Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Cuando las cenizas vuelan · de

Cuando las cenizas vuelan — capítulo 22

*Mis queridos, me he pasado por 13 minutos, es sábado (según mi horario xD), pero no pude hacer nada antes. A pesar de que el día viernes era de descanso, sí, dormí un rato y luego partí a limpiar los baños. La obligación de hija que tengo es ayudar en los baños, y soy un poco fanática, así que restregué todo mucho rato, ajajja.**Por supuesto, los comentarios están contestados.**Ahora, espero que disfruten el capítulo. Espero algunos comentarios. Muchos abrazos y cariños, les deseo lo mejor para este fin de semana. Coman rico y descansen.***XXII.**El ascenso

Me sentí orgullosa de mí misma esa noche por mi gran logro, y es que era un real logro haberle lanzado por la cabeza la olla con mugre a Snape. Los gemelos no pararon de felicitarme maravillados. Por supuesto, debí suponer que algo se traían entre manos; debían congratularme, pero no era para tanto. Habría sido más loable pegarle una patada en los testículos.  No me equivoqué: muy como quien no quiere la cosa me preguntaron de qué habíamos hablado esa tarde en la reunión. Para su desgracia, Molly estaba mucho más atenta de lo que ellos pensaban y les espetó que cómo se les ocurría preguntar tal barbaridad. Yo, por mi parte, les habría comentado de buen gusto los temas. La señora Weasley me recordaba un tanto a mi madre, así que no veía razón para que se comportara de ese modo con los muchachos. Al menos, Fred y George eran mayores de edad, Ginny era casi tan madura como Hermione, y pues Ron… bueno, tal vez no fuese sólo cosa de madurez: tenían derecho a saberlo. El conocimiento significa poder. De todos modos, si sus padres preferían que ellos fueran ignorantes… mucho no podía hacer yo. En cualquier caso, la información no sería útil para nadie de su edad. Incluso, tenía que ver con Harry Potter más que con otra persona, y con suerte le servía a él. Es decir, Dumbledore no iba a mandar a Harry Potter a vigilar su propia Profecía.

         —Tendremos que perfeccionar nuestro plan de inmediato, Fred —farfulló George observando a su madre con enojo, levemente colorado.

         —No nos quedaremos sin saber. Esto es injusto. Estamos grandes.

         Me encogí de hombros.

         —¿Sabes si mi madre pone encantamientos en la puerta? —preguntó Ginny en mi oído de pronto. Me sobresalté. De pronto mi mente se había distraído mirando una de las cicatrices de Remus que se asomaba por el cuello de su camisa.

         —No me he fijado, creo que no ha hecho nada. Pero siempre puedes comprobar lanzando algo, algo no muy pesado, claro, para no despertar a la vieja bruja del retrato —respondí.

         —Gracias. Es que, de verdad, queremos tanto saber… —suspiró. Luego, me pidió si podía hacer alguna transformación de mi rostro. Cualquiera pensaría que me molestaba eso… pero me encantaba. Era como sentirme el centro de atención. Hermione me preguntó si podía asemejarme a algún animal. Sinceramente, jamás lo había intentado, pero estaba segura que podría parecerme a un chimpancé si lo intentaba, así que lo hice y lo conseguí. Tal vez mi trabajo de espía del Ministerio fuera más útil si me transformaba en un mono y me escondía por allí. Nadie sospecharía de un chimpancé… ¿o sí?

         A pesar de que lo pasé muy bien esa noche, llegué a la casa con  una extraña sensación, de esas que te dejan las peleas con alguien que quieres mucho. Yo no había peleado con nadie, y si es que lo que había sucedido con Snape se consideraba pelea, tampoco lo quería mucho. ¿O sí? ¿Cómo podía ser?

         En cualquier caso, algo le sucedió cuando supo que iba a salir con Lockwood el lunes siguiente. Apostaba ciegamente a que eran celos. Por algo me había dicho que había "caído bajo".

