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Historia 34711 — capítulo 4
Pasé todo el miércoles encerrada en casa, supuestamente mala del estómago. Ambrose no mentía, ni siquiera exageraba. Antes de las dos de la mañana de la madrugada de miércoles al jueves, me abalancé sobre el congelador y comencé a devorar cubitos de hielo para sofocar el intenso ardor en la garganta y el estómago. Quemaba, como si hubiera bebido ácido sulfúrico, como si todo mi interior se estuviera convirtiendo en lava candente, era horriblemente doloroso.
Cuando terminé con los cubitos de hielo arranqué la escarcha de las paredes, hubiera preferido el helado, pero sabía que terminaría vomitándolo y la sensación sería entonces todavía peor. Lo más extraño fue que mis padres no se levantaron, como si todo el jaleo no les molestara, como si estuvieran sordos o como si yo fuera la que no hacía ningún ruido.
No podía soportarlo más, no quería seguir viviendo si suponía tener que soportar tanto dolor, no podría seguir disimulando por mucho tiempo y nadie comprendería lo que había pasado. Mi madre me llevaría a un hospital ¿a caso podrían hacer algo? No... y todos correrían peligro por tenerme allí. Sólo había una opción, una baza con nombre propio y los ojos negros como la noche. Tendría que recurrir a Ambrose.
Me encerré en mi cuarto con el teléfono inalámbrico y marqué el número de mi propio móvil, pero antes de pulsar la tecla de llamada sopesé los pros y los contras ¿qué pasaría con mi familia?¿con mis amigos? El tiempo pasaba cada vez más despacio, yo ya no podía dormir, no podía comer, no podía soportar el dolor... sabía que era un error, pero el dolor y el sufrimiento nublaban mi juicio, así que llamé.
Sólo tuve que esperar al primer tono antes de que descolgaran, pero ese par de segundos fueron eternos para mi. Ambrose no dijo nada, no tenía nada que decir, sólo quería disfrutar del instante de mi rendición.
-Ayúdame- supliqué, con un hilo de voz. En cualquier otro momento estaba segura de que hubiera llorado, pero ya no podía.
Ambrose colgó el teléfono sin haber dicho ni una sola palabra, dejándome con la duda. ¿Y si ahora no venía?¿Y si me castigaba por no haber querido ir con él antes? Me arrastré, como una sombra, un fantasma, casi sin aliento hasta la cómoda y me miré al espejo. No entendía como los demás podían verme bien si estaba tan demacrada, yo sólo podía ver un ser que se consumía poco a poco sin remedio ¿sería así para la eternidad?
En ese momento me sobresaltó un ruido en la ventana. Ambrose había llegado increíblemente rápido. Estaba de nuevo en equilibrio sobre la rama del árbol que había junto a mi cuarto, observándome con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Me arrastré, nuevamente, hacia allí para abrir, todo era tan lento, yo era tan lento y todo pesaba tanto que sentía como si, de repente, el aire sobre mis hombros ejerciera toneladas de fuerza que yo ya no podía soportar.
-Has comprendido al fin...- musitó él, sin hacer ningún movimiento.
-¿Puedes hacer que pare el dolor?
-Puedo hacer que duela un poco menos... eso es todo- suficiente en mi estado, si estaba tan desesperada como para recurrir a él, ahora no iba a echarme atrás.-Déjame pasar, te llevaré en brazos.
-No- no iba a picar, no iba a darle vía libre para que entrara en mi casa.- Yo bajaré, espera en la puerta.
-¿Crees que llegarás hasta la puerta?
-Sí.
-Lo dudo mucho- negó y me miró de arriba a abajo.- Por la mañana la luz será tan cegadora que sentirás como si los ojos te fueran a estallar y comenzarán a dilatarse tus pupilas, haciéndote sufrir aún más hasta que te acostumbres... pero eso ya lo sabías ¿no?- algo me había dicho y, por desgracia, todo se iba cumpliendo a medida que se acercaba el sábado por la noche.
