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Historia 34711 — capítulo 5

Llegó el día, el día en que sabía que mi destino se sellaría con sangre.

Los padres de Jonathan habían empapelado el pueblo con carteles de SE BUSCA con su foto, pero nadie sabía nada, nadie le encontraría.

Yo sólo podía pensar en una cosa mientras todos los demás pensaban en el chico desaparecido. Cada vez me resultaba más sencillo mentir, poner excusas para no salir de mi cuarto, para evitar comer... Joseph se había ido de la ciudad, un viaje de negocios, y mi madre tenía tanto trabajo que a penas paraba en casa de día. Le dije que había ido al instituto, que estaba bien y que si estaba encerrada en mi cuarto era por lo triste que estaba por lo que le había pasado a Jonathan... y era cierto, no hay sentimiento más triste que la culpa.

Él sólo me deseaba porque me estaba convirtiendo en alguien que irremediablemente atraería a cualquier hombre, yo le deseaba porque, en el fondo, siempre me había gustado pelear con él, era su forma de prestarme atención, nuestra forma de estar pendientes el uno del otro... o quizás era sólo una paranoia, una mentira como todas las que me veía obligada a contar cada día.

Todo se veía borroso y oscuro a la luz del día y a medida que avanzaba y llegaba la noche las figuras volvían a dibujarse e, incluso en la mayor oscuridad, podía verlo todo de forma clara y nítida.

Eran cerca de las diez cuando llamaron por teléfono. Estaba sola en casa, intentando pensar en como terminar con aquello, me sentía más fuerte, más ágil pero no lo suficiente para enfrentarme a Ambrose, sabía que no tendría lo necesario hasta completar el ciclo, como había dicho Raina.

Descolgué con miedo, sabía de sobra quien llamaba.

-¿Sí?- pregunté.

-Se acerca el momento... vendrás tú o tendré que ir a buscarte.

-No hagas esto, Ambrose- supliqué una última vez.

-Tengo una mala noticia...- quise suspirar, aún me esforzaba por respirar, pero me dolía, me sentía más cómoda si simplemente me dejaba llevar por mi nuevo cuerpo y no hacía nada... ni respirar, ni parpadear, ni tragar saliva... nada.

-¿Qué ocurre...?

-Tendrás que venir aquí... y ponte el vestido que te he dejado en la puerta.

-¿El qué?- no me lo podía creer ¿había estado allí? O quizás había sido Raina.

-Hazme ese favor, te verás espléndida.

Le colgué y arrojé el teléfono contra la pared, enfadada. Sentí como me embargaba una sensación de ira y cólera que no podía controlar. Lo más extraño de todo era que me gustaba, la destrucción, la autodestrucción, era tan irresistible como lo había sido estar cerca de Jonathan o ser mordida por Ambrose... sabía que me haría daño, que haría daño a otros, pero aún así quería hacerlo.

Dejándome llevar por mi nuevo yo, o lo que pronto sería mi nuevo yo, destrocé el salón. Poco quedaba ya de la Olivia débil, que sentía dolor, que se pasaba el día durmiendo, retorciéndose de dolor... había muerto, quizás lo mejor fuera dejarle hacerlo.

Efectivamente, en las escaleras de entrada a la casa, en una caja blanca con una elaborado lazo dorado, había un precioso vestido de estilo victoriano de color negro. Supuse que lo habría elegido Raina, era demasiado bonito y sensual, sin caer en lo vulgar, como para que lo hubiera elegido un hombre, aunque fuera uno inmortal como Ambrose.

Cuando me lo puse pude apreciar con más detenimiento todos los detalles del vestido. Las mangas blancas, las puntillas, los apliques dorados. Era tan suave, de terciopelo y gasa, era como si estuviera hecho especialmente para mi, para hacerme sentir especial en una noche tan señalada como aquella. Jamás me había sentido tan bonita...

La herida del cuello había disminuido hasta quedar reducida a a las marcas de los afilados colmillos del vampiro que había bebido de mi. Mi cabello, suave, brillante y de un color rubí intenso, caía sobre mis hombros, formado delicados tirabuzones que tapaban estratégicamente las antiestéticas heridas. De un día para otro, había pasado de estar totalmente destrozada a verme mejor que nunca... pálida, fría, radiante de un modo siniestro, hasta las ojeras que llevaría conmigo eternamente resultaban favorecedoras ¿por qué?¿por qué hasta a mi me gustaba verme de ese modo? No pensaba con claridad, no era yo quien pensaba...

