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Historia 36622 — capítulo 5
No volví a hablar con él hasta entrada la noche cuando él simplemente se acercó hacia mí y me susurró con ternura:
-No es necesario pelear, sólo dime si te sientes atada. Intentaré aflojarle el nudo a la cuerda.
-Es sólo que necesito mi propio espacio, no puedo ser feliz si me presionas todo el tiempo obligándome a que lo sea.
-¿Qué quieres decirme?
-Nada, ¿acaso temes que te deje?- pregunté como si eso fuera imposible.
-Si te digo la verdad pensarás en mí como un completo cobarde.
-No seas estúpido, salir con una ciega es un acto de valentía. Nadie lo haría.
-Hagamos un trato, yo no soy estúpido y tú dejas de menospreciarte y tratarte todos los días como si fueras una cosa: no lo eres, ¿de acuerdo?
-De acuerdo-. Mascullé entre dientes, odiaba tener que aceptarlo.
-¿Te pusiste a pensar cuántos días faltan para la operación?- preguntó cambiando de tema, él sabía que yo reaplicaría algo más- ¡Tan sólo dos!- se respondió a sí mismo.
-¿Te pusiste a pensar que a veces pareces más ansioso que yo?- él solamente soltó una sonora carcajada que invadió mi cuerpo entero llenándolo de una gratificante sensación de alegría y seguridad.
Dormimos abrazados y llenos de ansiedad, yo también ya que la suya era bastante contagiosa.
El día llegó sin que lo esperáramos mucho y, cuando se hizo presente, simplemente me pareció uno común y corriente como el resto de la semana.
-Haremos un bolso con tu ropa. Hay que ser precavidos, no sabemos cuánto tiempo tengas que estar en el hospital-. Su voz sonaba como la de un niño impaciente que espera recibir su regalo de cumpleaños-. Te llevaré algunos libros para después de la operación -escuché como hacía una pausa entre sus palabras y después, retractándose, agregó- a decir verdad, creo que será una mala idea, tal vez tus ojos estén algo cansados o necesiten tiempo para acostumbrarse a las cosas, ya sabes-. Vaciló nuevamente-. Aunque un par de revistas tal vez te hagan bien.
-Estás exaltado, deberías calmarte un poco.
-No puedo, linda, es demasiada felicidad la que llevo dentro. No te das una idea, la alegría casi me desborda. Me parece extraño que no puedas sentirla desde allí-. Se rió de su propio chiste malo.
El médico encargado de mi operación no me dio mucho aliento en cuanto llegamos al hospital el día siguiente:
-Esto será una operación de rutina pero es probable que queden algunas lesiones en sus ojos. Tal vez dificultades para leer, ver objetos lejanos, o necesidad de usar lentes de contacto o anteojos. Además de su consentimiento, necesitaríamos saber qué clase de anestesia le gustaría que usáramos.
-Explíquese mejor, doctor-. Exigí impaciente.
-Bueno, existen dos clases de anestesia: una local y otra total.
-¿Cuál es la menos dolorosa?
-Las dos cumplen la misma función y del mismo modo. Sólo que, la local apenas duerme la parte de sus ojos sobre las que tenemos que trabajar y la total, duerme todo su cuerpo por completo, al finalizar la operación y luego de unas horas usted vuelve a tener sensibilidad y puede marcharse de aquí.
-¿Cómo que "puedo marcharme de aquí"? ¿Así sin más?
-Bueno, si usted o su condición lo requieren podría quedarse un día y luego sí marcharse. Debe comprender que esto es una operación que no tiene muchos riesgos y que suele ser bastante veloz de realizar. Tenga en cuenta que no debe preocuparse, no morirá por un trasplante de córnea.
Me pareció oír un suspiro de alivio por parte de Damián, yo simplemente sonreí y contesté cortésmente:
-Muchas gracias, doctor.
Las horas de espera me parecieron eternas. Aún no caía en la cuenta de que en pocos instantes podría volver a ver aquellas cosas que ya ni siquiera recordaba. Damián estaba sentado a mi lado. Tenía una de mis manos en sus rodillas, él estaba temblando.
-Tranquilízate-. Ésta vez fui yo la que pronunció esa frase que él siempre solía repetirme-. Ya oíste al doctor, no me va a pasar nada. Lo único a lo que podemos temerle es que a la córnea del donante le ocurra un accidente en el camino-. Reí débilmente.
-Sí, la córnea del donante… un accidente-. Repetía mis palabras y parecía estar en algún lugar lejano del universo muy alejado de mí.
-Vuelve aquí, hoy es el día. Me parece extraño que no estés contento, parecías tan feliz ayer.
-Estoy feliz, estoy feliz. Es sólo que estoy algo nervioso.
-¿Qué pasa, Damián? ¿Tienes miedo que te vea, me espante y salga corriendo?- Solté una frágil carcajada. Él se unió a mis risas, pero no muy animado como solía hacerlo siempre.
Algo lo inquietaba y no me hacía falta ver para saberlo.