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Historia 38778 — capítulo 1

Ugh, pensé.

Maldito profesor Barret y su análisis de quinientas palabras sobre "Crónica de una muerte anunciada". Maldito libro que no había leído, maldito último año de escuela...

Maldecía todo lo que encontraba por el camino hacia la biblioteca, pues debía buscar una descripción de aquél libro en Internet.

En realidad, podría haber buscado la información desde mi casa, pero por una razón prefería mil veces ir a la biblioteca.

-Hola, señora Flows- saludé a la bibliotecaria, que dio un respingo y se despertó de golpe. Se acomodó los anteojos y logró enfocarme.

-Oh, hola Julie- me respondió con una amable sonrisa- ¿Qué te trae por aquí tan tarde?

-Lo mismo de siempre- dije con un encogimiento de hombros- La escuela.

-Todo el tiempo pregunto lo mismo- se rió- ¿qué otra cosa traería a los estudiantes a la biblioteca escolar, que un trabajo de la escuela?

Le sonreí débilmente. Pobre señora Flows… ¡tan bondadosa y tan loca!

Miré mi reloj de muñeca y advertí que sólo tenía una hora antes de que cerraran. Acto seguido, me dirigí hacia el ordenador que solía usar.

Y allí estaba, la razón por la cual me gustaba ir a la biblioteca de la escuela.

Era tan hermoso, tan perfecto, que a su lado Brad Pitt parecía uno de esos aficionados del club de ciencias, con la camisa a cuadros dentro de los pantalones y los anteojos arreglados con cinta adhesiva. Y creo que aún vestido así, luciría deslumbrante.

Pero, sinceramente, no me caía bien en cierto modo.

Estaba acostumbrada a que incluso los muchachos más populares dejaran de hablar y se atragantasen cuando yo pasaba. Cuando Julie Carson pasaba. A que todos quisieran invitarme a salir, y balbucearan palabras incoherentes hasta que yo los rechazara, aparentando halago.

Me gustaba.

Obviamente, no era por ser la más lista y la más perfecta. Físicamente, quizá fuera bastante linda... bueno, lo sabía. Sabía que nadie se resistía a una de mis sonrisas, a cuando me apartaba silenciosamente un mechón de mi suave cabello rubio, o a que me riera demasiado cerca de ese alguien.

Era estúpido sentirse la reina del mundo, pero así era yo; y no es que me gustara hacer sentir mal a los demás con mis rechazos (que según mis cálculos, habían superado los mil quinientos cuarenta y tres en tan sólo seis meses), no, sino que nadie quería ser amigo mío, simplemente quería que lo vieran con la persona más popular del instituto, saliendo con ella si era posible.

Nadie había logrado ignorarme ni siquiera un poco, pero cada regla tiene su clara excepción, y esa excepción era, justamente, aquél chico. William Hale.

El atractivo y misterioso Will.

El chico que ahora hacía que todas las mujeres suspiraran por él, que se arreglaran más de lo debido para un día normal de clases y que se ruborizaran si tenían la suerte de intercambiar un par de líneas con él. Porque lo cierto es que no hablaba con nadie, se limitaba a asombrar a los profesores con sus avanzados conocimientos sobre cosas que yo francamente no entendía, y a rechazar cualquier tipo de invitación a algo, aunque siempre con una sonrisa, una mezcla de amabilidad y algo de suficiencia. Sin embargo, esa extraña combinación nunca llegaba a los ojos.

Intenté abordarlo un par de veces, lo admito. Pero es que no podía resistir ni siquiera a su hosca mirada, que sólo guardaba para mí.

Y era verdad, a mí nunca me habían contestado con brusquedad, y menos aún con frialdad, hasta que le dije en el tercer año que era parte del comité de bienvenida y debía mostrarle la escuela, y él sólo me observó con desdén unos segundos y se marchó.

Cuatro años así, tratando de sonsacar a ese perfecto rostro algún esbozo de sonrisa dirigido a mí. (Cuatro años de fracaso).

