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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 43

Mis queridos queridísimos: espero que disfruten este capítulo. Faltan cinco capítulos, aproximadamente, si es que no disminuyen o aumentan.

**XLIII.**El lobo herido

Número de orgasmos tenidos hasta ahora: ninguno en toda la vida. Estado de vida amorosa: fracaso infinito. Estado de vida sexual: fracaso absoluto.

Eso debió haber sido escrito en mi diario si tuviera uno. Bueno, lo tenía, escondido en el fondo del ropero porque no lo usaba.

         A pesar del desastroso resultado de la noche del domingo, decidí mantener a raya mis emociones para poder aguantar la sobrecarga de trabajo de esa semana. Con Dolores Umbridge en Hogwarts, el Ministerio de Magia estaba muy dedicado a cambiar y crear nuevas leyes, y todos los departamentos, incluso los que tenían menos conexión con la "parte seria del trabajo" como el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, estaban completamente atareados. Fueron pocas las veces que incluso compartí con Kingsley. A Arthur Weasley no le vi ni la sombra, y casi no estuve en mi oficina. Estuve repleta de trabajo en terreno, con varios traficantes de sustancias ilegales y un grupo de brujas ladronas que se dedicaba a asaltar casas inmovilizando a los miembros del hogar con masivas montañas de moco de troll —sustancia con la que estaba bastante familiarizada—, así que no sólo tuve que detenerlas, sino que también tuve que formar parte del equipo de limpieza. Aquella noche, lo único que quería hacer era meterme en una piscina de cloro y quedarme allí hasta secarme y caer deshecha en polvo.

         Si bien tuve muchas distracciones, no pude ignorar por completo el hecho de que Severus sido visitado por Lucius Malfoy. Debía confiar en que Snape sabía lo que hacía, y era su misión ser agente doble, pero Malfoy era una persona escalofriante. Mi instinto me decía que era un cobarde de primera, pero no me cabía duda que sería capaz de aniquilar a cualquiera que se interpusiera en su camino. O tal vez no precisamente matar, pero si descubriera que Severus no era realmente parte del team Innombrable, sí lo acusaría, y eso bastaba para preocuparme un poco.

         Por otro lado, la cara de sapo Umbridge había ascendido al puesto de "Suprema Inquisidora", y se encargaría de encontrar las falencias —o inventarlas — de cada docente de Hogwarts para eliminarlo de su cargo. En un inicio, cuando me enteré de la noticia, no pude evitar sentir satisfacción al pensar que esa enana pondría a Snape bajo presión, pero luego recordé que sólo Dumbledore podía poner a Severus de ese modo y que se suponía que yo no estaba enojada con él. Él no había tenido la intención de cortar todo en la mejor parte, además, se notó tan deprimido… o lo fingió muy bien para que yo no le montara una escena en un momento tan inoportuno.

         —Dora…

         Era viernes cuando oí la voz de mi madre, tímida. Yo estaba colándome el pijama por la cabeza y ella estaba en umbral de la puerta. Eran cerca de las once de la noche y hacía una hora había llegado del trabajo.

         —¿Qué sucede?

         —A tu padre ya lo echaron del trabajo.

         Me lo dijo con tanta nostalgia, que avancé hasta ella para abrazarle y darle unas toscas palmaditas en la espalda.

         —Yo los ayudaré, saben que tengo un sueldo para alimentar a diez hijos.

         Medio minuto más tarde, me di cuenta que mi madre no estaba triste por ello.

         —Bueno, resulta que a tu padre le pagaron muy bien los años que trabajó, y tenemos como para seis meses viviendo sin problema. Fuera de eso, hemos apartado algo de dinero para nosotros.

         —Por mí no se preocupen, si desean gastar dinero en cosas para ustedes o para la casa, no tienen que consultarme, yo seguiré ayudándoles.

         —Me alegro, porque tendrás que preocuparte por un mes de las compras y las cuentas… bueno, estando sola, no tendrás que gastar mucho dinero.

         Arqueé las cejas, sin comprender demasiado.

—Con tu padre nos iremos un mes de vacaciones —me soltó con una pequeña sonrisa.

—¿Un mes de vacaciones? ¿Es por la depresión? —pregunté, asombrada.

Mi madre soltó una carcajada. No sé qué era tan gracioso.

—Al contrario, está más feliz que nunca por el dinero que recibió, por eso decidió lo de irnos un mes a Francia.

—Drómeda, la gente huele mal allá —contesté, ofendida.

—Ya está decidido, estamos muy entusiasmados.

—Pero van a estar en pleno otoño, igual que acá.

—Esa es la idea, serán vacaciones de invierno.

—¿Y tendré que cocinarme yo? ¿Estás loca?

