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Mírame a los ojos — capítulo 31
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¿Has cogido mi iPod? - Seguramente, algún día, me lo terminará perdiendo. ¿Por qué no se comprará uno?
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Creo que anoche se me cayó de la cama. Debe de estar en la alfombra. Si no está allí, yo te lo busco - ¡Siempre igual!
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Como no esté ni lo encuentres, me tienes que comprar uno nuevo y meterme todas las canciones que yo tenía en el mío - le reclamé mientras iba en busca de mi iPod perdido.
Entré en la habitación y miré el suelo. Efectivamente, allí estaba. Lo cogí y, como siempre, estaba encendido. En fin... no tiene arreglo.
- Ahora te libras porque llego tarde, pero la próxima verás... - e indignada (aparentemente), salí de casa.
El recorrido desde hacía tres años era el mismo: autobús número dos, bajarme en la quinta parada, esperar 20 minutos al siguiente autobús, bajarme en la última parada y, por fin, llegar a la Facultad. Hoy sólo llegaba 10 minutos tarde. Sin hacerme notar entré en la clase y me fui a mi sitio. La lección apenas había empezado.
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Hola - le susurré a mi compañera de la derecha con la que coincidía en todas las clases.
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¡Qué milagro tú tan temprano! - susurró también.
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Sí, tengo que reconocer que es todo un hecho ya que encima hoy salí tarde. - contesté.
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Silencio, por favor. - Dijo la profesora interrumpiendo su discurso sobre estados de ánimo - Como iba diciendo, las personas reaccionan de manera muy distinta con cada estado de...
Los estados de ánimo... como siempre dice Carlos: "hay que aplicarse los conocimientos para comprobar su veracidad". ¿Cómo reacciono yo ante mi estado anímico? Primero, ¿qué siento hoy? ¿Alegría?¿Ilusión?¿Aburrimiento?¿Nerviosismo?¿Decepción?¿Irritación?
Después de tanto tiempo debería de haber aprendido ya a no buscarme sentimientos, pues nunca siento nada. Sólo tengo que fingir lo que se esperaría de mí en cada contexto y ya está, pero realmente hace tiempo que dejé de paladear algún estado de ánimo. Da igual todo. Desde entonces.
- ¿Y si el paciente dice no demostrar ningún estado? Es decir, ¿y si se siente neutral? - pregunté. Yo no sabría cómo actuar frente a alguien que tampoco sintiese.
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Siempre sienten algo, y eso es lo que tú tienes que averiguar como psicóloga. Aunque normalmente los estados neutrales corresponden a estados de ánimos apáticos o depresivos. ¿Contesta eso a su pregunta?
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Sí, muchas gracias.
Pues yo sigo sin sentir nada y no soy ni apática ni depresiva... sólo respiro una vez tras otra tratando de encontrar un motivo útil para tomar aire de nuevo... aunque si dejara de hacerlo, volvería.
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¿Sigues pensando en cómo alguien puede no sentir? - me preguntó mi compañera cuando terminó la clase.
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Sí, creo que sí.
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A ti debe resultarte eso algo difícil de que ocurra. Siempre tienes estados de ánimo muy claros y marcados - Siempre supe fingir y desde entonces, mejor. - Creo que eres una persona que en algunos casos puedes ser como una montaña rusa de sentimientos, sin intención de ofender. - No soy ninguna atracción de feria. Ni tan siquiera una sombra de mí misma.
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Quizás, pero es que tiendo a exteriorizarlo todo - Es fácil exteriorizar lo que hace tiempo que no interiorizas.
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Eso es bueno. Y yo creo que ante un paciente que dice no sentir nada, lo mejor es hacerle ver que lo que en realidad hace es sentirlo todo y que al ocurrir eso, cree ser neutral.
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Puede que lo sea de verdad. - Inquirí valiéndome en mí misma como ejemplo.
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Puede, pero lo únicos de verdad neutrales son los psicópatas; como bien sabes.
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Cierto. -¿Entonces yo soy una psicópata? Tal vez. - Perdona, me llaman por el móvil - le di la espalda y abrí el teléfono. Era mi madre, ¿quién sino? - Hola, mamá.
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Hola, cariño. Llamaba para preguntarte que si este fin de semana vas a venir a casa. Como es tu cumpleaños, he pensado que te gustaría volver... no sé. - Pobre, se preocupa tanto por cómo me quedé...