-Júrame que no les harás daño si te permito pasar.
-Te doy mi palabra- prometió, mirándome a los ojos sin pestañear. Yo titubeé ¿Debía fiarme de él? No tenía muchas más opciones. ¡No! No ¿Qué estaba haciendo? Yo ya estaba muerta, acabada, pero no quería eso para mamá y para Joseph.
-Espérame en la puerta.
Si era preciso dejarme caer por las escaleras en vez de bajarlas andado para llegar a la entrada, pues me tiraría, daba igual ¿no era eterna o algo así?¿qué más daba tirarme por las escaleras, o por un puente? Quizás, como última opción, debía ser considerado.
A duras penas llegué hasta la puerta y al abrir Ambrose estaba allí. Me desplomé y él me agarró entre sus brazos fríos y firmes, me cargó sin problema y echó a correr a toda velocidad por mi calle. Sentía el viento frío en la cara, en el pelo, confiaba en que me despejara, pero, nuevamente, perdí el conocimiento.
Al despertar estaba en un lugar parecido al de la primera vez, de techos altos, paredes húmedas y ventanas tapiadas. A penas entraba luz por las rendijas, la tenue luz dorada de las farolas de la calle, así que supuse que no había estado demasiado tiempo inconsciente porque aún era de noche. Yacía sobre una cama mullida, con pesados doseles de terciopelo y suaves almohadones por doquier, como si hubiera estado durmiendo entre algodones. No llevaba puesto el pijama, si no un largo camisón de algodón y seda blanco, con manga larga y delicado encaje en el escote. Me observé, avergonzada, pero enseguida me olvidé de mis reparos porque me di cuenta de que ya casi no sentía dolor.
-Tranquila- me sobresalté al escuchar la voz de Ambrose, que me observaba desde las sombras, en el otro extremo de la habitación.-No he sido yo quien te ha vestido.
-¿Quién ha sido?
-Raina...
-¿Quién?
-¿Te duele menos?- evadió mi pregunta, contestando con otra y yo asentí.
-¿Cómo lo has hecho?
-No te gustaría saberlo.- Tragué saliva, temiendo lo que podía haber hecho mientras no podía defenderme... como si en algún momento hubiera podido defenderme.-Lo importante es que estás mejor, tienes incluso mejor aspecto Olivia, y cuando todo esto termine, tu belleza inmaculada durará por siempre.
-Yo no quiero esto.
-Lo querrás, ya lo verás. Es cuestión de acostumbrarse y...
-¡NO!-exclamé, enfadada ¿qué podía hacerme?- Quiero que pare, quiero que lo pares.
-No puedo- en un abrir y cerrás de ojos estaba frente a mi, sentado a los pies de la cama, mirándome con sus centelleantes y oscuros ojos, tan hipnotizante como la primera vez.- Esto no se puede parar.
-No le mientas- una suave y a la vez fría voz nos interrumpió desde la puerta.- Claro que puedes pararlo, Olivia, podrías matar a Ambrose... aunque tan y como estás te verías en clara desventaja en una lucha cuerpo a cuerpo.
-Olivia, esta es Raina.- La chica encendió una lámpara de vela que había en una mesa al lado de la puerta con una cerilla, la apago, tomó la luz y se acercó lentamente. Era rubia, alta y esbelta, con la piel nívea, suave y sin ningún tipo de arruga o imperfección. Sus ojos eran grandes, negros, pero con un intenso y extraño matiz dorado que se apreciaba gracias a la luz enfocada directamente a su rostro.
-¿Ella también es...?
-¿Vampira?- preguntó Ambrose, terminando mi frase.- Sí, también. Quería que vieras que no es tan malo, ella es físicamente poco mayor que tú... ¿cuántos años tenías, Raina?
-Veintiuno, veintiún años para siempre... y tú tendrás diecisiete para siempre, la mejor época de tu vida prolongada por los siglos de los siglos- argumentó la preciosa vampiresa.