—No cocinas mal.

—No, no lo hago —concordé con seriedad —, pero voy a perder mucho tiempo en ello —entrecerré los ojos —. En Francia también hay Mortífagos.

Mi madre borró la sonrisa amable que tenía en sus gruesos labios.

—Eso no es gracioso. ¿Por qué no quieres que nos vayamos? —inquirió con esa frialdad con la que sólo una Black podía hablar.

—¿Quieres que te diga la verdadera razón, Andrómeda Black?

La mujer se cruzó de brazos y frunció los labios.

—No quiero hacer el aseo durante un mes en tú casa —le dije como si fuera lo más obvio del mundo. Los ojos de mi madre se agrandaron.

—Algún día tendrás que emanciparte, Nymphadora, y no, no te estoy echando de mí casa, pero, por lo mismo, tendrás que ir acostumbrándote y comenzar a ser útil en lo que respecta al aseo —sonrió con maldad —. Y ya que me has recordado este pequeño detalle, pobre de ti que encuentre mi casa destrozada y sucia a la vuelta, porque, probablemente, será tu último día aquí.

Solté una carcajada llena de sarcasmo.

—Atrévete a sacarme de aquí y no te daré un peso —gruñí entre dientes aún con la sonrisa dibujada en la cara.

—No me interesa —se encogió de hombros despreocupada —. Partimos el martes, así que tendrás tres días más libres de responsabilidades.

Así fue cómo me quedé sola, tres días más tardes, y comenzó sólo una parte de mis preocupaciones. En lo que respectaba a la limpieza de la casa, prometí a mi yo interior deshacerme de la mugre cada domingo. El baño de mis padres había quedado limpio y yo sólo tenía que mantener el mío, pero sacar el polvo de cada rincón, barrer y trapear, era la peor pesadilla que pude haber tenido hasta entonces. Era impresionante: aunque quitara absolutamente todo con magia, al otro día todo estaba como si jamás hubiese pasado un plumero por el lugar.

—Tal vez por eso es que mi madre limpia todos los días: todos los días se ensucia —pensé en voz alta, re planteándome la idea de que mi madre era una maniática de la limpieza.

Hubo un momento, sin embargo, que me pregunté si no habría sido toda una treta de mi madre para castigarme o enseñarme, como ella le llamaría, provocando alguna maldición "ensuciadora" o algo similar.

         Por otro lado, llegó lo que tanto esperaba: un mensaje de Severus. No estaba firmado por él, pero era su letra, sin contar que lo que decía revelaba la identidad del remitente.

No quise que sucediera aquello, pero no habría podido ser distinto. Fue una suerte que te alcanzaras a ir, pudiste haber corrido peligro.

Por favor, no regreses, porque yo no volveré. Tendré mucho trabajo que hacer.

         No me dejó nada conforme lo que decía, pero, ¿desde cuándo Snape era un as en expresarse? Me limité a bufar y a quemar el mensaje, sólo por seguridad.

La primera semana se me hizo eterna. Ni siquiera tuve tiempo de ir a visitar a Sirius a Grimmauld Place, y tuve que rechazar la invitación de Arthur que me hizo a almorzar un día jueves. Supongo que para Molly debe haber sido un alivio que no me apareciera por ahí a romper sus platos, y es que yo ya tenía suficiente con los míos.

         —¿Qué haría sin ti, hermoso encantamiento "Reparo"? —y no tardé en contestarme — Probablemente ya me habrían metido a Azkaban por destrozona —. De pronto recordé la vez en que mi abuelo paterno, cuando yo tenía cinco, me comparó con El Increíble Hulk, un mono verde con problemas de humor y capaz de arrasar con media calle de un solo golpe. Yo no tenía idea quién era ese tal Hulk, pero recuerdo que no quise salir un día entero del baño, esperando frente al espejo a ponerme verde.

         Pero no se trataba solo de mi "trabajo oficial", sino que los deberes impuestos por Dumbledore de vigilar el sombrío pasillo que conducía al inefable Departamento de Misterios se habían tornado más arduos y concurrentes. Y, por fin un martes en el que logré salir más temprano, pude cocinarme una rica cena de pollo frito, papas fritas, cebolla frita, huevo frito y nada de ensaladas, sumando el hecho que pude darme un baño de espuma y acostarme temprano, ocurrió algo que no me habría esperado jamás.

         Estaba comenzando a entrar en la primera fase del sueño, dividida entre lo ficticio y la realidad, oí que alguien, o algo golpeaba la puerta. Me quedé suspendida allí, en el limbo.

         —Ma… má… llaman… —estoy segura que eso salió de mis labios antes de volver a oír el golpe y volver bruscamente a la realidad.

