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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 23

Mis queridos queridísimos! Espero que estén súper bien. Gracias a los que leen fielmente y a las personitas que comentaron el capítulo anterior. Espero ver más participación en este xD. Besos y abrazos enormes. Disfruten!! PS: Me he portado bien, ven? ya no estoy tardando tres años en publicar 0=).

**XXIII.**La visita

No me hacía falta voltearme para saber quién estaba en el umbral de la puerta, burlándose de mi pose de perro y de mi golpe en la cabeza. Si hubiese estado más atenta, tal vez el sonar de sus pasos me habrían revelado su identidad de inmediato, antes que pisara incluso el Atrio.

         Por una fracción de segundo pensé en quedarme allí, ignorando su petulante presencia, pero el "clic" de la puerta al cerrarse me puso nerviosa y me paré como si alguien me hubiese pegado una patada en el culo. Sentí las mejillas ardiendo. La cabeza me pulsaba, me escocía el lugar del golpe, pero no sobé más: debía dar la impresión de un gorila de pelo rosado rascándose la cabeza.

         —¿Qué quieres? —pregunté dirigiéndome al escritorio sin mirarlo.

¡Pero qué ridícula! No es un maldito basilisco. ¡A lo más puede leerte la mente! ¿Qué pasó con lo de "seré valiente y le demostraré quién es N. Tonks y todo lo demás?

Alcé la vista y, sí, me atreví a enfrentar su rostro. Estaba con el entrecejo fruncido, las manos tras la espalda, ubicado delante de la puerta como un guardia, y con su típica capa negra, haciéndolo parecer un murciélago aterrador.

         —Vengo a entregarte un mensaje.

         En su tono hubo un dejo sorna.

         —Ah, ¿no podías enviarlo por lechuza? —agarré un montón de papeles del cajón y los dejé caer con fuerza sobre la superficie sin dejar de mirarlo. De pronto me sentía más osada: había recordado a Lockwood.

         —No seas ridícula —me espetó sin tapujos —. Es un mensaje de Dumbledore. Sabes perfectamente que no tenemos permitido andar enviando lechuzas para revelar información de valor… alguien no indicado podría leerlo.

         —Ah —hice una pausa, esperando a que dijera algo más —. Pues, adelante.

         Carraspeó y se paseó por la oficina a sus anchas.

         —Imagino que ayer no saliste.

         —Claro que salí, de alguna manera tengo que llegar al Ministerio, ¿no?

         —Me refiero a tu cita —dijo, arqueando las cejas.

         Me crucé de brazos y, para parecer amenazadora coloqué los pies sobre la mesa.

         —Mi "cita" murió el domingo. Así que sí, no pude "salir".

         —Lo sé, lo leí en el diario ayer.

Snape entrecerró los ojos durante un momento. Luego, con rapidez, se acercó al escritorio y se inclinó sobre él.

         —Sospechas de mí —acusó.

         —¡Claro que sospecho de ti! —vociferé — ¿Te enteras de que voy a salir con alguien, y a los dos días después Lockwood aparece muerto? —Snape abrió la boca para contestar, pero no lo dejé — Sé que me dirás "¿realmente te crees importante para mí?", pero, ¿qué otra cosa podría pensar de ti?

         —No asumas cosas que no sabes que diré—gruñó con enojo —. No creas que me conoces bien por lo que tuvimos hace años.

         Bajé los pies de la mesa y me paré rápidamente.

         —Sé que no te conozco bien, la verdad, es que no sé quién diablos eres, nunca lo supe realmente. Con suerte puedo asegurar que fuiste un Mortífago, y eso me da toda la razón para pensar mal de ti.

         Snape me hizo un gesto para que me callara.

         —No lo digas fuerte. Si estás molesta conmigo, dímelo, pero no lo grites aquí —farfulló con dientes apretados — Estamos en el Ministerio, ¿lo olvidaste? Somos el enemigo.

         Fruncí los labios, aguantándome.