Llegó la hora, la hora en la que, siente días antes, habían llamado por primera vez a mi puerta tras ver Gilda por milésima vez. Como no sabía si podría o no volver a casa, me llevé conmigo todo aquello que realmente me ayudaría a sobrevivir para siempre si me entregaba al inevitable destino que me esperaba.

Salí de casa, impecablemente vestida, descalza, y caminé sin rumbo fijo, siguiendo el camino que mi mente recordaba a pesar de que mi cuerpo sólo lo había recorrido inconsciente. Me movía lentamente, deslizándome por las calles solitarias, hasta que me di cuenta de que no iba tan perdida, de que no caminaba sin rumbo... seguía un olor, SU olor.

Comencé a correr, confusa y pronto no sólo percibí su aroma, si no que también escuché su voz, sus gritos agonizantes, sentí su terror... y me gustó. Pronto me vi de pie delante del gran portalón de la mansión ruinosa en la que se había escondido Ambrose. Estaba abierto, me estaban esperando, y nada más entrar, un grito ensordecedor me perforó los tímpanos. Tenían allí a Jonathan, quien sabe que cosas le habría hecho, lo que tenía que haber sufrido, en ese momento hasta olvidé lo horrible que había sido para mi aquella semana, sólo podía pensar en él y no sólo de un modo sentimental, si no de una manera enfermiza y asesina, por alguna razón que no comprendía, Jonatha lograba despertar mi sed.

Caminé despacio, entre el oscuro silencio de unos pasillos que los que había estado pero no recordaba, trataba de ser sigilosa, de escuchar más allá del dolor del único humano que quedaba en la mansión... porque yo... yo ya no sabía lo que era.

Llegué a un enorme y frío salón, de paredes altas, ventanas tapiadas y aire hollinoso, recordaba aquel lugar, allí había comenzado todo, realmente había sido allí y no en la puerta de mi casa, de la casa a la que no sabía si podría regresar. La chimenea estaba encendida, aunque a penas alumbraba o caldeaba la estancia, tan muerta como yo.

-Te esperaba- la fría voz de Ambrose a mi espalda me hizo estremecer. Me giré lentamente y le miré con todo el odio contenido que sentía hacia él. Me observó de arriba a abajo durante unos segundos y sonrió satisfecho.- Estás realmente preciosa.- Dio unos pasos hacia mi y yo retrocedí.- Comprendo que estés nerviosa, pero te prometo que será rápido.

-¿Qué le has hecho?¿Dónde le tienes?

-Está bien, está en uno de los cuartos de arriba, ileso.- Me sorprendió, desde un principio pensé que le abría matado o, al menos, torturado de algún modo sádico propio de un ser tan oscuro como él.

-¿Por qué?

-Porque tú decidirás que hacer con él...- vino hacia mi con rapidez, sin darme la oportunidad de retroceder, y me agarró por la cintura, mirándome fijamente con sus profundos ojos negros. Su mano descendió suavemente por mi brazo hasta llegar a mis dedos y agarró la bolsa de viaje en la que llevaba todas mis más preciadas pertenencias. -Déjame tu bolsa, la pondré a buen recaudo.

Sentí un aroma conocido, una nueva presencia en el cuarto y, sin siquiera mirar, supe quien era, en parte por la expresión en el rostro de Ambrose. Raina estaba allí...

-¿Interrumpo algo?

-No- musitó Ambrose, alejándose de mi rápidamente, con mi bolsa en la mano. Fue hacia Raina, para susurrarle algo al oído, algo que no pude escuchar aunque traté de agudizar el oído... pero sus voces no eran como los gritos de Jonathan.- Ahora regreso, Raina te preparará mientras yo voy a por unas copas de vino...

Les miré con el ceño fruncido, lo del vino no encajaba, pero nada con Ambrose tenía sentido.

Dejó la estancia y Raina vino a mi, estaba preciosa, deslumbrante, y se deslizaba elegantemente. Me sentí ausente por un instante en el que mi mente calibró a toda velocidad los pros y contras y aceptar ser como ella.

-¿Estás preparada?- preguntó, mirándome con ternura, mientras me acariciaba la mejilla, la diferencia de temperatura entre su piel y la mía era todavía notable. No contesté.- Olivia, Ambrose va a decirte algo que no te gustará, tendrás sólo una oportunidad.

Se acercó a mi, abrazándome, y sentí como colocaba algo entre mis manos. Bajé la vista y traté de vislumbrar qué era aquello. Parecía una estaca de madera, afilada y mortífera.

