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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 41
Mis queridos, aquí tienen nuevo cap. Todas las dudas se resolverán en el siguiente capítulo. Faltan aproximadamente 9 capítulos para que la segunda parte termine! a afirmarse de la silla! **POR CIERTO,**acerca de la reacción de la gente de la farmacia (ya leerán) se debe a que 1- es 1995 y 2- son ancianos. Eso, disfruten! mil abrazos. Los amo.
**XLI.**La suegra
La decisión de mi madre de no ver a Sirius fue absolutamente categórica, tanto así, que ni yo atreví a darle la contraria. Se limitó a escribir una preocupada nota de disculpa a Sirius, con una pila de advertencias para que tuviera cuidado y no se expusiera innecesariamente, como si se estuviera dirigiendo a un hijo. Aquella nota, fue a parar a manos del susodicho el día domingo durante la tarde. Precisamente ese día no pensaba visitar Grimmauld Place, pero mi madre me preguntó expresamente con esa voz y mirada de "ni-te-atrevas-a-decirme-que-no" un "¿Dora, querida, por casualidad no irás a la casa de Sirius mañana?"
—No —fue mi respuesta en un principio, mientras volvía hojear el periódico del día anterior. Alcé la vista y me percaté de su semblante —, pero no tengo problema en ir si es que necesitas que desaparezca un rato de aquí —añadí con una simpática sonrisa tremendamente forzada. Mi padre, quien sacaba cuentas una y otra vez en un arrugado tomanotas de pergamino, se dio cuenta de la actitud nerviosa de mi madre y volvió rápidamente la vista al papel para no entrometerse en la situación.
Definitivamente, a veces, papá era un cobarde.
—Si es que vas —ese "si es que vas" me sonó tan desagradable, que estuve a punto de decirle "¡ya, ve al grano de una vez, vieja loca!" —, ¿podrías entregarle esto a Sirius?
Yo la había visto escribiendo y me imaginé que era una carta para él, pero no tenía idea de lo que decía.
—¿Qué? ¿Acaso es una nota de despedida? —pregunté rodando los ojos.
—Sólo es una carta, Dora. Quiero que Sirius se ande con cuidado, y quiero que comprenda mi situación. No deseo que se enoje conmigo, por eso…
—Andrómeda —interrumpí con voz de "le estoy hablando a alguien con falta de sesos" —, tú, siendo una Black —hizo una mueca de desagrado — bien deberías saber que a Sirius no le gusta que le digan lo que tiene y no tiene que hacer.
No me contestó, pero bien sabía yo que sería así: lo llevábamos en la sangre. Sencillamente, éramos unos rebeldes sin causa.
—Bailando con la escoba, bailando con la escoba, suéltate el pelo y sale de tu alcoba…—estaba cantando en voz baja mientras cerraba tras de mí la puerta al entrar a la terrorífica y lúgubre casa. El olor a viejo estaba más denso que nunca. Miré hacia las cortinas que ocultaban la desagradable pintura de mi tía abuela Walburga que oscilaron como queriendo amenazarme con abrirse. Me callé y avancé con extremo hacia la cocina, esperando encontrar a Sirius y a Remus conversando alegremente con una cerveza de mantequilla en la mano, pero el lugar estaba vacío.
—¿Sirius? —llamé inútilmente.
Subí al piso superior y comencé a asomar la cabeza en todas las habitaciones. Por error abrí una puerta, una especie de alacena, de la que cayó una torre de periódicos antiguos llenos de polvo y con las hojas amarillas. Las imágenes se movían lentamente, como si la magia que las mantenía activa se hubiese estado agotando durante todos esos diarios. Saqué la varita para volverlos a su lugar, pero algo llamó mi atención: una fotografía pequeña de una mujer poco atractiva, de pelo negro y gruesas cejas, en el centro de un pequeño artículo en la esquina de la página treinta. Se notaba que era una de esas noticias que sólo a un grupo reducido de gente le gustaba. Me agaché para coger el diario y prendí la luz de la varita para distinguir mejor: la cara de aquella joven mujer, probablemente de mi edad, me resultaba incómodamente familiar.
—Cuando todos pensaban que el Equipo Nacional de Gobstones iba a ganar un nuevo elemento—comencé a leer en voz baja, como un zumbido— sacado de la nata de Hogwarts, ocurrió el temido acto que coarta mucho la vida de las brujas hoy en día: el matrimonio. Eileen Prince (Foto), experta en pociones y la última presidenta del equipo de Gobstones del reconocido colegio de magia y hechicería, decidió formalizar su relación con un muggle para formar familia, cambiando su apellido de soltera a "Snape"…
Entrecerré los ojos conectando ideas con mucha lentitud. Y, como si me hubiesen puesto un fierro caliente en el culo, pegué un salto y caí en la cuenta que esa mujer era mi suegra.
