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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 35

Mis amores!!!!!! I'm back. Ayer presenté mi tesis de la que salí muy bien, fui muy felicitada, así que estoy re contenta. Ya me saqué un tremendo peso de encima, porque hace más de un mes que me estaba preparando. Para los que no comprendieron lo de la revista , recuerdan la edición de El Quisquilloso en donde decían que Sirius era un cantante llamado Stubby Boardman? o es que yo soy tan nerd que me acuerdo de ese detalle?? xD, bueno, si no, échenle un ojo al libro de la OF. Y eso, muchos cariños, a leer!!

**XXXV.**Primera cita

Me agarré la cabeza y gruñí por lo bajo: escribirle una carta era una pésima y terriblemente patética idea. Ya me lo podía imaginar arrugando el sobre y tirándolo al fuego tras leer el remitente con una mueca sardónica en aquellos tan poco deseables labios.

         —Maldito seas, Snape —farfullé cambiando por milésima vez de posición en la cama.

         Me obligué a dormir recurriendo a la ancestral receta de contar ovejas, pero sólo sirvió para que tuviera un montón de sueños en los que Snape decidía romper conmigo. ¿Pero cómo iba a romper conmigo si ni siquiera teníamos una relación que se pudiera considerar "estable"?

         —Dora. ¿Dora? ¡Dora!

         Pegué un salto y me tallé los ojos. Mi padre estaba en el umbral de la puerta muy bien peinado, vestido y perfumado.

         —¿Qué pasa?

         —¿Todavía estás durmiendo?

         —Por su puesto, ¿no me ves que…? ¡Me acabas de despertar, papá! —le grité de mal humor.

         Sonrió un poco avergonzado.

         —Bueno, es que con tu madre iremos a almorzar donde su amiga Rosalind, que está de aniversario. Pero tú no estás invitada.

         Lo miré con desprecio.

         —Tu madre dice que Rosalind es muy refinada y no quiere que vayas a ponerte esas remeras de bandas musicales y que andes bostezando sin taparte la boca — explicó mi padre encogiéndose de hombros.

         Me acosté de nuevo y le di la espalda.

         —Yo no te pedí explicaciones, gracias. Y al cabo que ni quería ir. Váyanse.

Váyanse y déjenme sumirme en mi dolor.

—Como digas… nos vemos, mi querida Dora.

         No aguanté mucho más. Se me había terminado el sueño y el estómago me comenzaba a rugir.

         —Si de algo sirve Grimmauld Place, es para recibir a los rezagados como yo —me dije en forma de desconsuelo más que de consuelo.

         Tal vez, si no hubiese estado de mal humor, no habría derribado el maldito paragüero del vestíbulo cuando llegué.

         —¡Asquerosos sangre sucia! ¡Ratas de alcantarilla! ¡Fuera de mi casa! ¡Tú, deshonra de la familia! —gritó la vieja abriendo unos enormes ojos — ¡Fenómeno de circo! ¡Hija de una vergüen…!

         —¡Lo siento! —supliqué a Sirius cuando lo vi aparecer con Remus como otras veces, para acallar el lienzo maldito. Parecía muy enojado.

         —No te preocupes, no has sido tú la que ha empeorado mi mal humor —gruñó Sirius.

         Remus negó con la cabeza, como pidiendo que lo ignorara. Ayudé a los dos hombres a cerrar el lienzo y luego nos dirigimos a la cocina.Llegué justo en miedo de una reunión casual que se había dado entre Dumbledore, Shacklebolt, McGonagall y la razón del mal humor de Sirius.

         Mi corazón saltó cuando lo vi, deseando escaparse de mi pecho. Snape. Conocí la razón del enojo de Sirius.

         —¡Ah! Buenas tardes, Tonks —me saludó Dumbledore alegremente con un movimiento de la mano.

         Severus que estaba intercambiando palabras con la profesora McGonagall, se limitó a dirigirme una mirada de reojo, a menos que se le fuera un ojo.