-Úsala cuando se acerque, déjale creer que ha ganado y cuando piense que ya eres suya, hazlo, acaba con él, sálvate y continua con la vida que él jamás debió intentar robarte.- Aquello me sorprendió, desde que Raina había aparecido en mi vida pensé que estaba del lado de Ambrose, de quien era como ella, pero parecía dispuesta a traicionarle.

-Pero... yo creía que tú...

-Nunca te fíes de las apariencias, no creas lo que ves, nunca- Posó su mejilla sobre la mía y me susurró al oído con su dulce, fría y parsimoniosa voz.- La dejaré en la chimenea, dónde él no pueda verla, cógela cuando llegue el momento y mátale.

Seguía sin poder creerme lo que estaba pasando. Traté de entender por qué Raina quería muerto a Ambrose, por qué me había dicho cómo hacerlo, por qué me había facilitado el trabajo. La observé mientras caminaba grácil hacia la chimenea y escondía la estaca en un hueco entre dos piedras correosas y casi sueltas. Entonces ella se giró y me miró con una leve sonrisa, ya no parecía tan fría ni tan dura y mi cabeza comenzó a darle vueltas a una idea que, en aquel momento, parecía tener mucho sentido ¿Y si Ambrose le hubiera hecho a ella lo mismo que iba hacerme a mi? ¿Y si le hubiera arrebatado la vida, su vida y ahora sólo quisiera venganza?

-Debo prepararte- su suave voz interrumpió mis pensamiento y, aunque deseaba saberlo, no me atreví a preguntárselo.

-¿Prepararme?

-Sí- sonrió y se acercó a mi, colocándose a mis espaldas y ajustándome los lazos del corsé del vestido.- Es difícil ponerse bien un vestido como este sin ayuda.-Apretaba tanto y tiraba con tanta fuerza para lograr encorsetar bien el vestido, que las costillas parecían a punto de quebrarse, notaba la fuerte presión en el pecho, pero no me molestaba para respirar porque... era como si ya no respirara. Al terminar de ajustar la parte de atrás del traje, se colocó frente a mi y comenzó a acomodar las mangas, el escote y la falda larga, que caía hasta los pies.- Este vestido es muy especial para Ambrose...

-¿Por qué?

-Perteneció a la mujer que amaba- un escalofrío recorrió mi espalda e incluso sentí arcadas, pensar tan sólo en algo como aquello me revolvía las entrañas.

-Raina... ¿puedo hacerte una pregunta?

-Claro, Olivia- me sujetó el pelo en un moño bajo, fijándolo con ayuda de una cinta de raso negra, dejando unos cuantos mechones de mi pelo libres, cayendo sobre mi rosto y mis hombros con un descuido muy estudiado. Después se pasó el dedo índice de la mano derecha por sus labios y pudo dar algo de color a los míos.- Pregunta...- me había quedado sin palabras observándola y me daba miedo preguntarle.

-No importa...

-No, Olivia, vamos... - un grito ensordecedor hizo retumbar la estancia. Jonathan seguía arriba pero, por un momento, me había olvidado de él. Bajé la cabeza, quería llorar, pero no podía.- Está bien, sólo encerrado. No le hemos hecho daño... Ambrose ha hablado con él un par de veces, temo que haya podido decirle algo malo, pero no le ha puesto un dedo encima. Te lo prometo.

-¿Podrá marcharse?- Raina se encogió de hombros y antes de que pudiera darme una respuesta apareció Ambrose con dos cálices plateados. Nos miró interrogante y luego me miró a mi, de arriba a abajo y sonrió.

-¿Está lista?- le preguntó a Raina.

-Sí- dijo ella, pasando sus dedos sobre las marcas que Ambrose había dejado en mi cuello una semana antes, el día que me había mordido por primera vez.- Nos vemos después, Olivia. Ambrose...

Raina salió de la instancia tras decirle algo a Ambrose, algo que no pude escuchar pero que no pareció gustarle a él. Estaba nerviosa, muy nerviosa y a cada paso que él daba hacia mi me sentía aún peor. Me tendió uno de los cálices y no me atreví a moverme.

-Es vino, disfruta de un último placer...

-Creí que no podía comer nada- dije, insegura, tomando el pesado cáliz entre ambas manos. Nunca me había gustado el vino.

-Has bebido agua y has comido hielo... tolerarás el vino, al menos esta noche.

-¿Quieres emborracharme?- pregunté con cierto tono de cinismo, mirando sin querer hacia la chimenea. Ambrose sonrió y negó.

-No... ¿y esto?- dijo, elevando su copa- Es sangre... a veces me gusta alimentarme con un toque de distinción.

-En vez de abalanzarte sobre la gente y destrozarla...

