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Historia 34859 — capítulo 17

¿Acaso ella se había sentido tan destrozada cuando la había dejado fuera de su casa aquel amanecer del año anterior? ¿Acaso mi madre, mi familia, mi prometida…? Subí rápidamente a la motocicleta, haciéndole caso a la vocecita en la cabeza que me ordenaba que fuera tras ella, que no la dejara ir, que la amarrara con mis brazos, que le hiciera comprender de alguna u otra manera que eso era lo que necesitaba: ella (y que ella me necesitaba de la misma manera a mí). Había bastado un segundo, un ínfimo instante perdido en el tiempo la madrugada anterior, para que yo notara que la doncella del Ford Mustang era eso que durante aquellos últimos meses había dado por perdido, ese algo que le faltaban a mis días de errante para completarlos, para que yo volviera a sentir satisfacción al ver una puesta de sol o descubrir alguna pequeña maravilla de la naturaleza. No podía permitir que se me escapara así como así sin siquiera decirme lo que pensaba -y por eso no había leído la nota, por supuesto.

Se detuvo. Yo la imité, esperando pacientemente a que se bajara del auto para poder hablar y arreglar todo de una vez, sin importar cómo resultara. Observé que había apoyado la cabeza en el volante, que sus hombros se convulsionaban, que una canción de los Beatles sonaba a todo volumen en la radio.

-No puedes irte -bramé, acercándome a la ventana del asiento del conductor. Sabía que me escuchaba.- No, no puedes irte, no quieresirte.

-No puedo quedarme -exclamó aun con la cabeza gacha, sin mirarme. La voz se le quebraba y parecía debatirse entre salir del auto o pisar el acelerador para escapar de ahí. Optó por lo primero.

-¿Cómo es que no te das cuenta? -comencé apenas abrió la puerta y alzó la cabeza. La miré fijamente, desesperado, escogiendo mentalmente las palabras adecuadas, las palabras que parecían no querer llegar a mi mente o que tal vez estaban amontonadas por ahí, simplemente demasiado juntas las unas con las otras como para salir a través de mi boca- Mademoiselle, tu lugar… tu lugar es junto a mí, es… es viajar sin rumbo a mi lado, es noches eternas en el bosque, en medio del desierto, frente al mar; es encontrar el camino hacia donde el cielo se encuentra con la tierra, ¡ser libres!... Ser libres juntos, por el resto de… de lo que sea que estamos haciendo, existir, ¡vivir!, caminar en el sueño de un viejo brujo con tiempo de sobra… Señorita, usted es… es lo que buscaba, ¡y ni siquiera me había dado cuenta! Pero usted… ¿sabe? Desde que me atreví a dejarla en la puerta de su casa mis días y noches han estado vacíos, sin…. motivos o esperanzas, y yo…

-¡Basta, basta! ¡Detente! -gritó, poniéndose de pie bruscamente para quedar a mi altura y mirarme con suma intensidad a los ojos- ¡Mierda, ya basta, por favor! No puedo, no puedo quedarme contigo, ¡entiéndelo! Somos diferentes, somos… completamente incompatibles, ¡date cuenta! Tú… sí, tú me enseñaste a descubrir quien soy realmente, tú y tus libros, tus citas, tus historias… pero tengo que seguir mi camino sola, ¡el jodido camino que tú mismo me mostraste! Debo hacer esto sola, tú lo hiciste solo, ¿cómo pretendes que lo haga con compañía? Piénsalo. ¿Cómo crees que habría resultado tu viaje si hubieses estado con alguien todo el tiempo? ¡Simplemente no habría resultado! No estaríamos aquí si hubieras hecho el viaje, por ejemplo, con tu prometida, ni con cualquier otra persona, en realidad. -Se produjo un silencio en el que pareció recordar algo. Contuvo el aliento unos segundos y continuó:- Además, ¿por qué habría de irme contigo? Cuando yo te pedí que me llevaras en tu viaje me lo negaste, ¡te fuiste! Y ni siquiera me diste una explicación decente, me dejaste un jodido libro y una caja de cigarrillos… ¡y yo te lo pedí, maldita sea! ¡Yo, que nunca le pedí nada así a nadie! No veo porqué tendría que irme contigo esta vez, no veo porqué tendría que aceptar realizar contigo el viaje que me costó tanto tiempo decidirme a hacer.

-Magia -dije automáticamente, con los ojos cerrados, sin pensarlo demasiado.- Solo eso, magia.