         —Bien — el director se puso de pie —. Creo que ya hemos aclarado los puntos más importantes. ¿Ya estará listo el almuerzo, Molly? —preguntó aproximándose a la mujer que estaba cocinando —. Hoy me quedaré a comer. Luego iré a…

         Miré a Severus fugazmente. Se reincorporó del asiento igual que la profesora McGonagall. De los puros nervios me puse a jugar con una botella de cerveza vacía que estaba sobre la mesa, evitando mirarlo.

         —¿No se quedarán a comer? —preguntó Dumbledore a ambos profesores.

         —Me temo que tengo que hacer cosas más importantes ahora, director —contestó Snape en un siseo.

         McGonagall también se excusó con algo, pero no presté atención. Apreté la botella con la mano, aguantando el impulso de mirar a Snape. No sabía si me sentía enojada, pero estaba extremadamente nerviosa, algo muy raro en mí. Tal vez esa sensación se debía a que estaba reprimiendo mis deseos de saltarle encima como un mono araña por la presencia de tantos testigos presentes.

         De súbito mi botella escapó de mi mano para estrellarse contra el suelo.

         —Oh.

         Y eso sucedió justo cuando el murciélago en cuestión cerró la puerta de la cocina.

         —Reparo —farfullé manipulando mi varita para devolver su estado original a la botella, extrañada. Yo sabía perfectamente cuando mis torpezas causaban estragos y cuando no. Y, eso, no había sido mi culpa. Y estaba segura de no haber causado magia involuntaria.

         Me paré de golpe. Iba a excusarme con un "voy al baño", pero nadie me puso atención, así que salí de la cocina antes de que se dieran cuenta de que me estaba escabullendo.

         Snape y McGonagall ya se habían ido, pero no sé por qué tuve la intuición de que tenía que salir de ahí. Con cuidado, evadiendo el paragüero, salí de Grimmauld Place.

         Miré para ambos lados. En la vereda de enfrente caminaban algunas familias de muggles.

         Sin saber exactamente lo que hacía, caminé hasta un callejón unas casas más abajo, donde acostumbraba aparecer o desaparecer. Estaba vacío.

         —Vaya… habrá sido mi imaginación —dije por lo bajo, creyendo que Severus había hecho caer la botella.

         Giré sobre mis pies para volver por donde había llegado, pero un "paf" me detuvo. Me puse en guardia para atacar.

         Severus alzó las manos con una mueca de burla.

         —Sabía que ibas a venir —dijo bajando los brazos.

         Guardé mi varita con rapidez.

         —Yo no he "venido" porque me placiera —gruñí de mala gana —. Tú fuiste el que mandó a volar la botella.

         Clavé la mirada en el suelo, amurrada.      

         —Es decir, si le hubiese prendido fuego a tu cabello, ¿habrías venido?

         Me enderecé mirándolo con enojo, pero no le contesté.

         —En fin… ¿es así como me hablarás luego de una semana casi sin vernos? —preguntó cruzándose de brazos.

         Estábamos separados por un par de metros, pero ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer en lo que cercanía respectaba.

         —Bueno, pudiste haberme ido a ver en medio de la noche… o haberme escrito —contesté en voz baja, volviendo a evadir su penetrante mirada.

         Respiró con fuerza.

         —No tengo tanto tiempo libre como piensas, Tonks —refunfuñó. Lo miré y me di cuenta que su rostro se había ensombrecido —. Que esté de vacaciones no significa que realmente lo esté.

         El oírle pronunciar mi apellido, ablandó mi corazón. Sé que él esperaba que yo siguiera protestando, y creo que lo habría hecho si me hubiese dicho "Nymphadora". En vez de eso, di tres zancadas y lo abracé. Se quedó de piedra. Creo que no esperaba esa reacción de mi parte.   

         —Es que me sentí culpable —murmuré apegando mi frente a su hombro —. Casi no me acordé de ti y, cuando lo hice, me imaginé que habías hecho lo mismo. ¿Puedes abrazarme? —agregué de mala gana al no sentir sus brazos a mi alrededor.

         Dudó. Lo supe porque su cuerpo tembló antes de tocarme. Me dio un abrazo rápido y se separó de mí, tomándome de los hombros.