         No sé si era un problema de todas las personas, o de todas las mujeres o sólo mío lo de ilusionarme fácilmente. ¡Pero es que ese idiota me daba motivos! Bien, reconocía que no había estado tan interesado en mí en la reunión como la vez anterior, pero no pude dejar pasar la noticia que leí en El Profeta el lunes en la mañana. No me gustaba leerlo, sabía que estaban manipulando información, yo misma lo había oído de la Cara de Sapo Umbridge, pero todo ocurrió porque fui al piso del Departamento de Transportes a buscar a Lockwood. Por un momento me pregunté si lo de la cita no sería sólo una broma para dejarme plantada. Esperaba cualquier cosa de él. Incluso podía ser un Mortífago y podría tratar de sonsacarme información. ¡Definitivamente me estaba juntando mucho con Ojoloco! Estaba muy paranoica. Iba a tener que demandar a Moody por lavarme mi despreocupado cerebro.

         No encontré a Lockwood, así que pregunté a una muchacha que me contestó que lo podía encontrar en la Oficina de Trasladores. Me dirigí hacia allá y pregunté al único y solitario hombre que estaba atendiendo en ese momento. Era viejo y raquítico, y olía raro, como a momia.

         —¿Qué? —inquirió con una voz muy ronca— ¿Acaso no lo sabes? — tomó el periódico que estaba sobre su mesa y me lo extendió con una mano temblorosa.

         Miré la portada, pero no vi nada más que la cara de Fudge en ella, con la noticia de las futuras reformas que tendría el Ministerio y los posibles tratados que se harían con otros países.

         —¿Sí? —dije con lentitud —¿Esto tiene que ver con Lockwood?

         —Por supuesto que no. Página treinta y tres.

         Busqué la página y encontré algo que me dejó impactada, sin aliento y con un terrible nudo en el estómago. Era un artículo muy pequeño, seguro que querían hacerlo pasar desapercibido. La fotografía era pequeña, pero el personaje que miraba con aquella frialdad hacia la cámara, no podía ser nada más ni nada menos que Lockwood.

Alfred Lockwood, de 23 años y reciente funcionario del Ministerio en el Departamento de Transportes, es encontrado muerto a la orilla de un lago en Wiltshire…

Me quedé sin respirar unos segundos, pasmada por lo que había leído, incómoda. Fruncí los labios, esperando a que las lágrimas se asomaran por mis ojos, pero no fue lo que ocurrió. De hecho, el primer pensamiento que se cruzó por mi mente al leer eso, fue "Snape lo hizo". Mi corazón se aceleró.

Snape lo hizo por celos. No puedo creerlo. Esto es… increíble.

No se me aceleró el corazón porque fuera algo emocionante, si no porque era repugnante. Quise desmayarme para quedar inconsciente y no saber del infierno que se podía desatar en mi vida, incluso me dio ganas de vomitar, así que corrí al baño para no dejar un desastre en las inmaculadas alfombras del Ministerio.

         Vi mi imagen pálida en el reflejo. Los ojos me brillaban de puro miedo. Empecé a recordar algunas cosas, como que Snape había sido un Mortífago hacía años. ¿Lo convertía eso en un asesino? ¿Ser Mortífago implicaba realmente tener que matar gente? Apostaba a que así era… pero, sencillamente, no podía ser así. No podría creerme yo tan importante para Snape. Él no iba a matar por mí, no lo iba a hacer. Jamás se había esforzado en algo por mí.

         Yo… yo era mierda en su zapato y, lamentablemente, la única cita que iba a tener después de mucho tiempo, había sido cancelada,  porque la persona con la que iba  a salir había muerto. Creo que lamenté más la muerte de Lockwood por mí que por él. Fue un sentimiento muy raro, la verdad.

         No le di vueltas al asunto mucho tiempo. Ese día logré llegar antes de las siete a la casa, así que mi madre aprovechó de llevarme al mall muggle para buscar un regalo de Aniversario para mis abuelos paternos. Habríamos llegado antes que mi padre a la casa si yo no me hubiese quedado viendo ropa para mí.

         —Esa ropa tan fea —me regañó mi madre —, pareces un mendigo.

         —No te preocupes, la arreglaré un poco a mí manera y quedará más decente —dije y me miró con desconfianza.

         Me entretuve hasta las once de la noche haciéndoles estampados a mis remeras y, al día siguiente, tapándola con una elegante túnica de trabajo, me coloqué una para estrenarla en el Ministerio.