-¡Magia! -Repitió ella, casi irritada- ¡Magia, joder! ¡Sí, fue magia! ¿Y si se acaba? ¿Has pensado en eso?Podría acabarse, ¿sabes? El misterio mutuo que representamos el uno para el otro, todo esto… se acabará, tarde o temprano, si decido viajar contigo. Te conoceré de tal manera que me irritará**conocerte tanto… Y… ¿y si no eres tú con quien debo estar? ¿Y si mi propio desconocido me espera por allí, en un pueblo lejano?

-No estás segura de lo que haces, mucho menos de lo que dices.

-¿Cómo podría estarlo? Desde que te conocí todo ha sido de esa forma, ¿sabes? Nunca estoy segura de nada porque tus palabras siempre parecen tener doble fondo -se alejó un poco de mí y suspiró. Había algo…- Dime, respóndeme con honestidad. Si me voy contigo, ¿me aseguras que siempre estarás ahí, que no me dejarás y que no te arrepentirás de la decisión que has tomado?

Podía decirle que sí, pero en el fondo estaría mintiendo. No sabía cómo resultaría todo a largo plazo, no sabía si acaso en algún momento descubriría algo que me haría huir, tal como había pasado antes; quería decirle algo que lograra que se quedara conmigo, ¡por supuesto que quería eso!, pero no sabía cómo hacerlo sin mentirle, sin sentirme hipócrita. No tenía claro ya en qué momento había pasado de ser el sujeto que la esperaba pacientemente en el café, fumando un cigarrillo, al que le pedía que se quedara con él porque 'magia', porque era ella lo que buscaba; y eso, sencillamente, esa sensación de desconcierto, de no saber cómo o en qué segundo había cambiado todo, me obligaba a replantearme mis propios argumentos y a tomarme más tiempo del adecuado en responder, lo que, claro, hacía que mi respuesta perdiera validez.

-No… no puedo asegurarte algo así, lo sabes bien, me conoces hasta ese punto. Pero si fueras tú quien me estuviera pidiendo que me fuera contigo tampoco podrías asegurarlo, ¿no crees?

La dama suspiró prolongadamente y se dejó caer al piso con expresión de abatimiento, sin importarle aparentemente dónde depositaba su cuerpo. Se acomodó como pudo mientras yo me acuclillaba frente a ella para quedar a su altura, para observarla con cuidado y capturar cada uno de sus rasgos como si mis propios ojos fuesen una cámara de video. Había algo en su expresión que oprimía mi pecho, algo que dificultaba mi respiración y hacía que mis dedos se sintieran repletos de hormigas. Y todo junto, cada una de las sensaciones, del desconcierto de la situación, de la electricidad que parecía emanar su cuerpo, conformaba tan solo una milésima parte de la magia de la que había hablado, esa misma que parecía invadir todos y cada uno de mis sentidos. Quise decirle algo, pero de pronto todas y cada una de las frases archivadas en mi cabeza perdieron sentidos y parecieron demasiado toscas e inadecuadas para la ocasión. Luego de unos segundos de silencio, de observarla, de quitar unas cuantas lágrimas de sus mejillas, conseguí hablar.

-Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma.

-Esto no va a ningún lado -sentenció, hundiendo la cara entre las manos temblorosas. Parecía debatirse enormemente entre un millón de cosas, ¡ojala hubiera sabido cuáles!...

-Si pudieras… si pudieras verlo que siento, aunque fuera por unos cuantos segundos… -murmuré, arrodillándome a escasos centímetros de su rostro- Mademoiselle, ya no sé qué decirle para que no me abandone -intenté controlarme, pero mi voz se quebró en las últimas palabras, al mismo tiempo que ella alzaba la cabeza para que sus ojos se encontraran con los míos, completamente desesperados.

Al parecer le tomó unos instantes reconocer el sentido de mis palabras. Sus labios formaron una "o" muda, dando muestra de su sorpresa, del efecto que había causado mi oración. Frunció el ceño, desconcertada, y me observó brevemente antes de rodear mi cuello con los brazos y aferrarse a mí con fuerza, como si no hubiera nada más, como si en cualquier momento ambos fuésemos a desaparecer en ese mismo lugar, como si… como si ella estuviera sintiendo exactamente el mismo pesar que yo. No quería dejarla y al parecer ella tampoco quería dejarme a mí, ¡ese tipo de abrazos no son de alguien que quiere abandonarte! Me costaba aceptar que toda esa mezcla de sensaciones que había creído tan extintas, tan… tan imposibles de volver a experimentar porque simplemente ya no las necesitaba, habían vuelto a instalarse dentro de mí gracias a una chica con la que había pasado tan poco tiempo, ¡pero es que parecía que había estado a mi lado por miles de días, semanas, años! Tal vez… tal vez había recapacitado, tal vez mis palabras habían logrado el efecto deseado sin siquiera proponérmelo, ¡tal vez solo tenía que decirle eso, que no sabía qué decirle para que me dejara! ¡Tal vez no me dejaría! ¿Podría ser cierto…?

