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Historia 40824 — capítulo 1

Hola de nuevo, a tod@s. Aquí traigo otra de mis creaciones. Espero que les guste la idea y me sigan también por aquí. -Nada me pertenece excepto mis ideas, los personajes principales son de JK Rowling-

Besos & Saludos        -Septiembre-


Aquella superficie era plana, cristalina, imperfecta. Mostraba los más perfectos rasgos de una joven muchacha. Sus ojos caramelo se inundaban en aquel espejo. Se miraba, buscaba luces en su mirada.

Sus labios con un agradable tono carmín se entreabrían para dejar salir el aire retenido en los pulmones.

Soñaba con sus ojos abiertos, a través de ellos observaba un desierto, aquellas arenas volando al son de el aire ausente. Se sonreía, sí, lo hacía. Le gustaba hacerlo, cuando nadie le sonreía ella pensaba que su más perfecto caballero lo hacía desde aquel fondo.

Se lo podía imaginar cabalgando por aquel desierto, su armadura era brillante con aquel color plata. Dejando sus destellos al sol, blandiendo su espada y con pies firmes en los estribos de su corcel negro.

Él iba a por ella, llegaba para romper con fuerza aquella superficie que les separaba, que no le dejaba ver el mundo exterior. La subía a su caballo, tomada entre sus fuertes brazos y volaban, volaban con aquellas arenas lejos.

¡Tock, Tock!

El sueño había terminado. De nuevo se encontraba en su cuarto, aquel cuarto glamuroso que lucía colores granates y detalles dorados. Su cama era de dos plazas, demasiado grande para ella sola, ella lo sabía, ella deseaba poder a llenarla con amor. Los golpes de su puerta la hicieron levantarse de su tocador; corrió para quitar las cortinas que impedían pasar el sol.

Arregló su vestido como si no hubiera estado soñando, como si no se hubiera movido, como una perfecta dama, como una perfecta muñeca de porcelana.

-Adelante- cedió paso sentándose de nuevo en su tocador.

Una mujer mayor pasaba su cuerpo hasta allí. Miraba a aquella joven con el cejo fruncido, observaba como ella se peinaba el cabello sin sacarle partido. Caminó hasta ella, se posó detrás y la miró desde allí por el espejo.

-¿Todavía estas así hija?- le preguntó.

-No logro arreglar esto- se quejaba ella pasando de nuevo su cepillo-

-Dejame- su madre tomó el cepillo, sonrió y se dirigió a su melena.

Era perfecta e imposible. Tan rebelde que no podía ser sujetada por nada; cada uno de sus rizos tenía un destino, una función. Era como si hubieran colocado aquella perfecta melena por obra de arte, no se podía tocar, no se podía cambiar.

Aquella mujer insistía, necesitaba recogerlos, necesitaba cortarles la libertad.

-Dejalo mama- desistió ella tomando el cepillo con su mano derecha- es inútil.

-Hermione- se decidía a llamarle por su nombre. Ese era, ella era Hermione Granger. -¿Que ocurre?.

-No estoy segura de que casarme por honor al nombre sea lo adecuado- se quejaba ella con un gesto triste.

-Mírate- decía su madre tomando su rostro y dirigiéndolo a el espejo- Eres preciosa, tu futuro esposo te amará.

-Pero no le conozco- dijo ella levantándose. No le gustaba mirarse si no era para soñar- ¿Y si él no me gusta a mí?.

-Ya hemos hablado de eso jovencita- le reprochó su madre cansada- Tu padre está muy mayor, sabes que está garbe- Hermione se lastimaba, siempre le recordaba a su enfermo padre- Yo no viviré mucho tiempo más y tú debes casarte- le aclaraba- Te casarás y tendrás un heredero de nuestro apellido junto a otro de los más prestigiados.

-¿Todo por un nombre, por un apellido?- decía ella mirando hacia los rayos de el sol. Como desearía que apareciera su caballero.

-¡Solo un nombre dice!- repitió su madre furiosa- Tu padre no ha llegado hasta aquí para que no valores nada, Granger es uno de los apellidos más prestigiosos, no se puede perder.

-Pero..-

-Nada de peros- le cortó su madre caminando hacia la puerta- Arreglate el cabello y baja al vestíbulo. El señor y señora de La Rosa están apunto de llegar.- le miró para que aceptara y así hizo, como una muñeca, como una perfecta dama- Y procura no dejarnos en evidencia.

Ella volvió a su tocador para hacer lo posible por domar aquella melena, pero era imposible. Jugaba con sus zapatos, le daba igual cual calzar, si por ella fuera los arrojaría por la ventana. Recordó que debía majar a el vestíbulo, cargó un colgante de su cuello y se decidió a hacerlo.