         Kingsley me estaba esperando en la oficina cuando llegué. Estaba tan serio, que supe de inmediato que estaba muriéndose por sonreírme.

         —¿Qué pasa?

         —Toma esto —dijo y me entregó un sobre elegante y muy dorado. El remitente era Rufus Scrimgeour.

Señorita Tonks:

Cordialmente la invito a mi oficina a las 9.00 am en punto para hablar de su ascenso.

Atentamente

Rufus Scrimgeour

Jefe de la Oficina de Aurores

         Mi corazón se aceleró y pegué un grito de felicidad. Abracé a Kingsley con tanta efusividad, que sin querer le pegué una bofetada al estirar los brazos. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero se aguantó.

         —No me gusta ser poco humilde… pero varias veces insistí a Scrimgeour que te ascendiera para que trabajaras conmigo, porque prometes ser un gran elemento. Ahora, no me defraudes y esfuérzate.

         —Gracias, muchas gracias, te juro que lo haré. No te arrepentirás jamás. ¡Jamás!

         Y así lo hice. Antes, sin embargo, fui a hablar con Cara de Culo de León para saber de mi sueldo, el horario y todo eso. Casi me caí de la silla cuando me enteré que mi sueldo había ascendido a más del doble. De un sueldo de sesenta Galeons mensuales, iba a ganar ciento cincuenta. Con eso podría pagar un arriendo de departamento perfectamente, y me alcanzaría para comprar mucha, mucha ropa muggle… También mi horario había cambiado, pero valía la pena: trabajaría cuatro días a la semana, pero si era necesario, Kingsley, que era mi "jefe", podía hacerme trabajar seis días, y dejarme uno libre. Esperaba que mi amigo no fuera tan cruel. Empezaría en mi nuevo puesto de inmediato. Sí, claro… el Ministerio necesitaba ver a N. Tonks en plena acción.

         ¡Fui tan feliz! Y, aunque prometía ser un día agotador, sentía que nada podría arruinarlo. Debí haber imaginado que ese era el típico pensamiento iluso: nunca nada podía ser tan perfecto. Jamás debes ir sonriendo por la calle y mirando el cielo, porque pisas mierda o te tropiezas. A mí me iban a suceder ambas cosas.

         Kingsley me mandó con otro Auror, Savage, a investigar el bosque de Wiltshire, donde Lockwood había sido encontrado. Esa, claro, era una misión encubierta, Kingsley nos avisó que el caso de Lockwood habían decidido no investigarlo sólo porque era un miembro del Ministerio. No querían alarmar a la gente. Nos entregó en un sobre protegido las fotos que se habían tomado al cuerpo y a la escena de crimen. Fue algo impactante, pero, en el fondo, estaba preparada para eso.

*¡Idiotas, apareció en las noticias, así que no intenten ocultar nada!*Pensé yo, hartada de tanta imbecilidad.

 Apenas termináramos, debíamos ir a Bristol a resolver el caso de un asalto a una casa, que también tenía que ver con muertes. Todo me olía a Mortífagos.

         Tal como predije, fue un día agotador, pero muy aventurero y de extremo cuidado. Jamás en mi vida había puesto tanta minuciosidad en mi trabajo. Tuvimos que viajar en escoba con capas invisibles puestas para no ser detectados y poder hacer bien el trabajo. Por primera vez en mi vida iba a trabajar en la parte más seria y oscura de mi profesión. Tendría que esforzarme al máximo, mi próxima meta era ocupar el mismo puesto de Shacklebolt y tener mis propios subordinados.

         —Esto no es una cortada —apunté a Savage mirando las fotos. Lockwood estaba con la túnica rasgada y sangrando de varios lugares como si le hubiesen lanzado una maldición cortante. Pero había una mísera marca uniforme e infectada. Fue raro verlo así. Sinceramente, la última imagen que había tenido de él era muy agradable; no estaba tan feo —. Esto es una mordida.

         —Hombres lobo —concluyó mi compañero con rapidez—. ¿Crees que debamos a mandar a llamar a Proudfoot para que nos ayude? Se fue a resolver un caso menor, pero si vamos a decidir atraparlos para que los encierren en Azkaban… será mejor que solicitemos ayuda si no queremos ser mordidos.