-Os dejaré a solas para que habléis, he de ocuparme de un asunto personal.- No, que no me dejara sola con ella...
Raina posó la lámpara en la mesilla de noche y se sentó a un lado de la cama, más cerca que Ambrose que, en ese instante en el que me distraje mirando la llama de la vela, había desaparecido. Raina me miró y sonrió, acercando una de sus manos a mi rostro y apartando un mechón de cabello.
-Créeme, terminarás añorando el dolor...- no lo creo, y hasta estuve a punto de decirlo, pero me contuve, tenía miedo a hablar.- El trance es difícil para casi todos, Ambrose a penas lo notó, se convirtió muy rápidamente, fue algo excepcional. Mis siete días fueron un infierno y nadie alivió mi dolor, él ha hecho una excepción contigo.
-¿Cómo?- me atreví a preguntar al fin.
-¿Qué sentiste la primera vez que te mordió?- fruncí el ceño ¿a qué venía esa pregunta?- Fue placentero ¿verdad? Puede llegar a ser adictivo, hay humanos que necesitan ser mordidos con frecuencias, es como una droga.- No... no podía ser ¿había vuelto a morderme?- Los efectos durarán unas doce horas, quizás quince, te ayudarán a sobrellevar la peor parte, la parte en la que tu interior cambia, se transforma. Ya lo verás, cuando veas todo lo que serás capaz de hacer...
-Te ha mandado para intentar convencerme- la corté, mirándola con odio. Ella sonrió y se pudo en pie, paseando lenta y elegantemente por el cuarto.
-¿Qué más da que estés convencida o no? Esto es inevitable.
-Puedo pararle si le mato...
-Exacto, pero no puedes matarle.
-No beberé su sangre.- Raina rió jactanciosa.
-¿De verdad?¿Crees que lo estás pasando mal ahora?¿Cómo crees que sería pasar el resto de tus días- es decir, para siempre- en un lugar donde los muertos creen que aún están vivos y rezan por morir?- no sonaba nada alentador- pero la muerte no llegará, Olivia, no si no completas el ciclo y renaces de las cenizas ¿Quieres matar a Ambrose? Espera al sábado, termina el proceso y cuando seas una de los nuestros, mátale.- Parecía que me lo estaba pidiendo, o al menos sugiriendo, como si me alentara a hacerlo.
-Tiene que ser antes- quería seguir siendo humana. Raina rió de nuevo.
-Mucha suerte y... piensa bien lo que vas a hacer porque no sería nada bueno pasar la eternidad en el infierno sin tener ningún amigo allí.
Era una injusticia, hablaba como si yo misma me lo hubiera buscado, pero no había sido yo, Ambrose había tomado la decisión por mi, a él no le había importado que yo prefiriera ser humana, le traía sin cuidado, igual que a Raina, ella sólo estaba allí para hacer de vendedora de sueños.
Me dejé caer entre los almohadones, sin la esperanza de poder dormir, pero de nuevo me equivocaba. Mis ojos comenzaron a cerrarse aunque yo no quería y justo antes de caer en un profundo coma, vi la cara de Ambrose acercarse a mi rostro... aunque no llegué a saber para qué.
Me desperté en mi cama, un minuto antes de que sonara el despertador y me desperecé, sin sentir ningún dolor. Antes de abrir los ojos imaginé por un instante que todo había sido una pesadilla, que abriría los ojos y todo iría bien, pero no fue así. Fue como si mis retinas se quemasen con el primera rayo de sol. Escondía la cabeza entre las mantas, apretando con fuerza las mano contras los párpados para aplacar la quemazón y rápidamente, más de lo normal en una persona cualquiera, me acerqué y bajé la persiana.
El despertador sonó más alto y furioso que nunca, haciéndome saltar, enseguida di otro respingo cuando mi madre llamó a la puerta.
