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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 44

Me atrasé un día, lo siento mucho. Llego a las 3 a la casa (todos los sábados, porque trabajo, ya lo saben), y estuve con mi prima el resto del día. Así que, aquí tienen. Disfruten. Se viene un poquito de más acción. Un abrazo!

**XL****IV.**La Mansión

Fue una suerte tener más tiempo para limpiar el desastre sangriento que había dejado Remus la noche en que llegó herido a mi casa, y también fue una suerte que mis padres no estuvieran en casa cuando decidí irrumpir en la Mansión de los Malfoy. Fue una idea bastante estúpida, lo sé, y el proceso fue casi desastroso, pero las consecuencias no estuvieron del todo mal. En realidad, no estuvieron mal, suponiendo que no quedaran más secuelas por aparecer.

         Dos días antes del incidente, Kingsley me dijo que, debido a que aquel día no había sobrecarga de trabajo, podría salir antes. Por supuesto que acepté de buena gana, pensando en un baño de burbujas y mi cómoda cama. Luego, con voz tímida, o tal vez sólo fue el reflejo de la nostalgia, añadió:

         —Este… luego del trabajo iré al cementerio. Iré a comprar unas flores. ¿Te gustaría acompañarme?

         —Desde luego que sí —sonreí amistosamente y le di una palmadita cariñosa en el brazo, reventando mi nube de imaginación. No podía negarme a lo que me estaba pidiendo, incluso aunque estuviera en el final del día más agotador de mi vida —, podemos comprarlas entre los dos.

         No es que me gusten los cementerios o tenga problemas de necrofilia (sería ya el colmo para incluir a mi lista de amores medio- podridos), para nada, pero estaba completamente consciente de que ninguno de los dos, debido al estresante trabajo en el Ministerio, había podido ir a ver a Margaret en su primer aniversario de muerte y eso, de alguna manera, nos había hecho sentir bastante culpables. Por su puesto, ninguno de los dos lo iba admitir por miedo a que una Margaret se apareciera en nuestras mentes a regañarnos por ingratos. Bastaba con nuestra culpabilidad en secreto.

         Por suerte el morenazo no era de los que les gustaba quedarse bebiendo cervezas al lado de las tumbas, así que nos limitamos a comprarle a Marge un enorme ramo de flores muy variado y colorido para dejarlo frente a su lápida, le brindamos nuestro minuto de silencio y nos marchamos de allí. Decidimos ir a beber cervezas, pero al Caldero Chorreante, para hacerlo con dignidad y comodidad.

         Allí nos quedamos hasta que dieron las once de la noche, rememorando cosas del pasado, como dos ancianas tejiendo metros y metros de chismes.

         —Parece increíble que Lockwood murió, ¿no? —comentó con algo de lástima, luego de que termináramos de hablar de los mejores jugadores de Quidditch que había tenido Hogwarts, antes de que llegara Harry, por supuesto, a ocupar el puesto de buscador.

         Lockwood era esa serpiente inútil que le gustaba hacerme la vida imposible en Hogwarts.

         —Bueno, no me sorprendió tanto como debió haberlo sido —contesté—, pero de todos modos es terrible —sonreí débilmente —. Nadie se salva. Lejos quedaron los mitos de que los Slytherin son intocables… Él era Slytherin, y ya ves…

         —Te fastidiaba un montón, pero dudo que mereciera eso.

         —Sí, pienso lo mismo. ¿Sabías que una vez me besó?

         —¿Cómo? —sus ojos se agrandaron.

         —En séptimo año. Se… Snape nos pilló.

         —No te creo —negó con rotundidad con una sonrisa de espanto en los labios.

Bueno, la verdad es que lo besé yo, Shacklebolt, para darle celos a Snape, pero no quieres saberlo si deseas no sufrir un vómito mental, ¿cierto?

—Sí, es cierto. Antes de fallecer me confesó que le había gustado.

         —¡Vaya! ¿Y dices que Snape los pilló? ¿Y qué hizo?

         —Le quitó puntos a Hufflepuff. Creo que fueron veinte.

Y también le restó veinte puntos a Slytherin, pero tampoco te diré eso, amiguito.

