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Historia 38339 — capítulo 1
-Papá, ¿Necesitas ayuda con esas redacciones?
-Si quieres ayudarme estaré muy agradecido. Justo acababa de empezar con estas noticias. ¿Podrías leer este artículo y decirme que te parece para colocarlo en el Quisquilloso de esta semana?
-Claro que si.
Y así comienza un día de la vida de Luna Lovegood, un bruja adolescente diferente a las demás. ¿Por qué diferente? Porque tiene algunas locuras que la caracterizan, una apariencia a la hora de vestirse algo impactante, pero también, lo que la hace más diferente aún del resto, es su gran corazón. ¿Qué personas tienen la bondad que tiene esta joven? Creo que nadie. A excepción de ella, claro.
Desde muy chica vivió con su padre, en una casa pequeña, pero cómoda, ideal para dos personas. A muy temprana edad se quedó huérfana, su madre había muerto. Su padre, Xenophilius Lovegood, la crió con el rol de madre y padre en una misma persona, brindándole protección, cariño y sobre todo mucho amor. Actualmente, él es el director del Quisquilloso, la gran compentencia del diario el Profeta.
Todas las mañanas, Luna se levanta muy temprano dispuesta a comenzar el día con la mejor cara, se le dibuja una sonrisa en el rostro, y disfruta cada segundo que vive. ¿Qué persona valora tanto las cosas como ella? Hay gente que tiene TODO, y vive infeliz. En cambio ella, con lo poco que tiene, vive la vida como hay que vivirla. Como dice el refrán: "Al mal tiempo, buena cara" y eso mismo es lo que hace Luna. En las buenas y en las malas, ella es feliz, porque comprende que a pesar de no tener mamá y tener muy pocos amigos, hay gente que está en peores condiciones que ella, y ella es afortunada de ser lo que es.
Allí está Luna, sentada en el escritorio de su padre, ayudándolo con su labor. Se supone que en sus vacaciones, un mes antes de volver a clases, debería estar panza arriba disfrutando del ocio, pero ella prefiere ayudar a su padre, que tan preciado es para ella. Agarra su pluma, y hace algunos retoques en el papiro. Se levanta, y se dirige hacia donde él hacía su labor. Lo interrumpe y le muestra lo que hizo.
-Perdón si te molesto, aquí está lo que me pediste. Lo estuve leyendo, y le hice algunos cambios que pensé que serían necesarios. Fíjate que te parece.-le dice su hija.
Su padre se detiene a leerlo. Sonríe al finalizar. Mira a su hija:- Excelente. Ahora si que está brillante. Este informe sobre los transladores a través de los años será fenomenal. Muchas gracias Luna.
-No es nada. Y si necesitas algo más, sólo pídemelo, ya sabes que estoy para lo que necesites.- y sube hasta su cuarto, el cual está muy ordenado. Nada fuera de lugar. Parece el dormitorio de una princesa de cuentos de hadas, no por el lujo, sino por la limpieza y el resplandor.
En una esquina de su pieza tiene un ropero color salmón, encima de él hay algunas estatuillas hechas con sello de magos muy famosos, como Felix Sumerbee y Merlín. Colgados por las cuatro paredes, hay cuadros de fotos de criaturas mágicas, de un grupo musical de su infancia y los restantes son recortes del Quisquilloso enmarcados. Su cama es algo pequeña para ella, pues la tiene desde los diez años, pero puede arreglárselas para dormir encogiéndose un poco. Del techo cuelgan unos adornos algo extravagantes de toda la gama de colores , parecen estrellas con brillo y una especie de flecha que los atraviesa. En el ambiente se huele un perfume delicioso, similar al olor de las moras. Y este es su cuarto. Como ven no tiene nada de otro mundo.
Luna abre las cortinas para dejar entrar luz natural y se asoma por la ventana de su habitación. Se queda varios minutos contemplando el paisaje, los árboles, el césped, la ciudad, las casas, las personas paseando por la calle, un arroyo que corre por debajo de un pequeño puente y el cielo celeste, el cual no tiene ni una sola nube. Es el día ideal para salir al aire libre a dar un paseo. De pronto, a ella se le ocurre ir a un parque que está a un par de cuadras de su casa, el cual es muy tranquilo, y está alejado de la ciudad y el ruido. Es una especie de mundo apartado.
Ella suele ir allí cuando se siente sola o aburrida, ya que en ese lugar, descarga sus penas y angustias, y disfruta de la soledad. Luna siempre dice, que ella nunca está sola, ya que "su madre la acompaña a todos lados". Eso demuestra su forma de ser y de pensar, alguien muy auténtica en verdad.
-Papá, me voy al Parque de los Sauces.- (así era como se llamaba, debido a que la especie de plantas predominante era esa).- Volveré en una hora o dos.
-Ve tranquila, y cuidado.- contesta su padre.
-Si, confía en mi.- y se despide. Cierra la puerta de entrada, con cuidado de no hacer ruido, para no desconcentrar a su papá, quien sigue trabajando en silencio.
Al salir, respira el aire puro, siente la libertad, despeja su mente. Las calles estaban prácticamente desoladas. Por donde ella vivía, muy poca gente solía salir a pasear, y sobre todo en las horas en las que el sol pegaba muy fuerte. De pronto se detiene en la calle. Abre sus ojos como dos grandes pelotas de Quidditch. Recuerda algo. Mira a sus pies. ¡Se olvidó de cambiarse las pantuflas! Vuelve a las corridas a su casa. ¡Qué verguenza! Afortunadamente, nadie la vió, pues en la calle no había señal de vida.
Golpea la puerta de su casa rápidamente.
-¿Quién es?- pregunta Xenophilius desde adentro.
-¡Yo papá! ¿Me puedes abrir? Te sonará gracioso, pero olvidé de cambiarme las pantuflas por mi par de zapatos. Ábreme antes de que alguien me vea.- le suplica Luna.
Su padre le abre la puerta. La mira y no para de reirse. Su hija ríe también. No sabe si reir o lamentarse. Opta por reir. Ahora sube hasta su cuarto nuevamente, abre la puerta del ropero, y una pila de prendas de vestir le caen encima de ella. Hace de cuenta que no ocurrió nada. Toma el par de zapatos preferido de ella, el celeste. Se sienta en la cama y se los coloca. Una vez lista, se despide nuevamente de su padre.
-¿Segura que no te falta nada más? - bromea el papá.
-Ahora si que estoy segura. ¡Adiós! - y se va riendo por lo bajo.