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Historia 36622 — capítulo 1

Tanteaba mi escritorio con ambas manos. Buscaba mi libro favorito y no conseguía encontrarlo.

-Prueba a tu derecha-. Oí la dulce voz de Damián. Guiándose por su indicación, mis manos se movieron y percibieron la dura tapa del libro que tenía algunas formas raras grabadas en relieve en el grueso lomo, enseguida lo reconocí.

Tomé mi bastón de nuevo y, tanteando los desvíeles del piso que tan familiar me resultaba, llegué hasta el sofá donde Damián me esperaba para retomar la lectura del día anterior.

-Te dije que lo lograría-. Susurré dándole el libro.

-Nunca dudé de ti-. Hizo una pequeña pausa en la cual, supuse, estaba pasando las hojas. Luego me di cuenta que me equivocaba-. Hoy no tengo ganas de leer -últimamente nunca tenía ganas de leer- hoy mejor, inventaré algo. Una bonita historia para ti. Bien todo comenzó…

Dejé de escucharlo, realmente, sus relatos me aburrían pero me encantaba oírlo hablar, tanto que podía soportar cualquier historia por más ridícula que fuese.

Claro que, me encantaría poder leer ése libro por mi cuenta. Me fascinaría volver a ver las letras impresas sobre el papel, así como también me gustaría ver el rostro de Damián aunque sea una vez más.

Si hubiese sabido que a partir de ése día no podría ver más, lo hubiera aprovechado mejor, hubiera mirado con detenimiento todo sin perderme de nada, ningún detalle del paisaje se hubiese salvado de mis ojos. Pero el destino es impredecible, jamás habría podido adivinar lo que me deparaba para ése día, así como tampoco sé lo que me deparará hoy.

-A nadie se le ocurriría buscarnos allí-. Oí cómo terminaba su "maravillosa narración"-. Creo que fue todo por hoy.

Escuché los crujidos del sillón y me apresuré a detenerlo con una mano.

-Yo lo haré-. Le dije confiada.

-Claro, mi amor-. Susurró en mi oído, posando el libro dulcemente entre mis manos.

Me aproximé al escritorio otra vez, cada una de esas pequeñas cosas era un completo desafío para mí. Todos los días intentaba un poco más adaptarme a mi condición.

Ver todos los días un infinito abismo negro que nunca acababa, realmente era frustrante.

¿Qué sentirías si abrieras los ojos y no vieras nada? ¿Si quisieras ver y algo te lo impidiera?

No. Realmente no se lo deseo a nadie.

Pero Damián estaba conmigo, él nunca dejaba que nada malo me pasara. Siempre estuvo a mi lado, a él nunca le importó lo que yo pudiera o no ver. Hace muchos años que no puedo mirarme al espejo, recibir mi reflejo cada vez que me despierto, ver mi cabello o, incluso, mis propias manos. Y, sin embargo, Damián no se cansa de repetirme que le parezco la mujer más bonita que haya visto. Cuando le pregunto cómo es que lo sabe, simplemente responde que él no necesita verme, ni mucho menos, para saber que verdaderamente soy la persona más hermosa que ha visto su corazón.

Hace tres días, Damián me acompañó al médico. Éste me dijo, muy feliz, que existía alguna posibilidad de volver a ver. Me alegré mucho pero mi sonrisa se borró cuando el doctor agregó que no podrían hacer nada por mí hasta que no encontraran un donante de córnea.

Por eso tenía tan mal ánimo esos últimos días.

Sencillamente, mis ilusiones y esperanzas se habían desvanecido.