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Historia 34969 — capítulo 9
Estoy seguro que aquel fue el segundo más largo, angustioso y espantoso de toda mi existencia. Me quedé petrificado, como si fuera una estatua, sin atreverme a levantar la cabeza y mirar el inerte cuerpo de Melinda. Sin embargo, el calor que desprendía su cuerpo, el ritmo frenético de sus latidos y la forma en que apretaba mi espalda con sus manos, me hizo reaccionar.
Levanté la cabeza de forma brusca y la miré sorprendido.
-¿Qué ocurre? -me preguntó frunciendo el entrecejo un tanto asustada.
-¡Melinda, estás viva! -fue lo único que pude decir antes de comenzar a besar sus suaves y carnosos labios con toda la pasión que fui capaz.
-Gr... gracias, por la obviedad -bromeó de forma entrecortada, mientras la besaba.
-No... sabes... cuánto... me... alegro -dije sin parar de darle besos por todas partes. Estaba seguro de que nunca sabría cuánto me alegra en realidad de aquello.
-Hum. Me hago una idea, si -dijo riendo y separándome de ella con delicadeza-. ¿Qué pasa, Michael? -me preguntó algo más seria.
-Nada... -intenté mentirle. Me avergonzaba profundamente decirle que había bebido toda su sangre.
-¿Nada? Y entonces, ¿a qué ha venido ese ataque de pánico? -me preguntó mirándome con las cejas levantadas de forma suspicaz.
-He bebido toda tu sangre. Creí que... -confesé finalmente, rendido ante su mirada y su don. Aunque no pude terminar la frase, ella la terminó por mi.
-Creíste que me habías matado -dijo cogiendo entre sus manos, mi cara y sonriendo dulcemente.
-Si -acepté casi en un susurro.
-Pero no lo has echo. Quizá no hayas bebido tanto como crees, ni siquiera me siento mareada. Estoy perfectamente -me dijo en un intento de consolarme.
-Melinda, he bebido toda la sangre, créeme -le dije en otro susurro.
No dijo nada. Simplemente me miró fijamente durante unos segundos, retorció los labios y después, empujándome un poco se alzó hacia el estante que servía de cabecero y cogió unas tijeras que ella misma había dejado allí unos días antes, después de abrir una caja.
-¿Qué vas a hacer? -la pregunté curioso, cuando se sentó en la cama y me miró pensativa.
-Bueno, dices que has bebido toda mi sangre, ¿no? -me dijo alzando las cejas.
-Y así es -contesté, sentándome yo también.
-Pues bien, vamos a ver si es así -dijo abriendo su mano izquierda y haciéndose un corte en la palma.
La sorpresa que me llevé fue monumental. El corte sangraba. No podía creerlo.
-¿Lo ves? Estoy bien -me dijo con una sonrisa.
Cuando la miré vi mi reflejo en sus preciosos ojos. Estaba tan pálido que ahora sí parecía lo que era; un vampiro.
-Pero... Melinda, sé lo que digo. Bebí toda la sangre, hasta la última gota -dije algo confuso.
Sabía de sobra cuanta sangre tenía cada posible víctima y si había bebido toda o no. aquello no tenía sentido.
-¿En serio? -me preguntó, ahora sí, contrariada.
-Ajá.
-Vaya... ¿Y porqué crees que... sigo viva y con sangre? -me preguntó tan contrariada como antes.
-Ni idea -le contesté con toda sinceridad-. Eres muy rarita, ¿lo sabias? -intenté bromear para aligerar la tensión que se estaba acumulando.
-Si. Lo escucho mucho, la verdad -me dijo riendo.
Hubo unos minutos de silencio, en los que ninguno dijimos nada. Yo me sumergí en mis pensamientos y Melinda en los suyos mientras observaba como sangraba el corte que se había echo. Sin embargo, nuestros pensamientos giraban en la misma dirección: ¿porqué estaba viva? ¿Cómo era que tenía sangre? ¿Porqué no se había sentido mal?
Cogí su mano con delicadeza, miré el corte una vez más, y puse la palma de mi mano sobre la suya, sin tocarla y al instante el corte desapareció.
-Así que así fue como me curaste las heridas internas, ¿no? -dijo fascinada-. Puedes curar.
-Si. Mi padre también puede -contesté sonriendo. Había estado sospechando todo ese tiempo y, sin embargo, no había echo ninguna pregunta.