-Olivia, cariño, hora de ir a la escuela.- Corrí a mirarme al espejo, la marca seguía ahí, menos inflamada y con menos terminaciones nerviosas, pero con las marcas de colmillos abiertas nuevamente. Llevaba puesto el camisón de Raina, una prueba más de que lo que había pasado era real, y un hilo de sangre emanaba de la herida.
-No me encuentro muy bien mamá- mentí, me encontraba mucho mejor que en los días anteriores.- Creo que me voy a quedar en casa.
-¿Estás segura?¿Quieres que te acompañe al médico? No es normal que aún estés enferma- el domingo la cabeza, el lunes el estómago, el martes la nota de enfermera y el miércoles todo el día encerrada en mi cuarto, era muy raro en mi.
-Mañana estaré bien, sólo quiero asegurarme de que no va a peor, no quiero volver a ponerme mal en el colegio- mamá hizo una pausa, parecía que se lo estaba pensando. Por favor, que me creyera.
-Está bien, pero mañana si estás bien, vas a clase, y si estás mal, al hospital ¿entendido?
-Sí, claro- clarísimo.
-¿Bajas a desayunar?- ¡JA! Como si yo pudiera comer algo.
-No, ahora voy a dormir un rato, ya bajaré luego.
Esperé a que mamá y Joseph se marcharan y me decidí a planear algo. No quería irme con Ambrose, no quería estar con el, ni un día, ni dos, ni mucho menos para la eternidad. Si no podía matarle, desde mi punto de vista, tenía dos opciones. Tirarme de un puente, a ver si funcionaba, o hacer el equipaje e irme lejos, muy lejos. Por desgracia me conocía muy bien y sabía que no tendría valor para tratar de suicidarme, así que comencé a preparar una maleta, sin estar muy segura de qué debía llevarme conmigo a parte de ropa y algo de dinero.
De vez en cuando me obligaba a mi misma a parar y realentizar el ritmo, sin darme cuenta comenzaba a acelerarme anormalmente y debía parar. Entre todas las veces que hice y deshice la maleta y las ocasiones en las que me frené y torturé, pasaron casi tres cuatro horas. Con gafas de sol oscuras y una sudadera con capuchas para tratar de disimular la herida a pesar de estar sola, baje a la cocina a eso de las dos del mediodía, había pasado un par de horas mirándome al espejo y comenzando a apreciar pequeños detalles que antes no estaban ahí. Mis pupilas cada vez más dilatadas, mi piel cada vez más blanca y dura, con las venas azuladas marcándose en algunas partes de mi cuerpo, el pelo más brillante y fuerte, los labios carnosos y más rojos, ya no estaba cortados y agrietados, había sanado y ahora eran deseables y bonitos... pero no, no era nada bueno.
Sentía mucha sed y no hacía más que beber, pero no funcionaba, no me calmaba. Mi estómago, o lo que quedaba de él, rugía pidiendo alimento, un alimento que yo no estaba dispuesta a proporcionarle aún a sabiendas de que cualquier otra cosa me haría vomitar de un modo incontrolable. No aguanté el dolor de cabeza ni media hora antes de subir corriendo a mi cuarto de nuevo a encerrarme en la oscuridad, retorciéndome de hambre, de sed, con el dolor volviendo de nuevo. Raina mentía, no había durando ni doce horas.
Me dejé caer sobre la cama y comencé a acomodarme, exhausta, justo cuando llamaron a la puerta. No podía subir la persiana, la luz me daría de frente, así que pretendía fingir que no estaba en casa, pero no dejaron de insistir. Llamaron una y otra vez hasta que no lo soporté más y agarré lo primero que tuve a mano, el reloj despertador de Betty Boop y lo estrujé haciéndolo añicos.
Entonces alguien abrió la puerta de mi cuarto y yo me replegué, pegándome al cabecero de la cama, asustada ¿cómo habían entrado?¿Y si eras Ambrose? Se suponía que no podía entrar si yo no le invitaba y no lo había hecho.