         —Esta noche. A las nueve, en el Cabeza de Puerco.

         Entrecerré los ojos y analicé su rígido semblante en su cetrino rostro. Parecía reacio a demostrar emociones.

         —¿Es una cita? —inquirí con picardía.

         Me soltó y se encogió de hombros.

         —Llámala como quieras.

         —Es una cita —insistí sin evitar sonreír.

         Frunció el ceño y retrocedió un paso.

         —¿En serio cumplirás veintitrés años? —preguntó, pero no esperó a que contestara — Porque no lo parece.

         —Muy gracioso, Snape —gruñí —. Por favor, no me mates la ilusión con tu tóxico sarcasmo.

         Resopló.

         —Nos vemos, entonces —dijo antes de desaparecer.

         Me crucé de brazos, decepcionada. Me habría gustado que me saludara de alguna manera más cariñosa. La otra vez, se había portado muy bien, dócil. En cambio ahora…

         Miré hacia atrás. Tal vez se debía a que estábamos algo expuestos al público.

         Llegué justo a tiempo para comer con los demás. Al parecer, nadie se había dado cuenta de mi ausencia, pero hubo sólo una persona que se percato de la chispa interior que estaba creciendo en mí: Lupin. La ansiedad me había provocado tanta sed, que me bebí dos vasos de jugo de una sola vez. En ese instante, Remus me atrapó con su ávida mirada, entrecerrando los ojos. Estaba en frente de mí. A su lado, Dumbledore hablaba con Molly y Sirius, comentando algo sobre una aventura que había tenido con una manada de graphorn en Cotswolds.

         Le sonreí tímidamente a Remus, algo raro en mí porque no había timidez en mi interior, pensando en que debía disimular mejor mi felicidad. Pero no, no pude. Saber que iba a tener una cita con Severus, la primera, era más de lo que podía manejar. En cualquier momento iba a salir flotando de la cocina como globo inflado con helio.

         A pesar de ello, Remus no hizo preguntas acerca del por qué de mi felicidad. Además, tenía asuntos más importantes para hablar, con Dumbledore, acerca de las últimas investigaciones hecha en los suburbios lobunos. De cualquier manera, tampoco debía estar rindiendo cuentas a nadie acerca de mi felicidad, menos a Remus.

         —¿Tan pronto? —preguntó Sirius cuando, a eso de las seis, anuncié que me marchaba — ¿Acaso estás saliendo con alguien?

Uy.

         Justo en la llaga.

         —Sirius, si algo no he heredado de ti, es lo de jugar con los sentimientos de los demás —aclaré con seriedad —. Mi madre me dijo una vez cómo solías dártelas de Don Juan en Hogwarts.

         Remus rió. Sirius me apuntó con un dedo e hizo una morisqueta.

         —Eso no es justo. Eso duele. Estando aquí encerrado, sin poder ver a nadie… —dijo con dramatismo.

         Cuando llegué, me planté frente a mi closet y me quedé quieta, durante diez minutos, pensando en qué me pondría: no tenía ningún vestido, ni una sola ropa que pudiera verse sensual a los ojos de un hombre.

         —¡Aah! —grité agarrándome la cabeza — Ser mujer es tan difícil. Yo sólo quiero ser Tonks…

         Suspiré y saqué lo primero que pillé.

         —De qué vale preocuparme, si vamos a estar escondidos en el Cabeza de Puerco…

         No tenía sentido arreglarme más de lo normal si iba a tener que mantenerme oculta bajo una capa negra. Debíamos desentonar, no llamar la atención. Por eso mismo, decidí dejar mi cabello en su estado original: liso, largo y castaño.

         —Ugh, Tonks… ahora sí pareces una "Nymphadora" de lo fea que te ves —dije al pálido reflejo del espejo.

         No sabía si íbamos a comer algo en el Cabeza de Puerco, pero tampoco quería arriesgarme a probar algo de ese tóxico lugar. Comí con ansiedad un poco de Sheperd's pie que había quedado del día anterior, y luego lavé tres veces mis dientes de puro aburrimiento.