-Hum. Me preguntaba como podía haberme curado en tan poco tiempo -murmuró, confirmando mi sospecha.
-¿Y porqué no me lo preguntaste? -pregunté con curiosidad.
Sonrió antes de contestar.
-No me gusta ser entrometida ni curiosear. Supuse que si no me lo habías dicho sería por algo.
-Así que, aunque te mueras de curiosidad no preguntas nada, ¿me equivoco? -pregunté divertido, pensando en voz alta.
-No. no te equivocas... del todo -dijo riendo.
-¿Qué quieres decir con "del todo"?
-Pues que no suelo preguntar a menos que tenga la suficiente confianza como para hacerlo -contestó con total tranquilidad-. Hace tiempo que aprendí que la curiosidad es peligrosa para mí. Suelo salir herida. Y, bueno, tú... me asustas.
-¿Que te asusto? -pregunté riendo fuertemente. No podía creer lo que me estaba diciendo.
-Si. Me asustas. ¿O te piensas que soy así de verdad? -me contestó ofendida.
-Así ¿cómo? Melinda, no sé a qué te refieres.
-Pues... así -comenzó algo avergonzada-. Michael, yo no voy discutiendo ni gritando a la gente como lo hice contigo. Y, bueno, ni mucho menos me acuesto con nadie a la primera de cambio... no sé si te habrás dado cuenta, pero yo nunca había...bueno, ha sido mi primera vez -había hablado muy deprisa y estaba colorada hasta la raíz del pelo.
No pude aguantarme. Solté la risotada más fuerte que había soltado en mucho tiempo.
-¿Qué? ¿De qué te ríes? -me preguntó molesta y dándome un codazo en el brazo.
-Pues me río de que me da la impresión de que no te conoces muy bien a ti misma -contesté, cogiéndola por la cintura y acercándola hacia mi, para abrazarla bien-. A mí me da la impresión de que sí eres así. Tienes mucho carácter, lo que me encanta, y en relación a lo de acostarte con hombres... pues sí, me he dado cuenta de que era tu primera vez, y me alegra y emociona profundamente el haber sido el primero, y espero ser el único, de aquí en adelante. No querría tener que comenzar a comportarme como un auténtico vampiro, después de doscientos veintiocho años. Si sabes lo que quiero decir.
-Tranquilo, eso no pasará nunca. No soy tan atractiva -dijo tímidamente después de reír.
-No creas. Y no te consiento que te menosprecies, ¿me oyes?
-Si.
Estuvimos abrazados en silencio durante un buen rato. Ambos pensativos, de nuevo, aunque esta vez no supe qué pensaba ella, debía haber levantado de nuevo su escudo, pero estaba seguro de que algo la preocupaba; se lo notaba.
No me presioné para intentar penetrar en sus pensamientos. Sabía por experiencia que no podría hacerlo mientras tuviera levantado su escudo. Solía ser muy potente y más cuando estaba relajada como en aquel momento, por lo que me sumí en mis propios pensamientos.
No podía creer que la hubiera dicho que no quería que viera a nadie más. Creo que me declaré a ella de una manera que nunca hubiera imaginado, pues muchas veces, desde que la conocí, me imaginé diciéndole cosas bonitas, en un lugar especial, para declararme. En cambio había sonado posesivo y celoso, aunque a ella no pareció molestarle y eso me consoló un poco. ¿En qué punto estábamos? Era algo que no sabía con certeza, aunque sospechaba que en uno no muy aconsejable para ella y extremadamente satisfactorio y egoísta para mí... ¿o no era así?
Eso me reconcomía por una parte; por otra estaba el tema de la no muerte de Melinda. ¿Cómo era posible aquella extraordinaria situación? Que Melinda hubiera sobrevivido a mi sed era un misterio que debería resolver pronto. Tal vez hablaría con mi padre cuando regresara.
-¿Michael? -la suave y melódica voz de Melinda me devolvió a la realidad.
-¿Sí?
-¿Me responderías algo si te pregunto? -me dijo indecisa, mientras acariciaba mi antebrazo.
-Melinda... pregunta lo que quieras, cuando quieras -contesté algo exasperado-. La curiosidad no es un crimen. No saldrás herida, te lo prometo.
Sonrió y asintió levemente con la cabeza.
