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Historia 34711 — capítulo 3
Ya me estaba acostumbrando a despertarme como si alguien me gritara al final del pasillo que se iniciaba la tercera guerra mundial. Esta vez no fue diferente. No recordaba haber puesto el despertador, pero mi cuerpo, igualmente, reaccionó y me despertó un minuto antes de la hora habitual. Estaba empapada en sudor, sentía más que antes la quemazón en la garganta, en los pulmones, en el estómago... Con cuidado me llevé la mano al cuello y comprobé que la zona seguía hinchada.
-Olivia- me sobresalté cuando mamá llamó a mi puerta, pegando un respingo sobre la cama y conteniendo la respiración.- Cariño ¿te encuentras mejor?
-Sí, claro- dije enseguida.
-Entonces levántate, date una buena ducha y vístete, hoy te llevaré yo al instituto.
Genial, el instituto, otro lugar en el que tendría que disimular que me estaba ocurriendo algo raro. Normalmente iba en autobús escolar, la parada no estaba lejos de casa, pero algunos días mamá se empeñaba en acercarme en coche y aquel era uno de esos días.
Lo primero era elegir la ropa, con sumo cuidado. Otra vez tendría que utilizar una jersey de cuello vuelto, pero no podía llevar el negro,había dormido con él. Tenía otro, de color verde, pero era de manga corta. Menos era nada, además no tenía nada de frío, así que conjunté el jersey con unos vaqueros y unos tenis y con una chaqueta negra de lana amplia, unas tres tallas amplia para ser exactos.
Y de nuevo a arreglármelas en plan misión imposible para poder ir al baño a ducharme. Reflejada en el espejo la herida parecía estar mejorando. Las venas seguían inflamadas, pero la moradura era más tenue, tirando a un color verdoso que me pareció mejor que el violeta oscuro del día anterior. Los dos orificios ya no estaban tan ennegrecidos y parecían cicatrizar deprisa.
-Es horrible- me dije a mi misma, observándome en el espejo al salir de la ducha.
La herida era horrible y yo tenía una cara horrible, todo estaba mal. A pesar de haber dormido parte de la tarde y toda la noche del tirón, tenía las ojeras muy marcadas y el cuerpo agarrotado, ya se sabe, a veces se duerme pero no se descansa, así que me estiré y bostecé y fue entonces cuando me asusté a escuchar crujir mis huesos, nunca me había pasado aquello, no de esa manera, no tan nítidamente. Tras eso me sentí mucho más relajada y salí corriendo del baño para entrar cuando antes en mi habitación.
Esta vez no soporté secarme el pelo primero y me vestí para no tener que ver la herida del cuello y la marca de la cruz en mi pecho mientras me peinaba. ¿Qué más daba? Ya estaba hecha una pena ¿para qué esforzarme en peinarme? Bajé a desayunar, pensé que un café me vendría bien para espabilarme y quizás un par de aspirinas lograrían bajarme el permanente dolor de cabeza y la hinchazón de los ojos.
-Vaya, nena, que mala cara- me dijo mi madre al verme entrar en la cocina. Joseph ya se había ido a trabajar.-¿Has dormido mal?
-Algo así- bufé desganada, dejándome caer en una de las sillas de la cocina.
-¿El estómago, verdad?- Asentí sin darme cuenta, como una mentira refleja.- Entonces nada de café, te sentará peor ¿por qué no te tomas una tila o un té?
-Me arriesgaré con el café.
-Como quieras, voy a por el bolso, apresúrate.
Me levanté y fui hacia la cafetera, mirando de reojo el reloj de la cocina. Eran las ocho y diez, si mamá quería irse sin mi, sólo tenía cinco minutos para llegar a la parada, pero ella me esperaría. El olor del café volvió a molestarme, acentuando el dolor de estómago, pero lo ignoré porque prefería decirme a mí misma que todo era normal. Serví leche y un par de terrones de azúcar moreno, manías de mi madre, y el primer sorbo resultó infernal.
La quemazón en la garganta fue peor, como si el café hirviera a pesar de estar rebajado con leche. Sentí arcadas, la lengua me ardía y todo comenzó a oler a quemado. Me deshice de la taza del café, tirando su contenido por el fregadero, y subí a lavarme los dientes. Sólo fue más de lo mismo, más quemazón, la clorofila me raspaba la boca, perforaba mis encías, así que también lo tuve que dejar.
