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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 24
**Mis queridos lectores: el retraso se debió a que he pasado días completos viendo series de televisión. Me desaparecí del mundo de la lectura.****Espero que vuelvan a disfrutar de estos capítulos. Los amo. Y gracias a los que están y tratan de estar siempre.****XXIV.**Miradas
Desperté nueve horas más tarde, sintiéndome extraña, con una cosquilla en la parte baja de mi abdomen. Luego, me di cuenta que había tenido un sueño erótico con Snape. Me coloqué una mano en la cara, avergonzándome de mí. No por el tipo de sueño, sino porque había soñado con él.
Estaba tapada con el cubrecama, seguro Drómeda se había ocupado de arroparme. La luz del sol de la tarde me daba directo en los ojos.
No recordaba muy bien que había sucedido, sólo me había dado cuenta por la sensación con la que había despertado: era como si una anguila estuviera en mi estómago, haciendo descargas eléctricas a cada momento y simulando un oleaje salvaje en mi interior.
Yo no era una persona demasiado sexual, bueno, ni sexual ni sensual. No era hermafrodita, pero había perdido la virginidad a los diecinueve años con un extranjero en una fiesta, y había sido bastante aburrido y doloroso. Al año después disfruté de verdad con alguien que no mencionaré, porque no recuerdo su nombre, pero sé que era un muchacho de Ravenclaw quien se había graduado dos años antes que yo. Y, eso, también había sido en una fiesta. Margaret fue la única que se enteró de ambas ocasiones y se burló de mí diciendo que era una perra por acostarme a la primera. No era alguien influenciable, ninguno de los dos me obligó. Sólo me dieron gansa de probar y ya, pero nada de eso fue maravilloso. De hecho, ni siquiera estaba segura si en la segunda ocasión había tenido un orgasmo. En la primera, definitivamente no lo tuve.
Tampoco había sido algo que me marcara, me sentía aún como una virgen, y tampoco tenía intenciones de volver a hacerlo, a menos que… A menos que se me diera la oportunidad con alguien a quien deseara.
De pronto, recordé la predicción de la vieja del Callejón Diagon. Me había dicho que iba a tener un hijo. ¿Y si resultaba ser de Snape? No, no podía tener un hijo con Snape. Sería terrible y terminaría por destruir a mi familia. Probablemente él lo negaría y yo me quedaría sola, luchando contra la adversidad, como las historias cortas que publica el Corazón de Bruja.
Hacía algo de calor y el sueño me había dejado con una temperatura corporal elevada, así que largué el agua helada de la ducha los cinco primeros minutos, para calmarme y refrescarme.
Snape había sido un Mortífago, ¿acaso ya no era la razón más fuertes para no meterme con él, para no quererlo? Hacía seis años atrás había sido suficiente para alejarme de él, para borrarlo de mi mente. Ahora ya no me sonaba tan grave, cuando debía ser peor que nunca. Estaba confiado ciegamente en Snape, aún cuando su trabajo de doble agente lo hacía más sospechoso aún. Y, ese, no era el único problema: me había sentido usada por él, me había ocultado cosas importantes y, la supuesta relación que habíamos tenido, ni siquiera fue como hubiese correspondido. Solía besarme y luego sacarme a patadas de su despacho.
De todas maneras, ¿qué plan iba a utilizar para olvidarlo si todo se me iba a hacer tan difícil en los siguientes días? La vida se estaba confabulando contra mí.
Pude mantenerme toda la noche despierta, al igual que el siguiente día, pero fue lo más aburrido que pude haber hecho en toda mi vida. Estaba Arthur en el otro extremo del pasillo, así que no podíamos hablar. Pensé que habría algo de acción, pero todo estaba en silencio. Incluso imaginé que Lucius Malfoy iba a aparecerse a husmear otra vez, mas los únicos que merodearon por el Departamento de Misterios fuimos el pelirrojo y yo. Ah, y Hestia nos acompañó sólo un rato para aumentar los refuerzos.
