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Historia 34789 — capítulo 8
Recuerdo la ira invadirme con rabia aquel día, recuerdo tu cara llena de lagrimas como si fuera yo el que te haría daño. No me atreví a matar a esos licanos frente a tanto publico, no frente a ti. Pero como me arrepiento de no haberlo hecho. Si lo hubiera hecho no nos encontraríamos en este estado, así, ahora, esperando.
Ese fue el principio de mi felicidad, y el principio de nuestro fin.
Llegamos a casa, tú amarrada con el cinturón del asiento porque no te querías quedar quieta y llorabas desconsolada por las ponzoñosas palabras de esos seres, palabras infames, palabras de puro odio y mentira, y que tú, tú creíste.
Mizu, tú leal diablillo quien había osado atacarme cuando te lance dentro del auto luego de tu primer intento de escapar de mí. Iba en el maletero ese día, y esa noche la paso allí.
Recuerdo cuando me golpeabas, me arañabas y me suplicabas que no te hiciera daño. Y yo, ya enojado con tu comportamiento tan desconsiderado con migo, yo que te había cuidado, que te mimaba y adoraba en cada momento, me acusabas de tantas cosas verdaderas que nunca hice contigo. Como me enoje ese día... como la rabia llego a mi de una manera que no había visto en siglos. ¿Por qué eras tan desconsiderada?¿Por qué? Te había cuidado todo este tiempo, había dejado a los míos por ti, a todos por ti y tú me tratabas de esa manera, no me dejaste tranquilizarte, para explicarte y aun hacerlo parecías tener oídos sordos, como si necesitaras algo para poder comprobarte todo lo que te decía. Estabas enojada, con miedo y desilusionado y cuando comenzaste a tratarme de asesino, cuando TU ya lo sabía, me sentí decepcionado de haberte cuidado, me sentí frustrado por haberte criado, pero aun así me sentí odiado por ti, por la única persona que realmente me importaba lo que pensara, por ti, yo enloquecí.
Te di un suave golpe, porque aun así reaccione a que mi fuerza con la tuya eran diferentes. Y el golpe hizo que tu lobo, aquel que solo las lunas llenas salía y en las que yo no tenía oportunidad de conocer saltara como nunca, yo creía que deseabas hacerme daño. Mas luego supe la verdad y me sentía feliz cada vez que pensaba tus verdaderas intenciones.
Me atacaste, me atacaste con rabia. Y yo, dejándome llevar por mi parte más salvaje y más anhelante en sangre, de tú sangre, de tú cuerpo y tú esencia. Te tome. Te tome como lo deseaba hacía tanto tiempo. Tu cuello palpitante, ansioso, fruto de mis sueños. No me negaste cuando te mordí, mas un gemido de éxtasis te inundo y eso a cualquiera, lo hubiera vuelto loco.
Mas loco de lo que ya me tenías.
Tu sangre, sangre de dioses, la mejor de todas. Te arrastre a la cama dejándote debajo mío mientras te sujetaba la cabeza con fuerza para que no me negaras ese dulce pecado. Me sacie de ti hasta que todo en mi te anhelaba. Procurando no pasarme de lo necesario eso si.
Recuerdo que al levantarme un poco para verte, estabas roja, tan roja y tan deseable. La boca semiabierta y los ojos entrecerrados, la herida se cerro solo dejando leves picadas. La furia y la ira habían desaparecido. No te movías y tus ojos mostraban una necesidad tan pura que me desconcertaron. Con un movimiento me agarraste las solapas de la camisa he hiciste que cayera levemente sobre ti, para luego besarme. El beso deseado, el beso anhelado, jure mil veces, mil veces y aún ahora lo hago, que deseo tomar de tu boca hasta saciarme que hacerlo con tu sabrosa sangre.
Enloquecía cada vez más, y tú no estabas a la desventaja de no seducirme. Enrollaste tus piernas alrededor de mi cintura y empujaste tu sexo contra el mío provocando un fuerte gemido de mi parte. Sujete tus manos y profundice el beso contra la cama. No sabes como te necesitaba esa noche, y aun ahora sabes que esa noche fue la primera.