         —¡Maldito reloj! ¡Por qué no avanzas más rápido!

         Siete y media…

         Un cuarto para las ocho…

         Las ocho…

         Me lancé sobre la cama, pensando en cómo sería estar con Severus, tranquilos, adultos. Era realmente increíble pensar en que estaríamos juntos como una pareja normal…

         No quise cerrar los ojos. Se me cerraron solos, de un segundo a otro. ¡Juro que no tenía sueño! Todo fue culpa de lo que tanto temía: La Maldición de la Primera Cita.

         Desperté quince minutos pasada las nueve, pegando un grito al darme cuenta de lo que había sucedido.

La maldición de la primera cita. Dicen que, la primera cita, siempre es un desastre… ¡Y yo ya me he quedado dormida!

No perdí mucho tiempo más. Me lavé la cara, y dado que ya estaba vestida y todo el asunto, me eché la capa encima, agarré mi varita, algo de dinero, y me esfumé de la casa. Tuve que volver, eso sí, porque se me había olvidado dejar con llave y apagar las luces.

         —Estúpida Tonks… —farfullé, agitada, a pesar de que no había corrido, entrando al bullicioso y poco acogedor Caldero Chorreante.

         Miré para todos lados, confundida: en todas las mesas había gente con capas, vendas, y todo tipo de vestimentas extrañas. ¿Cómo iba a distinguir a Severus?

         No me costó demasiado, en realidad. De una mesa del fondo, alguien me hizo señas. Suspiré, aliviada.

         Pasé entre las mesas, esquivándolas con gracia, y me senté a su lado.

         —Lo siento mucho. Me quedé dormi… ¡Aaaah!

         La persona se sacó la capucha. ¡No era Severus! Era una especie de hombre-troll… Hombre por la contextura, y troll por lo extremadamente feo. El sujeto me agarró de una mano.

         —¿Te gustaría beber algo conmigo? —dijo, lo que sonó más a una orden que una invitación.

         —Yo… yo no… —traté de zafarme. Iba a sacar mi varita para repeler al individuo cuando su cara, por arte de magia, se estrelló contra la mesa, dejándolo inconsciente. Alguien había aparecido tras la silla.

         —Ya veo por qué te tardaste —susurró Severus bajo la capa —. Te estabas divirtiendo con un extraño.

         Me paré y rodeé la mesa para acercarme al profesor de Pociones, mirando a mí alrededor. Nadie se había dado cuenta. El Cabeza de Puerco era el lugar perfecto para cometer un crimen sin que nadie se enterara.

         —Claro que no. Me quedé dormida, no fue mi intención hacerte esperar.

         —No me hiciste esperar… acabo de llegar.

         Algo se desinfló en mi interior, pero no hice mucho caso. Lo seguí hasta una mesa oculta tras un grueso pilar decorativo muy destartalado.

         —¿Y bien? —dije cuando nos sentamos — ¿Vamos a beber algo?

         —No tengo sed —contestó Severus de muy mala gana.

         —En serio que no te quise hacer esperar —insistí, sabiendo de pronto que me había mentido para defender su orgullo.

         Me observó de soslayo, pero no dijo nada. Resoplé con fuerza, echándome hacia atrás con los brazos cruzados.

         —¿En serio…? ¿En serio vamos a hacer que nuestra primera cita sea una historia más de "La primera cita es un desastre"?

         Se giró hacia mí con un semblante rígido y escaso de emotividad. Luego, algo incómodo, como si hubiese tenido un período de estitiquez en el baño, me dijo en una voz apenas audible:

         —Te ves… bien.

         Tal vez pensó que no lo iba a oír, porque se molestó cuando sonreí de oreja a oreja. Me incliné hacia él.

         —¿Me veo "linda"?

         Severus se echó hacia atrás.

         —Claro que no.

         Me  seguí inclinando hacia él.

         —Vamos, no te pongas en esa postura de falsa frialdad, Snape —sonreí aún más. Me dieron ganas de sacarlo un poco de quicio —. Me extrañaste, por eso me invitaste a salir hoy.

         Arqueó una ceja con petulancia.