Me puse la chaqueta, cogí la mochila y bajé a toda velocidad para meterme en el coche de muy mal humor. Mamá no daba llegado, así que abrí la guantera y comencé a investigar qué había en ella para entretenerme. Hasta aquel momento ni me había acordado de los dos dedos quemados en mi mano derecha, estaban en perfecto estado, como si nada hubiera pasado, como si veinte horas atrás no se hubieran quemado.
-¿Cómo es posible?- musité.
-¿Cómo es posible qué?- preguntó mi madre, que pareció salir de la nada, cerrando la puerta del coche y poniendo la llave en el contacto.
-Nada, hablaba sola.
-Cariño ¿Seguro que estás bien? Porque si quieres quedarte en casa puedo llamar al trabajo y pedir el día libre.
-Te he dicho que estoy bien ¿Vale? Sólo cansada.
-Pero nena...
-Arranca ya.
No me gustaba ser desagradable con mi madre, pero estaba teniendo un mal día a pesar de lo temprano que era todavía y no me apetecía tener que andar repitiendo las mismas mentiras una y otra vez, hacerlo una vez ya era suficientemente difícil.
Me mantuve callada los veinte minutos de coche y procuré que la despedida fuera rápida. Mamá soltó el mismo rollo de siempre sobre que comiera bien al mediodía, que hiciera los deberes al llegar y que no cenara nada pesado. Ella llegaría sobre las nueve, pero quizás Joseph llegara un poco antes. Era una niña de llave desde los doce. Mis padres siempre trabajando y yo sola en casa, la tele me había criado.
Fui lo más rápido que pude hacia mi taquilla, sólo quería dejar allí los libros que no necesitara, pillar mis apuntes de historia del arte, la primera clase de aquel día y meterme en el aula, sentada en la última fila, para que el profesor Connelly me ignorara. Sin embargo, no todos los planes se cumplen porque si algo puede salir mal, saldrá mal.
-Hola- y allí estaba Jonathan, sólo para variar, cosa rara, apoyado al lado de mi taquilla ¿Esperándome?- ¿Cómo estás?¿Mejor?
-De fábula, déjame en paz.- Bufé, enfadada, abriendo la mochila, que había posado en el suelo, y sacando libros y libretas para meterlos en la taquilla.
-Tienes mala cara ¿has dormido mal?- cerré de golpe y respiré hondo para no agarrarme a carpetazos con él.
-¿Me puedes explicar por qué de repente te importa cómo haya dormido?- se encogió de hombros y bajó la mirada.
Me eché la mochila al hombro, esperando una respuesta, pero cuando Jonathan iba a abrir la boca, uno de los miembros del equipo de fútbol, Bobby Geller, lo agarró del brazo con violencia.
-¿Te está molestando, Olivia? Porque si quieres puedo deshacerme de él.
Vale, eso sí que fue alucinante. Era la frase más larga que Bobby me había dicho en seis años, es decir, desde que me conocía. De hecho, hasta ignoraba que supiese mi nombre.
-¡Hey! Hola, Vía- saludó una voz a mi espaldas, una más familiar al menos, Nessa, una de mis, llamémoslas, amigas.
-Ho... hola- respondía algo confusa todavía por la reacción de Geller, que aún sujetaba a Jonathan por un brazo y me miraba expectante esperando una respuesta.
-Vaya ¿qué te has hecho hoy en el pelo? Me encanta, está como más brillantes... más pelirrojo ¿te has puesto tinte?
-¿Por qué iba a teñirme de mi propio color?- no, esa no era la pregunta correcta.- ¿Desde cuándo te importa a ti cómo me peine?- le pregunté a Nessa- ¿Y desde cuándo tú me hablas? Y lo más raro ¿desde cuándo tú me invitas a salir? ¿Qué os pasa a todos?
Lo mejor que pude hacer fue irme por banda, como una flecha, y entrar en el aula doce, donde se impartía la clase de historia. Sentía como si todos me miraran y no sabía si era real o un producto de mi imaginación, obsesionada por esconder a toda costa mi herida, por disimular en todo momento lo mal que me encontraba.
