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Historia 36233 — capítulo 27
Las piernas no me sostuvieron más, y caí de rodillas contra el suelo, el desconsuelo hizo desaparecer mi, casi nulo, autocontrol y comencé a gritar histérica.
- ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes, no! Gritaba entre fuertes sollozos. Jane me ignoró y salió por la puerta trasera, seguida de los dos vampiros que parecían sus sombras. Ángel se alejó de mí, y se quedó inmóvil en una esquina de la habitación. Mucho rato después, cuando por fin pude contener los gritos histéricos y estos se fueron convirtieron en leves sollozos, alcé la cara; Ángel me veía fijamente, con una expresión que no pude determinar ¿acaso había pena en su mirada? Lo ignoré y me recargué en la pared, abracé mis piernas contra mi pecho lo más que pude, considerando mi abultado vientre. Hundí la cabeza entre las rodillas y seguí sollozando. Mi madre no podría hacer tal cosa, traer a mi padre ante la presencia de Jane para que esta lo torturara con un dolor inimaginable, hasta que ella misma o los otros vampiros terminaran con su vida. ¿Y luego qué? ¿Nos iríamos tan tranquilamente a seguir nuestras vidas? Mi madre no podría hacer eso, no lo soportaría, lo más probable es que mi madre muriera también después de salvarme. No había opción, no había manera de que mi madre intercambiara mi vida por la de mi padre. Tenía que tratar de salir de aquí, o morir en el intento. Acaricié mi vientre y le pedí perdón a mi bebé.
- Perdóname por no ser lo suficientemente fuerte para protegerte. Dios mío, pobre Jacob… mi vida ¿cómo iba a poder seguir sin mí y mi bebé?
- ¡Oh! Jacob perdóname tú también. Sabía las historias de los Quileutes, como los licántropos vivían más que sus esposas, a lo largo de sus vidas tomaban varías. Jacob podía continuar con su vida, saberlo me consoló bastante. Luego comencé a enfurecerme conmigo misma, por qué maldita sea no tenía un don que me permitiera defenderme, de qué diablos me servia mi capacidad de comunicarme sin palabras, por qué no era capaz de defenderme, ni a mi bebé. Si fuera una loba ya hubiera luchado con uñas y dientes contra quien quisiera hacerle daño, me odie a mi misma por no servir de nada. Una pequeña luz de esperanza se filtró entre mis pensamientos; mi madre siempre había dicho que yo tenía el don de hacer que la gente me quisiera, ¿y si podía hacer que alguien me ayudara? Desterré la estúpida idea en el momento en que se me formó en la cabeza. La desesperanza me estaba hundiendo en una especie de sopor, luche por mantenerme conciente.
Pero no pasó mucho tiempo cuando comencé a escuchar ruidos y voces que se acercaban, me sobresalté, casi al punto de ponerme de nuevo de pie, al comprobar que las voces eran humanas, y que sus corazones latían aterrados. Lo supe inmediatamente ¡Jesús! ¡Los habían cazado para alimentarse! Tres mujeres entraron solas a la habitación, estaban tan juntas, tratándose de protegerse unas a otras, seguramente no tenían ni idea que les iba a pasar, pero por supuesto que un lugar, como ese, en ruinas y tan apartado, era aterrador por si solo. Instantes después, un vampiro que yo no había visto por ahí, llegó arrastrando a otras dos muchachas, que gritaban aterradas. Eran tan jóvenes, y tan parecidas a mí. Parecía una broma macabra, todas eran pálidas, aun más por el terror que se reflejaba en sus rostros, tenían rizos color chocolate y debían estar alrededor de los 17 años humanos. Mi estomago comenzó a contraerse, los espasmos se hicieron incontrolables, tuve que taparme la boca fuertemente para no vomitar. Jane y el resto de los vampiros entraron a la habitación, rodearon a las mujeres, como felinos cercando a su presa. Apreté la cabeza contra las rodillas y cubrí mis oídos con ambas manos, pero aun así lo escuche todo. Un ligero siseo en forma de señal y comenzaron los gritos frenéticos de las muchachas pidiendo ayuda, seguido de un pequeño chasquido de la piel al ser mordida. El forcejeo fue tan débil, luego el silencio sepulcral cuando todo terminó. Ángel se había alejado de mí para alimentarse, lo que me dejó completamente desprotegida, en una fracción de segundo, el instinto me hizo levantar la cara y ver como uno de los vampiros neófitos se abalanzaba sobre mí. Ángel lo detuvo en pleno vuelo, y aunque era una escena monstruosa, no pude apartar los ojos de la lucha. Entre borrones apenas perceptibles comenzó una danza; uno atacando y otro esquivando el ataque, los rugidos eran apenas perceptibles, parecía que no deseaban hacerse daño. No entendía por qué Jane no los detenía. En lo que duró un parpadeo, Ángel cayó sobre el cuello del vampiro atacante y le arranco la cabeza, dejándola caer a un lado. Los ojos me ardían de lo abierto que los tenía y comencé a marearme por la falta de aire, no había respirado en todo ese tiempo. ¿Ángel había luchado para defenderme? Fue hasta entonces que Jane intervino, volteó a ver a Ángel con la furia contenida en los ojos; en un instante Ángel cayó de espaldas en el suelo, un alarido indescriptible de dolor salio de sus labios, sus ojos se pusieron en blanco y su espalda se curvó hacía arriba en proporciones inverosímiles. La tortura se detuvo. Jane se dio vuelta, dándole la espalda a Ángel, ordenó al vampiro que tenía junto que limpiara la habitación. Éste se apresuró a juntar las partes del vampiro decapitado y se las llevó fuera. Ángel jadeaba fuertemente en el piso. Sentí la necesidad enorme de correr a consolarlo, era apenas un niño, sabia lo horrible del poder de Jane, además lo había sufrido por defenderme. Me contuve, por supuesto, pero esperé impaciente a que se recuperara. Después de un rato se enderezó sobre su espalda, su cara todavía estaba deformada en un gesto de dolor, pero ya no respiraba con dificultad. Volvió a verme fijamente, ahora si podía asegurar que en sus ojos había compasión. Se mordió el labio nervioso y luego con mucha dificultad pues todavía estaba muy adolorido, me dijo.
- Cuanto lo siento.