. Déjame ayudarte.

-Estás loco- bufé, enfadada, negando con la cabeza de nuevo.-¡¿Qué me has hecho?!

-Darte lo que tanto querías. Emoción, acción, deseo... nadie te deseará jamás más que yo, de un modo tan real y nunca nadie te dará nada como lo que yo te he dado. Renacerás, serás una versión mejorada de ti misma, bella, poderosa... eterna.

-¡NO!¡¡NO!!

-¿No lo has notado hoy en la iglesia? El próximo domingo ya no podrás volver, aunque quieras, en siete días no podrás pisar terreno santificado. El agua bendita es como agua hirviendo, debes alejarte de los crucifijos, de las imágenes de santos, de todo lo que tenga que ver como Dios porque ya no eres parte del rebaño... todo eso no hará más que dañarte. No intentes ingerir alimentos sólidos, dentro de poco no podrás asimilarlos...

-Márchate.

-Debes venir conmigo.

-¡No!¡NO! Maldito loco ¡márchate, ahora!- Ambrose negó, visiblemente decepcionado y me miró.

-Te doy veinticuatro horas más y si no vienes conmigo, haré que te arrepientas.

Clavó sus ojos en mi de nuevo, un sólo segundo y saltó del árbol, ágil y rápido como un rayo y sólo vi un borrón, una flecha que se alejó y se perdió calle abajo.

Definitivamente... pasaba algo raro.