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Historia 36622 — capítulo 4
Después de haber estado en una larga y tediosa lista de espera por más de un año, el doctor al que solía ir nos informó que mi turno había llegado y la operación se realizaría dentro de un mes.
No me alegré, más bien mi expresión fue de sorpresa, supongo. Existían personas que llevaban en aquella lista más de cinco años, inclusive. Y a mí, después de un solo año y medio, habían decidido otorgarme un trasplante de córnea. Sonaba irreal hasta para mis propios oídos.
-Alégrate -me decía Damián- pronto volverás a ver.
-Pero…
-Basta. Quiero que, por una sola vez pienses en positivo.
No agregué nada más, quería evitarme una discusión.
La fecha se acercaba con demasiada velocidad. Y, a decir verdad, mi nerviosismo y la tensión de Damián aumentaban paulatinamente con el rápido correr de los días.
Cuando le preguntaba sobre el motivo de su preocupación, comenzaba a hablarme de cosas estúpidas y sin sentido que nunca llegaban a ningún lado. Últimamente estaba tan irritante que decidí salir a caminar sola para librarme unas horas de él, aunque sabía que era una muy mala idea.
M e costó mucho ubicarme en la calle, di unos cuantos pasos y me alarmé al escuchar prolongados bocinazos. Supuse que estaba al borde de la calle y que yo era el motivo de la furia de los conductores. Di un paso atrás para acercarme de nuevo hacia el cordón de la vereda y, efectivamente, los autos avanzaron sin protestar. Me quedé así, unos minutos esperando. No sabía muy bien qué estaba esperando: no podía ver si los autos se detenían.
-¡Ya puedes cruzar, linda!- me gritó alguien. No me detuve a agradecer, crucé lo más rápido que pude hasta llegar al otro lado. Cuando al fin estuve allí, suspiré tranquila y aliviada y me dispuse a seguir con el resto de mi insufrible odisea. Porque eso es lo que era; una odisea, un completo desafío para mí.
Caminé solamente ocho o diez pasos cuando me percaté de que otro par de pies se movía al compás de los míos. Intenté respirar y tranquilizarme pero me fue imposible ya que los pasos se sentían cada vez más cerca. Aferré mi bastón y mi cartera con mucha más fuerza, tanta que comenzaron a dolerme los nudillos.
Los pasos ya estaban a mi lado y no se movían de allí, podía sentir la presencia de otro ser junto a mí.
Comprendí que una de las más erróneas decisiones de mi vida había sido salir a caminar.
Salir a caminar sola.
De improviso, la mano fuerte y poderosa de aquel extraño también aferró mi bolso. Mi mano cedió, sabía que sería en vano resistirme- pensé que se iría después de haberse llevado la única cosa valiosa que traía encima. Pero no fue así, también se llevó mi bastón.
Negligencia e ironía, las dos únicas palabras que existían en mi vocabulario y que eran capaces de describir aquella situación.
Comencé a gritar desesperada pidiendo ayuda, estuve así un largo rato, al parecer no había nadie cerca o nadie quería ayudarme.
-Tranquilícese, señorita, por favor, cálmese -me dijo una voz masculina.
-¿Quién es?- pregunté aún más asustada que antes.
-Descuide, soy policía, dígame qué ha ocurrido-. Le conté que había sido víctima de un robo hacía solamente unos instantes, me preguntó dónde vivía y, al ver mi condición, se ofreció a llevarme a casa.
Llegamos muy rápido, al parecer no me había alejado tanto como pensaba. Damián se alarmó, se preocupó y me regañó por más de dos horas seguidas. Sonaba muy enfadado, demasiado furioso.
-¡¿Cómo pudiste?! ¡Sabes las cosas que pueden pasarte en la calle si sales sola!
-Tú estabas dormido, no quise despertarte.
-¡Hubiera preferido que lo hicieras! -oía sus paso inquietos que se movían sin descansar de un lado a otro-. Además, podrías haberme esperado, sabes que me toma tan sólo cinco minutos cambiarme, y…
-¡Me fui sola porque quería alejarme de ti!
A pesar de que no podía verlo, a causa de los siguientes sonidos, deduje que estaba llorando.
-No, no… no mal interpretes mis palabras, no quise decir eso. Simplemente, quería sentirme menos atada a ti por un instante. Sí, sé que fui una tonta pero, ¿qué puedo hacer?
Mis súplicas eran vanas. Ya no lo oía en ése cuarto.
"Descuide, soy policía, dígame qué ha ocurrido-. Le conté que había sido víctima de un robo hacía solamente unos instantes, me preguntó dónde vivía y, al ver mi condición, se ofreció a llevarme a casa."
Definitivamente, éste último párrafo sólo puede ser válido para una historia totalmente ficticia y fantasiosa: en la realidad nadie nunca en su sano juicio se detendría a ayudar a otra persona, aunque ésta fuera ciega.
Si no fuera triste, hasta sería graciosamente irónico.