—Bueno, no me sorprende. Una vez también nos pilló a Margaret y a mí besándonos y… — su piel era tan oscura, que no pude disfrutar del sonrojo momentáneo que le invadió — bueno, creo que ella tenía puesta una mano en mi trasero…

         Mi boca formó una perfecta "o".

         —¡DIOS MÍO! ¡No puedo creerlo! ¡No puedooo!

         —¡Shh!

         —¡Margaret, eres una sucia, sucia, sucia perra! —exclamé mirando al techo, lo suficientemente en alto para que todo el bar se me quedara mirando, esperando verla bajar con alas o algo por el estilo. O con cachos en la cabeza y un tridente, también era probable que estuviera en el infierno por tal pecaminoso acto.

         —¿Quieres bajar la voz? —Kingsley hizo un movimiento brusco con las manos, como si estuviera luchando por no ponerlas en mi cuello.

         —¡No puedo creerlo! —exclamé por lo bajo, sin concebir la idea de que Margaret tenía una mente tan sucia como yo, o peor — ¿Te agarraba el culo y se hacía la santa? ¿En pleno pasillo? ¡Y se muere y ni siquiera me lo cuenta!

—¡No hables de ese modo! ¡Ssh! —dijo avergonzado y evidentemente arrepentido de haberme dicho eso.

Sonreí con malicia.

—El día que me reencuentre con ella cuando me muera, le haré la vida imposible.

—Querrás decir "la muerte" imposible.

—¡Vaya! Cada día tienes más sentido del humor, ¿eh?

—De cualquier manera, no eres la número uno en contar sus secretos, ¿eh? —lo miré, dubitativa — Sabes a lo que me refiero.

El corazón se me aceleró, como cuando uno está a punto de ser pillado con una mentira.

—No, no lo sé.

—No creas que con Marge no creíamos que nos ocultabas cosas —fue su turno de sonreír con picardía.

         —Yo no les oculté nada —rebatí con la garganta seca.

         —Parecía que salías con alguien en secreto.

         —¿En Hogwarts? ¿Estás loco?

         Tum, tum, tum.

Maldito corazón… ¡Para de latir! Me va a pillar… ¿Y si sabe que salgo con Snape, que salí con él? Mátenme ahora, por favor.

—¿De verdad no salías con Lockwood?

         Fruncí el ceño y lo miré, alarmada, pero sentí un gran alivio en mi interior.

         —¿De verdad crees que me veía con esa bola de excremento?

         Rió.

         —No, creo que no. Habría sido muy bajo de tu parte salir alguien como él, ¿no? Además, odias a los Slytherin.

         —Yo no odio a…

         Me quedé paralizada. Alguien encapuchado había entrado al Caldero chorreante, pero estaba segura que había logrado ver aquel rostro iluminado por un segundo antes que volviera a quedar atrapado entre las sombras. El personaje, alto y esbelto, caminó hasta la puerta que llevaba al camino que conducía al callejón Diagon.

         —¿Qué sucede? —farfulló mi amigo dirigiendo la mirada hacia donde había estado observando yo.

         —Estoy segura que era Lucius Malfoy al que vi.

         —Esto se me hace familiar… ¿no habrá sido tu imaginación? Estábamos hablando de los Slytherin después de todo.

         Me paré con brusquedad para seguir a Malfoy.

         —¿Dónde vas? ¿Eh? ¡Tonks! ¡No seas tramposa! ¡No busques excusa para dejarme pagando la cuenta a mí! ¡Ey!

         Fui en búsqueda de Lucius Malfoy, pero no tuve suerte. No estaba en el Callejón Diagon, y cuando pensé que pudo haberse ido al Callejón Knockturn, fui interceptada por un Kingsley Shacklebolt muy serio, solemne y sentido.

         —No sé qué planeas hacer, pero no deberías estar arriesgándote de este modo. Es un Mortífago —susurró, analizándome con sus ojos oscuros, queriendo leer la expresión de preocupación de mi rostro —. Comienzo a plantearme que no me tienes ni una pizca de confianza. ¿Cómo puedes llamarme "amigo" si no siquiera me dices lo que se te está cruzando ahora mismo por la mente? Tienes una cara de desquiciada que ni siquiera puedo describir —añadió, espantado.