-Bien, chicos ¿sabéis que día es hoy?- No ¿qué día era? Miré a mi alrededor y pude ver como todos sacaban de sus carpetas los trabajos de arte barroco. Aquel día era la fecha límite para entregarlos... y yo no había hecho el mío. Mierda... malditos tele concursos de los martes que te ciegan y te hacen olvidate de las cosas toda la semana ¿dónde tenía la cabeza? El profesor fue avanzando, yo estaba al final de la clase, en una esquina, tapada y tratando de disimular. Por desgracia, no era invisible.- Olivia... Olivia ¿Estás ahí?¿Y tú trabajo?- respiré y miré al profesor, nerviosa.
-Verá, yo... la verdad es que me lo he dejado en casa...- Connelly no era especialmente famoso por su paciencia ni su comprensión con los errores ajenos, sin embargo aquel día me sorprendió.
-Bueno, no tiene importancia. Ya me lo entregarás en la próxima clase ¿de acuerdo?- me quedé muda, quise abrir la boca para decir algo, pero no salió nada de nada. ¿No había ningún cero?¿Ni un castigo?¿Nada, de verdad?
Creo que me quedé toda la clase con la misma expresión de embobada y juraría que Connelly me guiñó un ojo al salir del aula, pero eso había sido tan real como lo de las gárgolas en la iglesia el día anterior. La siguiente clase fue matemáticas y si de por sí las mates ya me levantaban dolor de cabeza, aquel día que ya me lo traía de casa, no hicieron más que agravarlo. De todos modos, sentarme de nuevo al final de la clase, hizo que la señorita Harper me ignorara durante hora y media y pude concentrarme y mi dolor de cabeza y en las malditas luces, que parecían afectarme cada vez más. Parecía una maldita fotofóbica.
Me escondí en un baño durante el primer receso para evitar salir al patio. Con todo lo desagradable del desayuno había olvidado tomarme las aspirinas y por eso no lograba quitarme aquel maldito dolor de cabeza. Sólo me encerré en un baño, cerré los ojos y me quedé allí, acurrucada hasta que oí sonar el timbre que anunciaba el comienzo de la clase de francés. He de confesar que era pésima para los idiomas, pero había elegido aquella optativa porque decían que era fácil aprobarla haciéndole un poco la pelota a la profesora. Hasta el momento no habían tenido razón.
Estábamos conjugando a coro el verbo avoir cuando sentí como si me fueran a explotar los ojos. Me llevé la mano a la frente y presioné, pero la señora Aimé se dio cuenta e interrumpió a mis compañeros para hacerme pasar el bochorno de ser el centro de atención.
-Olivia, queridá¿que te ocu*ré?-*me preguntó con su desesperante acento francés. Dios, como lo odiaba.
*-*Nada...- dije negando con la cabeza.- Sólo me duele la cabeza.
-Vaya, así que la cabezá, recoge tus cosas y ve a la enfermeriá.
*-*No es necesario.
-Insisto, querida. Vamos, ve.
¿Tan mala cara tenía que todo el mundo se sentía obligado a ser amable conmigo? Era un asco.
Recogí mi cosas y fui hasta la enfermería, haría un poco el paripé para que me firmara una nota y me dejara irme a casa.
La enfermería era un lugar lúgubre y más claro y luminoso que el resto del instituto, algo en lo que no me había fijado antes. Era un cuarto pequeño, con una camilla, un par de armarios llenos de vendas, betadine y aspirinas infantiles. Tan útil como un maletín de médico de juguetería ¿Y lo peor? Cuando entré no sólo la enfermera estaba allí, también estaba el idiota de Jonathan.
Dalkin le estaba vendando la mano y sobre la mesita auxiliar había betadine, agua oxigenada, venda estériles, tiritas de aproximación y algodones empapados en sangre. Sentí que el olor salado y metálico de la sangre me embriagaba como si se tratara de un olor dulce, fue muy... muy raro.
-Vaya- musitó la enfermera al percatarse de mi presencia.- Cielo ¿te encuentras mal?
-Algo así- musité, dejando la mochila en el suelo y quitándome la chaqueta.
-Tienes muy mala cara, siéntate en la camilla, ahora termino.
Esperé, sentada en la camilla, Dalkin ya estaba terminando. Me fije en que Jonathan me miraba de reojo de vez en cuando, normalmente me hubiera sonrojado, pero creo que ya era inmune a tipos como él.
