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Las verdades de Severus Snape — capítulo 4

Ese día, Severus estaba distinto. Estaba recuperado y me esperaba en su despacho. Fui a verlo otra vez, pero él parecía no recordar nada sobre lo sucedido en su cama. Tenía tantas preguntas y esperaba que no me evadiera. Sin embargo, lo dejé hablar. Estaba exhausto, demacrado y pálido. Su cabello seguía adherido a él, pero sus párpados se veían débiles y apenas conseguía fuerzas para hablar. Con una sonrisa suave, volvi a saludarle y él sin decirme algo; me invitó a pasar.

Me senté frente a él y volví a observar, la dificuktad que tenía para moverse. Sus músculos parecían engarrotados de alguna forma y en cuanto se dejaba caer en la silla, comenzaban a temblarle sin control. estaba evidenciado, el gran dolor que sentía ante su expresión. Su rostro fruncido y con los ojos cerrados.

  • Señorita Granger, supongo que intuye para qué la llamé- Mencionó, pero en realidad ya yo no distinguía motivos. Estaba pensando en ese hombre moribundo que estaba en aquella habitación.

  • Me dijo que deseaba contarme algo, de vital importancia... antes de ¿Antes de qué?

  • Verá señorita Granger- dijo y me miró. Yo sentí ese escalosfrío que me hizo evocar su mirada al llamarme Lily- Hay algo que usted debe saber, antes de que yo... pues... muera.

  • ¿Morirse?- dije, escandalizada, levantándome de un brinco. Como si me hubieran pellizcado en una pierna- ¿Cómo ha dicho?

  • Sí, antes de que me muera- me dijo una vez más, pero yo seguía en shock.

  • ¿Por qué, dice semejante cosa...?

  • He vivido demasiado, ya no tengo motivos para seguir adelante- sonaba a reproche, más que a una confesión de tristeza. Lo digo, por que parecía que ya no quería seguir adelante con su vida. Yo suspiré y traté de quejarme; pero él siguió hablando- No debí haberme salvado, pero Dumbledore insistía que yo podía serle útil a Hogwarts y al mundo. Pues, ahora yo no quiero nada de eso, yo sólo quiero morir Granger. ¿Me comprende?

  • ¡Pero señor!- grité y nuevamente, mi garganta se sintió irritada. Se sorprendió, ante mi grito y me observó con el entrecejo fruncido.

  • Es mi decisión.

  • ¿Y cómo fue, que usted logró salvarse?

  • Bebí veneno de serpiente hasta cansarme, para contrarestar el efecto de la mordedura de Nagini. Lo bebo desde el cuarto año de usted y Potter.

  • Pero eso, ¡Eso es lo que lo tiene de esa forma!

  • Sí, paulatinamente ha ido acabando conmigo. Pero, eso me ha servido mucho. Puedo morir ahora que... ya no tengo nada que buscar en este futuro. Lo que anhelaba, lo destruí, lo deshice con mis acciones.

Ya entendía. Ya tenía la teoría de como estaba vivo y el por qué. Pero ahora, deseaba morir y mi planteamiento cambiaba drásticamente. Tenía que hacer algo, algo para evitar que ese hombre acabara con su vida. Aunque sé, que ya está por morir.

  • Granger, quiero que sepa que jamás traicioné a Dumbledore. Todo lo que hice, lo hice bajo sus órdenes. Yo sé cosas, que sólo él sabía. Eso, puede demostrarles lo que quiero decir.

  • Señor...

  • Lo asesiné, por que había roto con la espada de Gryffindor; el anillo de la familia Gaunt. Ese anillo contenía una poderosa maldición. La contuve en su mano, pero a la larga él iba a morir...

Yo no hablé, la información me dejaba pasmada. Severus, volvió a cerrar los ojos y yo sentía que él no estaba bien. Empalidecía y se sostenía de la mesa con mucha fuerza. Sus nudillos y dedos se blanqueaban mientras continuaba hablando.

  • Yo le di la espada a Potter, intenté evitar que Quirrel consiguiera la piedra filosofal ¡Incluso intenté salvarlo de caer de su escoba en primer año! También, traté de ayudarle en Oclumancia y no llegué a tiempo para salvar a Black por que...

Se silenció, algunas lágrimas brotaban desde sus ojos. Sabía yo, que no tenía el control de su cuerpo.Me levanté del asiento, temiendo que se tratase de una situación grave. No me pude mover y permanecí de pie.

  • ¡No quería herir a nadie Granger!- me gritó y su voz me desgarró hasta lo más profundo de mi ser- ¡Pero fui tan estúpido!

  • Señor, contrólese- le pedí.

  • ¡Yo creí que... que quizás! ¡Que quizás podría redimirme, pero una persona como yo no tiene más destino que la muerte!

  • Señor, ¡no sabe lo que dice!

  • ¡Sé lo que estoy diciendo, no sea estúpida!- me dijo y yo sentí mucho miedo. Al volverme, noté que había estado bebiendo una vez más- ¡Me voy a moir Granger y eso, debe hacer felices a todos!

  • ¡No señor, eso no hará feliz a nadie!- le grité yo y aparté de la mesa la botella a medio vaciar. Se cayó, con un sonido sordo y los pedazos de vidrio brincaron por todas partes. Eso bastó, para que el hombre regresara a su estado catatónico. Lo llevé a la habitación nuevamente.

Era curioso, pero de un momento a otro, había hecho una regresión. O deliraba, pero seguía con la idea de despedirse de mí, yo siendo Lily por su puesto. Me decía que moriría, que esperara por él. Permanecí en silencio, sin levantarme de la cama. Estaba mal, había tenido fiebre y había comenzado a sangrar por la nariz. A media noche, gritaba con pesadillas. Ya no sabía qué hacer, tenía tanto miedo.

Ese veneno, lo estaba matando. Le había servido de inmunidad, pero lo estaba matando paulatinamente. Permanecí en silencio, mientras le acariciaba el cabello. Lo había logrado calmar, le había susurrado que no me apartaría de él jamás y haría de su dolor, algo más placentero. Era invisible, estaba metida en su cama, sentada allí y mirándole con dolor en mis ojos. Lloré, lloré mucho esa noche.

Desperté, sentada. Estando sola. me levanté a prisa y noté que estaba en el despacho. Me daba la espalda en el sofá y meditaba. Yo permanecí en la habitación, sin atreverme a interrumpirlo. Ya habíamos tenido demasiado. Ambos.

Tenía miedo de esos fantasmas que lo acosaban a él y los míos se habían disipado. Permanecí allí, hasta que él se dio cuenta de que yo no dormía precísamente. No hablamos y yo simplemente me coloqué los zapatos y salí de esa habitación. Severus Snape quería morir y yo nada podía hacer. No tenía soluciones en mi cabeza.

No me gritó para que me fuera, simplemente nos miramos. Había amanecido extraño. Más silencioso de lo normal, sus labios se enegrecían y su rostro quizá estaba; más delgado o eran mis ideas. Sus manos temblaban y no las podía mantener sobre la mesa. Sus piernas le dolían y las mantenía flexionadas. Ese hombre, se estaba muriendo.