← Historia 36049 · de
Historia 36049 — capítulo 1
Prefacio
Ya había oscurecido en la ciudad de Venecia, por el otoño de 1820. Quedaban pocas personas vagabundeando en las calles, la mayoría provenientes del trabajo, entre ellas, una pequeña silueta caminaba sin preocuparse por la casi absoluta oscuridad. Era una muchacha, seguramente de no más de 18 años, llevaba un vestido azul cielo, debajo de un abrigo color azul marino, a juego con el vestido. Iba por la orilla de un pequeño canal, absorta en sus pensamientos.
De pronto, sin previo aviso aparente, echó a correr sin mirar atrás, dejando su cabello color miel moverse con el viento. Una sombra al otro lado del camino, atreinta metros de distancia la detuvo por unos segundos. La joven vaciló antes de volver en sus pasos, para cruzar un puente a su izquierda. La sombra que la iba persiguiendo resultaba ser un hombre de estatura media envuelto en una capa larga y negra. Éste la seguía veloz y silencioso, moviéndose con mucha elegancia.
La muchacha dobló a un pequeño callejón para perder a su hostigador, pero el final de éste no tenía salida. Al darse la vuelta, soltó un grito, el hombre de capa negra estaba justo enfrente de ella. El hombre se quitó la capucha y le sonrió a su única compañía, ésta dio un paso atrás, el hombre era de una gran belleza, quizá demasiada para ser normal, su cabello era negro, que contrastaba con su piel, casi tan blanca como la leche, pero lo que resaltaba la idea de que era anormal, más que su palidez o su belleza eran sus ojos, de un color rojo muy oscuro, la miraban como si estuviera hambriento.
El hizo una pequeña reverencia y le habló a la joven. Su voz era aterciopelada, perfecta, con un ligero acento Alemán.
-Lamento haberla asustado, señorita, no era esa mi intención.
La aludida se quedó callada, observando con cautela a su interlocutor. Este volvió a hablar.
-Me presentaré, soy Derek, vengo del Norte, muy al norte, estoy emprendiendo un largo viaje y de paso me detuve en esta ciudad para descansar y comer algo. ¿Y usted me podría dar el honor de decirme su nombre? Si es que no hay ningún inconveniente, pero no logro explicarme por qué una jovencita camine sola por Venecia como si nada a estas horas de la noche. Le reitero mis disculpas, no esperaba asustarla…
La muchacha seguía callada y petrificada de miedo, pero luego de un momento logró hablar con una voz casi inaudible, y hacer una torpe reverencia.
-Mi nombre es Felisa Cappucciorosso… volvía a casa de la reunión de una amiga muy cercana… si quiere puedo invitarlo a casa de mis padres a comer algo, dudo que les moleste recibir a un forastero...
-Muchas gracias, pero no quiero incomodar a sus padres con mi inesperada visita, más aún a estas horas. De todas maneras ya tengo lo que busco, un delicioso y fino bocado enfrente de mí.
Derek se había acercado a Felisa mientras hablaba, acorralándola contra la pared. De un momento a otro, y con una velocidad y fuerza inhumana, empujó a Felisa contra la dura muralla de piedra, Felisa soltó otro grito, esta vez de dolor, cayó y quedó inmóvil en el piso. Derek se acercó a su presa, dispuesto a morderla.
Cuando mordió a la muchacha, manchando la ropa y el collar que llevaba, y bebió se su sangre, algo extraño sucedió… el vampiro soltó un gruñido, y se alejó de su cena, pero luego de unos segundos yacía muerto en el suelo, muerto de verdad junto a Felisa.
…
175 Años después de ése suceso, en las afueras de la ciudad de Florencia, Italia hay una gran y antigua casa de campo sobre una colina, que tiene vista al paisaje típico de La Toscana. Dentro de esa casa, en una de las habitaciones del segundo piso se encontraban solas dos pequeñas niñitas de tres años, una era rubia, de ojos verde pardo y la otra era de cabello del color de la miel, de ojos color azul piedra. Ambas tenían cabello rizado hasta los hombros. Se encontraban sentadas una al frente de la otra en el piso de madera, la segunda se encontraba nerviosa, llevaba en la mano un pequeño collar, una reliquia, la primera, se encontraba con la boca abierta, sorprendida. Hablaban en susurros como adultas, como si el tema del que hablaran fuera de vida o muerte. Bueno, sólo la de ojos azules hablaba, la rubia se comunicaba torpemente con las manos, acompañada de gestos, no podía hablar.
-Pero no se lo digas a nadie, de veras de veritas, o si no, me van a castigar a mi y no a ti -insistió la niña de cabello miel, mirando a la otra seriamente.
"te lo prometo" respondió la pequeña rubia, moviendo rápidamente sus manitos para ayudarse a explicar.
La voz de una mujer las llamó desde el primer piso, y ambas salieron de la habitación para ir a su encuentro.