-No es muy profundo, pero era una corte grande. Has de tener más cuidado, Jonathan.
-Sí, lo sé... me distraje y...- La enfermera recogió todo lo que había utilizado para desinfectar y vendar la herida y vino a atenderme.
-Espera una segundo, chico y te firmaré una nota.- Se sacó un termómetro del bolsillo y lo acercó a mi oído, era mucho más rápido y cómodo que los termómetros de mercurio. Pasados unos segundos sonó un pitido y Dalkin miró el resultado, confusa.- Vaya, debe de haberse roto...
-¿Por?
-Bueno, marca 34 grados, no creo que esa sea realmente tu temperatura. ¿Cómo te encuentra?- fatal.
-Me duele la cabeza... y el estómago. Ayer me sentó mal el desayuno.
-¡Oh! Estamos en la época de los resfriados. Muchos van acompañados con problemas estomacales... debes cuidarte. Lo mejor será que te marches a casa.- Asentí y seguí a Dalkin con la mirada, que abrió un cajón para buscar un par de notas.- Vaya, me he quedado sin justificantes. Iré a secretaría, esperad un momento que ahora vuelvo.
Ella se fue y cerró la puerta y me quedé a solas con Jonathan, menudo panorama. Me miró de nuevo y sonrió y yo preferí torcer la vista para otro lado. Él se levantó y vino a sentarse a mi lado en la camilla.
-Resulta que al final sí te encontrabas mal...- no dije nada, pero no pude evitar mirar su mano vendada, interrogante.- ¿Esto? Tenía clase de tecnología.
-¿Querías probar la sierra de calar?
-Ja...ja...ja que graciosa eres- sonreí, aunque enseguida me arrepentí de haberlo hecho.- No, es curioso, hoy teníamos que exponer un proyecto e iba a poner unas diapositivas. Ni me acerqué a las herramientas.
-El proyector tiene dientes... recuérdalo la próxima vez.
-Gracias, lo haré. Oye... lo de ayer, en la estúpida iglesia... iba en serio. Me gustaría que saliéramos alguna vez.- Tragué saliva, visiblemente incómoda.
-Jonathan, no creo que sea una buena idea.
-¿Por qué no?- me encogí de hombros y bajé la cabeza, me sentía realmente inútil, era la primera vez que me pedían en serio una cita (el domingo que lo había tomado totalmente a broma).
Sentí la mano izquierda de Jonathan subir por mi espalda, por encima del jersey verde, y me estremecí. Él se acercó, yo sabía que se acercaba, pero ni siquiera me movía lo que le dio pie a pensar que estaba dispuesta a dejarme querer ¿Qué me estaba pasando?¿Qué le estaba pasando a él? Me mordió con sumo cuidado el lóbulo de la oreja y comenzó a bajar para besarme el cuello, así que tuve que apartarme enseguida, no quería que viera la horrible herida.
-Tranquila- musitó, sonriendo. Acercó la mano derecha para acariciarme la mejilla, pero recordó que la tenía vendada y se sonrojó. Sonrió y me hizo sonreír. Se acercó para besarme y, sorprendentemente, yo le dejé.
Técnicamente no era mi primera beso, pero sí era la primera vez que una chico me metía la lengua en la boca, era extraño y excitante al mismo tiempo. Le rodeé con ambos brazos y él no se cortó ni un pelo al meterme la mano sana debajo de la ropa. Hubiese preferido detenerle, pero tenía la mano caliente y yo la piel muy fría, era realmente placentero.
Comencé a sentir una sensación de deseo que nunca antes había experimentado. Supuse que me estaba dejando llevar por mis hormonas porque cuando quise darme cuenta estaba sobre él, besándole como se besan las parejas apasionadas de las películas. Y de nuevo me embriagó el ya tenue olor que emanaba de la herida de Jonathan y pude escuchar claramente el latido de su corazón, sentí su pulso en el cuello y me vi tentada a besarle cada vez más. Baje por el mentón, la garganta y seguí hasta el lateral del cuello. Mi respiración se aceleró, una calambre me recorrió la espalda, me inundó una agradable sensación de poder y excitación pero... no lograba sentirme completa.
