← Cuando las cenizas vuelan · de
Cuando las cenizas vuelan — capítulo 42
**ADVERTENCIA (LEAN, CARAMBA):**capítulo +21, jaja. No, no tanto así pero es +18, bastante explícito, pero sin lenguaje fuerte, palabras obscenas o palabras demasiado técnicas y biológicas como "pene" y "vagina", porque suenan a materia de biología o educación sexual. En fin. ESCRIBÍeste capítulo de este modo porque sé que todos lo deseaban, jaja, pero es el único capítulo con Severus que será tan descriptivo, no me gusta el lemmon porque le quita el romance a la escena. En fin, disfruten el capítulo, gracias por vuestro apoyo.
**XLI.**Casi pero no
—¿Cómo…? —siseó incómodo, pero dejó la pregunta en el aire. Con rapidez abrió la puerta y me jaló del brazo hacia adentro. Eché una fugaz mirada al pequeño recibidor. No había imagen que decorara las paredes, sólo un papel marrón gastado que las cubría. Cerró la puerta con magia antes de enfrentarme. Parecía preocupado y sorprendido cuando se giró ondeando su cabello — ¿Dumbledore te dijo que vivo aquí? ¿Te dijo que estaba aquí?
—Yo también estoy bien, gracias —hice un gesto positivo con los dedos con una sonrisa sarcástica antes de contestar con exasperación aquel bombardeo—. ¿Estás loco? ¿Me imaginas pidiéndole tu dirección a ese anciano? Con lo astuto que es, habría sabido en un dos por tres lo que está pasando entre los dos. Lo averigüé por casualidad.
Ante mi respuesta, carraspeó con petulancia y me miró con cara de "podrías tratar de mentir mejor".
—Es en serio. Lo leí en un periódico.
—¿Un periódico? —inquirió incrédulo, cruzándose de brazos.
—Era una noticia antigua, sobre tu madre —contesté, cansinamente.
—Ah.
Temí que ocurriera eso. Algo me hizo sentir, desde que leí el artículo, que el tema "familia" para Snape, era algo difícil de llevar. Y bueno, no tenía que ser un genio en suponer que su personalidad satánica se debía a la falta de cariño y otras cosas.
—Mira, yo sólo quise venir a comprobar… de hecho, ¿qué estás haciendo aquí? Creí que eras profesor en Hogwarts.
—Tengo que hacer cosas —contestó con pesadumbre —. Volveré durante la madrugada, o a primera hora de la mañana al castillo. Además, es fin de semana. No hay clases los fines de semana —añadió con cierto sarcasmo.
Nos miramos a los ojos.
—Lo siento. O sea, no, no lo siento —corregí —, porque quería de verdad saber si esta era tu casa. Me entró la curiosidad y…
—¿Pensabas irrumpir en mi privacidad? ¿De nuevo? —inquirió desafiante y venenoso.
—Sí, pero no fue necesario llegar a esos extremos, ¿no? ¡Estás aquí! Tú me has invitado a pasar —miré sin disimulo a mi alrededor — y no hay nada digno de ver. El punto es que, no lo siento, pero si estás ocupado haciendo "cosas", me retiraré por aquella puerta. Ya podremos vernos otro d…
—¿Ya te vas? —preguntó con sorna — ¿Tanto jaleo para esto?
—¿Qué? ¿Por qué me miras de esa manera?
—Sólo estoy sorprendido de lo extrañamente pálida que estás, como si como estuvieras controlando un posible sonrojo.
Mierda, ha dado en el clavo. No lo mires a los ojos.
—¿Quieres que me vaya? —pregunté, orgullosa, sosteniendo la mirada con valentía.
—¿Deseas marcharte? —respondió, sacando la varita de su bolsillo para abrir la puerta.
—Yo te pregunté primero —dije, molesta. De pronto sentí que no debí haber ido y sentí esa sensación de vacío en el estómago y ardor en la garganta.
—No.
—¿"No"? ¿Ahora dirás que tú fuiste el que preguntó primero? —le espeté, liberando mi sonrojo de ira. Y nervios, claro.
—Con "no" me refiero a que no quiero que te vayas —respondió con paciencia y algo cauteloso.
—Ah —hubo una pausa —. No saco nada con contestarte, si ya sabes la respuesta.
Sonrió a medias. Mis cejas se arquearon al ver esa reacción: no me estaba rechazando.
—¿Quieres algo de beber? Parecieras que tuvieras sed —asentí con el estómago anudado —. Sígueme.
