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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 27
Je! para que vean que no he faltado a mi palabra. Aquí tienen el nuevo capítulo, mis queridas y queridos. Disfrútenlo! Mientras tanto yo seguiré escribiendo. El próximo capítulo creo que estará siendo publicado el jueves o viernes! Ah, y para los que leen En pie de guerra III, ya hay nuevo capítulo!
**XXVII.**Cuadrúpedo infantil
No nos quedamos hasta muy tarde. Antes de la una estábamos saliendo del pueblo para retirarnos a nuestras respectivas casas. A esa altura de la noche ya se me había pasado el efecto del alcohol, por lo que podía volver a la normalidad de mi torpeza. Es decir, podía derribar sillas sin problemas.
—Deberíamos hacer estas salidas más seguido —comenté con nostalgia antes que nos separáramos.
—A mí me encantaría, pero a Sirius no le gustará nada. Le dará un berrinche — contestó Remus con lástima.
No era para menos. Mi madre estuvo de acuerdo con el comentario de Remus cuando le conté cómo lo habíamos pasado esa noche.
—Siempre ha tenido ese espíritu de libertad. Adoraba compartir con gente, gente que no fueran como el resto de la familia, claro, debe estar con los nervios de punta sabiendo que sus amigos se divierten como nunca afuera y él, encerrado con Kreacher… Kreacher nunca ha sido muy agradable…
Definitivamente, Kreacher era un dolor de trasero. Día por medio estuve yendo a Grimmauld Place. Ya no era sólo la compañía de Sirius la que disfrutaba, sino que con Remus lograba pasar buenos momentos. Era amable; tal vez no muy risueño, pero también, ¿cuándo me había juntado con gente risueña? Margaret era lo más serio que había conocido, y Kingsley sólo se reía con chistes que hablaran sobre el Ministerio. Definitivamente, mi fuerte no era juntarme con gente payasa como yo, dado que conmigo tenía suficiente. Apenas me soportaba.
Remus solía preguntarme sobre mi familia. Yo le hablaba del lado de mi padre, porque del lado materno podía contarle tanto como Sirius a él. La familia Black no era un tema interesante.
Sirius no pasaba tanto rato con nosotros como había esperado. A veces se iba a enfurruñar a su habitación o con Buckbeack. Creo que era por Molly, quien acostumbraba a reprocharle sobre la limpieza de la casa, que seguía en proceso. No era tan sencillo sacar capas de polvo que se habían acumulado por décadas, o doxys, arañas, telarañas y todo tipo de bicharracos que aparecían de todos los rincones. Además, por lo que había sabido, Sirius había tenido una pequeña discusión con Dumbledore sobre Harry.
—Sirius está desesperado porque Harry venga a quedarse con él. Es entendible, es su ahijado, pero Dumbledore asegura que debe quedarse con los Dursley lo más que se pueda. Nosotros apoyamos a Dumbledore, confiamos en él. Así que se molestó conmigo también por no apoyarlo a él —me dijo Remus una tarde, mientras Molly preparaba la cena y los gemelos Weasley contaban chistes al resto de la familia.
—¿Enojado con su único amigo? —bufé — Yo también estaría furiosa contigo —añadí con una amistosa sonrisa —. No me imagino a Dumbledore discutiendo. Siempre es muy pacífico.
—Es de temer, pero no se enojó. Sirius habló más. Albus sólo se dedicó a contestarle. En fin, ya se le pasará. Sabe, muy en el fondo, que la seguridad de Harry es lo primero y que Dumbledore sabe lo que hace.
Molly sirvió papas cocidas con un pudín de Yorkshire que estaba sabrosísimo. Iba a agarrar una salsa de ajo especial que había preparado para acompañar la comida y, sin querer, pasé a llevar el salero, volteándolo encima del regazo de Remus. Por un segundo todos se voltearon para ver lo que sucedía, pero nadie prestó atención luego. Estaban acostumbrados.
