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Historia 35056 — capítulo 4
Seguía cogida del brazo de Carlisle. No me daba cuenta de que lo agarraba con más fuerza conforme los Quileutes se acercaban a nosotros.
- Ayda, puedes soltarme, no has de temer nada.
- ¿No? - pregunté indecisa - mira cómo me está mirando - le dije lo suficientemente bajito para que solo él lo oyese.
- Te lo prometo - le solté.
Los Quileutes se acercaron y no podía permanecer sentada. Cuando se pararon a un metro de mí, sentía tal angustia que seguramente se podría explicar como un ataque de claustrofóbia.
- ¿Cómo ha cambiado de verla hecha un harapo y verla así? - dijo la chica a nadie en particular.
- ¿Por qué habla como si no estuviese presente? - le pregunté bajito a Carlisle.
- Por que le gustaría que en el fondo no estuvieses aquí - contestó Rosalie, en voz alta. La joven la miró. Tembló de rabia. No le gustaba estar en esa casa, pero no quería que su hermano entrase solo con una neófita descontrolada.
- Ayda, te presento a Seth y Leah, ambos pertenecen a la manada de Jacob - me explicó Carlisle. Volví a mirar el chico. Recordaba el nombre. Recordaba al lobo.
- Tú eres el lobo blanco - dije. No era ni una pregunta ni una afirmación, simplemente lo dije. El chico sonrió. Al parecer le gustó que me acordase de él he hinchó el pecho.
- Que pagado de si mismo - opinó Jacob jugueteando con Renesmeé.
- Ya hablaremos cuando Nessie crezca - le contestó Seth.
- ¿Cómo el monstruo del Lago Ness? - le pregunté a Bella que al parecer se molestó.
- Sí -contestó Jacob. Yo le puse ese sobrenombre. ¿Sabes qué es lo primero que hizo este bicho nada más nacer? - me miró y al ver que no respondía continuó - Le mordió.
- ¿Eso hizo? - le pregunté a Bella que sonrió.
- Sí. Eso hizo - respondió ella.
De repente el movil de Rosalie sonó. Era Edward. Solo intercambiaron un par de palabras y colgó. Se giró hacia el resto y me miraba a mí.
- Ya vienen. Lo traen - dijo. Me llevé las manos a los ojos y no pude evitar gritar. Me levanté, y di un paso. Me quedé quieta. Me volví a sentar. Miré por la ventana. Me tqué el vientre instintivamente con cara de angustia.
- Mi niño, mi niño, mi niño - si hubiese sido humana seguro estaría llorando a lágrima viva.
Me levanté. No podía estar sentada. Carlisle se levantó y me estudiaba, temía que perdiese el control en cualquier momento. Me acerqué a él y le di las gracias por ayudarme. Les di gracias a todos, les di besos a todos. Menos a los lobos. No me atrevía a acercarme a ellos, Nessie se reía al verme de un lado a otro. Al final, decidí posarme frente a la ventana. Quise apoyar las manos en el vidrio, pero era de mala educación. Me quedé mirando el infinito. Todos me miraban en silencio. Era incómodo ser el centro de atención. Buscaba en el aire algun signo que me dijese que ellos venían, pero después me di cuenta que no sabía en qué dirección estaba la ventana y bajé la mirada al suelo. Me giré y miré el reloj. Había estado mirando por la ventana más de una hora. El tiempo se me había pasado volando. Me abracé yo sola, tenía frío.
- Carlisle - llamé.
- ¿Sí?
- Antes Bella me dijo que los vampiros no dormíamos.
- Es cierto - asintió él.
- ¿Sentimos frío o calor?
- Sentimos la temperatura, pero no nos afecta. Cuando tocamos algo, por ejemplo. ¿Por qué lo preguntas?
- Tengo frío - todos se miraron. Esme desapareció y volvió con una torerita de punto en negro para que me la pusiese.
- ¿Mejor?
- Sí, gracias.
- No es normal - opinó Carlisle preocupado.
- Tampoco es normal lo mío - añadió Bella dándome un voto de confianza.
- No debería acercarse al niño - opinó Rosalie - quién sabe de qué es capaz - Bella me miró dolida, seguramente ella tuvo que pasar por algo semejante al nacer Nessie.
- No - era un interrogante, una exclamación y una derrota.
Carlisle y Esme se envararon. Seguramente ya estaban aquí. Oí el llanto, era ese llanto, tal como lo recordaba, pero más fuerte. Grité de angustia, cómo no iba a poder acercarme a mi hijo. Me giré a la pared y grité de angustia. Bella se me acercó dándome ánimos, que yo agradecí.