Caminé tras él, hasta llegar a una pequeña sala con paredes acolchadas, tenuemente iluminada por una lámpara de velas que colgaba del techo. El sesenta por ciento de las paredes estaban tapadas por libros. Un sofá y un sillón estaban acomodados alrededor de una desvencijada y pequeña mesa, que tenía aún más libros en ella, con un vaso a medio llenar de un líquido rojo sangre.
—¿Acaso eres vampiro?
Quise preguntar algo estúpido solamente para tranquilizarme. No se me notaba, pero en mi mente mi otro Yo estaba saltando de felicidad.
—Es vino de elfo —contestó con una mirada que decía "ridícula" —. Siéntate mientras tanto —dijo, indicando el sofá.
Ya más tranquila, pero algo sobrecogida, me senté allí, viéndolo desaparecer por una puerta que se abrió tras una pared de libros.
—Vaya, esto parece de cuento —farfullé, oyendo un "gluglú" de líquido caer.
*"¿*Dónde está tu madre?" deseé preguntarle, pero la porción inteligente de mi cerebro dictaba que no debía decir aquello. El mago regresó con un burbujeante vaso repleto de una helada cerveza de mantequilla.
—Gracias —dije y me llevé el vaso a la boca, mirando de reojo cómo se sentaba a mi lado, con las rodillas dobladas hacia a mí, a no más de diez centímetros de las mías. Pude sentir su calor.
Dejé el vaso en la mesita y me volví hacia él. Me mordí el labio, dándome cuenta que no sabía de qué hablarle. Cualquier cosa iba a arruinar el momento: "¿cómo van las clases?" "¿Cuántos ceros has colocado?" "¿Cómo va el trabajo con el otro bando?" "¿Has visto a Harry?" "¿Y qué tal tu familia?". No, daba iba a resultar, incluso aunque me pusiera hablar del pronóstico del tiempo.
—Mira, Snape, la verdad es que temo preguntarte algo y me mandes volando contra tus paredes de libros —sinceré sin pelos en la lengua —. No sé de qué hablarte, y la verdad es que, tal vez debería marcharme —admití con abatimiento, sintiéndome súbitamente mal. Tal vez de verdad había sido un error tratar de averiguar si esa era su casa o no.
Se inclinó un poco hacia mí, con una expresión de duda en la cara.
—Tal vez podríamos hacer algo de lo que no se requieran palabras.
Su voz salió tan suave, como un susurro de viento te verano, y en su mirada había tal fogosidad, tan distinta de la frialdad que la mayoría del tiempo habitaba en sus ojos, que sentí mis piernas derretirse. Eso fue suficiente, suficiente para eliminar el espacio que estaba estorbando entre los dos, ni siquiera le contesté y él tampoco exigió respuesta.
Pude sentir sus cálidas manos enroscarse en mi cintura con firmeza. Mis brazos, ansiosos de candor, rodearon su cuello mientras nuestras bocas se batían en una guerra de besos apasionados y ardientes. Una parte de mi cerebro trató de recordar cuándo había sido la última vez que me había sentido así de excitada y libidinosa, y sólo pudo concluir que había sido también con Snape, hacía muchos años, en Hogwarts. Por supuesto, jamás ocurrió nada, y a pesar de que había tenido una cortísima vida sexual, me sentí como una virgen, jamás tocada. Y, en realidad, nadie jamás me había acariciado de ese modo, como si quisiera conocer y memorizar cada centímetro de mi piel.
—Severus… —farfullé con deseo cuando sus labios descendieron a mi cuello. En respuesta oí un gruñido, pero no de aquellos típicos en él que demostraban enojo: ese había sido un gruñido de "esto es placentero, así que no interrumpas".
Me picaron las manos, estaban anhelantes por hacer algo, así que las puse a trabajar. Las dirigí a la camisa negra de Snape y juro que tuve intención de desabrocharlas de la manera correcta, pero los botones eran tan pequeños y mis dedos estaban tan sudados, que preferí sacarle la camisa de adentro del pantalón, tomar los extremos y jalarla con todas mis fuerzas. Los botones repiquetearon por toda la habitación, pero a él, sorprendentemente, no le importó. Miré su pálido pecho. No era el de un deportista, pero sin duda era muy atractivo para estar oculto y para pertenecerle a un hombre de treinta y tantos.
Nada, nada arruinará este momento.
Me subí a horcajadas de él, volviendo a buscar sus labios que me contestaron ávidos. Sus manos completaron tranquilas la tarea interrumpida de la otra vez: con fuerza aferraron mi trasero, para luego subir por mi espalda, pasar por mis hombros y deshacerse de aquella chaqueta que hacía rato me estaba estorbando. Temblé con fuerza cuando sus manos se colaron bajo mi estrambótica remera para jalarla hacia arriba. Por suerte no se me quedó la cabeza atascada en el agujero ni la tela arrasó con mis aretes, aquello habría sido el colmo en una situación como esa.