Mi suegra…
Me dieron tales ganas de reír, que tuve que apretarme la boca con la mano para no despertar a los cuadros y a todos aquellos adornos raros que decoraban el corredor. Me controlé al recordar por qué estaba allí. Se suponía que tenía que entregar la nota de mi madre a Sirius. Ordené rápidamente los periódicos y seguí mi camino piso arriba.
Finalmente, encontré al mago en su propia habitación —golpeé varias veces y no obtuve respuesta, y tuve que irrumpir sin más —, completamente ido, de pie, observando unas fotografía que tenía pegadas en una de las paredes. Sus manos estaban en su espalda, cerradas en puños muy tensamente.
Me habría gustado gritarle un "¡Buh!", pero en su rostro tenía tal expresión de mago recibiendo la noticia de ser un squib, que no me atreví. Carraspeé para aclararme la voz y llamarlo con un dulce "Sirius", pero eso fue suficiente para que se girara a mirarme.
—¿Tonks? —masculló frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos.
—¿Qué te pasa? ¿Te fumaste algo?
Bajó los hombros y se metió las manos en los bolsillos apretando los labios.
—Ojalá —gruñó —. ¿Has venido acompañada?
—¿De quién?
—De tu madre. O del idiota de Remus.
Arqueé las cejas. A juzgar por su tono de voz, estaba teniendo días pésimos de los que no quise averiguar. Tampoco quise preguntar si había estado mucho tiempo solo, porque eso era bastante obvio. Como toda la manga de pelirrojos se había marchado a Hogwarts, los Weasley habían encontrado innecesario quedarse allí con un Sirius con problemas de síndrome premenstrual constante.
—¿No se supone que Remus está haciendo trabajos para la Orden? —y antes de que contestara, añadí como quien no quiere la cosa, modulando rápidamente —mi madre no va a venir más y me mandó con esto —le planté el sobre en la mano. Bueno, esa ha sido mi misión de hoy, tengo mucho que hacer y…
—¡¿Ya te vas?! —gritó dando un respingo.
—Lee la carta —le ordené y preferí guardarme el "no quiero quedarme aquí para oír tus alegatos".
Sin embargo, tuve que quedarme igual. Resultó ser que, cuando pasé por la alacena de los periódicos, tuve la repentina y genial idea de recortar el artículo de la madre de Snape y me lo guardé rápidamente en el bolsillo, justo antes de que llegara mi primo blandiendo el papel, rojo de ira con la mandíbula apretada.
—Por las barbas de Merlín… es igual a mi madre cuando se enoja… —farfullé. Fue una suerte que no me escuchara.
—¿Qué se cree todo el mundo que tienen que estar diciéndome qué y no hacer? —me espetó — Primero Dumbledore, luego Molly, ayer Harry ¡y ahora Andrómeda!
No pude evitar mirarlo con lástima.
—Sirius, es por las noticias, ¿no te has enterado?
—¡Las noticias! ¡Las noticias! A quién le importa el estúpido Profeta con sus patrañas…
—Ellos saben que estás en Londres —insistí con desgana —. Pero, Sirius —sonreí con despreocupación —, si quieres arriesgarte a salir transformado en perro y que algún chino con hambre te cocine, es problema tuyo, a mí me tiene sin cuidado.
Hizo una mueca.
—Estás tratando de utilizar psicología inversa conmigo, ¿no?
—No, ¿cómo se te ocurre...?
Nos quedamos en silencio. Ambos oímos el pestillo de la puerta sonar. Medio minuto más tarde, nos dimos cuenta que era Remus. Con ello, me retiré de la escena lo antes posible, justo cuando daban las ocho menos quince de la noche.
Como me fui pensando en Sirius — y no sé por qué me comencé a plantearme qué sucedería si intentara llevar mi condición de metamorfomaga más allá, es decir, si intentara transformarme en algún animal como los animagos —, se me olvidó por qué llevaba la mano izquierda metida en el bolsillo de mi pantalón gastado —de esos que tanto le gustan a mi madre —, apretando con fuerza un trozo de papel. Cuando entré a lavarme las manos al baño —mi madre acababa de servir la cena cuando llegué —, recordé qué era aquello.
Extraje el pedazo de periódico y me di cuenta que no había terminado de leer el artículo.
