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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 40

Mis queridos, estoy actualizando rápidamente porque acabo de almorzar (recuerden que trabajo los sábados) y llegará una amiga. Para la querida Lena, tus comentarios en mis otros ff los contestaré mañana a más tardar. Abrazos y cariños para todos :DHace tiempo no digo esto: si hay errores, me los indican.

**XL.**Un poco de historia familiar

—¿Así que Sturgis no volvió a aparecer? —pregunté a Ojoloco, recordando un comentario que había hecho en el Andén. Ya estábamos de vuelta en  Grimmauld Place, envueltos en el delicioso aroma de carne al horno acaramelada que estaba preparando Molly. Arthur había regresado al trabajo. Yo era la única floja que se había tomado el día libre, teniendo sólo como excusa el ser parte del respaldo de Harry Potter por una escasa media hora.

         —Sí, y ya me está dando mala espina. Luego de comer, iré a informarle, antes que los estudiantes lleguen al castillo.

         —Quizá está enfermo —sugirió Remus —, tal vez no deberíamos alarmarnos demasiado.

         —La Orden no necesita más holgazanes, para eso tenemos a Mundungus, con quien basta y sobra —gruñó Ojoloco tras beber un sorbo de su petaca —. No está demás mantener al tanto a Dumbledore de lo inservibles que son algunos miembros.

         Sirius carraspeó ruidosamente, cambiando de posición.

         —No me refiero a ti, Sirius —corroboró Ojoloco sin una pizca de amabilidad.

         Pero Sirius se sintió identificado con el comentario y se quedó ausente, sumido en sus pensamientos.

         Creímos que el misterio de Sturgis duraría más tiempo, pero a eso de las tres de la tarde, Arthur nos envió un patronus diciéndonos que Sturgis había aparecido y que lo tenían detenido porque lo habían pillado tratando de pasar al Departamento de Misterios.

         —Esto está mal, muy mal —gruñó Ojoloco, sacudiendo las manos con brusquedad.

         —¡Lo deben haber hechizado! —dije, preocupada —¡Seguro que fue Lucius! Esa rata rubia ha estado rondando demasiado por el Ministerio.

         —Debo irme de inmediato —Ojoloco se puso de pie y agarró su gorro para colárselo en la cabeza —. Iré a hablar con Dumbledore. Tú —se dirigió a mí —, vete a tu casa pronto y no te metas en problemas.

         —Yo no me meto en pro… —pero ya había cruzado la puerta cuando empecé a defenderme.

         En la cocina quedó un ambiente tenso, preocupado, así que no soporté estar mucho tiempo allí, con un Sirius con un humor de perros —qué ironía —, un Remus muy ceñudo y una nerviosa Molly Weasley que no paraba de susurrar cosas sobre Percy.

         —Mamá, ¿qué tal si mañana vamos a visitar a Sirius, en la noche, para cenar? —pregunté a la señora maniática de la limpieza, en la tarde, cuando ya me encontraba en casa — A él le gustaría verte.

         Mi madre se lo pensó un poco, pero aceptó ir, eso sí, para el día siguiente de mañana. Estaba ella viendo la posibilidad de realizar alguna actividad para obtener más ingresos, porque todavía no estábamos completamente seguros si mi padre seguiría trabajando o no. Ted insistía en que Drómeda no debía preocuparse demasiado, pero ella era demasiado testaruda y estaba demasiado aterrada de ser pobre. Jamás lo había sido, ese era el problema de venir de una familia malvadamente rica. Y mi padre, a pesar de que había sido de una familia muy humilde, se preocupó siempre de que ella lo tuviera todo, aunque, estoy segura que en esos momentos, a mi madre le habría dado lo mismo estar durmiendo entre polvo y ratas. Ahora, que estaba más vieja, le afectaba el tema de la comodidad, pero algo que asegura mi padre, y que de verdad le creo, es que estaba enamorada hasta las orejas de él.

Al día siguiente, me enteré que Eric Munch había sido quien pilló a Sturgis tratando de colarse en el Departamento de Misterios, narrado por sus propios labios. Se acercó muy ufano hacia a mí en la mañana, contándome lo sucedido como si fuera una especie de héroe de historieta.

         —¿Y por cómo fue que te diste cuenta? — pregunté con inocencia.

