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Memorias de Idhún IV HEREDEROS — capítulo 49
Muy buenas a todos!!!! Aquí os traigo mi último capítulo!!!!! Lo cierto es que estoy muy emocionada. Después de tres años de duro trabajo y de vuestro continuo apoyo este hermoso fic, que si bien no es perfecto lo es para mí, llega a su fin otra historia más que recordaré eternamente.
Ahora sólo me queda seguir agradeciéndoos, como siempre, por vuestra entrega, vuestras lecturas y vuestros comentarios. Espero que no me odiéis por las cosas que no os hayan gustado, y bueno, ¿qué mas puedo decir?. Espero que me sigais leyendo allá en mis próximos escritos. Un saludo.
PD: Continuan las votaciones!!! en el epilogo dire quien es el ganador.
XLIX - Redención Observó el rostro del shek, y el dolor la carcomió por dentro. La tristeza y la culpabilidad se entremezclaban en su interior.
Era un shek, no debía sentir. Pero, entonces, ¿por qué lloraba tan desconsoladamente?¿por qué deseaba poner fin a su vida?
Su hija estaba bien. Lejos del sufrimiento, el dolor y la agonía que imponía la vida mundana. Ella al fin podría ser feliz lejos de los vicios y los pecados terrenales.
-No lo comprendo.
Murmuró para sí misma en su alcoba del panteón idhunita. Ella también amaba a sus criaturas, a las que les había dado la vida, pero comprendía cuan efímera era su existencia, cuan frágil era su vida y cuan apacible la muerte. ¿Por qué él no podía entenderlo?
-Quizá ese es tu problema-escuchó una voz a sus espaldas.
Irial se giró para contemplar a aquel joven de aspecto casi mortal, pero cuyos ojos dejaban entrever una vida divina. Unos ojos de un azul grisáceo cuyo iris parecía quebrado y dejaba rastros de tonos turquesa. Unos ojos extraños. Inhumanos. Ojos que a menudo cambiaban.
-¿Qué quieres decir, Cael?-le preguntó la diosa, y el muchacho sonrió de manera irónica, cruzándose de brazos y apoyándose en una columna, contemplando el espejo que mostraba el mundo terrestre idhunita.
-Los dioses nunca comprendéis el verdadero corazón humano. Nunca podrás entender cuan grande es el amor de un padre por su hijo, ni las razones por las que llevaría a esa muchacha a morir por gente que la desprecia. Tampoco como su corazón se marchitó por la muerte de aquel humano. Los dioses sois egoístas, y carecéis de empatía y solidaridad.
-Oh, y supongo que un mestizo como tú ha de ser diferente-se burló ella, y el chico rió.
-En absoluto-negó él, con una mirada de soberbia que irritó a la diosa-pero yo al menos sé reconocerlo. Al igual que mis errores. ¿Sientes culpabilidad? En efecto. Fuiste tú la que condenó a los sheks a una vida de sufrimiento como la que padece ese pobre hombre, como la que padeció su hija. Y sólo por celos...No podías comprender cómo prefirió a una humana antes que a ti.
-¡Él debía amarme!-explotó ella, quebrando el espejo delante de ella. Espejo que volvió a arreglarse un segundo después.
Cael permaneció impasible.
-¿Aún cuando tú no le amabas?-le reprochó él, sin mostrar piedad alguna-todos le odiábais por una simple razón. Le envidiábais.
Irial soltó una risa seca, atusando su melena.
-¿Por qué podríamos envidiarle? Éramos dioses más fuertes que él, más queridos, respetados, vivíamos en nuestro panteón...él fue exiliado. Ni si quiera era un dios tenido en cuenta.
Cael no contestó enseguida, pero cuando lo hizo, su voz fue impávida.
-Porque él era capaz de amar-le respondió, sobresaltando a la diosa-y eso era algo que todos deseábais, pero se os prohibió.
Cuando Irial se negó a contestar a eso, el chico volvió a hablar.
-A lo mejor deberías estar agradecida de no tener la capacidad de amar. El amor duele demasiado. Es mejor sólo odiar.
-¿Lo dices por propia experiencia, Cael?-le preguntó ella.
Se quedó unos segundos en silencio, y después le dio la espalda, caminando hacia la puerta.
-No sigas haciendo que sheks inocentes paguen por tus injusticias, Irial. Si no, serás tú la que se quiebre. Todo poder conlleva una responsabilidad que has eludido toda tu vida. Ahora ya no podrás.
Y con esas últimas palabras, desapareció en una neblina negra.
Abrazó con más fuerza el cuerpo de su adorada hija, sintiendo como sus ojos ardían por las lágrimas que quemaban su alma. No era capaz de moverse. No podía hacer nada más que llorar.
