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Historia 37696 — capítulo 5
Capítulo 4
Identidad de Espejo
El día que recibí la carta, no estaba en casa. Cotty y papá fueron al concierto de La Orquesta Mágica Nacional. Balnus salió a conocer las nuevas instalaciones del Museo de Antropomagia. Mamá me pidió que la acompañara al trabajo. Así que la carta llegó a una casa vacía y oscura.
A diferencia de mis hermanos yo adoraba ir a San Mungo con mamá. Ella es una de las sanadoras más importantes que tiene ese hospital, lo que la convierte en una de las mejores de Inglaterra. Su trabajo es complicado es supervisora de la primera y tercera plata.
Fue justo ahí, en la primera: Heridas Provocadas por Criaturas, donde inició la historia de nuestra familia. Me contaron esa anécdota los residentes, practicantes, sanadores, en realidad todo el personal. Por eso es que me gustaba ir a San Mungo porqué conocía historias, cómo la de mis padres.
Era el año 97. San Mungo tenía problemas pues su capacidad estaba casi al 100 por ciento y seguían llegando heridos. Los mortifagos atacaron Hogwarts. Recibían lesionados de todas las edades y en todos los niveles de gravedad.
Mamá supervisaba que los pacientes fueran enviados a la planta correcta. Las escaleras estaban más desordenas que en un terremoto y en lugar de llevarla al primer piso, la dejaron al sótano, la morgue.
En el lugar no se podía caminar, entre familiares que se rehusaban a recocer los cuerpos y camillas que seguían llegando. Aprovechó su estancia ahí para asegurarse de que esos pacientes se encontraban en la planta correcta. Envió a atención de urgencia, uno de ellos fue mi padre.
Subió con él a la primera planta, para hacerse cargo de su caso. No había alguien que pudiera estabilizarlo o que quisiera tomarlo como paciente, para entonces aún tenía reputación de asesino.
Mamá logró mantenerlo con vida, pero no pudo evitar que entrara en un sueño profundo. Durante ese tiempo le dio seguimiento a su caso. Papá regresó después de siete meses y nueve días. Aunque no estuvo consciente su vida había cambiado totalmente. Era más popular que cualquier Rockstar.
El tema a la hora del té en todo Londresgiraba en torno a su inocencia o culpabilidad. Se publicaron 4 libros sobre el tema. Él que alcanzó ventas más altas fue el de Rita Skeeter. La gente enviaba cartas y regalos a su cuarto de recuperación.
El profeta tenía una edición especial cada semana donde detallaban los avances de su tratamiento y las investigaciones del ministerio en relación a su inocencia. San Mungo recibía donativos o críticas a diario por continuar con él como paciente.
El saberlo generó en papá un pánico por salir del hospital sin que le gritaran "Confiamos en ti, todo saldrá bien" o "Irás a Azkaban, asesino"; sin embargo tuvo que dejar la protección del hospital para enfrentar el juicio.
Fue declarado inocente, pues el testimonio del único testigo de su crimen apuntó a su favor. Cuando Londres olvidó el asunto por otro escándalo y la vida de papá comenzó a estabilizarse recordó que debía seguir con revisiones en San Mungo.
Se llevó una sorpresa al saber que su sanadora era Florence Antinori. Fueron compañeros de generación. Cuando cursaron el sexto año tuvieron un amorío más agitado y rápido que un billywig. La relación terminó cuando Berta Jorkins, compañera de mamá en herbología, la hizo pública. Al principio el reencuentro fue incomodo, después rebasaron la relación ética de paciente sanador.
Mamá fue a recogerme al área de recién nacidos, siempre me gustó ver la expresión de los padres. Volvimos ya entrada la noche a casa, papá solía esperar despierto pero de mis hermanos era algo inusual.
Vi el resplandor del sobre en la mesa, el sello que conjuntaba el águila, tejón, serpiente y león. Iría a Hogwarts, estaba contento y al mismo tiempo asustado. Cuál de esos animales decoraría mi capa, quiénes serían mis amigos, podría con las asignaturas.
Estuve tan disperso ese tiempo que la imagen más cercana a ese momento que tengo es cuando subía al expreso. Constanza se olvido de que iba conmigo en ese momento, se fue al vagón con sus amigos y me dejó en el pasillo sin idea de a dónde moverme.
Giré sobre mí para tomar el baúl, choqué con fuerza contra un chico un poco más alto que yo, me clavó una mirada más Slytherin que el mismo Salazar.
-Fíjate cuando caminas- inmediatamente se dobló en risa -Eso ni yo me lo creí- se sostuvo el estomago y acomodó las redondas gafas.
-Sí no fue cierto eres un buen intérprete- Tomé mi baúl listo para irme.
-¿Ya tienes vagón?- Gracias a Merlín lo preguntó, negué con la cabeza, él me señaló uno, me ayudó a entrar. Una vez que acomodamos las cosas dijo -Soy Potter, James Potter-
-Esa presentación suena mejor con Boon-
-Eres el primero que entiende la broma-gritó sorprendido
-Yo soy Max, sólo Max-
-Diminutivo de…-
-Máximo, pero me gusta Max, hace tiempo no me llaman así, espero que tú lo hagas-
-Yo no soporto Jimmy o Jimbo, espero que no los digas-
La puerta se abrió de par en par y entraron dos chicos, discutían sobre el daño que provoca comer dulces. Ella fue quien se percató que estaba ahí.
-Lo siento, hola, soy Rose Weasley- Fue la primera vez que vi a alguien sonreír más con los ojos que con la boca. Eran dos maduros y grandes melocotones, adornaban su cara.
-Yo soy Fred Weasley- El chico seguro arrasó con la dulcería antes de subir al vagón. Me detuve en sus pecas, eran tantas que si la unías probablemente se formarían constelaciones.
