← Historia 42013 · de
Historia 42013 — capítulo 4
La sala de proyecciones
Ya en el aula, Jeremy, un poco más calmado, explicó todo lo que le había sucedido. Todos nos quedamos atónitos y sin poder creerle. Pero su relato era tan contundente y a la vez tan alocado que no sabíamos que hacer.
-En serio-Volvía a repetir el muchacho, hasta que terminamos por creerle.
Algunos, como Jennie, se pusieron nerviosos y procuraron, siempre ir en compañía de alguien.
Después de esto también sucedieron cosas bastantes extrañas, como que los útiles cambiaban de lugar o aparecían apoyados sobre uno de los pizarrones más altos, donde nadie llegaba y, por lo tanto, donde nadie podía poner nada.
Los chicos, e incluso el maestro, se pusieron bastante incómodos y aseguraron que les pareció ver, en las sombras, cosas raras.
Para esto el tiempo había volado y se hicieron las 8.30 p.m. y debíamos ir a cenar a la cafetería.
Lo cierto era que cada vez había menos comida y lo más seguro era que, para el día siguiente a la noche
(Espero que salgamos rápido de aquí)
, nos quedáramos sin ella.
Luego de comer se suponía que debíamos bañarnos, pero seguía sin haber agua y sólo podíamos lavarnos las manos con agua mineral embotellada. Era realmente incómodo.
Después de varias horas, el profesor nos separó y nos asignó en grupos de a dos. Cada grupo registraría varias partes del edificio para ver si alguna ventana había dejado de ser tapada por la nieve.
(Que no me elija con James, que no me elija con James)
"¡Rayos!" Pensé cuando el profesor me dijo que iría con James y
(Bueno, al menos no va con Stephanie)
, el muchacho, se dedicó a sonreirme burlonamente.
A nosotros nos tocaría la parte del gran salón de actos, donde estaban los camarines, los pasillos y, arriba, la sala de proyecciones.
Nunca antes al decir "sala de proyecciones" me había estremecido tanto. Pero aquella noche tendría una mala experiencia allí.
Todos nos dividimos y fuimos hacia nuestros destinos. James y yo nos encaminamos hacia el salón de actos, bajando los peldaños de la escalera que casi ni se veían, excepto por la luz que proporcionaba la linterna en su mano.
Hacía un frío que calaba hasta los huesos.
Al tocar la puerta principal del salón de actos para entrar en él, me estremecí por el frío.
-¿Qué? ¿Tienes miedo?-Me preguntó mi compañero, como siempre tan altanero.
-Claro que no-Respondí abriendo la puerta y entrando.
Era un gran salón con muchas hileras de butacas y, más adelante, un piano antiguo (en perfectas condiciones) y el escenario. El gran telón rojo estaba recogido hacia los costados y se mecía con una brisa que, seguramente, se colaba por el vitreaux del techo. Rodeando el escenario y las butacas había dos pasillos con columnas que dirigían a los camarines cuando se hacían obras de teatro.
Decidimos separarnos e ir cada uno por cada pasillo para ver que ventana, o puerta estaba liberada.
-Pero no tengo linterna-Me excusé antes.
-¿La necesitas? ¿Acaso tienes miedo?
(Odiaba que pusieran a prueba mi valor)
-Me preguntó arrogantemente.
(Lo sé, se me ocurren muchos adjetivos negativos para él)
-Claro que no, es que… no podré ver.
-¿Acaso no comes zanahorias?
-Olvídalo-Le dije encaminándome hacia el pasillo izquierdo, mientras él iba por el derecho.
Mientras caminaba, por las columnas, miré hacia donde él estaba avanzando y por un momento, sólo por un momento, me pareció que él era otra persona. Estaba mucho más pálido (recibiendo la luz a través del vitreaux) y su cara no era la de él. Me miró y me sonrió maliciosamente abriendo, demasiado grande, sus ojos puramente negros. Un miedo me invadió de repente (temía que volviese a ver a los fantasmas) y cerré fuertemente mis ojos y, cuando los abrí, él volvió a ser el mismo de antes. Suspiré aliviado y seguí mi camino.