—¡Oh! ¡Vas a tener mala suerte!
—No te preocupes, no importa.
En fracción de segundos se limpió, volviendo a dejar los granos de sal intactos dentro del frasco.
—¿En serio crees en lo de la mala suerte? —preguntó frunciendo el ceño, extrañado.
—Claro que no, dije eso para no pedirte disculpas. Además, lo único que da mala suerte, soy yo.
—De eso, estoy de acuerdo. En el buen sentido, ya sabes. No es que considere que seas alguien que da mala suerte.
—No, no trates de arreglar lo que dijiste —contesté amurrada. Creyó que me había ofendido de verdad, pero luego, sonreí. Me devolvió la sonrisa. Me gustaba tomarle un poco el pelo…
El lunes, por fin Sirius se dignó a salir del claustro. Estaba ojeroso, barbudo, pero menos malhumorado. De hecho, bromeó bastante con los gemelos y comió como nunca. Se me hizo que había estado en huelga de hambre por puro orgullo. Yo no lo habría logrado, siempre tengo hambre, adoro comer.
No sólo bromeó con los Weasley, sino que, cuando nos vio a Remus y a mí conversando muy de cerca —estábamos hablando de él, por supuesto que estábamos secreteándonos —, hizo una fuerte aclaración de garganta y se cruzó de brazos encima de la mesa, mirándonos con una mueca burlona y las cejas arqueadas.
—Ya me preguntaba si te habías muerto —le dije —. Bueno, en realidad no te diferencias a mucho de uno.
—Me gusta ese sentido del humor —contestó —. Pero más me gusta esta extraña cercanía —movió las cejas con rapidez un par de veces. Con Remus nos miramos, con ganas de reírnos.
—Te ha hecho mal el encierro, Sirius —comentó su amigo, abriendo los ojo como platos.
—Bah, no se hagan. Digo, tan juntitos, hablando bajo… sé que has estado toda la semana aquí, Tonks; me imagino que se han estado acompañando mutuamente.
—Sirius, ¿por qué no te conviertes en perro y te vas a tu rincón? —le lancé. Luego, di un grito ahogado — ¡Ya comprendo! —me reí — Esta es la forma en que manifiestas tus celos. No quieres que te robe a tu amigo.
—¿Remus? Por favor, Buckbeack también es mi amigo y me la paso de maravillas con él allá arriba… No, ¿celos? No tengo celos. Sólo digo lo que veo. Además, Remus alcanza para todos… Bueno, debo añadir que, últimamente, se han acercado mucho ustedes dos…
La cena estaba deliciosa, pero Sirius no paró de hacer comentarios extraños referentes a nosotros. Nos miraba con los ojos entrecerrados y comía lentamente, como queriendo que nos pusiéramos nerviosos. A mí me daba igual, Remus me gustaba como amigo, pero él se molestó.
—Ya basta, Sirius —le gruñó con las cejas muy abajo. Se me hizo raro verlo así. A Lupin podía vérsele serio pero enojado, era muy difícil.
El mago alzó las manos e hizo un gesto de inocencia.
—Sólo es una broma, Lunático —le contestó, como si fuera el colmo que se enojara por eso—. Está bien que sean amigos, no me importa.
