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No sabes todo de mí Granger — capítulo 59

Hermione miraba a su alrededor, Lord Voldemort paseaba mientras ella trataba de distraer su vista en otro punto que no fuesen sus enormes ojos rojos. Respiraba entrecortadamente. No podía pensar, había mucho ruido en su cabeza. Meditaba el hecho de que se había condenado a muerte, estando embarazada. Y trataba de ocultar su embarazo de la mejor forma que podía. Las túnicas negras cubrían lo suficiente. Pero si el señor tenebroso decidía descargar su ira sobre ella, estaba acabada. Y Draco pensaba de igual forma. — ¿Es que a tu madre se le subieron las hormonas a la cabeza? ¿¡Cómo puede hacer una cosa como esta!? Está embarazada...¡el señor tenebroso no le tendrá piedad! No se salvará... Y empalidecía a cada momento, mientras su hija lloraba y Dumbledore mantenía una de sus manos en uno de sus hombros. Todo tenía solución si trabajaban rápido. Eso pensaba Draco mientras preparaba su varita para desaparecer. Su padre seguramente estaba feliz de ello. — ¡Tengo que sacarla de ese lugar! Llevármela muy lejos antes de que... Pero no quería decir ni pensar lo peor de la situación. En las verjas de la escuela, había desaparecido. Frente a Amelié. Mientras ella echaba su suerte al destino. Mientras ella rogaba que sus padres se encontraran. Y Hermione esperaba que Draco no se involucrara, no terminara de enfadarse y deshiciera todo el plan. Era mejor morir que vivir la vida entera, atada al miedo de saber que podría morir súbitamente y entonces, dejar a aquella criatura tan abandonada como le había sucedido a Amelié. No lo permitiría. No dos veces. Así muriera con ella. Y ese era un pensamiento suicida, kamikaze. Pero estaba ya harta de vivir con miedo. Y mientras Draco corría a través de los pasillos de la mansión Riddle, Voldemort pensaba en la mejor forma de castigarla por su osadía. Sangre sucia que osaba casarse con un sangre pura. Pronto Draco también pagaría, pero era preferible matarla primero. Las mujeres primero. Como siempre. — Despídete de tu existir, asquerosa sangre sucia. ¡Me habrías sido muy útil! Cuántas veces no he escuchado hablar de tu inteligencia. Pero las traiciones no las tolero. ¡No dentro de mis propias filas! Y supongo que si no puedes serme fiel en vida, tendrás que serlo en tu muerte. Pisaré tus huesos y escupiré sobre tu sangre derramada en el suelo. Hermione había cerrado los ojos, esperaba el conjuro. Podía ver el reflejo de una ventana, sentía la luz enceguecedora. Aquella luz verde. Estaba por morir. — ¡Mi señor! Aquel hombre había reído como si le hubiesen dicho que Potter estaba muerto y traían su cadáver. Draco se sostenía el pecho con una de sus manos y posaba sus ojos tanto en ella como en el temido Voldemort. Hermione había abierto sus ojos. Agradecía en cierta forma que hubiese llegado, pero no que se arriesgara de tal forma. Estaban acabados. — ¡Ah, Draco! Me preguntaba qué hacía tu esposa aquí. Sin ti. Llegaste en el momento preciso. Estaba por castigarla, por haber faltado a las reuniones que amablemente me tomo la molestia de organizar. Quizá quieras acompañarnos. Hermione se había dado la vuelta para mirarlo. Bajo aquella ropa negra, su cabello castaño hacia que su rostro brillase ante la poca luz. Estaba muy pálida y pensaba éste, que resultaba contraproducente para su embarazo. Tenía que haber una forma de acercarse y sacarla de aquel lugar. Apreciaba su ayuda, pero arriesgarse y lanzarse como un pedazo de carne a perros, no era la mejor solución. — Quizá quieras intercambiar algunas palabras con ella, mientras nos preparamos. Draco. Tengo una tarea muy importante para ti. Para ambos. Y esta vez, espero que se queden para cenar. El señor tenebroso había abandonado la habitación y lo primero que Hermione había hecho, había sido correr hasta sus brazos. — ¡Siempre Gryffindor y su obsesión por salvar a todo el mundo! ¿¡Es que te volviste loca!? Pudo haberte matado. ¡Pudo...! Pero había guardado silencio, mientras Hermione cerraba sus ojos, aferrándose a sus brazos. Era mejor no echar más leña al fuego. — Y ahora cómo diablos saldremos de esta.— susurró, mientras besaba su frente con una sonrisa suave que le hizo recordar a su niñez. Bajó la vista, ella guardaba silencio mientras permanecía allí. Con sus uñas casi clavándose sobre sus brazos. De forma dolorosa. — ¿Estás bien? ¿El bebé? Asintió en silencio y una de las manos de Draco había descendido hasta su vientre. Silenciosamente, tanto como ella permanecía. — Está bien...¡pero la próxima que hagas una estupidez como esta, al menos podrías avisarme! Dejarme algún recado, para estar preparado. — Lo siento. ¡Detesto ser la discordia! Quisiera... — ¿Volver a empezar? Necia sabelotodo insufrible, ya es tarde para ello. Era muy tarde, verdaderamente. Pero al menos estaba feliz de saber que si iba a morir, estaba con su esposo. Lamentaba lo que Amelié tenía que sufrir, pero bien, ella tenía maravillosas personas que podían cuidarla. Personas que resultaban ser mejor familia que ella. Y bajo esos sentimientos, solo se había echado a llorar. Una vez más, en silencio. Lo podía sentir en sus manos, mientras la abrazaba. Tonta que era. Había sido y sería. No comprendía por qué Voldemort había cedido tan fácilmente, pero le había dado tiempo para mirarla una vez más. Para hablarle una vez más. Para besar y recordarle que la amaba, pese a que no sabía cómo demostrar sentimientos que no había sentido jamás.