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Historia 34969 — capítulo 10

El resto del día pasó tranquilo. Melinda estuvo trasteando en el jardín y yo terminé la presentación del proyecto que tenía en manos. A las tres salí de casa y me pasé la tarde encerrado en la oficina con mis clientes.

Cuando llegué a casa, a eso de las siete, Melinda estaba en la cocina cenando.

-Hola, ¿qué tal todo? -me preguntó con una sonrisa cuando entré en la cocina.

-Bien. Les ha gustado mucho -respondí besando la cabeza de Melinda.

-Me alegro mucho -dijo, llevándose un trozo de pollo a la boca-. Por cierto, ha llamado tu padre. Dice que estarán aquí antes de media noche -me informó cuando me senté frente a ella.

-Vale, gracias -dije antes de quedarme atontado contemplándola comer.

-Pensé que habías quedado saciado esta mañana -me dijo divertida sacándome del atontamiento.

-¿Eh? -pregunté estúpidamente, sin entender bien a qué se refería.

-¿Quieres un poco? -me preguntó ahogando una carcajada y acercando el tenedor a mí.

-Hum -estaba un poco confuso, pero comí el trozo de pollo que me daba. No es que me gustase demasiado, pero algo tenía que hacer. No me gusta sentirme aturdido, nunca lo he estado... Por lo menos de esa manera.

-Michael Warren, céntrate. ¿A qué pensabas que me refería? -me preguntó maliciosa y pícaramente, esta vez riendo sin poder contenerse.

-¡Bah! No seas infantil -protesté volviendo de golpe a la realidad, fingiéndome molesto.

-Lo siento, pero es que me lo has puesto muy fácil, Warren -me dijo todavía riendo-. Pero no te preocupes, tú también me dejas deslumbrada. Aunque no entiendo como puedo deslumbrarte yo a tí.

-¿Te haces la inocente o me hablas en serio? -pregunté asombrado por aquel último comentario suyo. ¿Era posible que no se viera tal cual era?

-Hum. Vale, cambiemos de tema. Me apetece ver una película. ¿Cuál quieres ver? -pareció incómoda con aquella conversación que ella había empezado, así que decidí dejarlo correr, por el momento, y seguirla el juego. Ya tendría tiempo de volver a ello, quizá cuando no se lo esperase. Así tendría que contestar.

-No sé. Me da igual, la que tú quieras -contesté robando un trozo de tarta que tenía en otro plato.

-¡Puff! ¿Me hablas en serio? -repuso riendo incrédula-. Tenéis más películas que un videoclub, ¿cómo esperas que sepa qué películas tenéis? Escoge la que más te guste y la vemos.

Su expresión abrumada me hizo gracia. Aún no sé cómo lo hace, pero me hace reír sin quererlo, cuando menos me lo espero.

-Vale, está bien. Pero te advierto que quizá no te guste lo que escoja -la advertí divertido.

-Bueno, correré el riesgo -contestó alzando las cejas.

-Como quieras. Pero no quiero quejas, si no te gusta -dije poniéndome serio y haciendo un gesto con el dedo.

Cuándo Melinda terminó de cenar y de meter los cacharros en el lavavajillas, nos fuimos al salón y me puse a buscar una de mis películas favoritas.

-Triple X, de Vin Diesel ¿Qué te parece? -anuncié alzando la caja del DVD, con la vana esperanza de que hiciera algún gesto de disgusto o incluso que protestara. Pero no, en lugar de eso tuvo que sorprenderme de nuevo.

-¿Qué dices? Es una de mis favoritas, me parece genial -me dijo levantándose como un vendaval del sofá-. Ve preparándola que voy a hacer palomitas.

Pasmado con el DVD en las manos, me dejó y salió disparada hacia la cocina.

-Esta chica es increíble -me dije a mí mismo riendo, mientras introducía el DVD en el aparato y me sentaba a espensas de que volviera de la cocina con las palomitas.

-Ya estoy lista. Cuando quieras, dale al play -dijo sentándose a mi lado y acomodando el cuenco de las palomitas entre sus piernas.

Rodé los ojos y reí entre dientes mientras ponía la película, la cual resultó que en verdad la encantaba.

-¿Sabes? No me gusta nada esa chica -me dijo con una mueca de reprobación cuando llegó la escena en la que X negocia lo de los coches en la discoteca del terrorista-. Tiene unas pintas... -se estremeció y puso cara de asco.

-¿Tiene unas pintas de qué? -pregunté divertido, aunque veía por donde iba.