La radio de su vehículo dejaba escuchar una canción de Bob Dylan, ¡qué apropiado! Ahora no podría volver a escuchar esa voz sin rememorarla a ella…

Yes, 'n' how many years can some people exist

Before they're allowed to be free?

Yes, 'n' how many times can a man turn his head,

Pretending he just doesn't see?

The answer, my friend, is blowin' in the wind,

The answer is blowin' in the wind.

El silencio que se veía únicamente roto por la canción en la radio se vio interrumpido aun más cuando la doncella en mis brazos murmuró, en un susurro desafortunadamente desgarrador, apenas audible:

-Nunca, nunca te voy a abandonar, sin importar donde esté.

Mis brazos se cerraron aun más alrededor de su cintura en un vano intento de vivir en ese momento para siempre, allí, en medio de la carretera desierta, aferrado a ella que se amarraba a mi cuello. El suave rastro de la respiración de la dama demasiado cerca de mí logró conmocionarme de tal manera que una lágrima solitaria osó deslizarse por mi mejilla, después de más de diez años sin llorar… ¡Diez años! Había pasado demasiado tiempo desde que mis labios habían probado el sabor de mis propias lágrimas, se sentía extraño, ¡extrañísimo! Y ella… ella había sido capaz de eso, ¡ya me parecía una hechicera poderosa, la más poderosa de todas! ¡La única capaz de hacerme traspasar mis propios límites! Esos jodidos límites que en algún momento desconocido había trazado para no salir dañado, para no volver a… sentir de esa manera. Y ella lo había logrado. Ella había hecho que volviera a sentir, gracias a su magia, gracias a su testarudez, incluso, pero sobre todo gracias a esa magia de la que ni siquiera era conciente, ese brillo que desprendían sus ojos al escuchar alguna de las citas de autores famosos, la sonrisa sincera que regalaba al más afortunado, la mueca de satisfacción que se asomaba cuando escuchaba alguna canción que le agradaba… ¡Todo eso era su magia, lo que ella misma no sabía que poseía! Y todo eso había logrado que este sujeto errante, este… intento retorcido y bizarro de lobo estepario, este hombre impulsivo y muchas veces simplemente perdido y desorientado, volviera a sentir de maneras que de hecho no sabía podían manifestarse a través de sí mismo.

No podía dejarla ir, era cierto. Hacerlo significaba un crimen contra mí mismo, contra el ser ansioso de demostrar todos esos sentimientos aparentemente nuevos que crecían a cada segundo con más fuerza. Pero tampoco podía ser tan egoísta como para amarrarla a mi lado, no podía permitir que eso que también crecía dentro de ella, esas ansias de libertad y de probarlo todo, se extinguieran por mi culpa. Tenía que dejarla ir aunque eso me matara. Tenía que dejar que viajara por la carretera, que sintiera el viento purificándola, que experimentara lo más cercano a alcanzar el nirvana, que encontrara ese lugar que tanto parecíamos buscar ambos. Porque si esa magia que yo tanto amaba era verdadera, si realmente merecía unirse conmigo, volveríamos a encontrarnos, tal vez en el mismo lugar donde el cielo se encontraba con la tierra. Y estaríamos completos, ambos. Y seríamos más que dos individuos sencillamente errantes y con ansias excesivas de libertad; seríamos, ¡sí que lo seríamos!, dos seres que habían alcanzado aquello con lo que la mayoría ni siquiera se atreve a soñar, lo que hace girar a la Tierra, lo que nos invita a recostarnos contra un cuerpo en busca de calor, lo que te hace despertar con ganas de comerte el mundo un sábado de abril, eso mismo que te invade de pronto y te hace sonreír sin razón, lo que te provoca montar un musical de película mientras caminas hacia tu trabajo, escuchando música. Porque nos encontraríamos, por supuesto.

La vi partir, no sé cómo, apoyado contra el asiento de cuero casi roído de mi motocicleta. Noté -no sin esbozar una sonrisa algo amarga- que los roles de aquel amanecer de abril se estaban invirtiendo en ese preciso instante. Y allí, en medio de la carretera, sentí que ella se llevaba algo mío, que me quitaba algo primordial; pero, al mismo tiempo, sentí también que yo también me quedaba con algo suyo, con un kilo de los polvos mágicos de su mirada y de su sonrisa, con otros poquitos gramos del recuerdo de sus labios contra los míos y una docena de frasquitos repletos de la noche anterior, de ese remolino de deshacernos de todo y quedarnos con ese todo también. Y era cierto, pues, que jamás me abandonaría, porque yo tampoco la dejaría ir. Jamás.