El primero en entrar fue Jasper. No pude explicarlo, pero noté tanta paz. Emanaba paz, como un ángel. Rosalie se marchó a la cocina y volvió al poco con un biberón listo. Entró Edward llevando el niño en los brazos y Rosalie le tendió el biberón para que el bebé se alimentase. Bella me acariciaba el pelo. Yo miraba con aprehensión y tuve que cerrar los ojos y desviar la mirada. No podía soportar que otro le diese un biberón a mi niño sin siquiera preguntarme si me importaba. Me sentí horriblemente mal. Tuve que taparme la cara nuevamente sintiéndome el peor ser de la tierra. Alice se acercó a mí también. Edward se acercó al sofá y se sentó, los demás se acercaron a él para ver a mi hijo. Me sentía sola, desamparada. El único que parecía percatarse de mi existencia fue Jasper. No pude soportar esa mirada que me lanzó ¿Pena? ¿Yo le daba pena? Salí de la casa por la puerta que continuaba abierta y clavé las uñas a la corteza de uno de los árboles que había en el jardín. Quise gritar, quise pero no pude. Caí de rodillas. O me dejé caer, mejor dicho. Sentía odio a mí misma. ¿Por qué demonios no volví a entrar en el supermercado aquella noche? ¿Por qué no me esperé diez minutos más? Por que siempre iba con prisas. Desde que todos murieron. Recordé el accidente de avión. El peor de la historia según los expertos. Estabamos aterrizando ya y de repente una de las alas del avión se partió ¿Cómo era posible que se rompiese? Caímos en picado, y el avión se segó en dos. No en cabeza y cola como habría sido lo normal, ¿Pero qué era lo normal cuando yo estaba cerca? El avión se abrió como un sandwich a lo largo. Los expertos no se lo podían creer. Como si alguien con un abrelatas hubiese hecho una maleza en el avión. Mi asiento se tambaleaba. Iba al lado de mi marido y a su lado mi madre, detrás de nosotros estaban mi padre, mi hermana con su bebé en brazos y mi cuñado. Al rajarse el avión éste se dió la vuelta. Quedándo con las ruedas hacia arriba, en ese giro salí despedida del avión, no fuí la única pues vi varios asientos más volar a mi derecha y a mi izquierda. Caí sobre el asiento, pero los demás no tuvieron tanta suerte. Los que cayeron al demás se abrieron la cabeza contra la pista de aterrizaje. Miré hacia el avión. Se había abierto a la altura de los asientos de la gente, oí un grito multitudinario y después lo peor que pude imaginar ni en mis más oscuras pesadillas. Silencio seguido de un inmenso charco de sangre, carne y vísceras que seguía la trayectoria del avión pintando el suelo como si fuese un pincel sobre un lienzo. Me quedé quieta mirando al frente. Supongo que eso debe ser lo que los expertos llaman "estado de shock". No podía gritar, no podía hablar ni moverme. Oí las ambulancias a lo lejos. Cada vez más cerca. Se me llevaron nada más verme. Sé que me levanté y me tumbé en la camilla de la ambulancia sin preguntar nada ni mirar a nadie. Era lo que tenía que hacer simplemente, lo que tenía que hacer. No podía evitar sentirme culpable de lo que había pasado. Me había empeñado en hacer la boda en las playas de Bora-Bora y mi familia al completo me había acompañado. Tras varios días en el Hospital y diagnosticarme el embarazo me habían dado el alta. Por la prensa me enteré que a las víctimas del accidente, más de trescientas, las habían tenido que recoger cachito a cachito del asfalto. Solo quedaron las piernas intactas de las personas, de los bebés que iban al brazo no quedaron ni las uñas, por así decirlo. A los familiares nos entregaron unas urnas con cenizas, supuse que simbólicas y una placa con su nombre. Demasiadas placas fueron a parar a mis brazos. Los padres de mi cuñado me ayudaron a llevarlas. Recibí una indemnización ¿Pero para qué quería yo el dinero si no tenía a mi família conmigo?
Alguien salió de la casa. Supuse que uno de los vampiros pues no me resultó desagradable su aroma. Olía a manzanas ácidas, mis favoritas. Olía a tierra húmeda con las primeras gotas de lluvia y olía también a patitas de perro. Un olor que recordaba de mi vida humana como uno de los mejores aromas del mundo. Aún así no me giré.
- ¿Necesitas compañía? - me preguntó la voz. No la asocié con ninguno de los Cullen. Decidí girarme. Para mi sorpresa era Seth. ¿No debía resultarme desagradable su olor?
- Si quieres hacerme compañía... el perro es el mejor amigo del hombre ¿No dicen eso? - sonreí.
- Eso dicen - contestó sentándose a mi lado - dentro de la casa preguntan cómo se llama el bebé.
- Tendré entrar rápido antes de que Jacob le llame Jeckyll o vete a saber - contesté. Él rió - se llama Darius.
- Darius - repitió - ¿Por qué le pusiste ese nombre?
- No lo sé. Lo escuché y me gustó.
- ¿Y por qué has salido así de la casa?
- Por que no iba a hacerlo. Me han dicho que no me acerque al niño. Que soy peligrosa para él. Siento frustración. Siento impotencia. Me siento... mal por el simple hecho de que le den un bibéron sin siquiera preguntarme si me molesta. Siento desprecio por mí misma, porque quería darle el pecho y no puedo.
- Creo que no te han dado siquiera el beneficio de la duda. Deberían haberte dejado cogerlo para ver si te podías controlar. Creo que habría sido lo justo.
No contesté. El joven se quedó a mi lado en silencio. Las horas pasaron. El bebé durmió y se despertó en varias ocasiones. Oí como le hacían bromas y él los miraba extrañado, pero no asustado. Tomó dos biberones más. Lo cambiaron de ropa. Y todo eso sin mí. Como si el niño fuese de ellos, como si no lo hubiese llevado dentro y formase parte de mí. Sentía dolor, no rabia ni celos, simplemente dolor.
Edward me miraba desde la ventana. ¿Habría escuchado toda la conversación? Seguramente sí. ¿Qué pensaría? ¿Creería que era demasiado egoísta? Estaba siguiendo las indicaciones de Carlisle. Y yo afuera en el frío de la noche me estaba helando.