-Discúlpenla- decía su madre a una señora y un señor que habitaban allí- No suele ser impuntual, no sé que le habrá podido ocurrir.

-No se preocupe- decía el Señor bien trajeado- No tenemos prisa, ¿verdad querida?.

Los tacones se escuchaban bajar por las escaleras de caracol. Hermione Granger lucía un vestido rojo en todo su resplandor. El Señor de la Rosa tomó su mano para besarla, así era el saludo. Besaba las mejillas de la Señora de la Rosa, la que sería su suegra.

-Ella es mi hija- decía la madre orgullosa- Hermione Granger.

-Es la dama perfecta para nuestro joven hijo Daniel- decía aquella señora gorda, con aquella ridícula palmera blanca en la cabeza. Así la observaba Hermione.- Te gustará querida.

Ella se limitó a sonreír. Una falsa sonrisa no hace daño si se hace inocentemente.

-¿Que te parece si vienes a casa y lo conoces hoy mismo?- pregunto aquel señor de bigote desaliñado.

-¡Excelente!- exclamó su madre sin buscar opinión.

Sin esperarlo ya estaba en un vehículo llegando a aquella lujosa mansión. Hasta un señor con traje conducía por aquella gente. Salió de el coche y un gran aroma a violetas voló hacía sus fosas nasales. Era quizás el jardín más bien cuidado y precioso que había visto nunca.

Pasó a aquella mansión de tres pisos agarrada de el brazo de su suegra. Estaban en la enorme entrada que a su fondo lucían unas grandes escaleras.

-Espera aquí- decía la señora de la Rosa- iré a buscarle.

-Yo iré a ordenar una gran cena- decía aquel señor- Será exquisita.

Ella aceptó con su cabeza. Era silenciosa, recatada, muy curiosa. Se quedó caminando por allí, observando cada uno de los cuadros de aquella mansión. Tenía miles de objectos llamativos a sus ojos. Le llamó la atención una balanza, posaba su dedo indice en ella para que se tambaleara.

-Si sigues haciéndolo se romperá- una voz detrás de ella la asustó.

Se giró de golpe y pudo observar un joven muchacho rubio. Su melena era como la de un verdadero caballero. Sonrió al observar sus ojos, le encantaros. Eran grises como perlas, una verdadera preciosidad. Pero lucía ropa deportiva, no tenía nada de caballero andante.

-Perdona- dijo ella tímida.- Esperaba a Daniel de la Rosa.

-Encantado pues- dijo él besando su mano. Ella sonrió, aquel muchacho con pintas campechanas era su futuro esposo. No estaba nada mal, lucía tal y como deseaba, sin hacer caso a la clase social. Aquello la agradaba- ¿Con quien tengo el gusto de conversar?.

-Hermione Granger- le comunicó ella. Él abrió su boca para afirmar sin decir nada. Sabía de quien se trataba.

-Mi futura esposa- ella más tímida todavía afirmaba con su cabeza- Eres realmente preciosa. Perdona mi ropa, andaba haciendo deporte en el jardín

-No es ningún problema, te ves bien- sonrió ella.

El Señor de la Rosa se presentaba ante ellos, miraba a los jóvenes extrañado. Se adelantó hacia allí y miró a el muchacho.

-¿Que haces aquí Draco?- preguntó con un gesto de incredulidad.- ¿Sabes donde está Smith?- miró a Hermione sonriente- Smith es el cocinero, no dudes en pedirle algo si se te antoja.

-Está en el almacén señor- dijo formal aquel muchacho. Hermione no entendía nada, ¿Draco? ¿Señor? ¿Almacén?.

-Iré a buscarle- comunicó el dueño de la mansión- Atiende a la señorita Granger en todo lo que desee.

-Con mucho gusto- afirmó él.

De nuevo el Señor de la Rosa se alejaba, se introducía en una puerta que conducía a la cocina. Aquel muchacho sonrió a la joven que no sabía como mirar, como actuar, como reaccionar.

-Perdóneme- dijo con respeto- Quizás deba empezar desde el principio. Soy Draco Malfoy, criado de esta casa- decía mientras Hermione lo miraba ceñuda- Y luzco así porque me encargo de mantener en buen estado el jardín.

Hermione afirmaba con su cabeza mirando a la nada. Le salió una leve risa sarcástica y lo miró de nuevo.

-Acabo de quedar como una completa imbécil-

Sin decir nada más se apartó de su vista, dejandole claro que no tenían nada que comunicarse. Ella volvió con su vista a los cuadros y aquel pobre criado, Draco Malfoy, se dirigió a el jardín.