Siempre, desde que había entrado cuando yo tenía catorce años recién cumplidos, me había tratado de esa manera. Como si fuera un estorbo. Incluso cuando, a los dos años, pasó por alguna enfermedad de esas que te dejan marcado de por vida y su piel se tornó más pálida, su cabello más oscuro, y sus hermosos ojos de color café se volvieron casi negros. Extrañamente, esto lo había vuelto incluso más guapo de lo que era en su momento. Cambió totalmente, excepto, maldición, su postura en lo respecto a mí.

Me di cuenta de que había pasado más de dos minutos mirando al vacío, cavilando sobre aquella cuestión, cuando escuché el sonido de su risa silenciosa. Oh, bueno, el sonido para mí, puesto a que lo conocía tan bien que sabía incluso cuando se reía en silencio.

Lentamente avancé hacia el ordenador, mí ordenador. Casualmente él ocupaba en asiento de al lado. Me detuve cuando noté que, al tocar la silla, su puño apoyado sobre la mesa se crispaba.

Pestañé, sorprendida y asustada (vaya a saber uno por qué), y, un tanto vacilante, me dirigí hacia el ordenador frente a él. Su puño se relajó y suspiré, aliviada.

A la media hora, ni él ni yo nos habíamos ido. No había terminado la tarea; apenas si llevaba doscientas setenta y siete palabras, cuando decidí consultar al libro.

Me incorporé y fui hacia el sector de novelas, esperando que hubiese sido la categoría correcta. Encontré un viejo ejemplar, pero servía de todas formas.

Por costumbre, dado a que ya sabía la respuesta, me asomé por entre las estanterías, diciendo:

-Señora Flows, ¿puedo usar este…?- me detuve a diez pasos, al percatarme que se había vuelto a dormir sobre el escritorio. Con la boca abierta y medio cuerpo sobre éste. Me encogí de hombros, la despertaría más tarde.

Volví a mi computadora, y pude atisbar de reojo que Will se pasaba una mano por la boca. No pude contenerme.

Testaruda, me dije. No quiere hablarte, no quiere verte. ¡Vamos ya! ¡Déjalo!

-Hum… ¿William?- titubeé.

Se dio vuelta lentamente y me miró con fijeza.

-¿Sí?- me preguntó.

Oh, por favor, que no se me doblen las piernas, supliqué. Pero me había hablado, con esa voz capaz de fundir la mantequilla.

-Bueno- me aclaré la garganta- faltan veinte minutos para que cierren y… la señora Flows se ha vuelto a dormir y…

-¿Dormir?- me preguntó él, extrañado.

-Sí. Allí. ¿No la ves?- le señalé el escritorio.

Él soltó una carcajada e hizo algo que me cortó la respiración. Me tomó de la mano, se incorporó, y me guió hasta la señora Flows. Sentí fuego en las venas cuando me tocó.

-Está muy dormida ¿a que sí?- me dijo.

Pero yo estaba confundida. ¿Por qué no oía sus habituales ronquidos? ¿Por qué a Will le parecía tan gracioso? ¿Y por qué me aferraba la mano? ¿No era que me detestaba?

Estiré mi mano derecha, la libre, y le aparté el pelo de la cara a la bibliotecaria. Su mejilla estaba helada, y su cabeza se echó hacia atrás como una muñeca de trapo.

Estaba muerta.

Me mareé y Will tuvo que sostenerme para que no me cayera.

-Tranquila- enterró el rostro en mi cabello y escuché nuevamente su risa.

-Wi… Will… debemos salir de aquí… la… la señora… Flows…- no conseguía articular bien; estaba aterrorizada.

-Ah, sí- susurró en mi oído- lo lamento, pero estaba deliciosa.

Le miré sin comprender. Él me guiñó un ojo, cómplice. O tal vez como un león mira a su presa, como juega antes de devorarla…

Alzó nuestras manos, aún juntas. Me observó de arriba a abajo, lo que hizo que me ruborizara. Pero él se mostraba indeciso. Yo no entendía, quería chillar, besarlo, vomitar y echar a correr todo al mismo tiempo, pero mis piernas nos respondían.

Will, con un débil gruñido, me atrajo contra sí. Por un momento creí que… bueno, quería besarme. Hasta que vi sus colmillos, grandes y afilados, no comprendí. Cortó la piel de mi cuello con facilidad, y empezó a succionar. No chillé.

No sé muy bien si así me desmayé o morí, pero lo último que recuerdo fue haberme sumergido en la oscuridad.