         —Sé que no fuiste tú —admití al final —. Sé que no habrías asesinado a nadie por mí. Sé que lo de Lockwood fue obra de otra persona. Pero quiero saber si te pusiste celoso cuando me leíste la mente…

         —Qué poca sutileza, "leer la mente", yo no te leo la mente, la Legeremancia es…

         —…y no me cambies el tema. Y para mí, la Legeremancia es leer la mente y punto.

         —Como quieras. Me puse  celoso. ¿Contenta?

         —No. ¿Es cierto?

         —Te estoy diciendo lo que tú quieres oír. Me lo pides, lo hago— se evadió.

         —Entonces todo es un maldito producto de mi imaginación, ¿no? La manera en que me miras… cómo me hablas…

         —Permíteme ilustrarte que tú eres la única que anda con actitudes extrañas: ¿lanzarme una olla de agua sucia? Sé que lo hiciste a propósito.

         —Te lo merecías. Actúas conmigo… actúas conmigo tal cual lo hacías hace cinco años. ¿Cómo quieres que me sienta?

         Snape resopló con fuerza y se enderezó.

         —Tú ya no tienes sentimientos por mí —me reprochó—. No deberías tenerlos.

         Abrí la boca para decirle algo, pero no supe qué lanzarle primero, si las sarta de palabrotas o el discurso de cómo debía comportarse conmigo.

         "Tú ya no tienes sentimientos por mí. No deberías tenerlos". ¿Qué podía pensar por eso? Daba a entender que él sí podía sentir algo por mí. O… no, más como si se estuviera hablando a sí mismo.

         —¿Qué es lo que manda a decir Dumbledore? —terminé contestando. Se me habían acabado las palabras. Por poco me salía humo de la cabeza por la confusión que se estaba creando en mi interior. Los engranajes de mi cerebro estaban avanzando con mucha dificultad.

         Severus se enderezó y, con una parsimonia, que no sé cómo lograba conseguir, habló.

         —Mañana y el jueves debes quedarte escondida, con capa invisible, en el pasillo principal del Departamento de Misterios. Sturgis se ha enfermado con una bronquitis fulminante y el director necesita un vigilante. Arthur Weasley será tu compañero. También desea que leas El Profeta con frecuencia, aunque no te agrade leer demasiado… —hizo una mueca burlona.

         Asentí. Transcurrieron algunos segundos en silencio, donde podía escuchar el susurro de las estepas del desierto rodando al ritmo del viento.

         —¿Cómo supiste que estaba aquí?

         —Era obvio. Si no estabas donde Black —hizo una mueca—, que fue donde tuve que ir primero, tendrías que haber estado aquí, y si no, en tu casa. Menos mal que no tuve que ir a enfrentarme con tu madre…

         —Ya —le corté —. Puedes retirarte —recalqué señalando la puerta.

         —Envejecerás si no mejoras tu humor —comentó volteándose con lentitud.

         —¿"Mejorar mi humor"? ¡Disculpa, pero la mayoría del tiempo soy muy alegre! El único que me hace enfurecer eres tú —abrió la puerta y puso un pie en el umbral para salir, sin hacerme caso. Tomé un vaso que estaba lleno de plumas, tintas y lápices y se lo lancé con fuerza, pero no di en el blanco. Cerró la puerta y me dejó allí, sola, haciéndome sentir como una estúpida.

         Me crucé de brazos y me comencé a pasear.

Pudo haber dicho que no. Pudo haberle dicho a Dumbledore que NO quería o NO podía venir a comunicarme la orden. Por algo vino. Sólo quiere husmear en mi vida. No puede significar nada… ¿Y si hago algo? ¿Qué estoy arriesgando? Falta un mes para que cumpla veintitrés, soy dueña de mi vida.

         Pegué un salto. Con un movimiento rápido de la varita dejé mi portaplumas en el escritorio otra vez y salí corriendo de la oficina, dejándola con llave; no quería que mi acto salvaje diera fruto a acciones irresponsables. Troté por el pasillo solitario, la mayoría de los funcionarios se habían retirado. Probablemente quedaran sólo los de mi nueva oficina.  Tomé el ascensor y apreté el botón del atrio con energía sabiendo que eso no lo haría ir más rápido.