         Mis ojos se abrieron como platos, atenta. Miré hacia la ventana, nerviosa. Una sólo pregunta se cruzó por mi cabeza: "¿Será Severus?". Pues bien, tenía que averiguarlo.

         Me levanté sin ponerme las pantuflas, pero me ordené un poco el cabello —o más bien, me lo despeiné otro poco — y troté hasta la puerta que fue tocada por tercera vez. No eran golpes bruscos, era un sonido débil. Fruncí el ceño antes de asomarme por la ventana.

         —Severus entra por la ventana —farfullé —¿Sev…? —me callé, casi crucificándome por la estupidez que había estado a punto de cometer.

         ¿Murmurar su nombre en voz alta? ¿Qué demonios estoy pensando?

Sin más, prendí la luz del patio, con la varita en la mano, y me asomé por la ventana.

         —¿Pero qué…?

         Me quedé sin aliento. Alguien estaba con la ropa rasgada, sangrando, despeinado y sucio, agachado en el tapete, como apenas manteniéndose en pie, afirmado en la puerta.

         —Oh…

         Giré rápidamente el picaporte y eché la puerta hacia atrás. La persona herida colocó las manos en el suelo, evitando desplomarse.

         —¡Mierda! —miré al individuo, aterrada, luego, al observarlo con atención, me di cuenta de quién era: aquel rostro pálido dañado y ese cabello castaño eran inconfundibles — ¿Remus?

         —Lo siento —masculló con voz débil —. No sé muy bien por qué he venido a parar aquí. O tal vez sí, yo…

         No perdí más el tiempo: le ayudé a arrastrarse hasta adentro, y antes de cerrar la puerta, me cercioré de que ningún vecino chismoso estuviera mirando  a través de los visillos. Apagué la luz del patio y prendí la de la sala. Remus se quedó apegado a la pared, al lado de la mesita del teléfono, jadeando y con la vista un poco desenfocada. Me agaché y le palpé la cara, preocupada.

         —¿Me ves? ¿Me oyes?

         —Sí… sí. ¿Nymphadora?

         —No.

         —¿No?

         —¡Que no soy Nymphadora! —le gruñí exasperada —. Es "Tonks". Y bien, ¿qué demonios te ha sucedido? ¿Te has peleado con un gato?

         El hombre cerró los ojos y soltó una débil risita.

         —Hombres lobo —susurró.

         Suspiré.

         —¿Puedes levantarte? ¿O intentarlo? Para que te recuestes en el sillón.

         Con cuidado lo ayudé a ponerse de pie y lo ayudé a llegar hasta el sofá.

         —Por Merlín, mi madre me va a matar si no logro quitar estas manchas de sangre —me afligí por un momento —. Bien —me giré hasta el enfermo —. Haré lo posible por curarte todas esas mordeduras salvajes que tienes ahí… pero qué desastre… —lo miré con mi cara desfigurada, casi sintiendo su dolor — ¿te duele mucho?

         —Bastante, pero me consuelo con saber cómo quedaron ellos… —jadeó, tratando de enfocar la vista — Por favor, no le cuentes a nadie de esto, no quiero preocupar a Dumbledore… o recibir las felicitaciones de Sirius.

         —Como tú digas, jefe.

         Hice aparecer un vaso de agua y una manta para cubrirle. Luego, hice aparecer el kit de emergencia de mi madre —contenía muchas botellitas pequeñas con variados brebajes, plantas medicinales, algodón, curitas muggles y otras tantas cosas — y acerqué una silla de la mesa del comedor hasta él.

         —Tienes carne picada por todos lados —le dije en tono de advertencia —, y yo no soy muy delicada, así que tendrás que aguantar, porque probablemente esto te duela más que la misma herida.

         Remus me entregó el vaso de agua que había estado bebiendo y asintió con pesar.

         Apliqué una poción para desinfectar las heridas con motas de algodón. De reojo vi cómo lo párpados y la boca de Remus se fruncían. No pronunció ni un quejido, lo que me hizo suponer que estaba algo avergonzado. Además, a medida que sus heridas comenzaban a cicatrizar —gracias a un brebaje —, su cara fue tomando color y, a la vez, su mente fue recuperando consciencia.

         —Te ves incómodo —solté cuando vi una extraña expresión en su rostro — ¿te duele algo más?

         Negó con la cabeza.

         —Tengo algunas contusiones, pero… —me miró con los ojos muy abiertos —, no sé por qué precisamente vine a parar a tu casa. No quise venir a molestarte.

         —¿Pero qué fue lo que te pasó? Estabas trabajando para la Orden, ¿no?