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Mmm, creo que no voy a ir. ¿Por qué no venís vosotros? Mi compañera de piso se va y no vuelve hasta el martes. Tendríais sitio para dormir.
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Por nosotros vale, pero es que hace tanto que no vienes a casa... - siguió insistiendo mi madre. Llevaba tres años sin ir y no iba a ser esta la primera vez.
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No voy a volver, lo sabes perfectamente. - Con mi madre siempre intentaba sonar lo más anímica posible, pero a veces lo abandonaba y simplemente hablaba tal y como mi tono revelaba: vacía.
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Si ya ha pasado mucho tiempo... y vas a estar en casa.
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Mamá, yo no voy a volver. Si queréis verme, venid. Yo os esperaré con los brazos abiertos, pero no me pidas nunca más que vuelva a Laubos. - Todavía hoy noto el frío de mi voz. pero sólo lo noto, no lo siento.
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Está bien, pero algún día tendrás que volver.
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No. Nunca.
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Pero Ana, hija... - otra vez no...
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Adiós, mamá, tengo otra clase.
Si dejé de sentir fue porque conseguí marcharme de Laubos. Prefiero esta ausencia de vida interior a la tan fructífera fuente de dolor que allí guardo, allí donde mi madre ve nuestro hogar. Y no es sólo la casa, sino cada calle aún impregnada de él, y de mí. Juntos.
No puedo ni quiero volver. Jamás. No lo soportaría otra vez.
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Siento haber escuchado la conversación, pero, ¿por qué no quieres volver a tu casa? - creía que Tábata no me había oído hablar con mi madre, pero se ve que sí. - ¿Tan malo es aquello? Dicen que Laubos está bastante bien.
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Quizás para el resto del mundo, pero no para mí. Fin del tema. Además, a ti no te incumbe el por qué de que yo no vuelva a casa.
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Vale, vale. - contestó con aparente sensibilidad ante algo que podría ser trágico y que no quisiera contarle. - Bueno, ya sólo quedan cuatro clases más, ¿vamos a por ellas?
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¡Vamos! - le respondí con fingida alegría.
La mañana pasó tan estresante como siempre. Era el último año de Universidad y sólo quedaban 5 meses para que, por fin, hubiéramos terminado. Ya había buscado varios empleos que me podían interesar en un futuro, es decir, en 5 meses. Sobretodo, uno como psicóloga para un centro de niños con problemas psicológicos.
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Ana, ¿me ayudas a estudiar? - me preguntó mi compañera de piso cuando llegué. Ella estudiaba arte y aún le quedaban dos años.
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Claro. ¿Qué hago?
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Es una prueba que tenemos que hacer y consiste en que yo dibujo una línea de un color y tu me dices lo que sientes - ¿Oy que era el día de "Recordémosle a Ana que no siente nada"?
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Vale, parece fácil. - En estos momentos es cuando mi carrera me servía. Había estudiado los efectos del color sobre las personas y las respuestas para resultar una persona equilibrada me las sabía de memoria. Si decía los de verdad, corría el riesgo de que me llamaran loca y me denunciaran a las autoridades para que me metieran en un manicomio o algo así - ¿Sabes? Esta prueba también la tuve que hacer yo en mi segundo año, aunque no creo que con los mismos fines.
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Entonces ya sabrás las respuestas, no me vales. ¿Puedes bajar y decirle a Mario o a Cristina que suban para que les haga la prueba? - Mejor.
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En un momento estoy aquí.
Mario y Cristina eran una pareja de novios que los dos estaban estudiando Derecho, él familiar y ella penal. Parecían serios a primera vista, pero cuando los conocías más, eran la fuente de la risa (fingida en mi caso). Vivían en el edificio de al lado, a cuyo piso se llegaba bajando nuestra escalera, saliendo a la calle y haciendo un ángulo de 9º a la derecha. A veces bromeaban sobre que su piso parecía más enclaustrado en nuestro edificio que en el que supuestamente ellos habitaban.
Bajé las escaleras, abrí la puerta, salí a la calle, hice el ángulo y me situé en frente de la puerta de espejo de Mario y Cristina, llamé al portero automático y esperé a que me abrieran. Mientras, decidí atusarme un poco el pelo aprovechando el espejo de la puerta.
Entonces, reflejado en el espejo, al otro lado de la calle, lo vi.
Me ha encontrado.
Bueno, pues no me matéis... Explico: sigue siendo Ana, pero han pasado varios años y hace exactamente tres, algo importante.
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