         —Maldita cosa arcaica —gruñí dándole una patada a la pared. El ascensor traqueteó misteriosamente, amenazando con detenerse — ¿Te puedes apresurar un poco?

         No lo hizo, así que corrí por el atrio apenas las puertas se abrieron.

         —¡Eh! ¡Tonks! ¡Tonks!

         Eric Munch se atravesó en mi camino. Frené en seco, casi patinando. Lo miré un una forzada sonrisa y le puse una mano en el hombro.

         —Te prometo una cita si ahora me dejas en paz.

         Lo eché a un lado y seguí corriendo. ¿Habría tomado Snape la salida de visitantes? Probablemente, así que me subí a la cabina telefónica.

         Cuando salí a la superficie, divisé la bastilla de una capa desaparecer por un callejón. Abrí la puerta de una patada y desenvainé la varita por si acaso.

         En el horizonte se apreciaba un leve color naranja. Había anochecido no hace mucho. Doblé hacia el callejón.

         —¡Espera! —le grité.

         Snape había estado a punto de desaparecer. Se giró lentamente mientras yo me agachaba afirmándome de las rodillas para calmarme. Tal vez necesitaría otra dosis de ejercicios dirigidos por Ojoloco Moody y unos cuantos correazos en el trasero por la idiotez que iba a cometer.

         —No tengo tiempo para tus desvaríos, Nymphadora —expresó con voz cansina.

         Me enderecé y caminé tranquila hacia él, pasándome una mano por la cara. Cuando estuve a un metro retrocedió, seguro pensó que le iba a abofetear. Pues no fue así.

         Lo besé. Lo tomé de las mejillas y aplasté mis labios contra los suyos. Se notaban fríos a simple vista, pero estaban cálidos y suaves. Estoy segura que un dragón comenzó a volar dentro de mi estómago. No recordaba haberme sentido así en mucho tiempo.

         Juré que me correspondería, que me tomaría de la cintura, que se pondría llover y que tendríamos el beso de reencuentro más apasionado de la existencia. Sin embargo, no se movió, no respiró, tampoco siguió retrocediendo… y, definitivamente, no llovió.

         Luego de lo que parecieron ser cinco segundos —se me hicieron una eternidad — me separé y lo miré a los ojos.

         Con sutileza tomó mis manos y las sacó de su rostro. Mis brazos cayeron a mis lados como dos inútiles bastones de carne.

         —No debiste haber hecho eso —susurró dando un paso atrás —. ¿Por qué tiendes a complicarlo todo?

         Eso último lo dijo como si le doliera. Se esfumó en medio del aire.

         —Por la sunga de Merlín… qué hice… —dije con voz agonizante.

         Sí, Snape tenía razón: no debí haberlo besado, no porque no me devolviera el beso; creo que si lo hubiese hecho, habría sido peor. Sino porque me había entregado ese críptico mensaje. Pero yo sabía lo que significaba. Sabía que me enamoraría de Snape otra vez… y que volveríamos a caer en las puercas y macabras redes de Cupido. Daba lo mismo lo que nos tardáramos… iba a suceder.

         —Oh, Eric, ¿por qué no me enamoro de ti, maldito zopenco? —farfullé, regresando con la cabeza gacha al trabajo. Nada había cambiado ahí adentro, aún tenía una torre de documentos que revisar y realizar.

Porque tengo cara de espinilla tartamuda y reventada.

Mi fin era quedarme hasta la hora que fuera para terminar los informes, pero no me di cuenta cuando me dormí sobre el escritorio, babeando los papeles. Seguro pasé a llevar el tintero cuando caí rendida sobre la mesa.

         —Tonks… ¿Tonks?

         Alguien me zarandeó con fuerza. Era Marie Daniels, "La Flaca". Se podía calificar como mi "ex compañera" de trabajo.

