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Historia 37696 — capítulo 2
Capítulo 2
Un dolor que alerta
El sol atravesó las persianas. Los débiles rayos lo obligaron a despertar, chocaron contra sus ojos. Eran color ámbar, daban un toque félido a su rostro. Trató de ordenar el cabello aunque siempre resultaba inútil, demasiado esponjado para ser atado.
Corrió las persianas y la claridad dio una apariencia distinta al lugar. Abrió las ventanas para que la brisa fresca de la mañana se llevara el olor a naftalina. El trinar de algunas aves lo obligaron a sacudirse la nostalgia.
Con nueva energía se lanzó sobre la camilla, donde estaba ella, inmutable y pálida cómo la noche anterior, cómo los días anteriores. La besó en los labios, sin dejar de abrazarla dijo:
-Anoche estuve pensando sobre lo que te dije, ¿crees que sí analizamos mis recuerdos sabremos que es importante para mí? Digo aparte de ti o ¿será que planeas hacer algo el día de hoy?- hizo una pausa para esperar que ella respondiera, pero no hubo ningún movimiento ni sonido -Eso supuse -
Los primeros años de mi vida están dispersos, borrosos. Mis recuerdos sólidos empiezan a partir de los seis, más o menos. Fue el momento en que me volví más consciente de mi intuición, que le di significado a lo que veía o sentía.
Como el dolor. La primera vez que lo sentí fue todo el día. Punzante, fuerte, disminuyó poco a poco, cuando estuvo a punto de desaparecer volvió con la misma intensidad.
-Respira más hondo, contenlo, así, bien, suéltalo. No hay nada diferente cariño- distinguí el tono en su voz que delataba angustia.
Ese día sin presentar alguna enfermedad me convertí en el paciente más importante de mi madre. Me pidió que repitiera el procedimiento por tercera vez, señal de una búsqueda desesperada por encontrar algo mal. Algo que explicara lo que tenía.
Palpó de nuevo mi espalda y estomago, pero no encontró nada negativo. Recetó entonces el único medicamento que surgía efecto en una situación semejante. Me abrazó con fuerza, presionó la cabeza contra su pecho, besó mi frente en secuencia de tres.
No era algo clínico, lo sabíamos, ella por su experiencia médica, yo sólo lo intuí. Aunque no presentaba un cuadro sintomático el dolor era real, tan real que pudo atraparme en cama toda la mañana.
-Qué es lo que pasa contigo cariño- Se reprochó el no saberlo.
A los seis ya me sentía mayor para que me meciera tarareando nanas; sin embargo con esa situación entendí que cuando se tiene dolor desaparece la edad para recibir mimos. Dejé que me arrullara, el malestar disminuyó.
La observé, su piel blanca y cabello cenizo le hacían ver pálida. Clavé la mirada en sus ojos turquesa. Esos soles azules encendían su rostro de la misma forma en que Selene alumbraba las noches griegas.
Mamá me pidió que describiera el dolor, enumerar sus características me hizo más consciente de él. Había memorizado cada detalle de esas punzadas.
-¿No hay cambios cariño? Debes poner mucha atención, algo quiere decirnos ese dolor-
Sus palabras se repitieron en mi cabeza con detalle, esa era la clave que yo necesitaba. Estaba seguro que era real, que no era una enfermedad, más no sabía que hacía ahí porqué había llegado.
Cerré los ojos para mejorar mi concentración, debía encontrar el origen. Recordar el momento exacto en que apareció me ayudaría, quizá, a entender porqué seguía en mí o qué debía hacer para que desapareciera.
Mamá me creyó dormido a causa del dolor, con cuidado me recostó en la cama. Antes de que ella se levantara escuché a papá entrar. Mi oído es muy sensible y sus pasos son muy marcados, en especial cuando da esa zancada larga.
-¿Aún se siente mal?- Pese a preguntarlo en un susurro noté su voz alterada, quizá estaba preocupado. Aunque como siempre adopta una postura ecuánime no puedo asegurarlo.
-Sí, está dormido. No sé qué puede ser, no lo deja levantarse y no está fingiendo. Tenemos que ir a San Mungo, debe diagnosticarlo alguien más.
La voz de mi madre se desvaneció con la presencia de mis recuerdos. La memoria no podía engañarme, había tenido esa pulsación en otras ocasiones. El dolor llagaba así de repente, sin ninguna explicación más que su existentica. No era nuevo, pero qué era.
La conciencia se dejó adsorber en las profundidades de la inconsciencia. Me hizo ajeno a lo que ocurría en el cuarto, a la conversación de mis padres. Me sentí en el jardín de la casa, su diminuta proporción no limitó nunca nuestra imaginación.