—Recientemente, la gente de Cokeworth recibió a la pareja Snape, quienes se mudaron la humilde casa 43 de la calle La Hilandera, y hay rumores de que Eileen está esperando su primer hijo.
—¡Dora! ¡A comer!
—Ya voy.
—¡Dora!
—¡Dije que "ya voy"!
Exasperada, volviendo a guardar el papel, fui a cenar.
La calle la Hilandera… Cokeworth… La Hilandera… Cokeworth… ¿Y si…? Nah… Tal vez no… O, quizá…
—¿Me estás escuchando?
Una serie de imágenes subidas de tono cruzaron por mi cabeza. Sentí cómo mi cara y mi pelo se pusieron rojos, pero los ignoré, porque estaba sumida en lo más profundo de mis eróticos pensamientos.
No, tal vez no, sería muy poco digno de mi parte… Además, ¡se supone que está en Hogwarts! Está dando clases. Aunque aún es domingo…
—¿Dora? ¿Estás aquí, muchacha? —preguntó mi padre inclinándose sobre su plato.
Ted y Dromeda me miraban atentos. Yo estaba con la vista perdida en el techo y con la cuchara a medio camino de mi boca, suspendida en el aire.
—No, soy un holograma —contesté secamente, tratando de borrar el rubor de mis mejillas. Temí que mi madre se enterara de algún modo las cochinadas que se me estaban cruzando por la cabeza en ese momento. Las madres tienden a saberlo casi todo.
—¿Qué te dijo Sirius? —preguntó la señora, ignorando mi broma.
Me perdí en el reflejo de la luz en su cabello castaño por una fracción de segundos antes de narrarle brevemente lo ocurrido. Luego de eso, terminé de engullir la cena y me fui al baño para lavarme los dientes con mucho énfasis, luchando por ignorar aquellas ideas que se viajaban por mi mente de un extremo de mi cerebro a otro.
¿Que si quería ver a Severus? Claro que deseaba verlo. Se suponía que éramos novios… o como fuera. ¿Que si quería estar con él? Por supuesto. ¿Que si quería sentir sus manos tomando las mías y su cuerpo ardiendo a mi lado?
Esa pregunta estaba de sobra. Sentada en la orilla de la cama, me mordí las uñas, nerviosa. Con la mano derecha tenía agarrada la punta del pijama que se escapaba por debajo de la almohada. Yo sabía de sobra que, la próxima vez que nos encontráramos, iba a suceder lo inevitable.
—Tal vez siga viviendo allí. No pierdo nada con intentarlo, ¿cierto?
Rápidamente, como alma que lleva al diablo, fui a despedirme de la familia, fingiendo estar cansada, entré a mi pieza, me puse una chaqueta con gorro delgada de color negro, coloqué un encantamiento repelente por si a mis padres se les ocurría ir a decirme algo y apagué la luz. Por último, salí por la ventana, caminé hasta la esquina y desaparecí. Claro, que no aparecí en Cokeworth. Suponiendo que Snape estuviera allí, porque no debía (No debe estar ahí… no, no, está en Hogwarts trabajando, trabajando, trabajando…)—mi instinto me decía que yo estaba en lo correcto y que sucederían cosas—, decidí pasar a la farmacia muggle a comprar un preservativo, una ocasión que había soñado con vivirla. Cuando tenía diez años, oí hablando a mi abuelo de lo que utilizaban los muggles para no dejar embarazadas a las mujeres, y jamás se me había olvidado. Siempre había querido comprar uno, y esa era mi oportunidad. Además, tenía aún algo de dinero muggle del último cambio que hice de dinero mágico y debía agotarlo en algo. En realidad, estaba allí por mera curiosidad, porque no tenía idea cómo eran o cómo se usaban.
Sexo, Tonks, eso es lo que tienes en toda tu mente ahora. Eres una sucia, sucia.
No, no, no. No es eso. Es algo completamente natural. Somos novios… y sucederá…
El lugar estaba abarrotado de ancianos y gente enferma que deseaba comprar sus medicamentos, así que tuve que utilizar un encantamiento para cambiar el número de mi boleto al más próximo. Varios muggles se sorprendieron cuando me vieron avanzar, siendo que había llegado recién. O, probablemente, me estuvieran mirando el pelo y la forma de vestir.
—Hola — saludé a la dependienta de turno, quien me miró con cierta desconfianza —Quiero una caja de preservativos.
La mujer frunció los labios. Sentí que todos los ojos se iban hacia a mí. Oí murmullos y exclamaciones.