Sirius se abstuvo de molestar al día siguiente, pero tampoco tuvo motivos para hacerlo, porque compartí más con Ojoloco, quien estaba insistiendo en entrenarme un poco más, y en la cena estuve haciendo el show usual a Ginny y a Hermione sobre los cambios de mi rostro. Se realizó una reunión el día domingo, donde nuevamente fui designada para rondar por el Ministerio, pero esta vez con Sturgis. Arthur tenía una sobrecarga de trabajo, así que tenía que reemplazar su puesto. Snape, por suerte, no asistió a la reunión, así que no tuve que estar soportar esos incómodos juegos de miradas, ni sus capciosas frases. Debo admitir que lo extrañé. Se me hizo un nudo en el estómago cuando vi entrar a gran parte de los miembros de la Orden, incluso a la profesora McGonagall, menos a él. Me preocupé. ¿Estaría bien? ¿Acaso estaba con los Mortífagos? ¿Cuándo lo volvería a ver? ¿Qué sucedería entre nosotros dos? El corazón se me aceleró dolorosamente cuando me hice ese montón de preguntas. Con lo último que había sucedido, comenzaba a cuestionarme si éramos algo, una especie de amantes, no sé. No quería tener que ponerle nombre a lo que hacíamos y, es que en realidad, ¡no tenía nombre! Comenzaba a desesperarme. Y creo que fue la desesperación la que me hizo aceptar, al día siguiente, una cita con Eric Munch. Jamás creí que podría caer tan bajo.
Me interceptó apenas llegué al Atrio. Iba con una cara de sueño terrible, había tenido problemas para dormir por culpa de Snape y allí se me reflejaba a la perfección en las ojeras y los ojos hinchados.
—¿Tienes algo que hacer hoy, en la tarde?
—Bueno…
Sí, tenía que dormir un poco para vigilar el Departamento de Misterios con Sturgis, pero saldría temprano, Kingsley me había autorizado a salir a las cuatro, pero dudaba que durmiera hasta las once de la noche. A lo más dormiría unas cuatro horas, lo suficiente para sobrevivir y recuperar mi rostro normal.
Una espinilla brillaba en su nariz y estaba a punto de reventarse de puro entusiasmo. Los ojos le brillaban más que nunca, como si hubiese ido decidido, con todas las ganas de que yo aceptara de verdad su cita. Se había esforzado: fuera de su rostro, estaba muy bien presentado, más que otras veces. Me dio lástima: si me negaba una vez más, terminaría ganándomelo de enemigo, y él ya había soportado demasiado mi antipatía. No lo merecía.
—Salgo a las cuatro —contesté, abatida—, no sé si puedas luego de esa hora.
—No, el turno lo termino a las nueve. ¿Sería muy tarde para ti esa hora? Podríamos ir a Florean Fortescue… los miércoles tienen promociones especiales de helados y pasteles.
Sonrió ampliamente.
—Yo invito —añadió, creyendo que mi cara preocupada era por esa razón.
Tal vez no sea tan mala idea. Si estoy una o dos horas con él… llegaría a las once justas para cumplir mi misión.
—Paso por ti a las nueve, entonces. Nos vemos.
Suspiré mientras caminaba hacia mi oficina. Presentía que esa sería la noche más aburrida de mi vida. Pero ya no podía cancelarla, no a menos que fuera una emergencia.
No me esmeré ni un poco en arreglarme. Me bañé apenas llegué a la casa, comí algo, me acosté a dormir y me fui a buscar a Munch casi tal cual como me levanté.
—¿Dónde vas, Dora? —preguntó mi madre antes de que me fuera. Estaba lavando los platos de la cena, la cual yo me había saltado por dormir.
—Voy a salir con Eric… luego tengo que cumplir una misión para Dumbledore, así que no te veré hasta mañana a esta misma hora.
—¿Vas así de desarreglada? Es una cita, ¿no?
Me giré y le sonreí forzosamente.
—Mamá… no discutas sobre lo imposible. Nos vemos.
Para desarreglarme aún más, tomé un poco de polvos Flú y desaparecí por la chimenea. Me mareé un poco, pero al menos salí llena de hollín, que era lo que deseaba conseguir. No me preocupé ni siquiera de limpiarme. Mientras más impresentable, menos deseada era.
Ya casi no quedaba gente, la mayoría se estaba retirando para ir a sus casas. Caminé hasta el mesón, en el centro del Atrio. Eric estaba guardando sus cosas en una mochila.
—¡Hola! —saludó alegremente cuando me vio. Yo sólo me limité a hacerle un gesto osco con mis cejas.
