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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 45
Mis queridos lectores, siento mucho haberme saltado el sábado anterior, pero estuve sin computador 4 días porque estaba en el doctor de computadores xD. Luego, el resto de la semana, no tuve tiempo. Y ahora estuve durmiendo toda la tarde, estaba tan cansada, ni se imaginan. Dolor de cuerpo por todos lados.En fin, el cap ya estaba listo. Ahora, a disfrutar!
XLV.La pierna rota
Sin embargo, lo único que pillé fue un salón de estudios lleno de libros, muy lúgubre y cubierto de tapices, y otra sala repleta de ventanales, luminosa y con una hermosa vista a una pileta trasera en medio de un interminable patio, lleno de jardines, flores, bancos y pilares. Era un lugar de ensueños.
Malditos bastardos. Y yo me debato dentro de una caja de fósforos.
Me la habría pensando dos veces para meter las narices dónde no me llamaban si hubiese sabido lo que venía a continuación. Estuve a punto de subir al segundo piso, más que por querer descubrir algo, por mera curiosidad de ver qué tan grande podía ser la propiedad y cuántas habitaciones y cosas de valor podía tener. Sin embargo, el salón de los libros, una biblioteca en realidad, podía ser el lugar perfecto para ocultar algo. Me devolví rápidamente y observé la gran alfombra aterciopelada y color vino que recorría el piso como cual detective las huellas
Tal vez haya una puerta trampa… Pero levantar semejante alfombra, y sacar todo lo de arriba, incluso con magia… Voy a causar tremendo desastre.
Mis ojos, sin embargo, se volvieron hacia el extenso y alto librero apegado en el fondo, tras un enorme escritorio de caoba con una exquisita silla de cuero, probablemente de dragón.
Y si…
Rápidamente crucé la habitación y apunté con la varita los libros, murmurando una serie de hechizos reveladores. Pude notar cómo un libro delgado y de portada de color rojo vibró un poco en la parte inferior del centro del mueble.
Me olvidé por unos segundos de cómo me había colado en la casa de mi otrafamilia, y tuve una sed tóxica de descubrir qué tenían oculto, cosa de tener suficientes pruebas de mandarlos todos a la cárcel, sorprendiéndome a mí misma por tener tales venenosos pensamientos. Me acerqué con rapidez y estuve a punto de tomar el libro y sacarlo —estaba segura que debía conducir a alguna escalera o algo por el estilo —, pero mi descuido acerca del tiempo fue casi fatal, y tuve que enfrentarme a lo que vino después.
—¿Qué está haciendo?
Di un respingo y me giré, por un momento creyendo que era yo, la auténtica Tonks. Sin embargo, cuando vi de reojo mis huesudas y largas manos, supe que seguía estando transformada.
Narcissa se hallaba en el umbral del salón, con una mirada iracunda, que me recordó mucho a mi madre, y fue lo único que pudo demostrarme que eran hermanas. Tenía la varita fuertemente asida en la mano.
—Le pregunté que qué está haciendo, señora Hardwicke —dijo entre dientes, comenzando a alzar la varita.
—¿Qué le importa? —contesté, sin medir las consecuencias. Solamente tenía ganas de ser grosera.
Pude ver cómo las cejas de mi querida tía se juntaban hasta forman una gaviota, sólo para dar paso luego a la acción de su mano violenta que lanzó un hechizo que pude esquivar. Lancé un hechizo escudo para protegerme y corrí hacia ella, dándole un empujón con el hombro. Hice que se golpeara en la espalda contra la pared, pero también me dolió el hombro como si me hubiesen lanzado una piedra.
Esta mujer está hecha de fierro… ¡Qué demonios!
—¡Lucius! ¡LUCIUS!
¿Lucius?
Mierda.
Corrí por el pasillo a la velocidad de un rayo, lanzando hechizos por sobre mi hombro a diestra y siniestra, pensando en que Lucius venía tras de mí. Sin embargo, de pronto, delante de mí apareció una escalerilla por una puerta trampa apegada al techo y un hombre corpulento y de pelo largo y rubio, con una expresión de alarma en el rostro descendió por ella.
—¡Hey! —gruñó cuando di un salto grande para pasarlo y seguir rumbo hasta el vestíbulo. Si no lograba huir, terminaría muerta como Kay Hardwicke y nadie se enteraría jamás de lo ocurrido. Aunque probablemente luego de muerta volviera a la normalidad. La falda me incomodaba, no podía correr con naturalidad, pero los tacones eran de lo peor. Me torcí un tobillo, pero no alcancé a sentir dolor.
De cualquier modo, ese no era mi momento para morir.
