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Historia 36049 — capítulo 4
Cap.3: Presentimiento
La película que íbamos a ver se pospuso para una hora y media más, por lo que tuvimos que comer algo antes de la película para hacer tiempo y lograr llegar a casa a tiempo. Durante la espera noté como mis tres amigas coqueteaban descaradamente con sus respectivas parejas. Lui charlaba alegremente conmigo sobre cosas como escapar de algún profesor luego de jugarle una treta, como era el mejor jugador de su equipo de básquetbol, como por lo menos cinco chicas iban detrás de él, o sobre él simplemente. Mi opinión era que como amigo, pasaba, como conquistador, cero.
La película reprogramada comenzó unos cinco minutos después de que entramos a la sala, y mis queridas y revoltosas amigas no tardaron en llamar la atención del resto del cine, quienes las callaban continuamente (A Ro no por razones obvias). Lui, quien parecía no notar mi nulo contacto conchicos comenzó a acercarse más de lo normal, hasta el punto de pasar su brazo por sobre mis hombros. Me sonrojé y me concentré en la película, pues tampoco tenía las agallas para pedirle que se moviera. En ésa parte de la película -que trataba de un hombre depresivo que iba a un sicólogo perturbantemente loco- el sicólogo tropezaba con un pescado, y yo solté una risita nerviosa. Lui también se reía. Por lo menos no era un fenómeno si de comedia se tratase. Me susurró al oído una anécdota graciosa parecida que el había vivido, y yo, más relajada me reí con mi risa natural. Bueno, tan malo no era, pero sería mucho mejor si no me mirara tanto, y moviera su brazo, porque en serio, el contacto con gente no era mi fuerte.
-Arrugas la nariz al reír, ¡que adorable! -me comentó, acercándose más, si es que eso era posible.
Muerta de vergüenza me llevé la mano a la boca, para dejar de reír. ¿Adorable,yo? ¿Qué parte de cerebrito anti-social no entendían? En ese momento me di cuenta que su rostro se acercaba más al mío. ¡No! Pensé rápido y me concentré para que al tipo de atrás se le cayeran las palomitas o el refresco en la cara de Lui…o incluso en la mía. Como por arte de magia (!) las palomitas nos llovieron en la cabeza, seguidas de una lluvia de disculpas, entre la cual conseguí zafarme de Lui e inclinarme al lado de Ro para avisarle que iba afuera un momento. Una vez afuera, me quité las palomitas del cabello y del uniforme y suspiré aliviada, pero mi alivio no duró por mucho tiempo.
Un extraño presentimiento me invadió, como si algo malo hubiese pasado. ¿Por qué mi papá no me había llamado? ¿Por qué mi mamá no había querido saber noticias sobre mí, si ya llevaba…? ¿Tres, cuatro horas fuera? ¿Qué hora era que no se preguntaban que había sido de su única, pequeña y sobreprotegida hija?
Busqué en mi bolso mi celular, para ver la maldita hora y descubrí por lo menos nueve llamadas perdidas de mi casa, más otras cuatro de un número desconocido. Si yo creía que sabiendo que salí con un chico los enojaría… ¿Qué sería de mi si aparte de salir con un chico, no contestaba sus llamadas y tenía el descaro de llegar tarde? ¿Qué posibilidades tendría de sobrevivir a ello? Muy pocas.
Volví a entrar corriendo a la sala de cine y me despedí apresuradamente de todos, mirando significativamente a Ro. Ella de mala gana me siguió, no sin antes despedirse con un beso de Tito.
"¿Que pasa?" -me preguntó mientras subíamos a el primer autobús que encontramos.
-Esto pasa -le contesté mientras le mostraba mi teléfono, con las trece llamadas perdidas- de seguro no volveré a ver la luz del sol.
Al llegar al portón de madera, me dieron ganas de correr por el pequeño sendero de tierra que subía la colina en donde se hallaba mi casa. De seguro estarían furiosos conmigo. Me paré en seco al ver dos coches patrulla en la entrada. ¿Nos habían creído desparecidas o era algo mucho peor? Corrí hasta llegar a la entrada y le pregunté a la primera persona que vi que qué había sucedido.
La señora a la cual me dirigía me preguntó (demasiado) amablemente si yo era Mariella Capucciorosso y yo le respondí que si. Ro me había alcanzado cuando ella me dirigió una mirada que me hizo estremecer y me dijo gravemente que me Clara me esperaba adentro. Que sólo dijera Clara me produjo mucha desconfianza ¿Y papá y mamá?
Caminé -más bien corrí- hacia donde me habían dicho que se encontraba, seguida de cerca por Ro. Clara nos esperaba delante de la puerta de la sala de estar, pálida y con los ojos hinchados, como si hubiese llorado a mares. Comencé a temer lo peor. Ella me habló primero, con esfuerzo consiguió articular las cinco palabras que no quería oír.
-Mariella… mi niña… tus papás…
Seguramente lo que me quería decir tenía que ver con el afán de impedirme el paso a la sala de estar. Me colé por debajo de su brazo y vi lo que no me quería decir ni mostrar.