Paré un instante, mirando su cuello, el sonido de sus latidos se me clavaba en los oídos y algo dentro de mi me decía que debía hacerlo, que debía morderle. Jamás comprenderé que me pasó en ese momento, pero lo hice, le mordí y él sonrió y me apartó de él.
-Tranquila, vampiresa- musitó, sin sacar las manos de debajo de mi camiseta.
-Vampiresa...- susurré, con la mirada perdida, intentando comprender qué me había pasado. ¿Vampiros? No, no podía ser, Ambrose no podía ser uno de ellos, lo mío no era una mordedura de vampiro, eran todo cuentos y leyendas, mentiras para asustar a los críos y tener material para hacer películas de terror de serie b.
-Mira, te enseñaré como se hace- musitó, acercando la mano izquierda al cuello de mi jersey para bajarlo. No sé exactamente como pude hacerlo, ni siquiera lo pensé, sólo tomé impulso y salí literalmente disparada hacia atrás, quedé contra la puerta a un par de metro de Jonathan, que me miraba confuso.- ¿Qué te pasa?¿Cómo... cómo has hecho eso?- No sabía que decir porque ni yo entendía lo que acababa de pasarme, pero por suerte no tuve que buscar excusas. La enfermera Dalkin abrió la puerta, empujándome y asomó la cabeza.
-Chica, apártate que no puedo abrir- obedecí enseguida y me aparté para dejarla pasar. Le metí prisa para que me cubriera el parte y en cuanto lo firmó se lo arrebaté de las manos, recogí mi chaqueta negra y la mochil y salí corriendo de la enfermería y del instituto.
Corrí hacia casa rápidamente, sin siquiera cansarme, yo que nunca hacía ejercicio. Había unos veinte o veinticinco minutos de camino en coche desde mi casa al instituto, andando calculo que debía tardar el triple... no sé cómo lo hice, pero sé que me paré tras unos cinco minutos de carrera y ya estaba a medio camino. Traté de tranquilizarme, respiré hondo y me froté bien los ojos, que seguían ardiendo bajo la luz del día. Eché a andar y esta vez las cuentas sí salieron, tardé una media hora el llegar a casa.
Estaba sola, estaría sola hasta la noche, así que tendría tiempo para... no sé, para hacer cualquier cosa, quizás ir a un hospital sería lo más sensato o llamar a la policía y denunciar a Ambrose... pero no, no podía hacer eso. Fui al botiquín a buscar el termómetro y me tomé la temperatura, no sé si era posible que dos termómetros diferentes, en momentos diferentes dieran una misma respuesta y ambos se equivocaras, 34 grados.
Y no sólo eso era raro. Las ojeras se marcaban cada vez más, como si llevara días sin dormir. La última comida sólida que había ingerido habían sido las tortitas del desayuno del domingo, pero no tenía hambre. Por fuera estaba congelada, pero por dentro me sentía arder y luego estaban las heridas, la del cuello y la del crucifijo en el pecho.
*Tranquila, vampiresa.*Recordé las palabras de Jonathan y decidí barajar, por un instante aquella absurda idea, después de todo tenía dos agujeros en el cuello ¿no? Fui a por el portátil, lo encendía y me lo llevé para mi habitación. No sabía lo que tenía que buscar ni si podría creer lo que encontrara en medio de las páginas sobre libros, cines o freaks de las tinieblas.
Empecé por la wikipedia, páginas de tópicos sobre vampiros, sobre seres de la noche, mitológicos, infernales. Busqué leyendas urbanas,por religiones, por regiones La mayoría de ellas coincidían en un mismo punto, la relación del vampirismo y la muerte.
Pensé en Ambrose. El cumplía a la perfección todos los requisitos. Era ágil, rápido y fuerte (no por nada me había llevado corriendo por todo el pueblo en plena noche o había escalado el árbol del jardín sin esfuerzo alguno). Sólo le había visto de noche, era pálido y estaba frío.
Si la información que leía era cierta Ambrose no podía entrar en mi casa sin ser invitado, no podía salir a la luz del sol, ni pisar una iglesia o acercarse a cualquier símbolo religioso... pero todo aquello ya lo sabía. Nada encajaba aún. Nada me explicaba qué me estaba pasando.