         —Cree lo que quieras.

         Le di un codazo en el estómago.

         —No lo niegues…

         —Deja de comportarte como una chiquilla de siete años —refunfuñó alejándome de él.

No voy a dejar que él arruine nuestra primera cita, pensé, decidida a mantenerme en el buen humor.

         —Está bien —dije, parándome, seria.

         Snape me miró alerta, y se quedó de piedra cuando me vio alejarme… hasta la barra.

         —Dos jarras grandes de cerveza, de la mejor que tenga, o la menos mala —le dije a Abeforth, el viejo tabernero, quien me dirigió una mirada de desconfianza. Llenó dos jarros de un litro cada uno con una espumosa y helada cerveza que había salido de un botellón sin nombre.

         Las llevé flotando hasta la mesa. El murciélago idiota no se había movido. Estaba desconcertado.

         —Dije que no tengo ganas de beber —reiteró de mala gana.

         —Y yo digo que te calles alguna vez —dije entre dientes, a punto de perder la paciencia. Me dejé caer en la silla y tomé mi jarra, bebiendo con ganas —. Anda, prueba un poco, está sabrosa.

         Era cierto. Para no ser una cerveza de marca, estaba rica. O, tal vez, yo estaba tan empecinada en que todo saliera bien, que estaba tratando de verle el lado positivo a todo.

         Snape agarró el jarrón con expresión de escepticismo y bebió un sorbo. Arqueó las cejas, impresionado.

         —No está mal —comentó y  repitió la acción. Luego, dijo—, pero ya es suficiente —golpeó la mesa con el jarro y me  observó, cruzando los brazos —. Entonces…

         Actué de forma innata. Tal vez, la razón fue el poco de cerveza que había bebido, o sencillamente, fue porque hacía mucho rato que deseaba hacer eso. Me abalancé sobre él, rodeando su cuello con mis brazos y lo besé sin ninguna delicadeza. Me respondió con la misma urgencia, pero luego, se deshizo de mí y me gruñó, entre avergonzado y molesto un "¡aquí no!".

         —¿Por qué? —susurré sin aliento — No estamos a la vista de nadie —protesté apuntando el grueso pilar que nos ocultaba del resto del mundo.

         —Pues alguien podría asomarse. Es demasiado riesgoso —contestó con voz impasible.

         —¡Ah! Qué bien, entonces, Severus… ¿cómo has estado últimamente? —pregunté, apoyando mis codos en la mesa y mi cara sobre mis manos entrelazadas con una mirada de ávido interés — ¿Has tenido mucho que hacer?

         —¿Qué pretendes?

         —Bueno, si no nos vamos a besar ni nada, entonces háblame de algo —contesté de mala gana.

         —No podemos…   

         —¡Blah, blah! "No podemos hablar, no podemos tocarnos, no podemos mirarnos, o sea, no podemos hacer nada porque alguien podría vernos…" —interrumpí, hablando con una voz que no se parecía nada a la de Severus —. Tonterías.

         Me agaché y empujé mi silla hacia atrás.

         —¿Qué estás haciendo…?

         Agarré a Snape del brazo y lo tironeé para que se agachara.

         —Hay un mantel que nos tapa, no tienes excusa.

         Volvía engancharme de él para besarlo, mas esta vez, no me frenó. Sentí su cálida mano enredarse en mi cabello y la otra pasar alrededor de mi cintura. Traté de acomodarme para apegarme un poco más, pero al sacar la mano del suelo con la que me afirmaba, perdí el equilibrio y golpeé una pata de la mesa, haciendo que una de las jarras de cerveza nos volcara su contenido sobre la cabeza.

         Me separé de Severus, sintiendo mis mejillas arder. Un rugido gutural salió de mi garganta en el momento en que me ponía de pie para salir de allí. Sentía mi cabello goteando de cerveza, pegajosa, pero a nadie le llamó la atención cuando crucé las puertas con violencia con apariencia de monstruo marino. Había sido una suerte estar en el Cabeza de Puerco, si no, habría muerto de vergüenza.

Apenas pueda actualizaré los otros fanfics.