         —Fui a hacer una ronda, por orden del mismísimo Ministro de Magia —contestó, orgulloso. El pobre estaba que se orinaba de emoción por estar hablando conmigo. El enojo no le había durado mucho —, y fue cuando vi una capa invisible a mitad del camino y luego pillé a ese tramposo haciendo todo tipo de hechizos a la puerta —se puso una mano en la barbilla—. Pero fue extraño…

         —¿Por qué? —pestañeé rápido coquetamente.

         —Porque, cuando le grité que retrocediera, no me hizo caso, como si no se hubiese dado cuenta. Tuve que desarmarlo para que se quedara quieto… Tal vez es sordo…

Así que Fudge sospecha algo del Departamento de Misterios… Y Sturgis, definitivamente, estaba bajo la maldición Imperius. Tendré que avisar a Dumbledore de inmediato.

Sin dudarlo, hice aparecer mi quimera-patronus, haciéndola invisible, para que cruzara el país llevando aquella información al barbudo director.

Drómeda decidió llevar algunos pasteles caseros al otro día, cuando decidimos ir a ver a Sirius juntas. Estaba algo nerviosa, pero se veía optimista. También pasamos al centro de Londres para comprar cervezas artesanales muggles.

         —¿Mamá? ¿Eres tú? —le pregunté, bromeando al ver la otra cara de la moneda.

         —Bueno, con Sirius tuvimos una buena trayectoria —se excusó con aspereza.

         —¿Una trayectoria de alcohólicos?

         —¡No! —hizo una pausa y se ruborizó — No exactamente.

         —Si supiera mi padre… —comenté con inocencia.

         Bufó.

         —Tu padre también fue parte de esto.

         —"¿Esto?" —no me contestó —Bueno, Sirius me contará lo que hacían, así que, no te preocupes, dejemos tema para después.

         La reacción de mi madre al llegar a aquella luctuosa casa, no fue tan exagerada como me esperaba —con desmayos, delirios, vómitos y convulsiones —. Se limitó a mirar con desprecio cada rincón y contuvo las arcadas en su garganta al ver las cabezas de elfo colgadas. Esas extrañas costumbres no debían ser muy diferentes a la de mi familia materna. Noté su cuerpo ser atravesado por un par de escalofríos.

         El reencuentro de mi madre con Sirius no sacó lágrimas, pero sí se dieron un gran abrazo antes de comenzar a transmitir como locos. Poco faltó que mi madre contara de cuando me hacía pipí las primeras noches que estuve sin pañal. Luego de dejarme un rato en vergüenza, comenzaron a hablar del pasado, de su pasado.

         Remus no estaba presente, y como ya no estaban los niños, la casa parecía aún más vacía. Pero, con la presencia de mi madre y Sirius juntos, todo aparentó tener más vida durante algunas horas. También estaba Molly, quien se mantuvo a ralla de la situación, cocinando y limpiando la cocina.

         —Así que, ¿tú, mi madre y mi padre se emborrachaban juntos, no? —pregunté con picardía. Vi cómo Drómeda se sonrojaba y me lanzaba una mirada de advertencia. La ignoré por completo.

         Sirius soltó una tronadora carcajada. Estaba tan harapiento como siempre, pero mi madre no soltó ningún comentario acerca de eso. Parecía ser sólo yo la que se llevaba todos los retos sobre la vestimenta.

         —Reconozco mi culpa —dijo Sirius —. Resultó que James, cuando teníamos trece, durante las vacaciones, nos habló sobre la cerveza muggle que había probado en la fiesta de un vecino, en la que se había colado. Y pues, estuvimos averiguando dónde podíamos conseguir de esas fácilmente, hasta que lo logramos. Como no quería arriesgarme a que nos pillaran en mi casa, decidimos hacer la prueba en una fiesta que hizo la familia de Drómeda —mi madre hizo una mueca, pero no dijo nada —, y nos escondimos en uno de los armarios, cada uno con una botella —volvió a reír; los ojos le brillaron por los buenos recuerdos —. Íbamos en menos de la mitad cuando nos empezamos a reír de estupideces, y fue allí cuando Andrómeda nos escuchó —miró a mi madre. La señora Weasley estaba poniendo atención, bajo una expresión de reproche —. Abrió el armario y nos empezó a regañar. Por supuesto, para acallarla, nosotros la invitamos y aceptó a regañadientes…

         —Resulta que me gustó —intervino mi madre, colocándose una mano en la frente —. Tú y James me ofrecieron probar sólo para demostrarme que era "inofensiva" y que levantaba el ánimo. Yo, estúpidamente les creí… aunque, tal vez, sólo era curiosidad lo que sentía —se mordió el labio inferior con culpabilidad —. Se nos pasó la mano, y dado que ninguno estaba acostumbrado, nos quedamos dormidos dentro del armario hasta el otro día.