Vi sus ojos brillar al ver mi torso semidesnudo. Mi busto no era exuberante, pero era suficiente para arrancar miradas con algún escote.
Me sentí ruborizar. Nadie nunca me había mirado de ese modo. Me sentí bien, me sentí querida y anhelada.
El profesor de Pociones no tuvo paciencia y se deshizo de mi sujetador para poder tocarme y besarme con libertad, sin que un trozo de tela se interpusiera.
Cerré los ojos con fuerza al notar cómo su lengua recorría aquél par de zonas tremendamente sensibles. No quise quedarme atrás, así que decidí ser yo la que controlara un poco la situación. Le alcé el rostro para dejar expuesto su cuello. Mis labios y mi lengua se entretuvieron un rato ahí, testeando el sabor de su piel, su textura…
Quiero tanto, tanto fundirme contigo…
A pesar de que ambos estábamos disfrutando en lo más profundo aquellas electrificantes sensaciones, todo estaba ocurriendo más rápido de lo que creíamos. A los tres minutos de comenzar, habíamos cambiado de posición: Snape me había arrastrado hasta una pared, para aplastarme contra ella y deshacerse de mis pantalones de una manera más rápida y ágil.
Me liberé violentamente de mis zapatillas, y una salió volando. Derribó algo que ninguno de los dos se atrevió a mirar.
De pronto, sentí algo rígido en la parte baja de mi vientre. Las piernas me temblaron y me di cuenta que mis bragas estaban tremendamente húmedas.
Algo temblorosa por la falta de experiencia, pero sin timidez, y completamente decidida, bajé mi mano hasta aquella zona y, por sobre el pantalón, palpé su virilidad. Severus, quien tenía mi labio inferior atrapado entre sus dientes, jadeó con fuerza.
Sin más rodeos, desabroché su cinturón y bajé la cremallera para dejarlo caer al suelo. Con curiosidad dirigí mis ojos hacia la prenda íntima que aún cubría aquél montículo. Todo lo que pude pensar fue un: "Severus, lo que te tenías guardado…", y estuve a punto de tener un ataque de risa por semejante pensamiento tan vulgar. Pero me tardé un segundo en recuperar la compostura, y recordar que estaba ahí, con él.
Y, tal vez, aunque no hubiese estado tan bien dotado, estaría en la misma situación. Yo sólo quería sentirlo en mí. Quería hacer el amor con él, quería entregarle mi cariño y sentirme querida, alguna vez, por él.
En menos de quince segundos nos deshicimos de las últimas ropas, las que estorbaban más, y volvimos al sofá entre besos y caricias. Severus se apoyó con una rodilla, sobre mí, y deslizó una mano por el interior de mi muslo derecho hasta tocar mi flor. Fue mi turno de jadear. Creí que iba a estallar en volutas de humo y fuego.
—Severus… no quiero tener que rogarte… —susurré apretando sus brazos.
—No te preocupes, Tonks—siseó, dejando caer su cuerpo con suavidad sobre el mío, mirándome a los ojos. Sus mejillas estaban coloradas al igual que las mías, y su rostro estaba perlado por el sudor —, no pienso hacerlo…, no quiero hacerlo…
—No, no, espera —lo alejé un poco de mí, rogando por no arruinar el momento — no quiero tener que rogarte para esto, pero ahí, en mi chaqueta, en el bolsillo, hay un condón.
—¿Qué? —se echó hacia atrás, arqueando una ceja — ¿Qué es eso?
—Un preservativo muggle.
—Me estás tomando el pelo —gruñó y, antes que yo insistiera, alargó la mano hasta la chaqueta, hurgó y sacó algo.
—Póntelo —le ordené, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿Dónde? —comenzaba a ponerse rojo, pero de ira.
—¿Pues dónde crees? —apunté su entrepierna.
—Por Merlín, Tonks, eres la número uno en arruinar situaciones importantes como esta…
Me sentí un poco tonta, y estuve a punto de echarle un "no quiero tener un hijo tuyo ni en broma", pero no era el momento para tales chistes crueles.
La magia resolvió el misterio. Yo jamás había puesto uno, evidentemente Severus no estaba al tanto de aquella información, y no quise arriesgarme a perder más tiempo, así que lo resolví con un movimiento de mi varita.
—Esto es totalmente ridículo —gruñó antes de regresar conmigo.