Entré en el camarín y me encontré con muchas cosas. Había un gran aparador con feos y ojones muñecos
(Seguramente actuó un ventrílocuo)
y abajo había varias cosas como gorros, trajes, armas de juguete y colillas de cigarillos.
Al costado del camarín había una puerta y una ventana que dirigían a los pasillos de los patios donde, seguramente, la nieve se había colado. Intenté abrirla sin resultado y me resigné, estaban tapadas también.
Cuando me dispuse a salir de allí me petrifiqué en la puerta y me dio un vuelco el corazón. El piano comenzó a tocar solo. En realidad no tocó, era como si alguien hubiese apoyado sus manos y las hubiera corrido tocando todas las teclas.
Una luz me encegueció desde la otra punta del escenario.
-No te asustes, loco-Me dijo James-Era sólo un rata, bobo.
-Yo no me asusté-Mentí acercándome hacia la luz-Y ya deja de alumbrarme, me encegueces.
El bajó la linterna e hizo el típico truco de ponérsela bajo la barbilla, de modo que, en medio de la oscuridad, se vio su cara iluminada dándole un toque fantasmal.
-Ya, James.
-Vayamos al segundo piso-Me dijo y así lo hicimos ambos, saliendo de allí y subiendo de las escaleras.
Ya les había mencionado sobre la sala de proyecciones. Estaba en medio de las entradas del salón de actos, pero en el segundo piso. Era una pequeña sala negra que tenía varios huecos para poner uno de esos aparatos proyectadores y que diese en el escenario.
La puerta estaba entreabierta y se meció un poco, chirriando.
Sentí una fría mano detrás de mí agarrándome la camisa desde atrás. Era James.
-¿Qué haces?
Me elevó por los aires tirándome de la ropa, abrió la puerta de la sala de proyecciones y me arrojó dentro de ella.
Me mostró la llave, provocadoramente y con ella me encerró allí, en la oscuridad.
Desesperado (Tenía claustrofobia) comencé a golpear la puertita y a gritar. James empezó a cantar: "¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!" y el eco de su voz retumbaba en mi cabeza.
-¡James! ¡Sácame de aquí!-Grité sin dejar de golpear todo a mi alrededor.
Por más que golpease la puerta había algo que me impedía abrirla, como si alguien dentro de la salita tirara hacia adentro.
Sentí que algo se movía allí adentro, a mi alrededor. Me desesperé aún más y seguí golpeando y gritando.
-¡Sáquenme de aquí!-Exclamaba yo mientras James seguía: "¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!"-¡Ayuda!
Para mi asombro, comencé no sólo a escuchar a James cantar, si no que era una voz más, dos voces más, cinco voces más.
Ellos cantaban siguiendo la melodía, golpeándome de aquí y de allá.
(¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!)
Eso me hizo recordar mis días de primaria, en los que llegaba a la escuela y todos me señalaban y hacían su horrendo canto
(¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!)
mientras yo caminaba cubriéndome la cara con los libros y queriendo desaparecer.
(¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!)
Me tiré al suelo cubriéndome los oídos con las manos para no oír. Pero ellos me susurraban al oído, me gritaban. Cada vez se sumaban más voces. Pude oír veinte diferentes. Eran voces de niños, de mujeres, de hombres. Había una de hombre, gruesa, desgarradora, aterradora, que volvería loco a alguien en pocos minutos. Cerré los ojos y las lágrimas resbalaron por mis mejillas.
(¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!)
En un momento me pareció oír un "¿Te acuerdas de nosotros?"
Sentía que los párpados se cerraban por si solos.
No podía creerlo. Ellos estaban allí, de vuelta. Estaban en la oscuridad, de nuevo. Me atormentaban, otra vez. Volvían a estar en mi cabeza, una vez más.
También podía oír la risa de James, sus risas, mofándose de mí, de mi sufrimiento.
La respiración comenzó a fallarme y sólo pude seguir oyendo su canto.
(¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco! ¡David, el loco!)