-Pues... bueno, de ser un poco... "viciosa", ya sabes... -me dijo, mirándome colorada como un tomate y con cierta incomodidad-. ¿Qué? No te rías... es verdad -protestó dándome un codazo en el costado, cuando me eché a reír.

-Lo siento, Mel. Pero es que, ¿no sé? Creí que eras más liberal -dije cogiéndola por la cintura y sentándola encima mio, abrazándola después por la cintura.

-¡Buah! -bufó incómoda-. He dicho que no me gusta, no que no respete el modo de vida de la gente. Simplemente, el sexo me parece algo muy serio que no debería tomarse tan a la ligera -explicó muy deprisa y evitando mirarme-. No sé tú, pero yo no concibo el sexo por el sexo. Creo que debe haber más, que simple placer...

-Hum. Pues esta mañana no te lo pensaste demasiado -observé maliciosamente para picarla, lo cual conseguí.

-No... Yo no... ¡Oh! Eso ha sido un golpe bajo, Michael Warren -me espetó un poco molesta pero colorada como un tomate-. Sabes perfectamente eso ha sido diferente.

-Vale, lo siento. No te enfades, solo era una broma -dije entre risas, tratando de que se estuviera quieta, pues quería alejarse de mi-. Ya sé que es diferente, solo quería picarte nada más. Tu incomodidad con el tema me resulta graciosa, nada más.

-Yo no me... no me incomoda hablar sobre sexo, ¿vale? Es lo más natural del mundo, solo que no estoy acostumbrada a hacerlo. Y, menos con un hombre -explicó en un tono más bajo después de intentar protestar algo-. Y, ahora veamos la peli. No sé qué me pasa esta tarde... no puedo verme callada -farfulló por lo bajo. Quería picarla con algo más, pero podía ver venir un cabreo y no quería discutir con ella esa noche, así que lo dejé correr también.

Terminamos de ver la película y salimos al jardín un rato.

-¿Quieres que te saque una chaqueta o un jersey? -pregunté preocupado al ver que había salido con la camiseta de manga corta.

-No tengo frío Michael -me dijo con un suspiro, probablemente recordando mi comportamiento de aquella mañana.

-Pero te vas a resfriar. Estoy casi seguro de que hace frío -protesté intentando sonar serio.

-Ay, ¿es que tengo que volver a repetirlo? -se quejó poniéndose en jarras-. Michael, jamás en mi vida me he enfermado. De nada -me dijo de forma contundente.

-¿En serio? -pregunté entre curioso y sorprendido. Cuando me lo dijo aquella mañana, no me lo creí mucho. Aunque no es que le prestara mucha atención a aquél detalle en ese momento, la verdad.

-Sí, en serio -contestó sentándose en el escalón del porche dónde yo estaba sentado.

-¿Ni un resfriado pequeñito?

-No.

-Hum. ¡Curioso! -murmuré observándola con detenimiento. Cada vez me sorprendía más.

-Sí. Eso mismo dice mi médico -observó divertida-. Todos los años me hago una revisión completa, manías de mi abuela, y siempre estoy de maravilla -me explicó encogiéndose de hombros-. Lo único de lo que ando un poco mal es de la vista, como ya te habrás dado cuenta. Necesito gafas para leer, ver la televisión y conducir.

-Bueno, no podías ser perfecta -bromeé recostándome en los antebrazos hacia atrás.

-Muy gracioso, Michael -me dijo riendo.

Quise seguir bromeando, pero escuché los coches acercarse y me incorporé.

-¿Qué ocurre? -me preguntó un tanto asustada. Evidentemente, ella no podía escuchar el ruido de los motores aún.

-Ya vienen los demás -expliqué con una sonrisa.

-¿Puedes leer sus mentes? -me preguntó confundida.

-Si -dije soltando una risotada-. Pero también puedo escuchar los coches.

-¡Oh, claro! -exclamó con un gesto de cabeza, como si se hubiera dado cuenta de algo obvio-. Lo siento, a veces olvido que vivo con vampiros -se disculpó algo avergonzada-.

-Tranquila.

Cuando los demás llegaron y bajaron de los coches, mi madre se abalanzó ansiosa a los brazos de Melinda, que se quedó algo sorprendida.

-¡No sabes lo que te he extrañado, mi pequeña! -saludó mi madre, mientras la cogía el rostro entre las manos.

-¡Mamá, solo ha sido un día! -intervino mi hermana Diana, mientras se acercaba y me entregaba las llaves de mi coche-. No la acapares para ti sola.

