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Historia 36049 — capítulo 5

Cap.4: Quiebre

Toda la sala estaba de cabeza. Las cortinas de color marfil estaban hechas jirones, la pequeña mesita de centro estaba rota, los sillones volcados y las hojas de los libros de la estantería de la pared desparramadas por todo el suelo. Pero lo que llamó mi atención fueron dos cuerpos tendidos en el suelo. Tragué saliva y me acerqué lentamente a ellos, mis padres, blancos, fríos, muertos. Me agaché junto a ellos con el horror en mi cara.

No podía ser verdad.

Los había visto esta mañana, riendo, felices, despreocupados. Papá llevaba su corbata favorita, la que yo había ayudado a encontrar. No era verdad. No, no y no, pero aunque lo negara una y mil veces, un vacío en el estómago, en mi cabeza, en todas partes decía lo contrario. ¡No! Eso iba a terminar bien, tenía que terminar bien, ellos no me podían dejar así, sola. No. Escuché unos sollozos detrás de mí, Clara y Ro lloraban a mis espaldas. Clara me hizo una seña para que saliera de ahí. Obedecí, todavía aturdida por el hecho. Quizá si me iba, y luego volvía, ellos estarían sentados en los sillones, leyendo o charlando. Quizá.

Sorprendentemente estaba muy tranquila. No estaba llorando, no estaba gritando, estaba… aturdida, sólo eso. Ellos volverían, siempre lo hacían. Me dirigí a mi habitación, y una vez ahí me senté en la cama.

Eran las siete y media, estaba oscureciendo, pero no me esforcé en encender la luz.

Pasaron las ocho, ocho y media, nueve… y Clara volvió. Sin Ro. Tocó la puerta y entró, sentándose en una punta de mi cama. Llevaba un Rosario en su mano, y todavía se encontraba llorando… ¿Por qué ella lloraba y yo no? ¿Por qué a ella le era tan fácil?

Porque ella ya había asumido que mis papás no volverían. Yo todavía conservaba una minúscula esperanza de verlos de nuevo. Clara me habló.

-Mariella, corazón… quiero hablar contigo.

Luego de unos segundos conseguí susurrar un débil "te escucho"

-Sabes que Rosetta y yo siempre vamos a estar contigo…

-Lo sé, gracias Clara, en verdad lo aprecio -musité.

-Pero… mi niña… la mia ragazza... guardarse la pena no es la mejor solución. Quedarse con los sentimientos para una sola hace daño… por favor, Marielita, desahóguese… llore, grite, rompa algo…pero no se quede así…por favor…

Clara me estaba suplicando, y yo no podía hacer nada para complacerla, las lágrimas no me salían, mi voz no era más que un susurro quebrado, no me sentía capaz de estar de pie, no me salía del alma, nada en absoluto. Como si estuviese vacía.

-Piense en lo que le dije -me pidió, levantándose para irse, pero antes de cerrar la puerta dudó y me habló de nuevo- El funeral de sus papás va a ser el Domingo, después…

Y se fue dejando la frase inconclusa. Después… ¿Qué?

La palabra funeral se apoderó de mi mente, sólo en ese momento pensé en lo que significaba.

No volvería a ver a mi madre tocar el piano, no la vería cocinar mientras charlaba alegremente con Clara, no me volverían a comparar con ella mientras reíamos juntas de las locuras de Ro, no la volvería a abrazar, no me volvería a contar sus cuentos favoritos cuando me asustara, no la volvería a ver con papá, no volvería a ver a papá buscando sus corbatas, no lo volvería a ver leyendo el diario mientras desayunábamos, no volvería a jugar al fútbol con el, no le volvería a ganar y a restregarle mi victoria en su cara, hasta que después riendo volviéramos a casa. No los volvería a ver nunca más.

Luego de esta reflexión los ojos por fin se me llenaron de lágrimas, y mi garganta comenzó a doler por los sollozos que querían salir.

Lloré sobre mi almohada un largo tiempo, para después quedarme dormida, exhausta de tanto llorar, ahora si segura de que no volverían, que mi vida no volvería a ser la misma. Nunca más.