-¿Cómo es que no parecéis vampiros? -preguntó con verdadera curiosidad-. No me malinterpretes, me alivia y admira mucho que no matéis a nadie. Simplemente siento curiosidad, sobre todo por vuestro aspecto. Tenéis un tono de piel norma, más pálido de lo habitual, pero normal. Vuestros ojos cambian de color, solo cuando estáis sedientos. Y me sorprendió mucho lo que dijiste sobre lo de que podéis comer comida "normal" si es necesario. Lo único que tenéis más diferente, son las ojeras ligeramente pronunciadas y vuestro olor... es... es muy particular -se apresuró a explicarme temiendo que me enfadase.
Reí entre dientes antes de contestar. Jason tenía razón. No hacía preguntas, pero tenía una curiosidad muy viva y la centraba en cosas muy concretas.
-Pues es algo que no sabemos. Con el tiempo, hemos creado ciertas teorías -expliqué-. Pensamos que quizá se deba a nuestra condición como Hijos Sagrados.
-¿Es que no todos los vampiros son como vosotros? -preguntó girándose sorprendida, hacia mi.
-No. Los vampiros normales, brillan a la luz del sol. Son el doble de pálidos que nosotros y no sobrevivirían si comiesen comida de humanos.
-Hum. ¿Y porqué pensáis que se debe a que sois Hijos Sagrados?
-Pues... ¿conoces la historia de nuestros antepasado?
-Sí. Ellos eran dioses, los primeros digo. Hijos del Dios y la Diosa. Cada una de las cinco familias desciende de cada una de las cinco parejas que ellos enviaron a la tierra, hace miles de años -citó de carrerilla-. Mi abuela me lo hizo memorizar -añadió rodando los ojos.
-Así es. Bueno, a lo que vamos -dije entre risas-. Si conoces la historia, entonces conocerás qué aspecto tenían -asintió levemente con la cabeza, mientras cogía una de mis manos y se ponía a juguetear con mis dedos-. Todos eran más blancos de lo habitual, con un tono ligeramente sonrosado, como el tuyo. Eran altos, extremadamente hermosos, poseían poderes asombrosos, los cuales perduran en nosotros. Aunque ninguno de nosotros posee todos los poderes que tenían ellos, solo uno, o dos como mucho. También poseían una fuerza sobre humana, tenían los sentidos extremadamente desarrollados, una velocidad sobrehumana, su aroma era distinto al de los humanos... especial, y además, eran... son inmortales.
-¿Cómo los vampiros? -preguntó empezando a entender.
-Si. Salvo que ellos estaban "vivos" en todos los sentidos de la palabra. No tenían ojeras, sus ojos no cambiaban de color, y por supuesto, no bebían sangre.
-Pero... espera, creo que no lo entiendo del todo -dijo, incorporándose y girándose hacia mi-. ¿Cómo es que los vampiros...como comparten las cualidades y dones de nuestras familias?
-No lo sabemos tampoco. Pero también tiene que ver con la sangre sagrada. Los Parker, los que te atacaron, son los primeros vampiros. Últimos descendientes de una de las familias sagradas -expliqué ante la enorme sorpresa de Melinda, que abrió los ojos como platos horrorizada, además de sorprendida.
-Los... los Parker, son... ¿son como vosotros?
-Así es. Nadie sabe cómo pasó, solo que fueron cambiando, hasta convertirse en una versión oscura de nuestros antepasados, hará como unos... tres mil años, más o menos. Los únicos que brillan son los que se convierten y no descienden de la estirpe divina de la isla. Por eso, y por lo que hemos visto con tus tíos, y con los Morgan, creemos que nuestras diferencias con el resto, se deben a eso; a la sangre divina.
Mientras asimilaba lo que acababa de contarle, no dijo nada. Solo me miraba fijamente. Después su rostro palideció.
-¿Porqué... quieren matarme? -preguntó angustiada.
-Melinda, no sabemos porqué quieren matarte. No podemos especular con que piensen que seas la Dama de la profecía. Además no posees las cualidades que...
-Tengo sangre, Michael. No he muerto cuando has bebido mi sangre. El veneno no me afecta de la misma manera que al resto de las personas. Estoy casi segura que las heridas internas que tuve al chocar con ese contenedor, se me empezaron a auto curar casi al mismo tiempo que se hicieron... Y, él me dijo que no podría acabar con él porque acabaría antes conmigo. Yo creo que sí, piensa eso. Aunque, si te soy sincera no sé de dónde se lo saca... no creo que sea nada especial.