         —¿Tan fea estoy?

         —Sí.

         Bufé, bajando los hombros.

         —Me gustaría pillar a Malfoy con las manos en la masa —admití con pesar. Era completamente cierto. Por supuesto que no iba a sincerar nada más. ¿Cómo quería que fuera honesta con el resto de mis cosas?

"Sabes, morenazo, la verdad es que estoy colada por Snape desde que tengo diecisiete y me inmiscuí en su despacho varias veces".

"Kingsley, la verdad, es que con Severus tenemos un romance secreto, pero no te lo puedo decir, porque si no dejará de ser secreto".

"Amigo… ¿alguna vez le privaste un orgasmo a Margaret? Porque, la verdad es que Snape, el otro día, me dejó con las ganas… Pero, no, no te preocupes, no tengo traumas ni nada de eso, sólo unas terribles ganas de acorralarlo en la pared y atarlo con cadenas durante un año. ¿Has oído del encantamiento "erecto"? Bueno, se me hace que puede servir para otras cosas también."

Por la zunga de Merlín, Shacklebolt, ¿estás seguro que quieres tener imágenes mentales de todo ESTO?

         —¿Es eso lo que te ha preocupado todo este tiempo? A veces te noto rara —dijo no muy convencido.

         —Eres mi amigo, de verdad, Shacklebolt, pero no te puedo contar toda mi vida. Ahora, serás el primero en saber si hago alguna estupidez o me está ocurriendo algo muy importante.

         Supe que no me creyó mucho de lo que dije, pero sé que prefirió no insistir por temor a encontrarse con mis oscuros y retorcidos pensamientos, porque yo, en pocos minutos, había maquinado todo un plan: me iba a colar en la Mansión de Los Malfoy para tratar de sacar alguna información. No era por la Orden, era algo completamente personal. Aún estaba picada por la interrupción de Lucius y, bueno, seguían siendo esposo de una de las malas hermanas de mi madre.

         Lucius Malfoy era un peón importante del Innombrable, y si podía enviarlo a la cárcel en venganza de todo el daño hecho a mi familia, no iba a vacilar en hacerlo. Se notaba a la legua que era sospechoso de algo y que estaba maquinando algo muy feo, por eso decidí tomar el riesgo. Llegando a la casa, tomé una de las revistas de Corazón de Bruja para buscar a la reportera más nombrada del momento. Rita Skeeter parecía haber pasado a la historia —no había ningún artículo escrito por ella —, y Annie Dangerfield, una mujer robusta y de piel oscura, era demasiado divertida y sonriente. Por ende, tuve que seleccionar a Kay Hardwicke, una rubia alta, flacuchenta, desaliñada y muy seria, quien parecía mucho más apropiada para la situación.

         —Bien… ¡manos a la obra!

         Partí por escribir una carta con letra muy pulcra y refinada a la familia Malfoy para autorizar una entrevista con Kay Hardwicke acerca de las costumbres de las mejores familias de Gran Bretaña y su aporte a la sociedad contemporánea el día sábado a la hora del té, en conclusión: la entrevista menos interesante y más aburrida de toda la historia.

         Luego de acabar, estuve dos horas frente al espejo practicando mi transformación para parecerme lo más posible a Kay, en lo que tuve un total éxito. Aún así, yo seguía siendo más atractiva, o tal vez era sólo el convencimiento de que tras esa piel flácida y desteñida estaba el cuerpo caribeño y sabrosón de N. Tonks.

En tus sueños, nena… en tus sueños.

Pensé que Kingsley me vigilaría de cerca al día siguiente, pero la verdad es que ese día viernes hubo demasiado trabajo como para preocuparse por los asuntos de los demás. Ni siquiera alguien se dio cuenta de la lechuza que se coló en la oficina para dejarme una carta procedente de la Mansión Malfoy. Narcissa, mi querida tía, daba su consentimiento, con una letra muy femenina, a la entrevista de Kay Hardwicke, pero lo único que solicitaba, era puntualidad. También, aclaraba que no concedería más de quince minutos, porque era una mujer muy ocupada.