         Abrí los ojos con dificultad. Tenía como medio kilo de lagaña pegada en cada lagrimal. Con rapidez me limpié la boca babeada.

         —¿Qué? —contesté, perdida. Estaba desorientada.

         —Te quedaste dormida. Son las ocho de la mañana. ¿No te habían ascendido? Tienes que irte a tu otra oficina.

         —Oh, por Dios…—gruñí tallándome en los ojos y pensando en mi madre, quien me había dejado una suntuosa cena sorpresa en la mesa. Estaba famélica, el estómago me dolía por estar tan vacío. Miré los papeles. Me faltaba un cuarto de un informe, lo que no me tomaría más de diez minutos en hacerlo.

         —Si quieres yo termino el informe por ti —dijo Marie con avidez —. Me pagas diez galeons y quedamos a mano…

         —¿Diez galeons? ¿Estás loca? Lo termino de inmediato. Ni siquiera tengo diez galeons, no recibo el sueldo hasta final de mes —contesté de mala gana, tomando la pluma y mojándola en la tinta.

         Escribí más rápido que nunca para poder ir a adecentarme un poco a baño. Me mojé toda la cabeza para despertar y sacarme la cara de culo. Me sentía tan sucia, acostumbraba a bañarme todos los días y ya no lo había hecho.

         Corrí a la oficina antes que el morenazo pegara papeles con mi rostro en todo el Ministerio. Kinglsey estaba ahí.

         —¡Ahí estás! ¿Qué te pasó? Van quince minutos de retraso.

         —No me atrasé. Pasé la noche aquí —me quejé. Lo agarré de un brazo y me lo llevé lejos —. Shacklebolt, necesito que me des este día libre. No he comido desde ayer a la hora de almuerzo. Bueno, creo que me comí una paleta de dulce pelusienta que había en el bolsillo de mi túnica. Pero he dormido mal, necesito un baño y mi cama —me acerqué a su oído —. Hoy y mañana debo hacer de guardia donde ya sabes dónde. Necesito descanso si no quieren que mañana me encuentren en pleno pasillo, con una capa invisible a mitad del cuerpo.

         Me quedé sin aliento. Kingsley me miró con atención antes de sonreír.

         —Vete. Jamás te habías visto peor. Ten cuidado con quebrar espejos.

         —Ja, ja, qué gracioso. Adiós.

         A los diez minutos después ya estaba en mi dulce, dulce hogar, siendo atendida por Drómeda. Mi madre estaba tomando desayuno, sola, mirando a la nada, preocupada. Me estrujó en un abrazo cuando me vio.

         —¡Jamás pensé que tuvieras que quedarte!

         —Ni yo. O sea, me quedé dormida, me vine apenas pude. Suerte que mi ascenso lo ha mejorado todo… Kingsley me permitió tener el día libre.

         Mi madre me miró con ojos brillantes. Hacía tiempo que no se notaba tan feliz por mí.

         —Te guardé la cena de anoche. ¿Quieres comerla ahora?

         —¡Comería lo que sea! Mi estómago me está torturando.

         Drómeda se contuvo. Yo estaba comiendo como una verdadera salvaje, desparramando comida y dejando restos dentro de mi jugo, pero ella sólo se limitó a hojear una revista lentamente, frunciendo los labios con fuerza y arrugando el ceño. Realmente no estaba en mis cabales, sólo actuaba por supervivencia para saciar mi hambre e irme pronto a dormir. Un terrible dolor de cabeza me comenzaba atacar y, lo que menos deseaba, era dar tiempo a que los pensamientos acerca de la noche anterior se colaran en mi mente.

         —Permiso—pegué un brinco cuando acabé. Me limpié la boca con la servilleta y la lancé lejos —. Muchas gracias, Drómeda, pero necesito una cama. A fin de mes te pago por los servicios. ¡Te amo! —añadí propinándole una palmada en el hombro.

         Corrí a mi habitación, me lancé encima de la cama, y tal como caí, me dormí profundamente.