Aquellas conjeturas, no me gustaron nada, pero he de admitir que tenía sentido, y aunque no fuera la Dama de la profecía, estaba claro que era especial y que podrían haber relacionado la profecía con ella, fácilmente. Se me pusieron los pelos de punta, ante aquella posibilidad.
-Y, otra cosa -dijo con la voz quebrada-. Tú eres un Hijo Sagrado, cambiado... y, bueno, es obvio qué relación tenemos...
¡Cómo me fastidió que no hubiera pasado por alto aquello! Era cierto. Según la profecía, una Dama con los poderes y cualidades de los Hijos Divinos primigenios, unida a un Hijo Sagrado con las mismas cualidades que ella, acabarían con los Parker para siempre.
Volví a congelarme, no quería pensar en esa posibilidad. Además ella no era como los Hijos Sagrados primigenios. Era una hija sagrada normal, con poderes normales y mortal, algo rarita si, pero normal al fin y al cabo.
-Bueno, ¿Sabes qué, Melinda? -dije finalmente intentando mantener la calma-. Creo que ya está bien de conjeturar por hoy. Ya tendremos tiempo para ello. Ahora tengo que terminar el trabajo para presentárselo a los Lee esta tarde.
La abracé y besé antes de levantarme de la cama. Ella me imitó, y se dirigió al baño.
-¿Melinda? -pregunté cuando regresó a la habitación.
-¿Si?
-¿Qué quisiste decir con eso de que la curiosidad es peligrosa para ti, que sales herida? -era un curiosidad que me quemaba desde que lo mencionó.
Sonrió ligeramente mientras se ponía el jersey.
-Como te dije, no le caigo bien a la gente -comenzó a explicar de forma tranquila, mientas se calzaba las zapatillas de tenis-. Cuando era pequeña, y algún niño o niña tenía las suficientes agallas para acercarse a mí, solía entregar mi amistad al instante. Un defecto, que por cierto, creo que sigo teniendo hoy día. El caso es que siempre se quedaban conmigo lo suficiente para que les tomara confianza enseguida, lo cual, irremediablemente te lleva a sentir curiosidad hacia otras personas y, a hacer preguntas. Pues bien, siempre que lo hacía, me gritaban, insultaban y me abandonaban. Me pasó unas cuantas veces, la verdad, hasta que a base de berrinches y disgustos, aprendí a no hacer preguntas y a mantenerme alejada de los demás, para evitar sufrimientos innecesarios. Afortunadamente, con quince años se me desarrolló la empatía y todo fue más fácil pues me permitía saber las intenciones de cada persona que se me acercaba. Desafortunadamente, siempre es por curiosidad o con alguna intención no muy buena. Salvo en vuestro caso y en el de tu secretaria... algo muy raro para mí, la verdad.
No pude articular palabra. Aquella confidencia me dejó helado. No imaginaba que Melinda hubiera tenido una infancia tan dura, fuera de su casa. Me resultaba imposible que la gente pudiera tratarla tan mal. Ahora entendía la confusión de Jason y los pensamientos tan extraños de Melinda. Simplemente era cautelosa con la gente, aunque a pesar de todo, seguía siendo amable y aceptando a todo el que la quisiera. Sencillamente me resultó admirable que siguiera siendo tan pura de sentimientos a pesar de las circunstancias.
-No te quedes así, Michael -me dijo sonriendo de nuevo-. Ya estoy acostumbrada a la soledad y a todo eso, ya te lo dije. Además, hace mucho que no me llevo ningún disgusto.
-Ni lo volverás a hacer. Te lo prometo. Yo me encargaré de que así sea -le dije abrazándola fuerte y besándola.
Era cierto, de ahora en adelante nadie la dañaría ni se tendría que preocupar de estupideces como hacer una pregunta. Ahora era mía, y yo me encargaría de que fuera todo lo feliz que pudiera, sin necesidad de recurrir a nadie. Simplemente ella y yo.
Bueno, pues aquí os dejo un nuevo capítulo. Creo que me ha quedado un poco soso... pero, en fin, espero que os guste igualmente. Siento haber tardado tanto en subirlo, pero no me cargaba la página.
Muchísimas gracias por leer mi historia y por vuestros comentarios.
Besos.