-Puedo hacer que deje de doler-murmuró una voz femenina a su lado, una voz que, aunque sonaba cercana, tenía el timbre de la inmortalidad.
Kirtash apretó con fuerza los labios, y levantó la mirada para encontrarse a una hermosa mujer de cabellos casi tan blancos como su vestido con bordados dorados.
-Vete al infierno-pues nunca dejaría de doler. No podía, al menos que olvidara a su hija. Y era algo a lo que no estaba dispuesto.
La diosa frunció sus labios con molestia, pero no le respondió al mortal. Dio un paso hacia ellos, y él siseó. Sus ojos se volvieron sheks.
-No te acerques a ella-le gruñó, y ella se detuvo. Su dolor, su pena...podía palparla...era escalofriante, agónico...le estaba destruyendo el alma.
Observó el cuerpo inerte de aquella muchacha que había dado su vida sin esperar nada a cambio. Y entonces recordó las palabras de Cael. ¿De verdad era tan egoísta?¿Tanto como para condenar a la heredera de Eliah?¿Aún deseaba castigar a aquella niña inocente?¿A aquella humana que no fue culpable de nada salvo de amar a aquel cruel dios?
Su corazón era inmune al amor, pero no al dolor. Aquello era lo peor de todo. Sus padres no deseaban que sus hijos amaran, pues el amor te hacía débil.
Fueron ellos mismos los que condenaron a sus hijos.
Cerró los ojos, y recordó todo lo ocurrido siglos atrás. Ella deseaba amar...pero fue incapaz de amar al dios del fuego. A ninguno, en realidad. Por eso odió a su hermano menor...él era feliz, él amaba...y era amado. Aquel dios de menor categoría...
Abrió los ojos cuando los recuerdos se volvieron demasiado dolorosos como para rememorarlos, y se acercó al cuerpo frío de la chica, ignorando las blasfemias de su padre, que deseaba matarla.
Entonces se inclinó, y tocó con suavidad la frente de la chica. La estrella allí brilló.
Irial sonrió. Ella no sólo era la heredera del Séptimo. Era su propia heredera...pues la esencia de unicornio latía violentamente en sus entrañas.
Abrió los ojos de par en par al comprenderlo, y entonces se evaporó ante la atónita mirada de Kirtash.
Eva rió de nuevo mientras mojaba a Jason desde la orilla del río. Él se quejó, sin perder la sonrisa en su rostro, y corrió a perseguirla justo cuando una mujer apareció frente a ellos.
Jason quiso cubrir a Eva con su cuerpo, pero la chica le tranquilizó con la mirada, y él intentó relajarse.
-Lune-saludó Irial con una leve inclinación de cabeza, acto que confundió a la joven. Eva miró a la diosa en silencio, expectante. Entonces, Irial hizo lo más extraño de todo. Se acercó a ella, acaricio su rostro con ambas manos, y comenzó a llorar en silencio. Sin emitir palabra o sollozo alguno. Sólo derramando lágrimas que parecían no cesar, pero sin dejar de sonreír.
-¿Qué ocurre?-preguntó Eva, sin entender.
Irial soltó una risa, negando con la cabeza.
-Lune...me has dado mucho más de lo que nunca sabrás-le aseguró, y la chica le miró extrañada. Entonces Irial murmuró unas palabras que, para ella, debían responder a cualquier duda posible-deseo más que nada que seas feliz...en esta vida y en las venideras.
Entonces, se inclinó hacia ella y besó delicadamente su frente. Todo se volvió blanco, puro. Sólo se escuchó la risa de Irial, una risa llena de felicidad.
Porque ella también era su heredera, y, al derramar su sangre, no sólo había sido la inmortalidad del Séptimo lo caído en la batalla. Y sin su inmortalidad, Irial era capaz de amar...incluso a aquella hija que compartía con un shek...
El dolor había vuelto. El cansancio, la tristeza. Todo se volvía más nítido para ella.
De nuevo todo estaba cubierto por la oscuridad.
Estaba aterrada. ¿Dónde estaba Jason?. No podía ver nada, no escuchaba nada...hasta que entonces lo oyó.
Alguien lloraba a su lado.
Sintió algó cálido caer sobre su piel. ¿Lágrimas?. Sintió cómo unos fuertes brazos la sostenían.
¿Quién lloraba?. No podía verlo...
Entonces fue capaz de abrir los ojos. Al principio sólo vio sombras difusas, colores mezclados, hasta que al fin pudo enfocar su vista y centrarla en el hombre que lloraba, aquel que la sostenía. Su padre.
Pudo sentir su agonía, su profundo y desesperado dolor.
Abrió los labios ligeramente, pero no era capaz de hablar. La garganta le ardía.
Intentó alzar una mano, pero su cuerpo no le respondía. Estaba agotado.
Papá, le llamó telepáticamente.
