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Paternidad — capítulo 1
Draco sonreía cuando su pequeña hija de cuatro años, Crhistine, le miraba con devoción. Estiraba sus pequeños brazos para que él la levantara de la cama. Sonreía y miraba sus pequeños ojos, su cabello rizado; era toda su fascinación. Siempre, desde que la había adoptado. Crhistine adoraba juguetear y ser el objeto de aprecio de su padre. Nunca la descuidaba y aunque estuviera soltero o separado, estaba feliz con ella. Ese día, la llevaría a un gran lugar para niños.
- ¿Quieres ir al parque, Crhistine?- suspiraba él acomodándose el cabello que su hija quería estrujar entre sus dedos- No, Crhistine, eso duele...
Por supuesto, no para todos era felicidad. Una joven despertaba en una cama con una sensación de vacío, miraba a su alrededor y luego hacia abajo. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué estaba acostada allí y tan débil?
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No te muevas- le decía un hombre. Hermione intentaba mirar a su alrededor, pero sus ojos le dolían, como si hubiese estado mirando el sol fijamente.
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¿Qué... me sucedió?
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Tuviste una herida muy fuerte- le confesó el hombre- casi no sobrevives.
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¿Una herida?- preguntó ella con cierta incomodidad. El hombre que vestía una larga bata blanca asintió en silencio.
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Una herida muy grave que casi te cuesta la vida- comentó mirando algo dentro de una pequeña gaveta. Hermione se acomodó en la cama y miró a su alrededor. Bien, estaba en un hospital. San Mungo, por defecto.
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Pero, hay algo que está mal. Hay algo, que me falta.
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Sí, hay algo que te falta. Y te faltará.