—Quiero de esos condones —reiteré, creyendo que no me había entendido.
—De inmediato, señorita…
Tuve la impresión de que el "señorita" significaba todo lo contrario. Me giré y vi que todos se decían cosas a los oídos, otros se tapaban la boca, mirándome directamente.
Decidí no hacer caso —no era primera vez que una multitud me miraba de ese modo—, y pagué por lo que pedí. Ignorando a la gente, me metí la caja al bolsillo y, nerviosa, salí de la tienda, enfrentándome a la cálida noche.
No conocía Cokeworth, pero tenía suficiente práctica en aparición para saber materializarme en lugares en los que jamás había estado, o de eso quise convencerme, porque pude haber sufrido una despartición, pero estaba tan empecinada en comprobar si Snape vivía allí o no, que no me importaron las consecuencias. Por lo que pude notar, era un pueblo ubicado al norte de Gran Bretaña. Para ser verano corría un viento fresco y había una neblina baja; el clima había cambiado de forma abrupta de un extremo a otro. El cielo estaba sucio, las estrellas no se podían apreciar con total claridad, y un desagradable olor a basura podrida perseguía mi pequeña nariz dejándome mareada. Miré a mi alrededor. Estaba frente a una calle llena de casas antiguas de dos pisos y construidas de ladrillo. A mi espalda había irregular camino lleno de maleza que llevaba a un río, lugar de donde provenía aquella desagradable estela.
—Un lugar bastante tétrico y horrible —farfullé, sin sorprenderme en absoluto. Difícil me habría sido imaginarme a Severus viviendo en un barrio de alta alcurnia, rodeado de caballos purasangre y rosas blancas. —Bien… y ahora… me conformaré con saber que esa es su casa. Si está en Hogwarts, podré entrar sin problemas y averiguar… —suspiré, retomando el paso. Caminaba lento, pero las piernas me temblaban un poco, temía que estuviera, y también que no estuviera, porque pensaba irrumpir en su hogar para buscar pruebas de su presencia, y no habría sido primera vez que le hacía algo así, que me inmiscuía en su intimidad. Así mi varita con firmeza por si aparecía algún viejo borracho por allí, pero tuve suerte. Todo lo que encontré, fue una viejecilla en una esquina que estaba echando una olla de sobras en un gran plato para un montón de perros que esperaban ansiosos.
—Hola, buenas noches, disculpe, ¿sabe usted cuál es la calle "La Hilandera"?
—¡Ah! Sí, hija mía, camina derecho por aquí, dos cuadras más abajo doblas a la derecha, y la está.
—¡Gracias!
El corazón se me aceleró a medida que daba cada paso, latiendo al ritmo de las pocas luces titilantes que iluminaban las calles. En cualquier momento explotaría de la incertidumbre. Llegué a la calle. A la vista había una fábrica con una gran chimenea. Se notaba que estaba en desuso, aún así, la contaminación que alguna vez produjo parecía haberse quedado permanentemente en el aire.
Ansiosa busqué el número 43 de la casa, lo que me costó bastante porque muchas casas no estaban numeradas o tenían los números ilegibles, pero al final me di cuenta que estaba al final de la calle. Sin dar más rodeos, me asomé a la lúgubre casa de cortinas cerradas. Sabía que había gente, porque pude notar alguna luz prendida a través de la tela. Sin embargo… ¿viviría realmente Snape ahí? Tenía una corazonada, pero tal vez sólo fuera producto de mi imaginación.
Me aclaré la garganta y llamé a la puerta con los nudillos con fuerza de una sola vez.
Va a salir otra anciana, de esas viejas hediondas a gato. O va a salir un viejo con el pantalón hasta el cuello y lentes gruesos pegándome bastonazos…
Vi que el visillo se movió, pero no me fijé si alguien se había asomado o no. Diez segundos más tarde, sonó el pestillo y la puerta se abrió un poco. Mi corazón volvió a martillear mi pecho con violencia, pero mantuve la compostura. Pude ver perfectamente su rostro pálido enmarcado por aquellas cortinas de pelo negro. Tenía el ceño fruncido, y entonces comprendí que, con la capucha de la chaqueta, no me había reconocido.
Con una sonrisa en los labios, me eché el gorro hacia atrás. Con cierta satisfacción noté cómo sus ojos se agrandaban al mirarme, y su boca se abría ligeramente. Y, supe en mi interior, que yo lo había extrañado más de lo que imaginaba, y tuve la esperanza de que él se había sentido del mismo modo hacia mí.