-Yo también os he echado mucho de menos -le aseguró Melinda a mi madre, abrazándola y besándola, antes de que los demás se turnaran para inundarla de besos y abrazos. Como si se hubieran ido durante mucho tiempo de viaje.

-Bueno, veo que la casa sigue en pie, o sea que no os habéis peleado mucho, ¿verdad? -le dijo Jason a su sobrina, cuando le llegó el turno de los arrumacos.

Melinda carraspeó al tiempo que se ponía colorada como un tomate e intercambiamos una mirada cómplice. No, no nos habíamos peleado en absoluto.

-¡Bah! ¡Qué cosas tienes, tío Jason! -contestó intentando sonar ofendida, aunque pareció nerviosa, más bien-.

-Huy, huy, huy -exclamó riendo Jason y olfateando un poco a Melinda. Rodé los ojos y deseé desaparecer lo más a prisa que pudiera de allí. Sabía que había puesto en funcionamiento su poder de empatía. Como odiaba aquel dichoso don, en ocasiones embarazosas como aquella.

-Huy, ¿qué? -preguntó recelosa Melinda.

-¿Perfume nuevo, sobrina? -preguntó Jason, alzando las cejas, y medio riendo.

-¡Oh, Jason! Ya vale, no te metas en sus cosas -le reprendió Lisa cuando se dio cuenta de lo que ocurría.

Quise correr lejos. Casi al mismo tiempo que Lisa, los demás también se dieron cuenta, y el jubilo estalló en ellos, aunque solo lo pensaban. Salvo Jason, los demás eramos, y aún somos, más discretos en cuanto a las relaciones de los demás se refiere.

-No... si yo no me meto... -repuso Jason sonriendo triunfante y alzando las manos, mientras pensaba: "Ya era hora. Creí que ibas a estallar. Espero que hayas sido un caballero", dirigiéndome una mirada.

-Jason, no... déjalo, solo déjalo -le dije, subiendo las escaleras para entrar en casa.

-¿Dejar qué? ¿Qué pasa, Mike? -me preguntó Mark cuando pasé junto a él. Mark no soporta esas conversaciones extrañas, cuando alguien piensa algo y respondo sin que los demás sepan de qué va el asunto.

-Nada. No te preocupes -le aseguré poniendo una mano en su hombro.

-Hum. Sois muy raros, ¿lo sabéis, no? -escuché que murmuraba confundida, Melinda.

-Si. Mola, ¿verdad? -le respondió Alex.

-Solo a veces -contestó Melinda, esta vez riendo.

Los días pasaron en completa calma. Ni Melinda ni yo, comentamos a nadie lo de mi "almuerzo" de aquella mañana, ni lo extraño que era, que Melinda hubiera salido ilesa, como si nada hubiera pasado. Aunque nuestra familia sabía que algo les ocultábamos, sobre todo después de dos semanas, cuando aún no necesitaba alimentarme y no quise ir de caza con ellos. Además, sabían que decía la verdad, pues mis ojos seguían tan azules como el cielo, sin hacer amago de cambiar, y eso les intrigaba bastante.

Normalmente, salimos a cazar una vez a la semana. No podemos eludirlo más tiempo, pues la sed nos quema de una manera brutal si pasa más tiempo y, dado que no nos resulta muy agradable el olor de la sangre humana, nuestro carácter se vuelve demasiado hostil, incluso entre nosotros.

La mañana de Samhain, mi padre tenía abordarnos a Melinda y a mí, para tratar de averiguar qué ocultábamos y cómo era posible que yo no tuviera sed, porque de alguna manera, sospechaba que ambas cosas estaban relacionadas, pero algo ocurrió que nos sacó a todos de la calma e hizo que mi padre olvidara sus sospechas por el momento.

-¡No puede ser! -escuchamos desde abajo, que exclamaba Melinda, alarmada y confundida.

Sin decir una palabra y casi por inercia, todos subimos en bandada a la habitación.

Melinda se encontraba en el cuarto de baño.

-¿Mel, estás bien? -pregunté a través de la puerta, después de llamar con los nudillos.

Melinda no contestó, pero abrió bruscamente la puerta y nos alarmamos al instante. Estaba pálida.

-¿Mel, qué...?

-No engordo -dijo cerrando los ojos y tomando aire por la nariz.

-¿Qué? -preguntó mi padre confundido.