—Entonces… ¿Iremos a Floran? —pregunté, sin saber qué decirle.
—Claro, eh… estás un poco sucia —me dijo, acercando su mano a mi rostro. Retrocedí un paso.
—Sí, sí, no te preocupes, ¿nos iremos por la red Flú? Luego me limpio.
—Yo pensaba que podíamos irnos en el Autobús Noctámbulo, no me gusta mucho la Red Flu…
—Es más rápida la Red. Vamos —repuse con impaciencia.
Lo tomé del brazo y lo hice caminar hasta las chimeneas. Me miró resignado cuando vio que yo me metía en una. ¡Me encantaba torturarlo! Era divertido. Al menos que me divirtiera haciendo eso, ¿de qué iba a conversar con él? ¿Del Ministerio? ¡Aburrido!
Iba a insistir él en sacudirme la ropa, pero me escabullé, apuntando con fingido entusiasmo una nueva tienda que había nacido en el Callejón Diagon con una línea de productos de las Brujas de Macbeth, que incluían desde tazones que calentaban la leche y tenían un sistema de agitación propia para mezclarla con chocolate o café, hasta túnicas de vivos colores con telas que comúnmente usaban los muggles, se llama "mezclilla".
—Sí, sí, vaya, es realmente interesante, si quieres podemos pasar a ver…
—No, no, otro día, vamos a comer, tengo hambre —comenté, y no era una mentira. De todos modos, quería deshacerme de él lo antes posible. Mientras menos tiempo pasara con él, mejor.
Eric quería que subiéramos a la terraza de Florean, que estaba a la luz de las estrellas, tenuemente iluminada por velas rojas y decorado con muchas flores blancas: demasiado romántico. Mentí y le dije que tenía frío, así que nos quedamos en el interior. Al segundo me arrepentí, porque allí estaba algo caluroso. Las mejillas se me encendieron, y estoy segura que el Cara de Espinilla lo atribuyó a su compañía, porque me lanzó una mirada coqueta, la cual me espantó.
En la mesa apareció una carta para cada uno. Elegí lo más caro y cerdo: helado de vainilla con trozos de frutillas a la crema, nevado con pedacitos de brownie y, por supuesto, chorreado de salsa de chocolate. Todo eso era más de lo que podía caber en mi estómago. Cuando estuve segura de mi decisión, envié volando la carta hasta la mesa central de los cocineros, que estaba tras un mostrador.
—No te da pena, ¿eh? Digo, no eres como las demás mujeres, que se preocupan de su peso y eso…
—La verdad, Eric, es que no me preocupo para nada —sonreí —, seguiré comiendo hasta ser una bola de grasa y ya no pueda pararme.
—Ajá… —hizo una mueca de inseguridad.
Menos mal que los platos no tardaron en aparecer en la mesa; estaba comenzando a impacientarme el tener tan poco para conversar con Munch. Como siempre, me hizo el comentario de mi cabello, de lo bien que se veía rosa. Ni siquiera le di las gracias, sólo asentí con la cabeza.
Alcancé a dar una probada placentera al helado. Hice explotar las frutillas entre mis dientes y dejé caer una gota de chocolate por mi mentón, casi como si fuera un comercial de un pastel en el Corazón de Bruja. Por un instante me sentí en una nube de felicidad por probar tan exquisito postre, sabiendo que yo no tenía que pagarlo. Estaba delicioso. Tal vez, haber aceptado la invitación no había sido del todo una mala idea.
Abrí los ojos, y no sólo Eric estaba observando con atención mi cara de satisfacción, si no que alguien, más allá, de pie, me hacía gestos con las manos insistentemente. Parpadeé.
Era Kingsley, con los ojos muy abiertos, y la situación parecía ser urgente.
Muchos besos y abrazos y gracias, gracias, muchas gracias por vuestro apoyo muchachos!