-Bueno, si prefieres que no guarde las formas tenemos a Jonathan arriba ¿te parece mejor?- enseguida negué con la cabeza. Prefería que bebiera sangre salida de sabe Dios que lugar en una copa antes de que destrozara a Jonathan... Sentí su aliento frío en mi cuello y me estremecí de nuevo.- Bebe, te sentirás mucho mejor.

Necesitaría litros de vino para poder sentirme mejor o, más bien, para perder el sentido y dejar pasar todo aquello sin sentir nada, pero estaba claro que Ambrose no iba a dejarme. Caminé hacia la chimenea, tratando de parecer tranquila, temía que de algún modo se diera cuenta de lo que pretendía hacer.

-Dijiste que tenías una mala noticia...- le recordé.

-Sí, aunque creo que debería esperar antes de...

-¿De qué?

-Te será mucho más fácil encajarlo.- Me puse nerviosa y me terminé de un trago el vino, como si eso pudiera ayudarme.

-¿Qué has hecho?- dejé el cáliz sobre la chimenea y busqué la estaca con los ojos.

-¿De dónde crees que ha salido el contenido de mi copa?

-¿Qué? Pero Raina me dijo que Jonathan...

-Frío... -no comprendía lo que quería decirme, prefería no entenderlo.- A Joseph aún no le habías tomado demasiado cariño, pero con tu madre fue más complicado...

En ese momento dejé de ser yo misma. Sentía una fuerte presión en el pecho, volvía a arder por dentro y el dolor habría hecho retorcerse a cualquiera, pero Ambrose me estaba diciendo que había matado a mi madre y a Joseph...

-No hubo ningún viaje... Joseph murió hace un par de días y, si te sirve de consuelo, ella no sufrió.

-¿Qué no sufrió?- pregunté, tratando de contenerme, pero notando como mis manos comenzaban a temblar sin control. Agarré la piedra de mármol de la parte superior de la chimenea, pero apreté con tanta fuerza, con tanta rabia que me quedé con el pedazo de mármol en la mano.

Fuera o no el momento, ya me daba igual. Agarré la estaca y fui hacia él, más rápido de lo que cualquier humano podría correr, más rápido de lo que pensé que podrá moverme. Creí que no iba a poder con él, que me apartaría sin problemas, quizás lanzándome al otro lado de la habitación, pero no fue eso lo que pasó... Sólo dejó caer su copa y abrió los brazos, dejándome el camino libre para atacarlo.

Todo ocurrió muy deprisa. Cuando quise darme cuenta estaba estaba frente a él y me miraba con los ojos cristalinos, con dolor, mucho dolor. Había clavado la estaca en su corazón, en lo que quedaba de su negro corazón, y la sujetaba con fuerza, petrificada. No paraba de temblar y no sabía qué hacer. Me aparté lentamente, dejando la estaca clavada en su pecho, el cayó de rodillas en el suelo, mirándome mientras sujetaba la estaca con ambas manos sin lograr sacarla de su pecho.

Volvió el dolor, más fuerte que antes y mis gritos superaron a los de Jonathan. Caí en el suelo retorciéndome y sin entender lo que estaba pasando. Todo parecía volver a la normalidad, como si se invirtiera el proceso y tuviera que volver a vivir todo aquel dolor para ser normal... pero ¿de qué servía? Mamá estaba muerta y Joseph también. Jonathan estaba encerrado arriba ¿qué diría al salir de allí?¿Cómo me vería cuando volviera a ser normal?

Las dudas y las preguntas me inundaron, pero antes de poder hallar sus respuestas perdí la consciencia, sumiéndome en una profunda oscuridad...

Estaba sola, de pie en medio de la oscuridad. No podía ver nada, no oía nada, no sentía nada.

Tomé aire y noté con satisfacción con mis pulmones se llenaban de oxígeno sin quemazón ni molestias. Un sabor dulce embriagó mi paladar y cerré los ojos, sintiéndome totalmente feliz y completa.

Pero la sensación duró poco, muy poco. Todo se volvió frío y un punto de luz blanca me cegó. Sentí los brazos de alguien rodearme por la cintura y al abrir los ojos pude ver de refilón el rostro de Ambrose. No pude pararle, no pude siquiera reacción antes de que clavara sus dientes en mi cuello y comenzara a beber de nuevo mi sangre, con más violencia y ganas que nunca.

El dolor era agudo e insoportable y sus brazos me presionaban el abdomen sin permitir que me moviera. Poco a poco me sentí desfallecer, cansada y débil y fue entonces cuando Ambrose me soltó y me miró.

-Te dije que esto no se podía parar.