-Que no engordo -repitió Melinda avanzando hacia él y entregándole una libreta-. Utilizo una libreta como esta para controlar mis periodos y mi peso. Soy propensa a engordar, sobre todo durante mi menstruación, así que llevo una dieta y hago ejercicio regular para evitarlo -explicó muy deprisa, haciendo solamente, una breve pausa para tomar aire-. Pero desde que estoy aquí, me he saltado la dieta, he comido todo lo que se me ha antojado y no he echo ejercicio, y no he engordado nada. Es más, si te fijas bien, he perdido tres kilos.

Nos dejó con la mente en blanco a todos.

-Te pesas todos los días, por lo que veo -observó con tranquilidad mi padre, revisando la libreta de Melinda.

-Así es.

-Hum. ¿Qué extraño? -murmuró mi padre, observando a Melinda.

-No estoy embarazada, Robert. Terminé hace dos días de menstruar -aseguró Melinda a mi padre, entre asustada y molesta, adivinando los pensamientos de mi padre.

-De acuerdo, no te enfades, Melinda. Simplemente barajaba una posibilidad -intentó tranquilizarla mi padre-. Veamos, ¿has notado alguna cosa más? Algo extraño en ti, me refiero.

-Mmm. No, creo que no -contestó pensativa.

-¿Seguro? -volvió a preguntar, esta vez, lanzándome una mirada interrogativa a mí, mientras me preguntaba mentalmente si yo había notado algo. Negué con la cabeza.

Era cierto, no había notado ningún cambio en ella.

-Sí, seguro -aseguró Melinda, mientras me dirigía una mirada.

"¿Le contamos lo que pasó cuando bebiste mi sangre?", me preguntó mentalmente, mientras observaba a mi padre, como pensativo, revisaba una vez más la libreta.

Encogí los hombros muy sitilmente y negué con la cabeza, indeciso. No sabía qué hacer.

"pero eso es muy raro, ¿no?" volvió a preguntarme Melinda.

-¿Y cómo explicamos eso? -contesté articulando las palabras sin sonido.

"No sé". Contestó ella mentalmente.

Mi madre nos miró ceñuda cruzándose de brazos, mientras me reñía mentalmente. "Sabes que sabemos que ocultáis algo. Espero que no tenga nada que ver con esto, Mike. Porque si tiene algo que ver y no nos lo decís, podéis ir preparándoos...".

Suspiré y volví a mirar a cruzar la mirada con Melinda que entendió rápidamente que algo había estado pasando entre mi madre y yo.

Era increíble como nos entendíamos Melinda y yo, el vínculo que habíamos creado en las pocas semanas que llevábamos juntos. No nos hacía falta emplear nuestros poderes para entendernos.

-Esto es asombroso y muy extraño -murmuró mi padre de pronto.

-¿A qué te refieres? -preguntó Mia con curiosidad.

-Bueno... tendría que hacerle algunas pruebas a Melinda antes de afirmar nada, pero puede que, el que no le afecte nuestro veneno de la misma manera que al resto de los humanos, el que se le estuvieran curando las heridas internas y su pérdida de peso, estén relacionadas -explicó cauteloso mi padre.

-¿Quieres decir que está cambiando? -preguntó Diana asustada-. ¿Se está convirtiendo en uno de nosotros?

-No, exactamente -contestó mi padre-. Creo que está cambiando, pero no se está convirtiendo en un vampiro. Si fuera así, se habría transformado el día que la mordió Gabriel.

Las palabras de mi padre cayeron como una losa encima de todos nosotros, sobre todo de Melinda, que volvió a pensar en la profecía y en la posibilidad de que esa Dama salvadora fuera ella.

Nadie dijo nada durante bastante rato, y yo tuve que bloquear los pensamientos de todos ellos, porque eran tan erráticos, confusos y asustados como los míos, lo cual no me permitía pensar con claridad. ¿Sería acertada la teoría de Melinda o era algo diferente, algo que no sabríamos como enfrentarlo o como explicarlo?

Tuve que sentarme en el borde de la cama, abatido por la angustia de la incertidumbre, de no saber qué le ocurría a Melinda.

Bueno, pues aquí tenéis un nuevo capítulo. Siento haber tardado tanto en actualizar, pero he tenido un pequeño bloqueo, habré cambiado el capítulo como tropecientas veces hasta que me ha gustado el resultado. Pero bueno, espero que a vosotros también os guste y que lo disfrutéis.

Muchas gracias por tomaros unos minutillos en leer mi historia y por vuestros comentarios, que me animan a seguir.

Besos.