Al parecer uno tiene que ser mordido por un vampiro para convertirse en uno. Luego moría, era enterrado y pasados unos días salía de su tumba y se paseaba por ahí, cada noche, bebiendo la sangre de cualquiera que se le pusiera por delante... estacas, cruces, agua bendita...
Ambrose me había mordido pero yo seguía viva, aunque bien jodida. En dos días la herida de mi cuello se había inflado, como si fuera una herida gravemente infectada. Mi temperatura corporal había bajado tres grados y si hacía caso de la teoría de los vampiros, todo lo que había ocurrido el domingo en la iglesia era sólo el principio de mi aversión a todo lo relacionado con Dios.
Cerré el ordenador con furia y bajé como un rayo hacia la cocina. Todo aquello era una estupidez y me lo iba a demostrar a mi misma en ese mismo momentos. Abrí la nevera, saqué un tupper con los restos de la cena de mamá y Joseph del día anterior y ni me molesté en calentarla, tomé un tenedor del cajón de los cubiertos y empecé a comer. Desde el primer bocado la cosa no fue bien. Quemaba desde la boca hasta el estómago, era como si me hirviera al masticar y comencé a sentir ganas de vomitar. Primero sólo fueron arcadas, pero enseguida tuve que correr hacia el baño.
Vomité todo lo que acababa de comer, empapado en sangre, hirviendo de nuevo al recorrer mi garganta. Cuando estuve segura de que mi estómago volvía a estar vacío me senté en el suelo y esperé a que se me pasara el mareo.
-Tranquila- me dije a mi misma- has comido demasiado rápido... mierda ¡no! Como si eso justificara el vomitar sangre.- Parecía que no hacía más que poner excusas ridículas a todo lo que me estaba pasando, pero es que la verdad sonaba tan imposible...
Me lavé la cara y me metí en la cama de nuevo, vestida, no tenía fuerzas ni para cambiarme. Me quedé dormida de nuevo ¿cómo podía dormir tanto y seguir teniendo tantas ojeras? Era incomprensible. A eso de las seis y media sonó el teléfono, lo escuché lejano, pero fue suficiente para despertarme. Bajé corriendo, pero no me dio tiempo a llegar para descolgar. Eché un vistazo a la memoria, pero enseguida volvieron a llamar. Era mamá desde el despacho.
-Olivia ¡¿por qué no contestas al móvil?!- Exclamó, enfadada.- Llevo media hora llamándote, no sabes lo preocupada que estaba.- Mamá, no te contesto al móvil porque un vampiro que me mordió hace un par de noches se quedó con él. No, no creo que esa respuesta le gustara.
-Lo siento, me lo dejé en mi taquilla- mentí.
-Bueno ¿Estás bien?
-Sí, dormía.
-¿Has comido algo?
-Em... sí, sobras de la cena de ayer.
-Olivia, por Dios... hazte una sopa o algo.
Me pasé diez minutos escuchando los insípidos consejos de mi madre, ninguno de ellos me servía para nada, ninguno me ayudaba con lo que me estaba pasando, era muy tedioso. Cuando colgó me llevé el inalámbrico para mi cuarto y me tumbé de nuevo en la cama, pero esta vez ya no pude dormirme. Simplemente me tumbé, mirando al techo y me quedé así durante horas, hasta que escuché la puerta. Joseph llegaba a casa y no me apetecía nada hablar con él.
Por suerte no me molestó demasiado. Sólo golpeó mi puerta, me preguntó si estaba bien y si había hecho los deberes y me dijo que se iba a ver un rato la televisión. Mejor porque ya me llegaría con la vara que me iba a dar mi madre al venir.
Que si estaba bien, que qué tal las clases, si quería comer algo... fue desquiciante. Sólo había una cosa que me preocupaba, algo que tuvo mi cabeza ocupada todo el tiempo que estuve tirada en cama: Ambrose iba venir y esta vez le esperé directamente en la ventana.
Llevaba puesto un camisón que dejara visibles mis heridas, mis horribles heridas, para quizas lograr alarmarle. A pesar de la baja temperatura, no tenía frío. A las doce en punto llegó caminando tranquilamente por mi calle y me miró, sonriendo, antes de escalar ágilmente el árbol que daba a mi ventana.
-Buenas noches, Olivia.- No contesté, no tenía humor para formalismos.- Vaya... - musitó mirando mi cuello.- Tranquila, es normal, en pocos días habrá desaparecido.