Ese terreno mutaba de atmosferas y épocas a placer.De una peligrosa selva amazónica a un elegante salón del siglo XV donde se brindaba una fiesta de té. Los mundos que yo llevaba ahí eran muy distintos a los de mi hermana mayor.
Constanza prefería lugares victorianos de rimbombantes costumbres que requerían modales indulgentes. Yo llevaba las zonas que requieren las aventuras de un mercenario, explorador, ladrón o cualquier otra extraña profesión que se me ocurriera.
Desde el momento en que Balbinus, mi hermano menor, aprendió a andar sin ayuda se veía interesado en salir a explorar. Su habilidad con los pasos no mostraba el mismo progreso con las palabras. Cotty y yo preferíamos dejarlo del otro lado del portal, en lugar de intentar descifrar su enigmático lenguaje.
Un día olvidamos cerrar la puerta que dividía la casa de la sede de fantasías. Balbinus salió, su presencia no tuvo cabida en nuestra cena aristocrática, tampoco notamos el pasto crecido por el que caminó, ni vimos el nido de arañas que se formó ahí, simplemente escuchamos su grito.
El único grito que me ha hecho viajar en un segundo de una cena victoriana al diminuto patio trasero de casa. Mi estomago se mezcló entre angustia, ardor y culpa. Ese dolor apareció sin explicación médica, sin ninguna razón más que su existencia.
Mamá no ha vuelto a llorar así, ni a papá revolver los anaqueles de esa forma para encontrar algo.Puso unas gotas en la boca de Balnus y con la misma magia de la poción mi hermano recobró el color.
Las siguientes ocasiones que lo sentí fueron momentos antes de que Balnus cayera o comiera algo que no debía probar. Las punzadas me hacían volvermehacía él con tiempo suficiente para detenerlo. El dolor era una señal.
Desperté, en un brinco me puse de pie. Sin dar tiempo a mis padres más que de abrir la boca, salí al jardín.Con un impulso más instintivo que racional caminé, o en realidad corrí, me detuve en el parque.
Balbinus tenía cuatro y podía hablar sin ningún problema de pronunciación. Cotty lo llevó con ella al parque. Se distrajo en pláticas de niñas con las vecinas, Balnus se alejó sin que lo notara.
Lo vi a la orilla recogiendo, como es su costumbre, insectos. Uno se escapó de sus manos y voló, él lo siguió al tiempo que un auto dobló la calle.Lo detuve antes de que pudiera rozarlo. Sentí un tirón que nos devolvió a la banqueta, papá me siguió.
Constanza se acercó a nosotros y papá hizo algo que le he visto hacer muy pocas veces. Señaló a Cotty furioso -No vuelvas a salir con tus hermanos si no vas a hacerte cargo- sentenció.
Por la noche mis padres hicieron algo a lo que debía acostumbrarme, me llamaron al estudio, a solar, me sentaron frente a ellos. Mamá preguntó cómo seguía mi dolor, había desaparecido y eso respondí. Papá preguntó por qué salí de casa, por qué así.
Entonces hice algo a lo que él debía acostumbrarse, una pausa larga evitando su oscura mirada. Cómo decirle que sólo lo supe, que ese dolor me dijo que Balnus estaba en peligro y lo demás sólo lo sentí, cómo magia.
Él es un mago, de los mejores para magia exacta. Lo que pasó conmigo fue magia, mas no a la que él está acostumbrado. No era su tipo de magia y no habría entendido que esa es la mía. No quise inventar una respuesta, así que no respondí, sólo levanté los hombros.
Ese día descubríque era un mago,con una magia extraña, pero magia al fin de cuentas. La acepté y me acerqué más a ella, para desarrollarla, entenderla, y que no fuera una desconocida que vivía en mí. Llevo una relación cercana con ella, podría decir que somos uno.
En cuanto al dolor, aprendí también de él, no sólo me dice que Balnus necesita algo, es más general. Lo he domesticado un poco, ahora casi siempre es dócil, una ligera pulsación, a menos que quiera decirme algo muy importante.
Si es así, sigue apareciendo en mí con la fuerza de un golpe que disminuyehasta casi desaparecer y luego regresa con la misma intensidad. La diferencia es que ahora soy yo el que lo domina. Soy yo el que lo obliga a recostarse mientras murmura a dónde debo ir o qué debo hacer.
Tengo una buena relación con mi magia y las molestias que provoca. Me gusta tener esas punzadas, soy el primero en saber que algo anda mal. Cuando mi rostro me delata con un gesto de dolor y alguien pregunta si estoy bien, me conforta ver como se perturban cuando respondo -De maravilla-