-¿Son hermanos?- Los apellidos eran iguales pero los rasgos no delataban su parentesco.
-Primos- Respondieron los tres a una voz.
-Mi madre es Weasley- Aclaró James.
-Que familia tan sincronizada- Mi comentario los hizo reír.
Ellos me ayudaron a olvidarme de la selección hasta que escuché mi nombre en la voz de McGonagall, antes que los Weasley después de Potter. Sentí al corazón brincar tan fuerte y rápido que creí llegaría al lado derecho.
El camino para llagar al sombrero me pareció un kilometro más largo. Cada paso intensificó los nervios. Dejé de escuchar los murmullos, tenía la mandíbula contraída y las manos me escurrían. Me senté en el banco con cuidado para no caer. Estaba ahí frente a toda la escuela protagonizando los nervios del primer día.
El tiempo comenzó a correr a la cuarta parte de su velocidad normal. Me sentí langosta en la pecera del Nobu London. Escuché cómo el sombrero murmuraba cosas, creí que nunca terminaría cuando gritó GRYFFINDOR.
McGonagall me sonrió, dio una discreta palmada en mi espalda. Me levanté tembloroso. Para llegar a la mesa de la casa a la que ya pertenecía me guié por el sonido de los aplausos, estaba muy desconcertado aún para razonarlo. Mi rostro parecía sacado de un cuadro de Remedios Varo.
Estaba asustado, fue hasta que el sombrero me seleccionó que me hice la pregunta, sí no soy Ravenclaw o Slytherin, qué dirán mis padres. No quería mirar la mesa de profesores. Sentía los ojos de papá, si me concentraba podía verlos inmóviles sobre nuestra mesa.
Los incómodos pensamientos que revoloteaban mi cabeza volaron cómo parvada cuando conocí la sala común. Descubrí que mis compañeros de viaje lo serían también de casa. Junto con ellos me puse a explorar Gryffindor.
El tiempo no logró estabilizarse, los primeros días en Hogwarts duraron 15 horas en lugar de 24 y puedo jurar se robaron un día del calendario. Desarrollé con James una relación del tipo Sancho-Quijote.Fue muy importante para mí conocerlo, la amistad que nacía reafirmaba la decisión del sombrero.
Pese a sentirme más seguro de ser Gryffindor seguí evitando todo lo posible a papá. Él tenía la intensión de llamarme, podía sentirlo. No lo había hecho porque esperaba el pretexto perfecto.
Antes de una detención llegó mi cumpleaños, el primero fuera de casa. Recibí más regalos que nunca, incluso uno de Constanza. La lechuza con los detalles de mamá y Balnus me llenó de nostalgia. Papá me envió una carta mucho más corta a las que acostumbraba recibir de él. Me pedía fuera a su oficina por la noche.
No me gustaba ir a las mazmorras de día hasta que las conocí por la noche. Entré a un despacho con anaqueles cubiertos de animales suspendidos en frascos. El lugar era húmedo, lúgubre, muy oscuro.
No sabía como reaccionar, la cita no especificaba si era profesor-alumno o padre-hijo. Me quedé en la entrada esperando su autorización. No me miró, detrás de su escritorio ordenaba con maestría documentos.
-Son como espejos- recodé el comentario más común en la gente cuando nos veían por primera vez.
Su cabello caía sobre su rostro cómo dos cortinas, un negro desvanecido en el que se marcaban discretas algunas canas. El mío también era negro pero azabache y más que cortinas parecía haberlo frotado con un globo.
Sus ojos negros cómo túneles, los míos con el brillo y color del topacio. Noté que sus labios tenían la mías forma que los míos, la piel también el mismo tono. La nariz me impedía negar que era mi padre.
Sí de alguien heredé la intuición fue de él, lo mismo el valor. Él era bueno para los juegos de la mente, para ocultarla o leerla, yo era bueno para escucharla o descifrarla. Él siempre sigiloso y yo distraído, él analítico yo intuitivo.
Él iba al grano yo nunca encontraba el punto al que quería llegar, él exacto yo impreciso, él Slytherin yo Gryffindor. Sí éramos espejos. Nuestras cualidades estaban invertidas en el otro y al fin de cuentas compartíamos todo, éramos lo mismo. En ese momento me sentí tan Snape como él.
-No sabía que verme archivar te pareciera interesante- Su voz sonaba como un susurro pero le entendí perfectamente.
-¿Puedo pasar profesor Snape?-
La pluma se soltó de sus dedos, trató de esconder la sonrisa -Ya estás adentro- se acercó a mí con paso lento -Te cité para darte esto- un libro de adivinación avanzada.
-Gracias, pero no es mucho para mí, aún no comienzo el curso-
-¿Bromeas? Máximo no todo en la magia debe aprenderse hay cosas con las que se nace- me observó con detalle, ahora él encontraba en mí su otro lado -Feliz cumpleaños hijo- me dio la impresión de que quería decirme algo más cuando sus ojos se detuvieron en el dorado y rojo de mi bufanda -Qué tal Gryffindor-
-Toda una experiencia- Reservé los detalles.
-Me gusta esa casa para ti-
-¿En verdad?-
-No hay otra que admita leones o sí- Sus ojos delataron complicidad. Nos sonreímos y no puede contener más tiempo el abrazo.
Platicamos hasta la media noche. Me contó muchas anécdotas de su época como colegial. Saber que papá no rayaba en los índices de popularidad, que fuera de Slytherin era retraído y que no superaba las expectativas de todas las asignasturas lo hizo más cercano, le quitó la coraza. Fue el mejor regalo que recibí de mi padre. Severus Snape, que es y no es, que no siendo me enseñó todo lo que soy.