—¡Crucio! ¡Impedimenta! ¡Expell…!
—¡Silencius! —grité nerviosa de oírlo. Por supuesto, eso no serviría de nada.
—¡Lucius! ¡Se escapa! ¡Es Kay Hardwicke, la periodista! ¡Estaba robando! ¡Se escapa!
Llegué a la puerta y tiré del pomo con fuerza, haciendo que la puerta rebotara en la pared. Corrí por el sendero del jardín, preparándome para desaparecer, no obstante, antes que pudiera dar un giro, sentí un terrible dolor en la pierna izquierda que me hizo tropezar y caer de bruces.
—¡Ah!
Noté fugazmente la cara de triunfo del cuñado de mi madre, mientras mis oídos captaban vagamente los gritos de Narcissa desde el interior de la casa. Su varita se volvía alzar para descargar alguna maldición contra mí.
No sé si aquella expresión que colocó fue realmente porque me había derribado, dado que, cuando decidí reincorporarme a pesar del dolor, y desaparecer antes de ser torturada y tal vez asesinada, y me materialicé en la sala de mi anhelada casa, me di cuenta que mis proporciones físicas habían vuelto a ser las mismas: ¿me habría alcanzado a ver?
—¡MALDICIÓN! —grité muerta del dolor, dejándome caer con cuidado sobre el sillón —¿Quién me envió a hacer semejante estupidez?
Me miré la pierna y gracias a las medias transparentes que llevaba y la falda, pude notar cómo mi peroné abultaba mi piel en una zona enrojecida que comenzaba a inflamarse, y mi tobillo torcido, en la misma extremidad, se estaba poniendo morado.
Había sido una pérdida de tiempo, y más encima, estaba con la pierna izquierda hecha puré. El desgraciado me la había fracturado, y ahora estaba en la duda de si me había visto o no.
Mi madre me va a matar…
Pero, un momento… Ella no se tiene por qué enterar, y aún le quedan dos semanas de vacaciones.
—Tengo que hacer algo —farfullé, enderezándome con cuidado, sintiendo una lágrima de dolor se deslizaba por mi mejilla.
Pensé en Kingsley, pero creí que podía cometer un error al llamarlo: me había advertido… ¡Me había advertido, maldita sea! No iba a conseguir su ayuda. Lo peor es que al día siguiente tenía que hacer la vigilancia en el Departamento de Ministerios. Tendría que hacerme la enferma y rogar a Arthur que me relevara.
Necesitaba que alguien me arreglara la pierna, y estaba segura que yo no era esa persona, y que mi madre, que si bien era una experta en arreglar heridas, no iba a ser candidata para esa ardua tarea. Antes me ataría para hacerme un interrogatorio de cómo había acabado así de lesionada. Jamás me había pasado algo similar, y eso que con mi usual torpeza tropezaba un montón.
—No puedo ir a San Mungo… —gimoteé con un puchero, pensando en lo arriesgado que era salir en ese momento de mi casa y exponerme en el mundo mágico. Además que me dolía mil demonios.
Necesitaba a alguien que no hiciera muchas preguntas y que supiera suficiente magia para hacer algo.
Entonces, la palabra vino sola a mi mente, con un pequeño "pop": Remus.
Sin pensarlo más, envié un patronus al mago con la frase "necesito una ayudita" grabada, rogando para que lo recibiera lo antes posible. La otra opción habría sido utilizar polvos Flú para conectarme con Grimmauld Place, pero no estaba cien por ciento segura de que estuviera allí en realidad y no quería que Sirius me interrogara. Apostaba a que me felicitaría por mi osado plan, pero corría el riesgo de que se lo contara a toda la Orden como si fuera una gran hazaña.
Transcurrieron quince minutos antes de que me dieran ganas reales de ir al baño. Tuve que auto-levitarme para no caminar, algo que jamás había realizado y era más difícil de lo que parecía. Acercar el retrete no era una opción, porque necesitaba sí o sí estar conectado a una cañería.
Remus llegó casi una hora después de haber recibido mi mensaje. Entre ese tanto, me había tomado un cuarto de cucharadita de poción para quitar dolores que quedaba en una ampolla. No fue suficiente, pero no dolía tanto si estaba quieta como una momia.
Abrí la puerta con magia cuando oí que golpeaban.
—¿Qué te ha sucedido? —dijo Remus a modo de saludo cerrando la puerta rápidamente tras de sí. Se veía demacrado, como siempre, ataviado con su raída túnica. Sus ojos estaban como platos y estaba despeinado por el viento.