El corredor era frío y oscuro. Me recordó un tanto a las mazmorras de Hogwarts, aquéllos tiempos en los que yo los frecuentaba el despacho de Severus Snape, rogándole por un poco de atención, recibiendo sus "castigos", que no eran más que farsas para tenerme cerca.
El viernes fuimos citados para otra nueva reunión en casa de Sirius, la que ya estaba un poco más habitable. Algunas habitaciones estaban listas para ser utilizadas, pero no me daban muchas ganas de quedarme allí. Mi madre se estaba comportando muy bien últimamente y era agradable estar en casa.
—Te ves un poco pálida —me gruñó Ojoloco a modo de saludo apenas me vio —. Tal vez debamos entrenar más. Te ves más también delgada. Necesitas comer más carbohidratos.
—He comido como una cerda toda la semana, créeme, Ojoloco —le dije con una sonrisa cansada —. Un poco más y me reviento.
—No se te nota.
—Eso es bueno —me encogí de hombros.
—No, es malo, da la impresión de cualquiera te podría derribar; te quebrarán como a un Bowtruckle. Así que te recomiendo que dejes el día de mañana libre para ponernos a ello.
Mi mandíbula se cayó. Estaba luchando contra el enojo, el asombro y la risa. Sencillamente, Ojoloco era gracioso sin proponérselo.
—¿Todo esto lo dices porque soy mujer, Ojoloco? ¿Si fuera hombre, no me entrenarías?
—Exacto. Las mujeres tienen otros problemas por los que preocuparse usualmente y descuidan las cosas que realmente interesan.
Pues vaya qué razón tenía. No era un pensamiento machista en su totalidad; los hombres solían ser más primitivos para obedecer a sus instintos. Las mujeres, o al menos yo, era demasiado racional para estar no estresada, aunque reconocía que el beso que le di a Snape la otra noche había correspondido a un acto de naturaleza primitiva. Me había dejado llevar por lo que querían mis labios. Creo que actuaba primitivamente justo en los momentos que debía pensar mejor.
Snape procuró llegar esta vez a la hora justa, ni antes ni después. Creí que me ignoraría como en la reunión pasada. No fue así. Apenas se sentó cerca del director, al lado de Molly Weasley y lo más lejos de Sirius posible, me dirigió una mirada inescrutable, la que le devolví con creces.
La reunión duró menos de una hora, pero al menos quince minutos míos fueron derrochados en mirar a mi ex profesor de Pociones, quien me observaba sin disimulo, con la misma expresión insondable. Por lo mismo, terminamos de cenar temprano, como a las ocho y media. Era día viernes. No podía quería llegar a la casa, tenía la extraña sensación de que me iba a sentir muy sola. En momentos como aquellos eran cuando más necesitaba a una amiga. Sentía la voz de Margaret zumbando en mi cabeza, pero no era lo mismo, me sentía como una desequilibrada mental por ello. No tenía amigas.
Hermione y Ginny eran muy simpáticas, nos reíamos mucho durante la cena, o yo las hacía reír, y sí, hablábamos de temas interesantes, pero les ganaba por muchos años. Jamás podría llevarlas a un bar o a una fiesta o comentarles mis temas personales. O, tal vez podría, pero no debía.
—¿Te vas pronto? —inquirí a Shacklebolt sentándome a su lado y apoyando los codos en la mesa.
—Eso creo, ¿por qué? ¿Te sientes mal?
—No… me gustaría hacer algo diferente. ¿Te apetece ir al Caldero Chorreante a beber algo?
—Me parece una buena idea. ¿Nos vamos?
Hacía tiempo no nos divertíamos juntos con mi amigo. Pensé que no tendríamos tema —desde luego, no podía contarle nada acerca de Snape —, pero pasó al revés. Comenzamos a conversar de temas cotidianos, banales, ni siquiera hablamos del trabajo, y nos reímos como nunca recordando situaciones y hablando de Margaret, de la familia. Todo iba perfecto, claro, hasta que una bruja borracha se fue encima de mí derramándome encima medio vaso de hidromiel. Definitivamente, no era la única bruta en el universo, aunque ella estaba ebria y yo suelo estropear las cosas sin querer… o a propósito a veces. Unos magos de una mesa más allá soltaron una carcajada.