         La captura fue más rápida de lo que pensábamos. La historia ni se acercaba a lo que yo había imaginado. No había sido un grupo que lo había atacado. Es decir, sólo había sido un hombre lobo… un hombre lobo recientemente convertido, que tenía todo su instinto salvaje a flor de piel. Y Lockwood… pues Lockwood ya estaba muerto cuando él había decidido morderlo.

         —¿Crees que estuviera metido en negocios sucios? —inquirió Savage, pensando en Mortífagos.

         —No. Creo que fue mala suerte… o venganza.

         —¿Venganza? Puede ser.

         El joven hombre lobo alegó haber sido atacado por un tal Fenrir Greyback, por lo tanto no estábamos enfrentando a otro caso aparte. Decidimos llevarlo a San Mungo donde le ayudarían. Pronto tendría que declarar para dar una orden de arresto a ese apestoso de Greyback. Era un buen plan para comenzar a hacer que el Ministerio se encargara de esos mugrosos Mortífago. Con Savage apostábamos ciegamente que ese cerdo era aliado del Innombrable.

         Terminamos de completar nuestras misiones cerca de las ocho de la noche. Estábamos cansadísimos. No me habría importado tirarme en la calle para dormir un poco. Para mi mala suerte, me quedaba un montón de trabajo que hacer aún: aunque me habían ascendido, debía terminar unos informes que me habían quedado de la semana anterior, así que me iba a tener que quedar en la oficina haciendo trabajo extra. Me fui a mi "antigua" oficina, que estaba vacía, para trabajar con tranquilidad. La oficina de Kingsley solía estar más concurrida de gente. La calidad del trabajo era mucho más intensa y dedicada.

         Antes de comenzar, me acerqué a la chimenea, tomé un poco de polvos flú, metí la cabeza y exclamé, al momento en que lanzaba el polvo, "¡mi casa!". Me mareé. Siempre me imaginaba que tiraban de la cadena y me iba por un retrete cuando usaba la red flú.

         —…entonces, fui hacia Robert y le dije "¡hey, tu hijo se saca los mocos y los pega en las hojas de los libros…!

         —¡Hola! —saludé con efusividad. Ted y Drómeda estaban cenando tranquilamente, así que casi quedaron pegados en el techo del susto.

         —¡Por las barbas de Merlín! Qué susto nos has dado, Dora —se quejó mi madre con una mano en el pecho.

         —Lo siento mucho. Sólo quiero avisarles que llegaré tarde hoy, tengo mucho trabajo extra. Ya saben —le dije con voz despreocupada, como si no significara nada —, todo esto del ascenso me ha complicado un poco, pero ya mañana será otro día…

         A Drómeda se le desorbitaron los ojos.

         —¿Te ascendieron? ¡Te ascendieron! —gritó y se lanzó, perdiendo toda dignidad, hacia la chimenea para tomarme la cara y llenarme de besos. Jamás me había sentido tan acosada.

         —¡Felicitaciones, hija! —exclamó mi padre, aplaudiendo desde la mesa.

         —¡Mam… mamá!, me estás ahogando, me vas a hacer tragar ceniza….

         —Estoy tan orgullosa —dijo, soltándome por fin y reincorporándose como una modelo de pasarela —. Te dejaré la cena servida para cuando llegues.

         Cuando saqué la cabeza, juré haber oído otro grito de júbilo. Estaba segura que mi madre estaba saltando en una pata.

         —Soy genial… —farfullé satisfecha antes de golpearme la cabeza. Había calculado mal. — Mierda, eso duele… —me quejé, sobándome, aún en cuatro patas en el suelo. Los ojos me estaban lagrimeando.

         —Vaya —masculló alguien de pronto —. No sabía que solías hacer tu trabajo en esa posición de animal. Siempre he sabido que las sillas son más cómodas que el suelo, Nymphadora.

         Tuve la intención de tomar más polvos flú, pero esta vez para desaparecer completa, no solo mi cabeza.

Espero que no hayan errores, pero si los hay, me los indican. Cariños.