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Historia 36622 — capítulo 3

Debo confesar que tampoco dormí mucho y mis sueños no fueron enteramente dulces. La mayoría había sido pesadillas, millones de pesadillas en una sola noche. Y Damián aparecía en cada una de ellas.

En general, consistían en un abismo negro y profundo, gritaba su nombre para que él viniese a ayudarme. Recuerdo que lo gritaba con gran desesperación hasta que identifiqué una silueta alejada de mí y de espaldas a mi vista.

No sabía cómo, pero estaba segura de que era él. Así que me acerqué despacio, no quería hacer mucho ruido.

Estaba tan solo a dos simples pasos de aquella anatomía cuando, de pronto y sin previo aviso,él se volteó hacia mí dejándome ver el rostro que jamás había admirado.

Ésa era la parte de la pesadilla en la que despertaba jadeando.

La cara, los rasgos de Damián en mi sueño, eran tan terroríficos que tenía miedo a cerrar mis inservibles ojos otra vez por temor a tener que presenciar otra vez semejante imagen macabra. Sin embargo, el sueño siempre me vencía y la pesadilla se repetía toda la noche, hasta que, sencillamente no lo soporté más y me levanté de la cama guiada por mi necesario bastón.

No llegué muy lejos de nuestra habitación pues me caí al suelo unas cuantas veces hasta que decidí quedarme allí. No quería seguir caminando, la frustración acrecentaba con cada paso en falso.

Aún pensaba en la charla del día anterior, pues ya eran más de las doce de la noche. Seguía con la patética idea de que algo ofensivo había salido de mi boca, sin embargo, después de recordar varias veces la conversación, no pude hallar nada.

Sólo había dicho que nunca saldría con una persona discapacitada. Tal vez hubiese sido eso. Quizás algún conocido suyo fuese sordo o algún familiar, mudo. Pero antes de llegar a una acertada conclusión, el sonido de las tablas del piso al crujir me alarmó.

-¿Quién está allí?- pregunté con la voz entrecortada.

-Tranquila, soy yo-. Respondió Damián-. Lamento haberte asustado ¿Qué haces en el suelo?- Refunfuñé casi gruñendo y me levanté. Odiaba mostrar debilidad delante del resto de las personas.

Aún no conocía esa casa muy bien, así que después de ponerme en pie, me quedé en silencio sin saber hacia qué dirección moverme.

-¿Quieres que te ayude?- Su pregunta me sonó a burla. Mascullé otra vez y negué su auxilio. Utilicé mi bastón, me topé con varias cosas en el camino pero llegué hasta una silla de madera. Escuché cómo la otra silla también se movía y supuse que Damián se había sentado a mi lado, quería hacerme compañía o tal vez hablar un poco conmigo.

-Parece que tuviste algunas pesadillas-. Se rió de manera nerviosa, me recordó el motivo de mis desvelos y un escalofrío se extendió por mi piel al contacto de su mano con la mía.

-Vamos, dime lo que quieres decirme. Puedo ser ciega, pero no tonta-. Sin embargo se quedó en silencio-. Por favor, sé que algo te molestó hoy; sólo dímelo, no me enojaré-. Insistí, aguardé unos instantes. Sabía que se tomaría su tiempo.

-¿Me amas?

-Sí-. Mi respuesta fue instantánea.

-Si fuera paralítico, por ejemplo, ¿me amarías también?

-¿Eres paralítico?

-No, es sólo un caso hipotético. Contéstame, por favor.

-Yo… no lo sé. No sé si te amaría-. Oí un chasquido, sentí mi mano liberarse de la presión de la suya y mi siguiente frase no fue para nada una pregunta-. No era la respuesta que querías escuchar.

-No importa, dejémoslo así. A veces no me doy cuenta pero soy un maldito egoísta que sólo te quiere para mí.

-No seas idiota, ¿quién podría quererme?- No me contestó pero sí oí cómo suspiraba.

Palpé en la mesa para buscar su mano y la tomé con suavidad entre las mías.

No estoy segura de que me haya visto, pero una sonrisa de gratitud se dibujó en mi rostro.

Las pesadillas no volvieron a sobresaltarme esa noche.