No necesitó tantear demasiado el terreno para encontrar el camino, y tampoco fue necesaria mi aprobación para decirle que comenzara. Severus me deseaba, así de sencillo, y lo comprendí cuando nos conectamos por completo y me abrazó con fuerza, como si no quisiera estar ni un solo centímetro separado de mi cuerpo.
Mis dedos se clavaron en su espalda y mis piernas rodearon sus caderas para hacer que mis pies apretaran sus glúteos y así profundizar e intensificar el ritmo.
No, jamás me había sentido así. Todos mis sentidos dispuestos a amplificar todo lo que sentía con cada roce de su cuerpo, con cada embestida. En un momento su mano acarició mi cabello con ternura, mientras la otra trituraba mi muslo izquierdo con desesperación. Sin embargo, me sentí tan a su merced, que decidí cambiar de posición, para al menos creer que yo dominaba un poco más la situación. Lo obligué a rodar por el sofá, para caer duramente sobre la alfombra. No era mucha distancia, pero Severus cerró los ojos por el dolor cuando sus escápulas tocaron la áspera tela con un golpe abrupto.
—Lo siento —me limité a decir con una sonrisita antes de volver a acomodarme sobre él. Severus negó con la cabeza, y al sentirme de nuevo, no contestó nada. Quedé sentada sobre él, como cual jinete cabalga a su caballo.
Tras un par de minutos, sentí las manos del mago tensarse en mis glúteos.
—Tonks… Tonks… —susurró, y yo jamás había disfrutado tanto el oír mi apellido, y eso que me gustaba. Liberó una mano para alzarse un poco sobre su codo. Vi borrosamente su rostro contorsionado de placer.
Sonreí y me agaché para acariciarle el rostro, dándole a entender que todo estaba bien.
Fueron segundos los que pasaron antes de sentir el ritmo entrecortado y brusco de las embestidas de Severus y de ver su rostro extasiado. Eso sólo sirvió para llevarme más al límite, un torbellino de sensaciones me comenzaba a llenar, aquella corriente acelerada recorriéndome de pies a cabeza, sin embargo… cuando creía que nada, que nada podía arruinar el momento…
Toc, to, toc, toc.
Fue automático, como cuando despiertas y te quedas sin sueño: abrí los ojos, dejé de moverme y la lujuria desapareció por arte de magia.
Severus se alzó otro poco y me miró, alerta.
—Están llamando la puerta —susurró.
—No… —contesté afligida y un poco amenazante. Coloqué una mano en su pecho, teniendo el deseo de plantarlo de nuevo contra el suelo — No ahora…
Severus me miró compungido, y yo me di cuenta que no lograría retomar el ritmo aunque comenzáramos de nuevo. Me habían cortado la inspiración de lleno. Con cuidado, un poco avergonzada, incómoda y apenada, me levanté. Me sentí completamente fuera de lugar. Apreté las piernas y me cubrí las partes privadas como una Eva. Me entraron repentinas ganas de llorar, de gritar y de salir a patear a quien estuviera llamando a la puerta.
Toc, toc, toc. La puerta volvió a sonar.
—Tonks, creo que es Lucius —farfulló Severus, reaccionando y colocándose de pie con rapidez.
—¿Qué? —susurré sin aliento.
—Es algo que no te puedo explicar —gruñó por lo bajo.
No insistí más. Con la varita mágica me vestí en un segundo. De la misma forma, Severus logró dejar intacta la camisa desbotonada.
Toc, toc, toc, toc, toc.
—Escúchame —se acercó a mí y me tomó de los hombros —. Abre esa puerta —señaló el librero por el que había desaparecido para servir la bebida —. Allí hay una ventana, sal por ella.
Bajé la mirada y asentí, temblando.
—Yo… —hizo una mueca — yo lo siento mucho —se disculpó. Supe que lo hizo de corazón porque me besó la frente con cierta tristeza y culpabilidad.
—No importa. Adiós —dije rápidamente, antes de ponerme sentimental. Al momento en que me colaba por la puerta oculta, la puerta volvía a sonar. Aquella era la cocina. Se veía pequeña de tan llena de muebles que estaba. En cualquier otro momento, me habría quedado a averiguar qué habría en las alacenas, o incluso la curiosidad me habría convencido a quedarme a oír tras la puerta. No obstante, antes de que me diera cuenta, me escabullí por la ventana, con la garganta ardiendo, completamente deprimida.
No quise irme directo a la casa, así que, antes, pasé a un bar muggle de por ahí para llenarme de litros y litros de bebidas gaseosas.
—No, Snape, esta vez no serás motivo para que me emborrache.
PD: No me maten, los compensaré :).