         —Sí, claro, y yo no me comía los mocos cuando pequeña —farfullé.

"Mujer ocupada". ¿En qué? ¿En pintarte las uñas cada cinco minutos? ¿En dar órdenes a tus esclavos?

Ah, cierto que el elfo doméstico fue liberado por Harry, según lo que dijo Dumbledore alguna vez. Chico, eres un genio.

         —Bueno, ¿y quién les mandó a vivir en una mansión?

Aunque no me sorprendería que esa mujer fuera también una maniática de la limpieza.

         —Hey, mañana sábado no trabajas— me avisó Kingsley  fugazmente a la hora del almuerzo. Pero, en voz más baja, añadió —. Pero el domingo, sí.

         Comprendí perfectamente que se refería a que tenía que hacer la ronda en el pasillo que daba hacia el Departamento de Misterios. Contenta de no tener que escaparme del Ministerio al otro día, en la noche dejé todo listo: un cuadernillo con preguntas de emergencia (como "¿Cómo suele preparar su té?" o "¿Cuál es el secreto que utiliza para guardar sus plantas?", y estuve a punto de escribir algo como "¿Depilación o estilo francés?" y "En un ring,  sin varitas y con una escoba en la mano, ¿quién gana? ¿Bellatrix o Andrómeda?", pero no era muy astuto de mi parte colocar algo así), una pluma, tinta, ropa adecuada de bruja normal promedio y pañuelos desechables por si Narcissa se ponía a llorar recordando alguna triste anécdota de su vida.

Lo que Wiltshire presenció a la tarde siguiente, fue a la copia de Kay Hardwicke, alta y bien parada, con una mirada inteligente, una túnica muy elegante y una maleta negra y brillante que le daba aspecto de ser una mujer de negocios. De hecho, el estilo lo robé de una foto de ella, así que nadie, ni la mismísima Kay, sospecharían de mi verdadera identidad. Ella se habría convencido de que tenía una gemela perdida.

Para mi sorpresa, cuando llegué, las rejas estaban abiertas de par en par, pero no como si me esperaran. Demostraba, más bien, una costumbre para ostentar el suculento y ambicioso interior. Había pavos reales blancos sobre los altos setos, muy serenos y altivos.

         —Las mascotas son la copia de sus dueños —farfullé con exasperación.

         Recordaba vagamente el lugar. Sabía que había estado allí alguna vez, cuando tenía casi cuatro años. Narcissa Malfoy se acababa de casar y se había llevado todas las pertenencias de mi madre como suyas, y mi madre había ido a reclamarlas. Andrómeda irrumpió en la casa, llevándome de la mano, y no dio explicaciones. Se limitó a llevarse todo lo que era de ella.

         Entré lentamente, esperando ser atacada, pero nada ocurrió. Fui mirando el camino, viendo la majestuosa fuente de agua que decoraba parte del sendero, preguntándome si tendrían establos o alguna habitación hecha de caramelo. Los pájaros cantaban alegremente, tanto, que me produjo escalofríos.

         Llamé tres veces a la puerta.

¡Hola, tía! ¿Te acuerdas de mí? Soy tu sobrina favorita.

Pensé que alguien iría a recibirme, pero la puerta se abrió sola.

Pero qué mala educación.

Entré a un enorme vestíbulo suntuosamente decorado, con una plaga de retratos de gente de mirada frívola y muy silenciosa. Había varios rostros parecidos al de mi madre, incluso a mí. Tal vez fuera una tatarabuela, o tataratía, quién sabe. Me quedé mirando el lugar por unos breves momentos, sintiendo una vaga ola de recuerdos llegar a mi mente. Ya había visto esas pinturas, lo que me produjo incomodidad. Estuve así hasta que oí unos tacones sonar por el piso de madera.

         —¡Ah! —oí exclamar. Me di vuelta, con el corazón acelerado. No todos los días te encontrabas con una tía a la que no querías y a la que no veías hace casi veinte años —. Señorita Hardwicke, un placer.