—¡Nada, nada! —salté, haciendo un movimiento despreocupado con la mano —. O sea… —hice una mueca—. Me fracturé una pierna —contesté finalmente, sabiendo que no era a eso a lo que se refería. Tal vez no me salvara de un interrogatorio esta vez.
El mago me miró con desconfianza. Luego, analizó mi atuendo, arqueando una ceja.
—No quiero tener que mentirte —mascullé con cierta culpabilidad. Era muy aprovechador de mi parte llamarlo para que me ayudara y yo tuviera el descaro de no decirle lo que me había ocurrido.
Alzó las manos a la altura de los hombros.
—Está bien. Prefiero no saberlo.
—Lo siento mucho.
—No lo creo —dijo con voz cansina, aproximándose a mí.
—No, en verdad lo siento —insistí. Era cierto. Yo quería confiar en él, pero tenía miedo…
Miedo a que me regañara o se enojara, y no necesitaba más enemigos en ese instante.
—Déjame ver tu… Oh, vaya —miró mi pierna izquierda con asombro y sobrecogimiento —. Está horrible. No soy un experto en huesos, Nym… Tonks —corrigió ante mi mirada de amenaza —, haré sólo lo que sé hacer y créeme que te va a doler tanto como para querer matarme.
Se sentó a mi lado y sacó la varita.
—¿Preparada?
—No, pero haz lo que tengas que hacer.
Farfulló algo por lo bajo, haciendo aparecer una tablilla que inmovilizó mi pierna y la dejó en la posición correcta. El hombre tuvo razón: tuve el deseo casi incontrolable de enredar mis manos en su cuello y zarandearlo hasta que me dejara de doler.
—Me encantaría hacer algo más por ti, pero temo que puedo dejarte peor —advirtió con tal sinceridad, que no me atreví a insistirle en que arreglara mi pierna. No quería que mis huesos se astillaran o desaparecieran para luego hacerlos crecer con una amarga dosis de poción crecehuesos.
—Está bien —agradecí sin aliento, conteniendo las lágrimas de dolor que habían quedado atascadas en el borde de mis ojos.
El mago permaneció un rato conmigo, lo que agradecí eternamente, porque me atendió como una reina: me sirvió té con unas tostadas con un sencillo movimiento de su varita —yo también pude haberlo hecho, pero las cosas sabían mejor cuando alguien más las preparaba —, y conversamos de Sirius, Harry y Dumbledore, o más bien, yo forcé la conversación hasta ese punto para no tener que estar sintiéndome culpable de que estaba ocultando algo muy importante a otro miembro de la Orden del Fénix. Me sentía nerviosa, porque Remus era un muy buen tipo, mentirle a él era como mentirle a mi madre, es decir, me causaba la misma sensación.
—Tonks —dijo de pronto, en un minuto de silencio que tuvimos, mirándome con gravedad —, necesito preguntarte esto: ¿estás envuelta en algún tipo de problema?
Pude haber seguido mintiendo, pude haber esquivado su mirada inquisidora y haberme negado, y aún así, él se habría enterado de que estaba mintiendo, pero probablemente, no hubiera insistido. Mas era tal la preocupación de su mirada, que tuve que soltarlo.
—Me colé a en la Mansión de los Malfoy —mascullé con la mandíbula apretada.
Abrió ligeramente la boca.
—¿Por qué? —preguntó con el ceño fruncido y un tono de alarma.
—Porque quería averiguar algo… es decir, sabes que Lucius Malfoy ha estado rondando mucho por el Ministerio —hice una mueca —. Sentí la necesidad de pillarles con las manos en la masa, y se me ocurrió esa estupidez.
—Pero… ¿cómo es que irrumpiste en la mansión? —preguntó extrañado. Le resumí mi brillante idea de haberme disfrazado como la periodista Kay.
—Así que no tengo idea si me vio… pero si Lucius se dio cuenta que era yo… —hice una mueca — no quiero pensar mucho en los problemas que se me podrían presentar. Por favor, no le cuentes a nadie… a nadie —rogué un poco afligida.
Remus me prometió que no diría nada, que podía contar con él, con la condición de que yo no volviera a hacer lo mismo. Poco más tarde, me aconsejó que fuera a primera hora del otro día a San Mungo, y luego se fue. Quedé sola nuevamente, pero no por mucho tiempo.
Acepté la idea de que tendría que ir revisarme esa pierna al hospital sí o sí, antes de que empeorara, y para así poder hacer mi ronda de la noche en el Ministerio: Shacklebolt no era estúpido y estaba segura que sospecharía de algo si mandaba a Arthur en mi lugar. De forma distraída estaba pensando en las posibles consecuencias de mis acciones, cuando una llama verde apareció en la chimenea. La vi de reojo, pero cuando miré, no había nada. Sin embargo, un segundo después, la llama apareció de nuevo, para quedarse. Vi un rostro cetrino dirigir su mirada hacia a mí. Yo estaba acostada en toda la extensión del sillón, con la pierna mala en altura. Traté de ocultarla rápidamente con una manta que estaba a mi lado.
