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Historia 34789 — capítulo 7
Tres años, tres hermosos años. Aun no logro comprender como soporte tres años sin tocarte como lo hacía ahora, tres años en que te veía corretear de un lado a otro dejando salir todo su esencia licana y me emborrachaba con tu olor cada día en que te tenía entre mis brazos. En que me sonreías y te abrazabas con fuerza a mi cuello mientras susurrabas las cosas que habías hecho ese día mientras jugabas con tu pequeño diablillo.
Tres años... y ya habías crecido mucho.
Eras la viva imagen de tu raza en el lado más inocente de este. Eras hermosamente simétrica, perfecta en cada curva que tu cuerpo dejaba que yo presenciara. Poseías la delicadeza de todo ser nocturno, la afinidad de un gato y la destreza de este mismo. Una fuerza imponente llena de inocente juego. Y una vitalidad que me llenaba el pecho de ansias cada vez que te veía, que te olía, que te acariciaba cuando no te dabas cuenta.
Cada día, cada mes, me daba cuenta de lo que hacía. De lo que había cambiado por ti. Me había echo ermitaño entre mis hermanos, no permitía a nadie visitar mis tierras y mucho menos cazar en estas. Mis maestros solo accedían a juntarse conmigo alguna noche en las que yo debía dejarte por tres días para que mi olor no se sintiera el tuyo. Tres horrorosos días en que no te podía tener solo para mi.
Frustrante.
Mis maestros comentaron lo que los cuerpos mayores estaban viendo en mí y estaban preocupados, eran menores que mi en edad vampira, pero eran mentes de historia y cuerpos de años de sabiduría. No les gustaba mi estado de soledad, y sabían lo que ya había hecho por aquellos vampiros que entraban en mis propiedades sin dar aviso anterior. Sabían que había algo raro... pero él no diría nada... había empezado a vivir durante tres años y nadie le iba a quitar su pequeña licana, su pequeño milagro sin guerras ni odio. Sus palabras eran vacías... para él, su única preocupación era ella.
Una noche al llegar a casa, tú cachorro de perro estaba sentado a tu lado, mientras estabas con un montón de ropa sobre el suelo y una tijera en mano. Me sonreíste con una aguja en la boca y seguiste en lo tuyo. Te mire extrañado y me di cuenta de lo que hacías, inmediatamente te detuve. "¿Para que haces eso?" pregunte tomando la tijera de sus manos cuando iba a comenzar a cortar miro dos veces su mano antes de percatarse que yo tenía la tijera. Frunció ligeramente el ceño mientras veía su cometido detenido. Entre sus manos yacía cortando las mangas de una camisa que le había comprado hacía un par de meses. "Me quedaba pequeña y necesita algo cómodo para andar" contesto tratando de pescar la tijera mientras yo la levantaba en alto. Frunció más el ceño mientras se enfuruñaba en el suelo al no poder tomarle.
Un mohín hermoso.
Me percate de lo dicho y si no estuviera muerto me habría subido la sangre al rostro. Aina había crecido... mucho... eso ya lo sabía. Pero no me había dedicado a comprarle ropa porque para él toda esas pequeñas prendas se le hacían realmente exquisitas en su cuerpo, muy suculentas... no pienses en eso... Carraspeo mientras se levantaba pensando en lo bonito que se veía la cama de ese lado de la pieza. "Venga colócate un abrigo, saldremos". Comento mientras guardaba las tijeras dentro de un cajón y dejaba escapar el aire. Se giro solo para verle aun allí sentada mirándole como si algo le hubiera salido en el rostro. "¿Qué?". "¿Vamos a salir?". "¿Sí?, ¿Qué pasa?". Ella bajo el rostro y Mizu se levanto para sentarse a su lado con el rostro a escasos centímetros de su cara. "Nunca he salido de acá".
Bien, segundo ataque en el día... era un... déspota de vampiro. Carraspeo otra vez mientras levantaba la cabeza. Era verdad, la tenía en su casa, en su cuarto, con ropas mínimas, y nunca la había sacado de allí ni siquiera para una emergencia. Suspiro. "Entonces que esperas" le contesto con una sonrisa. Su licana sonrió aun más y abrazo a Mizu mientras ambos se perdían con una rapidez endiablada en su "Closet".
Había querido decirle que se pusiera algo más... pues se veía hermosa y no quería que algo o alguien le pusiera un solo ojo encima. Llevaba una polerita de tirantes roja oscura, una falda verde musgo y sobre este una chaqueta beige algo vieja pero le daba un bonito toque como despreocupado y para él sumamente sensual. Mizu movía la cola desesperado, ya que tan bien era su salida luego de tres años de confinamiento.
Algo dentro de él le grito: ¡Pervertido!...
La ciudad era enorme, de noche parecía más viva que de día. Sus tiendas al ser recién las diez de la noche aun se encontraban abiertas y las masas de gente se movían escandalosamente en movimiento de esencias que perturbaban su sed de vampiro.
Aina y Mizu estaban pegadas a la ventana observando todo con enormes ojos. Al bajar del coche, algunas personas se giraron para ver a la joven, y al perro que gruñía y movía el rabo intermitentemente. Aina lo tranquilizo mientras él observaba como unos humanos le ponían demasiado atención al escote de SU pequeña, se trago un gruñido. Se puso a su lado en el acto, la tomo de la cintura y la a poco menos que jaló hacía el otro lado, muy pegada a él.
La llevo por la ciudad por lo menos por media hora para que conociera y se habituara a su alrededor, al ruido y los humanos. Él iba sujetándole con fuerza enviando miradas asesinas a cualquiera que osara poner más de dos segundos sus ojos en aquella pequeña belleza a su lado. La garganta le quemaba de rabia, llevaba sus sentidos al aire por si algo salía mal, por si algún licano se le ocurría salir de sus callejones a ese momento o algún compañero se le ocurría salir a visitarle por sorpresa, mas no conseguía nada más que murmullos nada sanos y mucho menos inocentes.
Le llevó a varias boutique, donde no solo Aina se la estaban comiendo con los ojos, si no a él mismo, pero poco le importaba. Le compro varias piezas de ropa y tuvo que pelear un rato para que se comprara zapatos ya que usualmente anda descalza por la casa. Solo le convenció cuando le dijo que le sacaría más veces si elegía por lo menos unos cinco pares de zapatos.
Sintiendo que no había peligro por los lados, le paso su tarjeta de crédito a la licana y la llevó a una prestigiosa boutique de ropa interior, allí él no iba a entrar. No gracias. Le pidió que se comprara todo lo que deseara y dejo a Mizu a su protección para darle alerta. Tomo las bolsas y cajas de cosas y fue a dejarles en el auto a solo 30 metros de la boutique.
No pasaron ni diez minutos.
Un grito, varios ladridos. Se giro solo para ver como a metros de donde estaban. Seis sujetos, todos unos meros vagabundos, ojos amarillentos de odio y mano sobre su asustada niña. Le miraban, uno de ellos muy cerca de su oído hablando rápidamente con su niña, envenenando su cabeza... envenenándole... contra él.
Ese sin duda fue su primer error... aquel que por muchas consecuencia... los dejo a ahora como estaban.