-¿Qué es lo que me has hecho?
-Sé que ya lo sabes... sabes lo que soy y sabes lo que vas a ser.
-Es imposible, los vampiros son cuentos... no existen- dije, negando con la cabeza, mirando al césped.
-Somos reales, los cuentos son las cosas que inventan sobre nosotros... Mírate, te estás trasformando lentamente, tu cuerpo se acostumbra a su nuevo metabolismo. ¿Sientes ese calor?¿Has intentado comer algo hoy?¿A qué ya no puedes?- negué, confusa- Tus órganos se están calcinando lentamente, no podrás comer pero ¿qué más da? No volverás a sentir hambre... sólo sentirás sed.
-No lo haré...- entonces comprendí por qué había pasado lo de la enfermería.
-¿Has notado ya su amabilidad? Eres irresistible, un depredador perfecto... ágiles, rápidos y mortalmente atractivos a los ojos de nuestras propias víctimas.
-Estoy fría...
-¿Cuántos grados has bajado ya?
-Tres... más o menos.
-34 grados ¿no?- asentí ¿cómo podía saberlo?- Tu sangre estaba a 37,2 grados cuando te probé. Eras deliciosa, lo sigues siendo.
-¡Cállate!
-¿Sabes qué es lo siguiente? Si ahora crees que tu interior arde espera doce horas más, creerás estar en el infierno. Tu piel se endurecerá, tus dientes se afilarán, preparándose para su futura dieta, tus pupilas se dilatarán y poco a poco dejarás de respirar... ya no será necesario.
-Pero no morí...
-No tienes que morir... mueren las personas que son comida, pero tú no eras alimento, ya te lo dije... tú eres especial.
-¿Por qué yo?- Ambrose sonrió.
-Te lo diré si... me invitas a entrar.
-No- mientras no le invitara no podría poner un pie en mi casa.- Prefiero quedarme con las dudas.
-Yo lo veo de la siguiente manera...o tú me dejas entras y no hay heridos o bajo, llamo a tu puerta, convenzo a tu madre de que me deje entrar y entonces me la tomaré de postre.
-Ni se te ocurra.
-Déjame entrar.- No podía arriesgarme.
-Yo bajaré.
-¿Y vendrás al fin conmigo?
-¿Cómo se para esto?
-Esto no se para, ya ha comenzado y terminará la madrugada entra el sábado y el domingo, cuando se cumplan siete días exactos desde la mordedura.- Nos miramos y él me tendió la mano.- Ven conmigo, Olivia, es lo mejor para ti y para los que te rodean. Te ofrezco la inmortalidad, estás a sólo un paso...
-Márchate y ni se te ocurra acercarte a mi familia.
-¿Y si lo hago qué me harás? Nada me impide hacerle una visita a tu madre en el trabajo.
-¿Qué? No, pero... de día... los vampiros no pueden...
-Sí que podemos, no te fíes de lo que leas en internet, Olivia, no todo es verdad. Podemos pasear a la luz del día, aunque no es nada agradable. Demasiada luz directa nos quema la piel por no hablar del incómodo problema de los ojos...
-¿Lo ojos?
-Sé que ya lo has notado, el dolor de cabeza... Primero se dilatará tu pupila derecha, luego la izquierda, lentamente y al final tendrás unos preciosos ojos negros- negó con la cabeza y sonrió de lado.- La ceguera es algo desagradable.- Abrí los ojos, sorprendida.- Sí, Olivia, si no salimos de día es por eso... porque no podemos ver. La noche, las sombras, eso es lo nuestro, lo que nos gusta...
-Ambrose, por favor- sonrió, esa era la primera vez que le llamaba por su nombre.
-Está bien, cielo. Volveré mañana y si todo va según lo previsto, me suplicarás que te lleve conmigo.- No me gustó como sonó aquello, pero me limité a cerrar la ventana y bajar la persiana, sin esperar a que Ambrose se marchara.
Me quedé en tensión, pidiendo que no llamara a mi puerta, esperando a que mi madre le abriera la puerta, pero no lo hizo. Me mantuve en vela casi dos horas y no apareció así que opté por volver a dormir tras poner el despertador, a la mañana siguiente tendría que fingir que iba a clase para que mamá no se preocupara todavía más.