-¿Olivia?- una voz familiar seguida de un rostro conocido entró en la estancia.
-Jonathan- no, no, no...
-La puerta estaba abierta, sabía que estabas en casa y por eso entré.
-Tienes que irte- avisé, pero él me ignoró, cerrando la puerta y encendiendo la luz. Yo me encogí, la luz artificial no me dañaba, al contrario que lo hacía por el momento la natural, pero no quería que me viera.
-Dios mío ¿Estás bien?
-¡VETE! Márchate- podía oler su sangre, a pesar de llevar la herida vendada, aunque ya estaba cicatrizando, podía olerla y mi interior hervía, burbujeaba y me pedía que me lanzara sobre él. Pasé la lengua de forma instintiva por mis labios y luego por los dientes y noté los colmillos ligeramente más puntiagudos de lo normal... estaba ocurriendo y no había forma de parar. Jonathan se acercó, sentándose en un lateral de la cama y mi ojos se inyectaron en sangre y sentí un irrefrenable impulso de besarle que no pude ignorar.
Primero coloqué mi mano en su pierna y luego me abalancé sobre él aprovechando su confusión. No me paró, pero de haber querido hacerlo no habría podido, yo no le habría dejado. Me quitó la sudadera y yo no fui consciente de que mi herida había quedado expuesta, sólo pensaba en dejarme llevar, quería pensar de nuevo que eran las hormonas, pero no lo eran, era la sed que se apoderaba lentamente de mi.
Cuando recuperé medianamente la cordura estaba sobre él, todavía en camisón, pero él ya no llevaba puesta su camiseta y me besaba efusivamente, con expectativas de llegar a más. Me paré y me miré y cuando me alejé de él, despacio, pudo ver el mordisco.
-Joder...- dijo asustado.- Mierda, Olivia, ¿qué te ha pasado en el cuello?
-Tienes que irte, ahora... por favor.
-No...- negó y me agarró de la muñecas, pero yo me solté sin esfuerzo, me levanté y le tiré a la cara su estúpida camiseta de marcha y su chaqueta.
-Te irás ahora o llamaré a la policía- al fin y al cabo había entrado en mi casa, aquello era intrusión.
-Sólo dime que te ha pasado, por favor, estoy muy preocupado por ti.- ¿Por qué, eh?¿Por qué se preocupaba? Nunca lo había hecho, siempre me había tratado como a una mierda y elegía precisamente ese momento de mi vida para empezar a preocuparse y para empezar a gustarme... menuda mierda.
-No es nada... sólo alergia- fue lo primero que se me ocurrió.-Debes irte, mi padrastro está a punto de llegar- mentí, pero fue suficiente para hacerlo marchar, a pesar de no estar convencido.
Le acompañé a la puerta, le despedí con otro beso, uno que me dio él, mucho más dulce y pausado, que sabía a él y que me invitaba aún más a secuestrarlo y devorarlo en el sótano de casa, pero no podía, no debía hacerlo. Miré desde el cristal, tenía pensado mirar hasta que se fuera, pero eso no ocurrió.
Algo placó a Jonathan mientras se alejaba, algo rápido, sobrehumano, que lo arrastró con él a toda velocidad, perdiéndose rápidamente en el horizonte. Abrí la puerta dispuesta a salir corriendo, pero algo me golpeó de frente, metiéndome de nuevo en la casa. Me golpeé en la espalda y la cabeza con fuerza y cuando recuperé el equilibrio y me pude poner de pie, Ambrose estaba mirándome desde el porche, sin poder entrar.
-No podemos permitir que lo sepa.- Abrí los ojos, asustada y negué.
-No, por favor, él no- le rogué.
-Es él o nosotros, no hay elección.
-Iré contigo, pero déjale en paz.- Ambrose rió y negó.
-Preciosa Olivia... vendrás conmigo de todos modos.- Lo peor era que tenía razón, tarde o temprano iría con él, pero estaría preparada, no iba a rendirme sin luchar.