—¡Vaya! ¡Es una de mis nuevas remeras! —exclamé enojada.
—Lo… lo siento musho…¡hip! No fue mi intención, dulce niña… ¡hip!
Kingsley la ayudó a llegar has una mesa, donde cayó dormida roncando fuerte.
—Yo me encargo después —dijo Tom, el tabernero, resignado mientras limpiaba los vasos con un trapo.
Traté de limpiar la remera, pero no saqué toda la mancha ni el olor. Mi madre tendría que lavármela. Nos quedamos hasta las once de la noche más o menos. Mi amigo me acompañó a la casa.
—Te extrañaba un poco, Tonks —me dijo cuando estábamos en la puerta —. Creo que no te había visto reír hace tiempo.
—Ni yo a ti.
—Sí, bueno, vivimos tiempos pesados, ¿no? Pero deberíamos volver a salir otro día. Recordar a Margaret me hace bien.
—Sí, creo que deberíamos salir otro día. ¿No quieres pasar?
—No, tus padres deben estar durmiendo.
—Mi madre, seguro. Debe estar con los ojos desorbitados, mirando la hora y rezando para que llegue pronto. Buenas noches.
—Buenas noches.
Nos dimos un breve abrazo. No queríamos ponernos sentimentales, nos veíamos todos los días.
Tal como dije, Drómeda estaba "leyendo" en la cama. Creo que estaba más pendiente del reloj que del libro. Mi padre estaba cambiando los canales a un televisor viejo que nos habían regalado nuestros abuelos porque habían comprado otro. Estaba muy entretenido sacudiendo la varita para ver el canal siguiente.
Me saludó despreocupadamente, pero supe que le habría gustado abrazarme, así que fui y me lancé entre los dos para conversar un rato y dejarme mimar.
—¿Atrapaste muchos magos tenebrosos hoy, Dora? —inquirió mi padre rascándome la cabeza cariñosamente. Me sentí como un perro feliz. Digo… decir "perra feliz" sonaría feo.
—No en realidad, pero la otra semana tendremos que ir a Gringotts para comprobar las cámaras, así que habrá un poco más de trabajo —hice una pausa para pegar un gran bostezo —. Mamá, ¿puedes arreglarme esta sudadera mañana? Me lanzaron hidromiel.
La miró despectivamente.
—Me gustaría quemarla, pero sí, te la lavaré.
—Eres la mejor, Drómeda.
La casa de Sirius fue ocupada otra vez el domingo. Primera vez que se hacía una reunión tan seguida, pero las cosas se estaban realmente complicando. El Ministerio, en muy poco tiempo, logró lo que quería realizar a través de El Profeta: desacreditar al barbudo director y a Harry Potter. Tal como me había solicitado Snape por orden de Dumbledore, puse atención a lo que se escribía en el periódico: era una sátira de ambos personajes. Una burla que iba más allá de la crueldad… era odio. Realmente, no entendía cómo Dumbledore podía estar tan tranquilo hablándonos sabiendo que allá fuera mucha gente estaba comentando que estaba chocheando más que nunca. Yo ya me habría puesto a patalear y a tratar de limpiar mi nombre.
Ojoloco estaba retrasado y Dumbledore se preocupó, así que pidió que permaneciéramos allí mientras salía a investigar qué había sucedido.
—No me haría gracia saber que Ojoloco ha atacado a personas inocentes por creer que son Mortífagos —añadió antes de salir de la cocina.
—Tal vez deberíamos dispersarnos mientras esperamos a Dumbledore —dijo Sirius mirando fijamente a Snape.
Snape no ignoró eso.
—Puede que sea mejor que espere afuera —farfulló entre dientes.
Se paró y pasó por detrás de mi silla. Me tocó, sutilmente y con disimulo, pero pasó un dedo por mi espalda, o el codo, no sé. Fue un momento fugaz. Por un segundo pensé que lo había hecho sin querer, luego me di cuenta que algo tenía que significar. ¿Quería molestarme o debía seguirlo?