         —Esa situación se repitió varias veces más, pero, llegó un momento en el que nos pillaron robando y no pudimos hacerlo más —continuó Sirius. Yo oía embelesada la historia. Parece que la idiotez venía de familia, más allá de mi padre —. Y Andrómeda, que estaba viéndose con tu padre, le dijo si podía conseguirse cervezas muggles, y así lo hizo. Así que, lo colamos a unas cuantas fiestas para que bebiera con nosotros, en el desván de esa mansión, hasta que… —miró a mi madre.

         —Hasta que nos descubrieron —su alegre mirada se volvió nostálgica —. Los padres de Sirius se lo llevaron, y a James también, mientras que yo tuve que enfrentar a mis padres… el pobre de Ted me defendió, y sufrió algunas cuántas maldiciones y… —volvió a sonreír —. Allí nos escapamos donde tus otros abuelos. No pudimos seguir emborrachándonos con tu padre, eso sí, porque a los pocos meses después había quedado embarazada de ti.

         —Bueno, madre, resulta que tengo en mi sangre algo de alcoholismo… ¡Era broma, era broma! No me he vuelto a embriagar, lo juro —corregí al ver su mirada de asesina en serie, aunque no supe bien si estaba molestar por tratarla de ebria o por decirle que yo era la alcohólica.

         La aparición de Kreacher no pudo faltar en esa ocasión. Llegó, en medio de la comida, afirmándose el taparrabos con las manos como si estuviera ocultando algo bajo éste.

         —¡Hey! ¿Qué crees que estás haciendo, sabandija? —bramó Sirius poniéndose de pie y fulminándolo con la mirada.

         —El amo le grita a Kreacher como si tuviera algún derecho sobre él —masculló el elfo doméstico mirándolo de soslayo —, con esa facha de vagabundo… oh, qué diría mi ama si lo viera, qué sufrimiento le… —su vista cayó en mi madre. Pude ver cómo cada parte de su cuerpo se ponía rígida. Drómeda arqueó una ceja —. Y la traidora a la sangre número uno de la familia Black, oh, pero qué tragedia. Cómo puede haber osado a poner su deforme pie en esta casa…

         Para mi sorpresa, mi madre se reincorporó y avanzó hasta Kreacher.

         —Sí, Kreacher, soy la traidora a la sangre número uno en esta familia, y me enorgullezco por ello, pero no tengo los pies deformes. Ahora, si no quieres que te sumerja en una tinaja y te refriegue el cuero hasta que quedes hecho polvo purificado, vete a oler los pantalones de mi tío.

         El elfo dio un respingo y, murmurando insultos nada agradables, se dio media vuelta y salió de allí. Sirius sonrió y me dijo:

         —Esa es la Andrómeda que conozco.

         —Vaya, madre, veo que no tengo idea de cómo solías comportarte antes —comenté irritada —. Me estás dando motivo para que me porte mal, de verdad.

         Pensé que el comentario le molestaría, pero se rió. Hacía tiempo que mi madre no estaba tan alegre y holgada. Y no, no era que yo no conociera a mí Andrómeda Tonks, yo sabía cómo era realmente, sólo que siempre había querido darme los mejores ejemplos para que yo no cometiera los mismos errores que ella, o para que yo no sufriera los prejuicios que ella había vivido. El problema es que no le estaba resultando para nada sus esfuerzos: yo, nuevamente, me estaba liando con alguien prohibido para mí. La diferencia estaba en que Ted tenía un corazón puro, en cambio Snape… Snape estaba corroído por dentro, y yo sabía si yo iba a ser capaz de reparar aquello.

Pensé que lo único malo que pudo ocurrir esa semana, era lo de Sturgis Podmore, quien había sido citado para el día viernes a una audiencia. Según Ojoloco, Dumbledore no podía entrometerse, porque estaría en riesgo la identidad de la Orden del Fénix y el mismo Dumbledore. Tenía que fingirse que, eso, era un caso aislado, así que todos debíamos actuar con normalidad. Yo lo hice muy bien, pero la petulancia de Eric fue tanta, que tuve que volver a ignorarlo, al punto de hacer como que no existía. Fue una suerte contar con el silencio momentáneo de El Profeta: no habían publicado aún la noticia de Sturgis, pero todos apostábamos que estaban guardando la información como partículas de dinamita para hacerlas estallar como una gran bomba.

