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Historia 36622 — capítulo 6
Tuvimos que esperar varias horas más en las que ni Damián ni yo intercambiamos palabra alguna, hasta que una dulce señora con voz amable me indicó que ya podía pasar al quirófano. Me ayudó a subir las escaleras de su mano y cuando ya estuve allí, lo que me parecieron millones de doctores y enfermeras, me rodearon. Perdí la noción del tiempo, pero no me sentí asustada más bien sentí un gran alivio.
Percibí un ligero pinchazo en el antebrazo derecho, oí las voces de los médicos dando órdenes, utensilios moverse de un lado a otro…
De pronto, algo dentro de mi cerebro me obligó a cerrar los ojos, estaba muy cansada. Le hice caso a mi cerebro y me sumí en un profundo sueño.
Duró varias horas o tal vez solamente minutos, fue un descanso breve… o tal vez demasiado prolongado. A decir verdad, no lo sé, lo único que recuerdo después de esa sensación de cansancio infinita, fue una maravillosa sucesión de formas, colores y sonidos.
Me gustaba tanto estar allí, me sentía tan… feliz.
Lo único que necesitaba para que ése cuadro estuviera totalmente completo era adjuntarlo a la realidad. Quería que eso sucediera verdaderamente. Que mis ojos pudieran ver esos colores tan bellos que recreaba mi imaginación. Pero en algún punto mi sueño tendría que terminar.
Ahora ése momento había llegado.
-Ayelén, despierta bonita. Ya es hora-. La voz de Damián me sacó de la hermosa ilusión.
-¿Hora de qué?- pregunté.
-Abre los ojos.
Claro, no estaba acostumbrada a hacerlo cuando despertaba.
Despegué mis párpados una vez: se veían colores borrosos. Paredes blancas, mucho silencio. Deduje que aún seguíamos en el hospital y que Damián estaba sentado a mi lado.
Los cerré y los abrí una vez más para aclarar mi nueva visión.
Me tomó unos pocos parpadeos más dilucidar mi mirada.
Ahora podía ver la textura de las paredes a lo lejos, los pliegues de mi ropa.
El doctor, a mi derecha, sonreía con generosidad. Correspondí su sonrisa y solté un débil "Gracias".
Me sentía una persona completamente distinta, alguien que había vuelto a nacer. Me sentía una persona enteramente completa.
Buscaba con la mirada algo en qué reflejarme, quería verme. No tardé mucho en encontrarlo, vi la mano de Damián entregarme un espejo circular y rosa claro. No me detuve a mirarlo a él, tendría mucho tiempo de sobra después.
Llevé el espejo ante mi cara y… simplemente no puedo describirlo con palabras porque aún no encuentro las apropiadas.
Del otro lado, la chica reflejada en ése trozo de vidrio mostraba una reluciente sonrisa. Sus ojos eran marrones, su nariz era casi perfecta. Tenía el cabello largo y tan hermoso como jamás lo había visto, rubio con unos reflejos rojizos que brillaban a pesar de la tenue luz que entraba por la pequeña ventana de la habitación del hospital.
Era tan hermosa, ya no me recordaba así. Me pareció tan extraño que Damián nunca me hubiese dicho lo bonita que estaba. Tal vez sencillamente no quería que me deprimiera por no poder corroborarlo.
Me sonreí nuevamente y percibí cómo la chica del espejo se sonrojaba levemente y entrecerraba los ojos, cohibida.
Aún sentía la mirada del doctor puesta en mí, así que dejé el espejo sobre mi regazo, ya tendría tiempo de admirar mi belleza.
-Bien, creo que todo ha salido más que bien-. Afirmó el doctor al ver mi sonrisa que nunca se desvanecía de mi rostro- ¿Usted ve bien? ¿Siente alguna dificultad para observar cosas lejanas?
-No, doctor. Estoy perfectamente bien-. Sonrió ante el optimismo que no había tenido antes de la operación.
-De acuerdo, le recetaré unas gotas, debe colocarlas tres veces al día cada ocho horas aproximadamente. No se preocupe si al principio no puede enfocar la vista en algo en particular, son síntomas de la operación que se irán adaptando a usted con el paso del tiempo. Tal vez dentro de un año lo tenga todo bajo control-. Me explicó mientras garabateaba cosas en un papel blanco… con una lapicera azul. Me sentía tan emocionada al poder percibir el color de las cosas.
Me lo entregó cuando finalizó la receta y me emocioné aún más cuando pude leer con mis propios ojos lo que había escrito.
-Le pediría que no hiciera mucha actividad física, -eso era sencillo, probablemente me la pasaría todo el día en casa viendo a Damián- sea cuidadosa en no frotar sus ojos o presionar sobre ellos -otro consejo que no me serviría de mucho, estaba segura que después de ver a Damián no querría volver a lavarme los ojos- y le pediría que, ante cualquier problema que pueda tener con su visión, viniera a consultarme. Tal vez no sea grave pero siempre hay que ser precavido.
-Claro, doctor-. Asentí con la cabeza. Estaba impaciente por ver a Damián.
-Bueno, tengo que dejarlos, me esperan en el quirófano. Recojan sus cosas y que tengan mucha suerte. Intenten no tardar mucho en desocupar ésta habitación pues la necesitamos para otros pacientes, muchas gracias.
Le sonreí y le dediqué un sutil asentimiento de cabeza.
-Por fin solos-. Dije en voz alta. Esperé que contestara, pero nada ocurrió.
Volteé la vista hacia mi izquierda, donde Damián se encontraba sentado, mirando hacia algún punto de la pared de enfrente.
Me detuve a mirarlo con mucho detenimiento, sin querer perderme ninguna parte de él.
Comencé por sus pies. Llevaba zapatillas azules oscuras con cordones blancos. Tenía un pantalón de jean desgastado, un cinturón negro con una hebilla plateada. Lucía un buzo con azul, también, con bolsillos en la parte delantera. Y al fin, su cara.
Tenía los ojos cerrados, su boca era perfecta, se veía tan hermoso. Su cabello era corto y tenía una mezcla extraña entre marrón claro y negro, le quedaba sencillamente espectacular.
Miré sus manos, tenía un bastón blanco, como el que yo solía llevar. Reí en voz alta. Tal vez lo tendría porque le asustaba que saliera mal mi operación pero ¿cuántas veces le había dicho el doctor que no había nada que temer?
Acerqué mi mano a su rostro y lo obligué suavemente a alzarlo. Quería mirarlo a los ojos, quería encontrarme con la mirada con la que más ansiaba hallarme en le mundo entero.
- Abre los ojos-. Le pedí con voz suplicante. Vaciló unos instantes hasta que aceptó mi pedido.
Sin decir nada, despegó sus párpados y alzó sus oscuras pestañas al cielo raso de la habitación.
Sus ojos estaban casi blancos.
Era ciego.