         —Sí, pero lo que me ocurrió fue con una manada de hombres lobos salvajes que no tienen nada que ver con Voldemort —traté de disimular el escalofrío que me dio al escuchar ese nombre con un hipo—. Me hicieron una emboscada por hallarme en sus terrenos y me atacaron —bufó, como si recién se diera cuenta del daño que le habían causado —. Fue una suerte que no estuviéramos en período de luna llena, porque pude valerme con la magia, si no, probablemente me habrían destrozado —sonrió con tristeza —. En el período de semi inconsciencia, lo que se me vino a la mente fue tu rostro y logré desaparecer. Luego me encontré en la puerta de tu casa.

         —Me diste un susto de muerte —admití—. Pensé que habían tirado un muerto al tapete.

         —No sabes lo agradecido que estoy… —farfulló, tratando de reincorporarse.

         —¿Qué piensas que haces? —dio un respingo, colocándole una mano en el hombro izquierdo para evitar que se moviera.

         —Me levantaré. Tengo que ir…

         —¡Ni se te ocurra! —le espeté señalándolo con un dedo — ¿Cómo crees que te voy a dejar ir en este estado convaleciente? —arqueó una ceja —. Te quedarás.

         —Pero, tus padres…

         —Mis padres no dirán nada, los maté y están escondidos en el calabozo —le dije con tanta seriedad, que pude disfrutar de varios segundos en el que el terror se dibujó en la cara de Lupin —. No, no están, se fueron de vacaciones —corroboré  con una sonrisa —. ¿Crees a esto —me señalé — capaz de asesinar?

         —No, no realmente. Pero…

         —A veces hablas mucho, Remus.

         —No he hablado demasiado.

         —No, esta vez no —reconocí —, pero escucha tú: te serviré de cenar, dormirás y mañana te podrás ir tranquilamente. Te miro, y me da la impresión que te caerás del cansancio.

         No se discutió más. Di al hombre algo de pollo que me había sobrado de mi deliciosa cena poco saludable, con unas patatas cocidas. Lo vi engullir en cuestión de minutos. Remus habría podido ganar una competencia de comida en ese estado.

         —Ya vuelvo, iré a dejar esto a la cocina.

         Conduje los platos con magia, los lavé con magia y los guardé con magia sólo para no arriesgarme a quebrarlos con mis traviesas manos.

Tal vez Remus quiera darse una ducha. Y veré si tengo algún cepillo de dientes nuevo. Dudo que quiera usar el que mi mamá utiliza a veces para quitar las minúsculas manchas de la casa.

Salí  de la cocina con esas ideas en la cabeza, pero me di cuenta que el hombre se había vuelto a acostar en el sofá, sin zapatos, y estaba con la boca completamente abierta, roncando.

         —Vaya, este sí que es rápido.

         Me aproximé para asegurarme que estuviera bien tapado, pensando en el riesgo al que se había enfrentado.

Severus debe vivir situaciones parecidas… o peores… Dios, por qué nos mandaste a este bastardo loco del Innombrable…

         De pronto, me encontré acariciando el embarrado cabello de Remus. Fue como si su pelo hubiese llamado a mi mano.

         —Descansa —susurré sintiendo un súbito arranque de ternura por aquél hombre. No tenía nada de lindo verlo todo herido, pero no podía tenerle lástima. Si algo era seguro, sólo él parecía compadecerse de sí mismo.

A la mañana siguiente tuve problemas para despegarme de las sábanas y abrir los ojos. Había sufrido tal estrés cuando pensé que Remus era un moribundo, que tras acostarme, caí dormida profundamente. Sin embargo, no se comparó con Remus: intenté despertarlo, pero parecía hallarse en la quinceava etapa del sueño. Ni siquiera había cambiado de posición. Si seguía con la boca así de abierta, le iba a entrar un guarén y se lo comería de adentro hacia afuera. Pero con un intento me bastó: no tuve la valentía de insistir en despertarlo, así que le dejé la caja de leche sobre la mesa con la caja de cereal, un bol vacío y una cuchara. No todos los días uno se lanzaba a la lucha libre con lobos salvajes sedientos de sangre.

         Cuando llegué en la noche, todo estaba impecable y un papelito amarillo dictaba un esmerado "gracias, pero debiste haberme despertado".

         —Sí, claro, ¿y haberme tenido que hacer cargo de tu cuerpo por aplastarlo con una roca en un intento desesperado de despertarte?

         El resto de esa semana, no fue tan caótica. Por supuesto, la paz nunca duraba demasiado tiempo en esos días.

Gracias a todos los que me apoyan y leen esta historia.  A los que no han comentado nunca, anímense, de verdad un review hace feliz al autor, aunque contenga un simple saludo.