Mi madre, por otro lado, había disfrutado acompañar a Sirius, que había pensado en volver pronto. Sin embargo, lo de Sturgis le quitó un poco de confianza. Yo traté de convencerla de que no era nada, pero más cosas ocurrieron que terminaron destruyendo el optimismo de Andrómeda.

Lo primero, ocurrió el día viernes: Kingsley y yo fuimos nuevamente citados, los dos al mismo tiempo, por Don Cara Culo de León Scrimgeour, para interrogarnos otra vez. Probablemente, el último suceso había dado pie a esa situación. Me pregunté por qué Arthur no había sido captado por él. Más tarde, me enteré que había sido indagado aparte.

         —Estoy conforme con su desempeño —admitió —, pero no puedo permitir que el Departamento funcione bajo acciones ilegales y desleales. Si hay algo que tengan que decir, es mejor que lo hablen ahora —hizo una mueca —. Entiendo que usted viene de una familia normal, Kingsley, pero siempre he sabido que tiene pensamientos un poco "idealistas", por decirlo de algún modo. Sin embargo,—sus ojos amarillos se posaron en mí —usted, señorita Tonks, tiene "antecedentes", y entiendo que su madre no es muy amiga del otro lado de la familia.

         —Mire, señor —salté, sintiendo cómo empezaba a hervirme la sangre —, no sé de dónde ha logrado sacar tanta información, no me quiero preguntar los métodos que tiene el Ministerio de Magia para saber más de lo que le corresponde —sus cejas se arquearon. Kingsley me estaba mirando alarmado. Por supuesto, yo sabía jugar muy bien mis cartas —, pero eso no significa nada. ¡Nada! —saqué pecho, con orgullo— ¡No puede acusar a la persona más leal del Ministerio de deslealtad! —hice una pausa y me señalé el cabello, que ese día estaba de color arándano y muy liso — Puedo ser una mujer poco convencional y extravagante, pero eso no le da derecho de juzgarme de ese modo —Scrimgeour abrió la boca, pasmado —. No ando metida en actividades extrañas que estén atentando mi seguridad, y menos mi trabajo. Lo demandaré por discriminación.

Bien jugado, Tonks. Utilizar un poco de orgullo femenino en estas situaciones, siempre es favorable.

Scrimgeour nos liberó disculpándose un tanto incómodo ante mí. A pesar de que mi actuación había funcionado bastante bien, pude captar que, en su mirada, aún quedaba duda: era un hombre inteligente. Pero, por lo menos, nos lo habíamos sacado de encima. Shacklebolt me felicitó por mi inspiración, aliviado, porque, por un segundo pensó que Scrimgeour me despediría.

         El segundo de los problemas apareció al otro día, en El Profeta. Ese día tenía trabajo, pero entraba más tarde. Me encontraba tomando desayuno con mis padres cuando llegó una lechuza con el periódico. Si lo hubiese cogido yo, y no mi padre, las cosas habrían sido muy distintas.

         —Este diario cada vez está más lleno de bobadas… —susurró mientras pasaba página por página—Ah, no, esto tal vez te interese a ti "Donaghan Tremlett, por fin bajo las campanas". El bajista de tus Brujas se casa…

         —¿Qué? ¿Se casa? ¡Pero si es tan feo! Déjame ver…

         —No, hey, espera… esto… Aquí aseguran saber dónde vive Sirius Black —mi madre y yo dimos un respingo —. "Según una información obtenida por el Ministerio de la Magia de fuentes fidedignas, Sirius Black, el famoso asesino que terminó con trece vidas de muggles y con Peter Pettigrew a sangre fría, afirma que está escondido en Londres…"

         Mi madre dio un grito ahogado, cubriéndose la boca.

         —Esto es  mi culpa —murmuró con voz temblorosa —. Seguro que me vieron a mí.

         —Pero, mamá, dudo que alguien sepa que alguna vez te relacionaste con Sirius —intervine, tratando de alentarla —. Y, si vivimos en Londres, no es raro que te vean paseando en Londres.

         Andrómeda me miró llena de preocupación. El problema, es que podía tener razón: por mucho tiempo no había ido a Grimmauld Place, excepto hasta ahora.

         —No iré a ver a Sirius por ahora. No hasta que todo tenga alguna solución. Cuando lo veas, dile que lo siento.