-Pero... la estaca... en tu corazón.- Él sonrió y negó.

-Olivia ¿qué crees que había en tu copa?

Abrí los ojos y lo vi todo de un modo diferente. Aún era de noche y no sabía cuanto tiempo había estado inconsciente (aquello me resultaba terriblemente familiar). Estaba tirada al lado del cuerpo de Ambrose, que continuaba petrificado con la estaca clavada en el pecho. La sangre de su copa se había derramado en el suelo hasta empapar parte de mi cabello y mi mejilla derecha, el olor era tan delicioso que era casi imposible resistirse ¿por qué?

Me incorporé confusa y miré a la chimenea, comprobando aterrorizada el sentimiento de aprensión que me causaban las tenues llamas que aún continuaban encendidas, consumiendo la madera. Mis pupilas se dilataron y mi visión se nubló. Enseguida me giré para perder de vista la luz y vi a Raina en la puerta. La miré, confusa y ella negó.

-Lo siento- musitó, contrariada.

-¿Qué ha pasado? Yo... hice lo que me dijiste- le había matado, había acabado con él.

-Virtió su sangre en el vino de la copa y tú te lo bebiste...- negué, negué fervientemente, aquello no podía ser verdad, se lo estaba inventando.- Sabía lo que ibas a hacer.

-Por eso... se dejó- por eso no se había defendido, me había dejado terminar con su vida... o más bien, su existencia, porque aquello no podía ser llamado vida.

Comencé a gritar fuera de mi y destrocé con furia lo primero que tuve a mano. Raina me permitió desahogarme, pero gritar, romper, destruir... nada daba resultado, no podía ignorar el olor de la sangre derramada que me pedía que la probara. Me pasé los dedos por la cara, mi piel estaba fría, tersa y suave, empapada en la sangre roja y brillante de mi madre.

-No lo hagas- musitó Raina.- Jamás te lo perdonarás.

-Tengo tanta sed...- me tendió la mano y yo la agarré y la seguí, todavía confusa y desorientada.

-Vamos arriba.

Jamás entenderé por qué no me negué. Incluso ahora, que creo comprender como funcionan las cosas, no puedo comprenderlo. Me dejé llevar hacia el cuarto en el piso de arriba, donde estaba encerrado Jonathan. Yo no quería hacerle daño, pero por otro lado ya me daba igual. Ya no era humana, mi madre había muerto, Ambrose me había engañado y ya no tenía a donde ir.

Raina me dejó a solas con Jonathan, que se lanzó sobre mi, abrazándome con miedo. Yo le rodeé con ambos brazos, devolviéndole el gesto. Tras unos segundos se separó de mi y me acarició la mejilla, manchándose la mano de sangre.

-¿Qué te han hecho?- era increíble. Llevaba días allí encerrada y lo primero que decía era algo para interesarse por mi.

-Nada... ¿tú estás bien?- asintió, contrariado.

-La mujer rubia me ha dado de comer pero él... él está loco.

-Está muerto.

-¿Qué?- preguntó, con miedo, apartándose de mi.-¿De quién es esta sangre?¿Es de él?- negué y le agarré de la hebilla del cinturón, acercándole a mi.

-Eso ya no importa. Nada importa.

Le miré a los ojos y me acerqué hasta tenerle tan cerca de mi rostro que podía sentir su respiración, que pena que él ya no pudiera sentir la mía. Le besé con ganas y él me rodeó con ambos brazos, aunque hubiera querido resistirse no podía, como Ambrose decía, no podrían resistirse a mi porque yo era el depredador perfecto...

El deseo se convirtió en pasión y la pasión en sed. Dejé de besarle tan sólo un instante y ya no pude seguir reprimiendo aquel instinto asesino que sospechaba me acompañaría para siempre... y le mordí, le mordí y bebí de él, absorbí su sangre, si esencia y su vida como había hecho Ambrose conmigo. Sólo quería calmar mi sed, aunque nunca había querido matarle o hacerle daño se lo estaba haciendo y me odiaba por ello... pero me encantaba.

Me separé de él cuando me sentí saciada y le vi agonizar. A pesar de que ya estaba satisfecha, quería continuar, pero cuando quise volver a clavar mi afilados colmillos en su cuello sentí como alguien me agarraba con fuerza y tiraba de mi hacia la puerta, sacándome de la habitación. No tuve más remedio que soltar a Jonathan, que se quedó tirando en el suelo, medio muerto.

-Ya está bien- dijo Raina, sujetándome con fuerza.

-¿Qué me ha pasado?

-Ya eres una de los nuestros...