—¿Se… Severus? —inquirí sorprendida.
—¿Estás sola? —farfulló con precaución.
—Sí, mis padres se fueron de eternas vacaciones —dije mientras me trataba de acomodar de alguna manera más apropiada para disimular lo de mi pierna. Sin embargo, el ojo de águila de Severus ya había captado algo extraño en la escena.
—¿Te pasó algo?
—No, ¿por qué?
Fui demasiado convincente, tan convincente —y no lo menciono con sarcasmo alguno —, que Severus no me creyó.
Su cabeza desapareció, pero segundos más tardes, las mismas llamas verdes escupieron su cuerpo entero en el centro de la sala de mi casa.
—¡Hey! ¡Mis padres podrían estar aquí!
—Me acabas de decir que no —contestó aproximándose. Miró la frazada que me cubría las extremidades inferiores — ¿Qué sucede?
No quise enfrascarme en un "tira y afloja" literal por la manta, no me sentía con ganas de luchar, así que me destapé la pierna con una expresión de rendición, y dirigí mi mirada hacia otro lado para no toparme con su mirada acosadora y molesta.
—Te quebraste una pierna.
—Sí, lo sé.
—¿Estás esquivando mi mirada?
—No, claro que no.
Se agachó a mi lado y no pude evitar el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando sentí su mano helada contra mi mejilla. Me obligó a observarlo.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—No te atrevas a mentirme. Sabes perfectamente que soy ducho en Legeremancia y no temo a utilizarla contigo, Nymphadora.
Fruncí el ceño al oír mi nombre y supe que iba a fastidiarme hasta que desembuchara la verdad. Su semblante estaba impertérrito, pero estaba seguro que liberaría su monstruo interior luego.
—Hice algo que no debería haber hecho.
—¿Qué cosa?
—Primero prométeme que no me gritarás. Y si lo vas a hacer, vete a la habitación contigua, así no te oigo tan fuer…
—Deja de dar rodeos, por favor —solicitó con voz irrefutable.
—MecoléenlacamadelosSalfoy.
—¿Qué? —arqueó las cejas.
—Digo, me colé en la casa de los Malfoy.
Sus ojos sostuvieron mi mirada de modo pacifista. Luego, bufó y tensó la mandíbula.
—Explícate, ahora —ordenó con ese tono de "soy el Profesor de Pociones de Hogwarts y nadie me discute".
Resumí de forma apresurada lo que hice, antes de que me interrumpiera y me regañara, pero al terminar, se puso a criticarme de todos modos.
Comenzó a pasearse por la habitación con las manos en la espalda.
—¿Acaso no pensaste las consecuencias? ¿No te detuviste un segundo para tratar de activar tus neuronas y ser inteligente sobre omitir esa ridícula idea? Después de todo, creí que eras alguien con sentido común.
—¡Caro que no medí las consecuencias! Pero no me insultes diciendo que soy tonta, Snape, no tienes derecho —traté de levantarme, pero al sentir un pinchazo en la pierna me quedé donde estaba: inservible e inofensiva — ¡Tú no sabes lo que siento yo! Ver a Malfoy aparecer en el Ministerio, muy ufano, amenazándome con su presencia… —hice un movimiento desesperado con mi cabeza.
—¿Qué no "sé" lo que sientes tú? ¿No sé acerca de sentirse "amenazado"? —inquirió desafiante.
Miré hacia otro lado, sin saber qué contestarle.
—¿Y si te vio?
—No lo creo.
—Me dijiste que tal vez te había visto.
—Bueno, tal vez no lo hizo —contesté de mala gana.
—¿Y si sí lo hizo?
—Bueno, no tiene pruebas.
Volvió a mi lado, agachándose en una posición felina muy imponente.
—Lucius generalmente es un cobarde —susurró con gravedad —, pero es capaz de matar y torturar a sangre fría, o al menos lo aparenta muy bien.
—¿Esa es tu forma de decirme "oh, pudiste haber muerto"?
—Prométeme que no volverás a hacer algo así. Vamos, promételo y te reparo la pierna.
Suspiré. Era una oferta tentadora, porque me tendría que ahorrar la ida al doctor, y estaba plenamente segura que Severus Snape sí era capaz de reparar huesos.
—Prometo que no me colaré más a la Mansión de los Malfoy.