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Historia 36622 — capítulo 2

No tardamos mucho en volver al hospital, Damián insistía en ir allí todos los días y a cada hora que pudiéramos. A mí me cansaba un poco ir y venir de un lado a otro, tenía el brazo auxiliar de Damián pero aún así no me acostumbraba a usar ése bastón. Sin contar que, cada vez que caminábamos por la calle, podía oír a la gente hablando y susurrando cosas a mis espaladas.

Solía preguntarle a Damián por qué aceptaba pasear junto a mí, por qué no le molestaba oír las burlas de la gente. Él nunca me contestaba, simplemente me besaba.

Damián no solía besarme, decía que el verdadero amor no se medía por los besos ni las caricias. Pero cuando le preguntaba cómo se media ése amorverdadero del que siempre me hablaba nunca sabía qué responderme así que desviaba mi atención con otras cosas.

Podíamos pasar horas enteras intercambiando palabras sin cesar. Podíamos hablar dos horas seguidas acerca de la vida y la muerte o, solamente, cinco minutos acerca de algún que otro libro. Cuando no encontrábamos qué decir, el silencio se encargaba del resto.

Damián era una persona tan terrible e increíblemente "querible" que me resultaba cada día más imposible no amarlo más con cada parte de mi cuerpo.

Ahora estábamos allí, en un pequeño parque. No podía verlo pero aún así sabía que había árboles allí, podía sentir sus hojas moviéndose, además de percibir el sonido de niños y niñas corriendo de un lado a otro.

-Algún día, verás el pasto de vuelta. El pasto y todo lo que quieras.

-¿Cómo es que lo sabes?

-Seguro alguien te donará esa córnea.

-No puedes asegurarlo.

-Nunca digas que no, al menos no lo hagas conmigo. Puedes decirle que no al doctor, a la ciencia, a lo que quieras. Pero nunca puedes decirle que no a la vida.

No le contesté. No quería hacerlo. Me ponía de mal humor cuando indagaba en ése tema, así que me desvié hacia aquello de lo que él nunca quería hablar.

-Damián, ¿por qué sigues conmigo? Nunca podré decirte cuán bonito eres, nunca podré verte como las otras personas. Aún no te entiendo.

Escuché como soltaba una carcajada.

-Y yo no entiendo por qué siempre te fijas en esas cosas. No entiendo por qué no aceptas todavía que de verdad te amo.

-Es que… yo no me enamoraría de alguien ciego, tampoco de alguien mudo ni tampoco sordo. Necesito a alguien perfecto, por eso te quiero a ti.

Pensé que contestaría con alguna de sus frases cursis acerca de la vida y la felicidad y sin embargo, ni siquiera pude percibir su respiración. Simplemente oía cómo los niños seguían corriendo, parecía que nunca iban a cansarse.

-¿Damián?- pregunté pues no estaba segura si seguía allí o no. Tampoco contestó, solamente abrigó mis manos con las suyas.

¿Había dicho ago malo tal vez, algo que lo había molestado? No quise añadir ninguna otra cosa acerca de ése tema, por si las dudas.

No tardé muchos minutos más en oír su voz -ahora algo más fría y distante conmigo- avisarme que era hora de irnos a casa. Apretó mi mano derecha y me ayudó a levantar del banco. 

No volví a escucharlo hasta muy acercada la noche, cuando simplemente me dijo al oído:

  • Que tengas dulces sueños.

Sé que no pudo dormir en toda la noche y que muchas veces se levantó de la cama y volvió a acostarse. Algo lo atormentaba, estaba muy segura.