         Una mujer —debía admitirlo, aunque me quemara el cerebro — muy atractiva, delgada, aunque baja, más baja que yo probablemente (los tacones le hacían ver más alta), se aproximó con una mano extendida. Por supuesto, esta estaba enguantada con una fina tela. Era todo lo opuesto a Bellatrix y tampoco noté el parentesco con mi madre. Si me hubiesen dicho que era la adoptada, no me habría sorprendido.

¿Crees que un guante te va a proteger de la Tonkitis? Ya verás…

—Señora Malfoy, el placer es mío —dije con cortesía, reprimiendo todos mis deseos de enredar mis manos en su brillante y sedoso cabello rubio y jalárselo hasta dejarla pelada —. Tiene un maravilloso gusto en la decoración.

         —Gracias. Pase usted por acá —sonrió, pero se notó que era una expresión forzada. Seguro que tenía los músculos de la cara tiesos por la poca costumbre de sonreír. Estuve a punto de agarrarle los cachetes y estirárselos a más no poder.

         La seguí, poniendo especial atención dónde pisaban mis pies para no derribar nada ni enredar mis pies en la alfombra. Entramos al salón principal y no pude evitar dejar escapar una exhalación de asombro. Era tan imponente y exquisito, que sólo me limite a pensar si los Malfoy cagaban dinero o algo por el estilo, si no hacían nada por la vida.

         Me invitó a sentarme con un gesto de la mano. Quedé hundida en un mullido sillón. Éste no tenía ni una sola de polvo.

Ah, sí, ésta definitivamente no es adoptada.

—Bueno, ¿comenzamos? —pregunté, haciendo aparecer la tinta, pluma y cuadernillo con una sacudida de mi varita y sonriendo con entusiasmo —. Ah, pero, antes, y disculpe la molestia, ¿podría ofrecerme una taza de té?

         Sabía que aceptaría, pero pensé que se marcharía a la cocina a prepararlos o algo así, y ese sería el momento en que aprovecharía de escabullirme. Sin embargo, hizo aparecer una bandeja en medio del aire que hizo flotar hasta a mí.

Piensa, Tonks… piensa: ¿cómo puedes huir sin necesidad de irte a escondidas?

—Tengo un poco de sed, así que… —me bebí el té casi hirviendo de una sola vez. No me importó quemarme la lengua, sólo quería ser lo suficientemente evidente de tener ganas de orinar.

         —Si quiere, sírvase un poco más —invitó Narcissa con una expresión de asco e impresión en el pálido y fino rostro.

         —Gracias —sonreí y me volví a llenar la taza, con los ojos llenos de lágrimas por el dolor de la lengua—. Ahora sí, comencemos. ¿Cuál es el platillo que gusta más en cocinar y por qué?

         En dos minutos hice diez preguntas, y me di cuenta que, durante al menos tres minutos más, tendría que improvisar, si no se me iba a acabar el repertorio. Luego, pondría en marcha la segunda parte del plan: ir al baño.

         —Con qué corta las plantas, ¿con tijeras de jardinería o con magia?

         La mujer me miró con extrañeza, y pude ver que estuvo a punto de preguntar "¿qué clase de pregunta es esa? ¿Es una encuesta o una entrevista?", pero se limitó a contestar "con magia", como si hubiese contestado lo más ridículo que le hubiesen podido preguntar en la vida.

         —Nos quedan casi diez preguntas, pero no tomará más de cinco minutos. ¿Podría facilitarme el tocador? —pregunté con cierta timidez para que no sonara a una exigencia.

         —Claro. Por el pasillo, al fondo, a la derecha. Al lado de la escalera.

         —Muchas gracias.

         Me paré con elegancia pero con algo de apuro, como si estuviera a punto de orinarme. Salí del salón y fingí irme hacia el baño, sin embargo, seguí más allá, buscando alguna señal de alguna trampilla que estuviera en el suelo. Recordaba vagamente haber oído a Arthur una vez diciendo que los Malfoy tenían o debían tener un sótano donde ocultaban sus tesoros tenebrosos más preciados.