El cuerpo sobre el que yacía se tensó, y entonces soltó una exclamación mientras se separaba y le acariciaba el rostro, observándola con aquellos ojos llenos de lágrimas abiertos de la impresión.
Acarició su rostro, sin creerse todavía si estaba entre la vigilia y el sueño.
-¿Eva?-intentó contenerse, pero su voz se quebró al final.
Estoy cansada, le susurró con la mente, incapaz de pensar en nada, de decir nada.
Entonces su padre le apretó con toda la fuerza que quedaba en él, aún arrodillado en el suelo, y volvió a llorar, cubriendo su rostro de dulces besos, sonriendo, sollozando, y llamando a gritos a Victoria.
-Hija-escuchó la voz llorosa de su madre. Sus besos.
De Erik no percibió nada, sino sus caricias, sus sollozos.
Y no supo en qué momento cayó de nuevo inconsciente.
Aún podía recordar con claridad el momento en el que volvió a abrir los ojos, pues él estaba allí, mirándola, sonriendo.
Le abrazó con fuerza, y ambos lloraron juntos. En una habitación de Vanissar, a salvo. Todo había acabado. Ahora estaban juntos, vivos. Era un regalo que siempre recordaría de la diosa. Y nunca entendería por qué se lo otorgó. Eva nunca sabría qué fue lo que impulsó a Irial a semejante don, aún cuando no debía haberlo hecho.
Aún a veces se despertaba por la noche creyendo que había sido un sueño, y buscaba en la oscuridad a Jason para cerciorarse de que estaba vivo, a salvo, con ella.
Los meses pasaron, y ella se recuperó. Nunca más volvieron a la Tierra, sino que volvieron a esa casa aislada de todos, cerca del pueblo celeste.
Eva sonreía casi todo el tiempo, como en aquel instante, mientras acariciaba el rostro dormido de Jason, que yacía junto a ella, en la misma cama, ambos desnudos bajo las sábanas.
Por primera vez en su vida, era completamente feliz.
Se recostó de nuevo contra el cálido cuerpo a su lado, y Jason le abrazó aún perdido en el mundo de los sueños. La retuvo a su lado en un abrazo protector, y ella besó su pecho en respuesta antes de volver a conciliar el sueño.
Horas después él se despertarían y cubriría su piel de besos hasta hacerla despertar. Entonces ella reiría al alba, él la besaría intensamente, y volverían a hacer el amor en silencio, como amantes errantes que tras un millar de años caminando se han encontrado.
Al amanecer él se vestiría en silencio y huiría a su habitación, pues Kirtash seguramente le mataría si supiera que cada noche amaba a su hija con toda la pasión y el fervor del que un hombre era capaz.
El tiempo pasó, y la vida volvió a su cauce habitual.
Su padre volvió a irse, pero siempre volvía. Podía contar con él, al fin le había alcanzado.
Victoria vivió feliz junto a Jack, viendo crecer a sus hijos en paz. Su hijo, quien se hiciera caballero de Nurgon. Y Eva, quien prefirió vivir en paz junto a Jason en una casa cercana al bosque de Awinor.
Todos se marcharon. Fueron felices. Crecieron, cambiaron. Pero nunca se olvidaron.
Irial siempre les vigiló entre las sombras, contemplando como la tercera luna perdía cada día más y más aquel brillo del que tiempo antaño rebosaba.
¿Y Cael?. Bueno...esa es otra historia...
Bueno, ahora sólo queda el epílogo, que será realmente corto, como en cualquier libro XD.
Sólo me queda pedir disculpas por cualquier tipo de decepción posible, pues nunca se puede contentar a todos los lectores. Respecto a la batalla anterior sólo me queda decir que Eva no tenía posibilidad alguna de vencer a un dios, y no quería relatar una escena tan macabra como la que ideaba en mi mente. Además, nunca he sido buena en relatar combates, punto débil mío.
Respecto a este capítulo, posiblemente muchos estén decepcionados, pues por un lado Eva vive - cuando muchos creerían que este final es incorrecto - y porque hay personas a las que no les gusta la forma de narrar de forma tan abstracta, por llamarlo de algún modo. Soy culpable de eso, pero bueno, sólo espero que, en su mayoría, os hayáis quedado con un buen sabor de boca y una sonrisa en el rostro, que es lo que cualquier escritor desea a sus lectores.
Por último, deseo agradecer desde lo más hondo de mi alma vuestro apoyo y seguimiento. Un simple gracias no serviría, pero en serio, no puedo expresar con más palabras que esas lo que siento. Gracias, y mil veces gracias por acompañarme en este viaje. Y, a quien le interese, podrá hablar conmigo, pues la historia de Cael se contará, si no en historia larga, en un one-shot.
Hasta siempre lectores
Con cariño y admiración
Eliah