Sirius, Arthur y Dedalus se enfrascaron en una conversación sobre Quidditch, mientras que Hestia, Emmeline y Remus hablaban sobre las nuevas enfermedades que San Mungo estaba tratando gratis para gente de bajos recursos.
—…debería ser considerada una enfermedad, realmente es dolorosa la transformación… —decía Remus.
—Tonks, ¿podrías subir y avisar a los niños que la reunión tardará un poco más de lo usual? — me dijo Molly mientras guardaba un resto de loza limpia.
—No hay problema.
Creí que los muchachos estarían en el segundo piso tratando de oír algo, pero estaban todos en una de las habitaciones, enfurruñados.
—¿Por qué las caras largas? —pregunté sonriente sentándome al lado de Hermione, quien estaba oculta tras un gran libro.
—Estábamos tratando de oír algo con nuestras orejas extensibles —explicó Fred mostrándome un pedazo de algo que parecía ser un elástico grueso y de color carne —, cuando Snape salió al vestíbulo y tuvimos que huir antes que nos pillara y le contara a nuestra madre lo que estábamos haciendo.
—Bueno, no se han perdido de nada, a reunión no se ha completado, falta Ojoloco, así que cenaremos más tarde. De todos modos, les aconsejo que no se arriesguen a oír. Yo no diré nada, pero podrían meterse en problema con su madre y, créanme, una madre furiosa, es lo peor.
—Eso dínoslo a nosotros —exclamó George —, no sería algo tan nuevo.
—Bien, eh… ¿Y Snape salió a la calle? —pregunté con un tono despreocupado, mirando el techo.
—Lo vimos en el vestíbulo —repitió Ron.
—Ah, claro. Bueno, debo bajar otra vez. Aguántense para la cena y mejoren su ánimo.
Salí del cuarto. Pensaba bajar la escalera cuando oí un susurro. Miré para todos lados, creyendo que sería Kreacher insultándome.
—Aquí —dijo alguien en voz sumamente baja. Miré hacia un rincón en donde había un armario de madera oscura. Estaba entreabierto y no distinguía nada por la oscuridad. Entrecerré los ojos y di unos cuantos pasos… y cuando estuve lo suficientemente cerca, una mano pálida salió del armario, me agarró de la túnica y me jaló hacia adentro.
Saqué mi varita como pude, con el corazón latiendo a mil por hora, e iluminé el estrecho espacio. Con Severus apenas estábamos separados por un palo de escoba, el que se estaba enterrando dolorosamente en uno de mis senos.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —farfullé enojada —¿Y si llega Ojoloco y nos pilla con ese ojo siniestro?
—¿No que te gustaba correr el riesgo? —contestó él, mostrándome una sonrisa incitadora — Ibas a mi despacho para que te besara… Te gustaba que te encerrara con llave en él, me mostrabas las piernas en clases, hasta quisiste enseñarme tu ropa interior —sentí que las mejillas comenzaban a hervirme —. Me extraña que todo eso se haya perdido.
—No se ha perdido. De todos modos, fue una sola vez la que me agaché con falda para... Sólo que —estaba desvariando mucho, nerviosa —… Prácticamente me dijiste que no quieres que me acerque a ti. El otro día, cuando te besé…
—Yo jamás he dicho eso. Sólo dije que tiendes a complicar las cosas.
—¿Y qué quiere decir eso? —gruñí ceñuda.
—Pues, que las tiendes a complicar —contestó exasperado.
—¿Y por qué me has metido ahora en este armario contigo? ¿Qué quieres de mí? No te entiendo.
—Bueno… —puso una mano en mi cintura. Quise retroceder, pero el armario era extremadamente estrecho — Me detuve a pensar, si las cosas están así, ¿qué sentido tiene abstenerse?
—Snape… —susurré, sin saber qué interpretó mi tono: advertencia, enojo, anhelo...
No lo evité, no quise hacerlo luego de sentir su rostro tan cerca; sólo me dejé llevar. Me tomó la cara con la otra mano y me besó.